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vivir de lo que me gusta

Acompáñate

Qué pereza enamorarse como antes. Con la mirada puesta en las grandilocuencias: los músculos, los discursos, las demostraciones. A mí últimamente es lo minúsculo lo que me cautiva. Me hipnotiza y me da felicidad.

Por ejemplo. Me cuelgo mucho, hace un tiempo, en cómo la luz se queda en tu pelo y forma pliegues, caminos, campos sembrados. O en tu sonrisa de perfil que marca tu labio impúdico.

Otras veces, las sutilezas son el amor que va por dentro. Por ejemplo. Cuando el día ha sido duro y alguna amenaza ha conseguido traspasar mi pecho, y mi interior es un pueblo arrasado, un incendio, niños desnutridos, todos mis soldados vencidos. Entonces tú, en silencio, lees en la letra pequeña mi derrota, esa catástrofe del día: ves el fuego, las bajas, el hambre, y con dos palabras buscas la reconstrucción.

Dos palabras. Siempre las mismas.

Cuéntamelo todo.

Y entonces yo, con cada letra, en cada frase, voy reconociendo poco a poco mis calles, reparando zonas, restaurando mi dignidad. Y tú sonríes, sin hablar, y me dices que sí con la cabeza. Y así me salvas una, dos, tres, quinientas noches, cuando los retos me quedan grandes como un abrigo con tres tallas de más.

Un día, ¿te había contado?, una psicóloga que visitaba hace años, Teresa, me explicó (con esa voz cálida de una mamá gallina) que cuando su marido murió y ella se quedó sola con un niño chico, su primo tocaba la puerta de su casa cada tarde, al salir de su oficina. El encuentro era poca cosa, un café, un ¿cómo te ha ido?, un beso al pequeño. Pero esas visitas diarias –dice Teresa- la salvaron.

Un primo. Un amigo. El terapeuta. Tu madre. Un masajista. Una hermana. El vecino.

Alguien que, en cualquier momento, percibe un matiz torcido en ti y dice “cuéntamelo todo”. Y entonces todo brilla: las ventanas, el sol en tu pelo, y tu luz renaciendo la mía.

 

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¿Cómo vender un producto? La curiosa estrategia de ayudar al otro

* Bienvenidos al mundo del marketing*

Recuerdo pelearme desde la primera fila de clase con el profesor de Publicidad y Relaciones Públicas. Ventura, se llamaba. El Ventura. Era bajito, tenía el cuerpo muy erguido y dictaba unos apuntes facilísimos de estudiar: bien estructurados en apartados, subapartados, secciones, listas… Con ese orden meticuloso, hacerse una idea de los intríngulis de la publicidad era, en la mente del estudiante de periodismo, un camino recto, corto y florido.

Para vender un producto, primero hay que crear el problema en el público y así luego ofrecerle la solución—. Dijo algo así un día, el Ventura, siempre con la barbilla un poco hacia adentro y la voz sin emoción.

Levanté la mano.

Pero si no hay necesidades, ¿por qué las tengo que crear? ¿solo para colocarle el producto? — pregunté yo.

Y entonces todo se convirtió en un debate ético del que no recuerdo ya los detalles. Sí sé que él se mantuvo férreo en la defensa de su profesión, su cátedra, su alimento. Y yo, en mi rechazo hacia todo lo que implica algún tipo de manipulación.

Quién me hubiera dicho que veinte años después volvería al mismo lugar –la misma pregunta- con más canas, menos certezas y con el cerebro girado con un nuevo descubrimiento.

¿Para qué sirve el marketing?

Cómo vender un producto con éxito: filosofía en tres pasos

Para poder rentabilizar este blog y así cumplir con el objetivo “vivir de lo que amas” me dijeron que pensara en ofrecer algo. Claro. Un producto, un conocimiento, un servicio. Algo. Y entonces yo respiré hondo, llamé a mi coach financiero Juan Naranjo y le dije: “tenemos que vernos”.

Y horas más tarde, Juan me explicaba en un café cómo vender un producto paso a paso. Me encantó la filosofía que encontré detrás (había un matiz que se me había pasado por alto).

PASO 1: ¿Qué problema resuelvo?

La cosa empieza con una consigna sencilla: a la hora de iniciar un emprendimiento o un proyecto cualquiera, es imprescindible que ponga mi foco de atención en las personas, en sus necesidades, en los problemas a los que se enfrentan día a día. Solo después de este análisis podré crear y comercializar un producto que realmente les sea de utilidad.

Podemos pensar, por ejemplo, en cómo el apogeo de los teléfonos móviles activó otras necesidades: la exigencia de las fundas, de las baterías recargables o de los auriculares inalámbricos. Después de observar qué es lo que precisa la gente.

¿Cómo lo ves?

Yo me sorprendí cuando Juan me dijo que el inconsciente está muy presente en el proceso de venta. Y de una forma muy peculiar. Mira este vídeo: aquí lo explica muy bien.

*Muy gracioso muy ímpetu inicial 😛

PASO 2. ¿Qué solución aporto?

Para introducir el paso número dos, me voy de nuevo a la Argentina. Cuando viví allí tuve la fortuna de encontrarme con un proyecto que me conmovió: “Emprending”. Estaba organizado por unos jóvenes universitarios que decidieron montar un curso en la Universidad de Buenos Aires para promover las nuevas ideas que tuvieran un impacto positivo en la sociedad.

Releo lo que escribí entonces, para una revista argentina, sobre Emprending:

“Emprending no se parece a ninguno de los cursos que quieren concretar las buenas ideas -tan de moda y tan comunes hoy en Buenos Aires-. Sobre todo porque el objetivo principal de la innovación no es ganar dinero, sino cambiar el mundo. Lo dicen así, sin miedo a la utopía y con confianza en que lo lograrán a través de dos pasos previos: crear cultura emprendedora y formar emprendedores activos. No importa la naturaleza del proyecto, puede ser un programa para suministrar agua en un pueblito de África o crear una nueva aplicación para celulares, el propósito es realizar acciones que tengan un impacto positivo en la sociedad”.

Me acuerdo de un ejercicio que hicimos una tarde en la espléndida facultad porteña de ingeniería: teníamos que prever qué problemas tendría la sociedad en el futuro para, así, poder adelantarnos a esa necesidad y a su solución. Me acuerdo de eso ahora, y en seguida busco en google: ¿qué nos amenazará con más saña en los próximos años? La contaminación y la ausencia de zonas verdes; los efectos de la soledad; la escasez de agua. ¿Qué recurso podría yo ofrecer en esos ámbitos?

Luego ajusto la escala: voy de la sociedad en macro a las personas de a pie. Pienso: ¿qué problemas tendrán? ¿con qué se tropezarán mis paisanos en el 2025? ¿Podría yo inventar alguna solución? Es un ejercicio increíble que llega mucho más lejos de lo que parece.

PASO 3. ¿Qué beneficios tiene mi producto o servicio?

Si después de pasar por el paso 1 y el paso 2, mi producto fracasa, puede deberse a dos motivos:

1. MI PROPUESTA NO MEJORA LA VIDA DE NADIE. Si la venta se me resiste, quizás tenga que plantearme si el producto genera algún tipo de beneficio o impacto en la vida de alguna persona. Pienso en un negocio de alquiler de alquiler de películas en DVD o en una cabina de teléfonos. Quizás fueran convenientes hace veinte años, pero no en el contexto actual. Si ya no resulta útil  ¿puedo ajustar mi producto para que vuelva a ofrecer un servicio de provecho?

2. LOS BENEFICIOS QUE APORTA NO SE TRANSMITEN CON EFICACIA. El cliente desconoce el valor del producto. Y aquí volvemos al principio de este post: ¿para qué sirve el marketing? ¿es una disciplina feroz que busca cualquier grieta de tu autoestima para colarse y sacar rédito? En mi charla con Juan se me abrió una ventana nueva: ¿y si el marketing fuera una herramienta para comunicar en qué consiste tu don y, sobre todo, cuáles son las mejoras que una persona va a percibir después de la compra?

Aun siento cómo se mueve mi cerebro con esta nueva idea. Cambio de chip. 

Y es que descubrí que lo importante es centrarte en cómo puedes ayudar al otro, de verdad. Y que no se trata de vender, de montarse en el dólar o de engañar al infeliz que tienes delante. ¿Vamos a manipularle para que compre como un loco y ponga un hermoso parche a su carencia de amor? ¡No! ¡Eso ya quedó atrás! Ahora se trata de descubrir cuál es mi talento y, a la vez, cómo puedo mejorar la vida del otro aunque sea un poquito.

En mi cabeza, la tarde terminó así:

“Gracias al marketing, puedo comunicar”. “Gracias a la venta, puedo ayudar”.

¿Y si todos vendieran honestamente lo que mejor saben hacer?

❤ La entrevista con Juan la hicimos en el Bed&Breakfast Ca la Maria, que está en Barcelona, y que es irresistible por su comida, por su terraza gigante, por el estilazo de su decoración y, sobre todo, por su amor. ¡Gracias chicas por compartir vuestro espacio con nosotros!

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La rebeldía de cambiar

Hay algo de la adolescencia que no se pierde nunca. Son esas ganas de cambiarlo todo, esa llamita interna que quiere expandirse y quemar el mundo. Por más derrotas que se acumulen en el pecho, hay una rebeldía que no muere.

Hace años mi rebeldía se sostenía en el no. La falda del uniforme era demasiado corta, los portazos al salir de casa muy escandalosos y pura satisfacción los eructos tras un buen trago de cerveza. Todo era parte de un alzamiento en contra de lo que me rodeaba -que era, a la vez, todo lo que me contenía.

Aprendí, supongo, en algún lugar, a ser la Bart Simpson del último asiento del bus. A ser una  miniatura de Jimmy Hendrix en versión soft (reventaba una guitarra mentalmente cada vez que bebía de más, que peleaba con alguien de más). Era, yo, un movimiento armado a pequeña escala, sin saberlo, porque en mi cabeza siempre luchaba contra el cacique, contra la injusticia; todos mis guerrilleros apuntando a las curvas de una Coca Cola.

No, las monjas. No, mis padres. No, los políticos, el capitalismo, el sistema. Mil veces no.

Muerte al fuego

Y entonces un día me cansé. Fue sin una razón aparente: como cuando Forrest Gump, de repente, decidió dejar de correr y dijo “ahora me voy a casa”.

Ese día, sentada en un bordillo, imaginé toda mi energía como lava viva, ardiente, hermosa, yendo a morir año tras año en el pozo sin fondo del no. Una muerte gris para el fuego.

Me sentía cansada de pelear, de ser la nota discordante para provocar, de encarnar al hijo adolescente que solo tiene recursos para escupir. Siempre igual: la saliva del desprecio como un perdigón dirigido a la sien de la sociedad.

¿Eso es todo?— me pregunté, al aire, un poco desilusionada.

Para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca dar vida a aquello que anhelamos

Y, como una casualidad, empecé a conocer a personas que circulaban en la misma dirección. Gente rebelde, quiero decir, insolente, inconformista. Pero que invertía su fiebre revolucionaria en mirar hacia adelante: su llamita no servía para quemar lo antiguo, sino para iluminar la nueva ruta. Fabricaban muy poco a poco, el mundo donde querían vivir.

A lo mejor, para experimentar la rebeldía al completo, para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca –en esta generación- dar vida a aquello que anhelamos. Me refiero que ya está bien de quejarse y que ya llegó el momento de construir nuestra propia versión del asunto, ¿no?

Y cuando estoy en esas me pregunto: ¿Estamos listos para asumir la adultez? Quizás nos cueste al principio. Tan acostumbrados como estamos a romperlo todo, a atrincherarnos como Peter Panes en el no, miedosos de salir al mundo sin la bandera negra de la guerra.

Ojalá que la rebeldía no se convierta en una excusa, en la cantinela facilona tras la que nos escondemos para tapar nuestro pánico a crecer. Que honremos nuestro ímpetu adolescente para arrasar con todo y, sobre las brasas, levantar con las manos todo lo que soñamos.

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Me fui a un retiro y descubrí lo menos pensado: cómo aumentar mi creatividad

Cuando tenía siete años, junté todos los exámenes que había hecho en la escuela, quité las pruebas con calificaciones por debajo del 8, y presenté el resultado adulterado a mi tía Isabel. Naturalmente, todo fueron alabanzas. ¡Qué pequeña genio tenemos en casa!

Esa es la primera treta que recuerdo a la hora de construirme un personaje querible. Dicen que a los tres años empezamos a disfrazarnos y manchar nuestra autenticidad para obtener reconocimiento. Ay, cómo nos gusta que nos quieran y qué bien nos sientan los aplausos, aunque no sean del todo merecidos, ¿eh? Eso pensaba yo, pero luego me fui dando cuenta de que, demasiado a menudo, ese alter ego mío se tensaba, se comparaba, se acartonaba. Fingía.

Mala cosa.

Así que empecé el proceso inverso: el divorcio con mi mitad ficticia. A veces, ha sido como ir a la playa sin depilar: te da vergüenza al principio, miras a todos lados, pero luego… ¡buf, qué libertad!

Creatividad y vergüenza

Otras veces, en cambio, la máscara ha estado tan pegadita que ha sido difícil desincrustar. Me pasó al empezar a hacer vídeos para Y si de repente (te lo conté aquí). Y, últimamente, al escribir las entradas del blog. ¿De verdad, Ana Claudia, que tienes que pasarte tantas horas para redactar un texto de dos páginas? Perfeccionismo a la vista. Auxilio.

Por eso me apunté a un retiro el fin de semana pasado. Se llamaba “Disolver el Juez Interior: Sanar la herida de vergüenza y desvalorización”. Me venía que ni clavao. Y además lo hacía Ketan Raventós, de Sammasati, que me encanta y con el que desde hace años me voy a pegar de vez en cuando un repasín interior.

Esta vez mi pregunta era: ¿por qué me da tanto miedo mostrarme tal como soy? Y en tres días, lo descubrí. Además –aleluya- aprendí algo impactante: qué hacer para tener más creatividad.

Mira este vídeo, aquí te lo cuento todo:

Responder para avanzar

En las dinámicas que hicimos durante los dos días de retiro aparecieron cosas muy suculentas. Por ejemplo, cuando contesté a estas preguntas: ¿Qué ideas de vergüenza tengo en mi mente relacionadas con a) mi cuerpo, b) mi trabajo, c) mi relación con el dinero d) mi personalidad y mi energía e) el sexo y mi sexualidad f) mi creatividad? (Contéstalas, ya verás) Mis respuestas son las que nutren a mi vocecita interior y que, aún sin darme cuenta, me susurran en el momento menos pensado: “no eres lo suficiente”. Y entonces, claro, se va todo al carajo.

Ketan nos repartió unas hojas y allí subrayé un párrafo que lo explica muy bien:

“Si observamos nuestra vida actual, tal vez nos demos cuenta de que muchas cosas que hacemos son compensaciones para evitar sentir algo. Por ejemplo: estar haciendo un trabajo que no me gusta, donde no puedo desarrollar mi creatividad, donde me siento estancado. Mi corazón me pide dejarlo y poner mi energía en un proyecto personal que me apasiona, pero siempre tengo excusas para no hacerlo. ¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían si dejo el trabajo (la seguridad financiera), mis sentimientos de que no soy suficientemente bueno en nada. No quiero sentir mi miedo al fracaso. Prefiero no arriesgar”.

¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían.

Y sigue:

“Es humano no querer enfrentarse a la inseguridad y a los miedos que se despiertan ante un reto, ante un cambio. Pero si queremos crecer, sentirnos vivos, necesitamos tener el coraje de aceptar nuestros miedos e inseguridades como parte de la vida (…). Si no, te estancas, detienes tu crecimiento, la posibilidad de desarrollar tu creatividad, de crecer en confianza y autoestima”.

Ahora me siento muy bien. Han pasado cinco días, y no te diré que mi autoestima es una pared impecable sin fisuras, pero algo ha cambiado en mí. Creo que puedo identificar más fácilmente a mi saboteador interno y, cuando lo reconozco, ya no le doy tanto poder.

Han pasado cinco días y estoy contenta. Esta semana escribí un montón.

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Ni contigo ni sin ti – Tres razones para no temer que tu pasión se convierta en obligación

El otro día conocí a una chica que, a veces, tropieza por la calle. Sin un porqué concreto, un desnivel por ejemplo, o una piedra. Tropieza, simplemente: se le enreda un pie en el otro, luego se repone y continúa el paso. También conocí hace mucho a un hombre que al ducharse, debía estar en completa oscuridad, y a una mujer que, si tenía un mal día, tiraba a la basura toda la ropa que llevaba puesta (era señal de mal fario, decía).

Son excentricidades, ya sé. Pero me sirve para demostrar que todos, en alguna medida, somos diferentes. Hace muy poquito pregunté por ahí: ¿ey, y tú por qué no decides vivir de lo que amas? ¿cuál es tu miedo a trabajar de lo que realmente te da la gana? Y, claro, hubo muchas repuestas. Pero una, sobre todo, me conmovió.

Odiar el amor

Miedo a hacer el ridículo, miedo a la incomodidad del cambio, miedo a fracasar… la lista de barreras que nos separan de nuestra vida ideal es larga y fecunda. Pero este post es para quienes contestaron así: “No quiero convertir mi pasión en una obligación. No quiero odiar algo que amo tanto”.

Yo misma me pregunté en seguida, con algo de miedo: “¿voy a aborrecer escribir si lo convierto en una actividad diaria?”. Y algo dentro de mi saltó como un alambre: el NO más bello de mi vida. Pero aún así, quise preguntar a aquellas personas que desde hace tiempo hacen lo que aman y viven de ello. A los que ya están allí.

Darnos por muertos

Encontré el otro día una frase hermosa de Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios se puedan morir mis ángeles”. Que es lo mismo que decir: si derrumbo mis miedos, ¿es posible que mis pasiones dejen de brillar? Lo mismo que: ¿Es mejor no besarle por si descubro que, después de todo, no me gustaba tanto como creía? ¿No voy por si al final no se da el happy end?

Es lo mismo que decir: Hay veces que nos damos por muertos para no morir.

Andrés Zuzunaga: el ocio es el trabajo

Vamos con el primer testimonio: el astrólogo Andrés Zuzunaga.

Antes de encontrar la astrología (o viceversa), Andrés era un joven sofisticado: se había licenciado en Económicas y había trabajado en Nueva York y en Barcelona como programador informático. Quiero decir que estaba en las antípodas de los planetas y su lenguaje; pensaba que ser astrólogo era friki. Nada cool.

Y entonces una crisis a los 30 años lo llevó a abrazar la astrología y su mundo (¿cuántos ataques de ansiedad hacen falta para encontrar tu camino?). Y ahora, doce años después, Andrés Zuzunaga es astrólogo y director de la escuela de astrología más grande de España, Cosmograma, que él mismo fundó.

Dice que ya no anhela que llegue el fin de semana y que en su vida no hay separación entre el ocio y el trabajo. En su libro Somos Cosmos reproduce este gráfico para ayudar a las personas a encontrar su propósito de vida: cuando se lo aplica en primera persona, en los círculos y en el punto central está la misma palabra. Astrología.

 

Como descubrir tu propósito de vida - vivir de tu pasión

¿Cuál es tu propósito de vida? (Del libro “Somos Cosmos”, de Andrés Zuzunaga)

 

Sonia Esplugas: la pasión cambia

A los 25 años Sonia Esplugas se dijo a sí misma “a lo mejor”. Había estudiado Ciencia y Tecnología de Alimentos, pero por entonces empezó a darse cuenta de que su pasión tenía más que ver con la expresión artística y el dibujo: “Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo a una edad inadecuada para “este tipo de cosas”, según me habían hecho creer. Tenía la sensación de que ya era tarde. ¡Ahora lo haría aunque tuviera 60 años!”.

Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo

Más de quince años después, Sonia es toda una artista visual y arteducadora. Ha logrado perfeccionar lo que ella llama “actualización continua”: cada tres meses para y se pregunta “¿voy bien por aquí?”, “¿lo que hago me alimenta el alma o hay alguna puerta nueva que tenga ganas de abrir?”. (Y si detecta algún prejuicio, lo elimina lo antes posible. Le saca la pila al muñequito mental). Así es como descubrió que, además de dibujar y dar talleres, tenía muchas ganas de acompañar a otros a avanzar en su camino: “Hace un año lancé un programa de empoderamiento creativo que es muy inspirador para mí y para los demás”.

Si le preguntamos a Sonia qué ventajas encuentra de vivir de su pasión, en el párrafo aparece cuatro veces el verbo amar: “Cuando vives de lo que amas, sientes que la vida es un regalo cada día. Claro que hay tareas que son menos gratificantes que otras, pero con el tiempo aprendes a amarlas como parte del todo. Cuando imagino un mundo en el que todos hiciéramos lo que amamos y amáramos lo que hacemos, habría millones de problemas que simplemente desaparecerían”.

 

Alessandra Coletti: la libertad

“Mi vida ha cambiado radicalmente”, dice Alessandra Coletti, hoy terapeuta de análisis bioenergético. Y lo explica muy gráficamente a través de porcentajes. “Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban, pero la proporción se ha invertido totalmente: ahora, por lo menos un 80% de mi día hago lo que me apetece, lo que me da satisfacción, lo que me gusta”. (¿Te imaginas?)

Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban

Alessandra estudió filología y trabajó varios años en el ámbito de la cooperación. Vive en Barcelona pero es de Roma, y cuando le pregunto “desde que eres terapeuta, ¿ha aumentado o disminuido tu amor por lo que haces?”, ella contesta un “aumenta” con todo el acento italiano del mundo y como si no hubiera otra respuesta posible.

Además de la libertad que experimenta (es ella quien dice dónde, cuándo y cuánto trabaja), valora de su nueva vida el estado constante de creación: “Contínuamente vas experimentando nuevas formas de trabajar, en grupo, individual, dando charlas, etc. Descubres qué es lo más adecuado para tus talentos”, me dice.

Pero lo que más le gusta a Alessandra es el cambio que ve en las personas que llegan a su consulta. “Es un trabajo ecológico”, dice, “es mi contribución a que en este mundo no haya tanta contaminación emocional”.

 

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