Tag:

propósito de vida

Francesc Miralles | “Para encontrar el ikigai, lo primero es vaciar la agenda”

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai:los secretos de Japón para una vida larga y feliz

Conocí a Francesc Miralles cuando su libro Ikigai… todavía no había cruzado el umbral del éxito colosal. Su obra no había aparecido aún en el New York Times ni había recibido un espacio en el show prime-time de la estadounidense Ophra Winfrey. Tampoco había sido traducido a más de 50 idiomas.

—¿Existen tantos idiomas?— me preguntó hace poco un editor que conocemos Francesc y yo, y que lleva más de medio siglo de intensa actividad editorial. Al teléfono, me confesó atónito: “Mi récord en todos mis años de experiencia ha sido publicar una obra que se tradujese a 23 lenguas diferentes. Lo de Ikigai es una barbaridad”.

Yo abrí mucho los ojos pensando en la cifra 50, y asentí.

Y días más tarde tuve la oportunidad de entrevistar a Francesc de nuevo. Esta vez fue gracias a la incombustible Ana Bizarro, de Acción con Alegría, que con su #FiestaComunicación creó la coartada perfecta para que nos encontrásemos otra vez. ¡Y qué encuentro, señoras y señores!

Aquí os dejo la entrevista, donde veréis la versión en vídeo de un Francesc Miralles gigante: por lo que dice y por cómo lo dice. ¡Gracias, Francesc!

*** Un par de años antes entrevisté a Francesc Miralles para la revista Integral. Para los que les guste leer, reproduzco a continuación un extracto. 😉

Ikigai: ¿cuál es tu propósito de vida?

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz y El método Ikigai

Todo empezó en un parque de Tokio. Era el 2015 cuando Francesc Miralles y su amigo Héctor García (Kirai), sentados en un banco, decidieron que juntos, desvelarían el secreto de la longevidad. Ambos planificaron una visita a Ogimi, el lugar en el mundo que más personas centenarias acoge. Y meses más tarde -después de decenas de entrevistas- descubrieron que el motor para una larga vida se sustenta en un ingrediente principal: las ganas de vivir. La motivación. El ikigai.

De aquella investigación surgió el libro Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz. Hasta entonces, Francesc Miralles ya había escrito más de 30 libros sobre psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Lo había hecho en pareja (con autores como Àlex Rovira), en solitario, con seudónimo o como sherpa literario, ayudando a otros a dar forma a sus creaciones. Barcelona Blues (2004), Conversaciones sobre la felicidad (2007), La dieta espiritual (2013) o Amor en minúscula (2015), entre otros. El resultado había sido el éxito: miles de ventas, líder en el ranking de los más leídos, traducciones a varios idiomas.

El libro que escribió con Héctor García también fue un éxito (es un best-seller internacional). Y ahora los dos presentan el segundo título que surgió de aquel viaje, El método Ikigai, una suerte de manual práctico en el que ofrecen técnicas para descubrir -y materializar- el propósito vital. La propuesta se completa con la Casa Ikigai, un espacio en Barcelona en el que Francesc Miralles acompaña a las personas en su proceso de auto descubrimiento. “Sesiones Ikigai”, dice en la web, “haz de tu pasión tu modo de vida”.

El Método Ikigai”, de Francesc Miralles y Héctor García, es un libro posterior, más práctico, donde se proponen ejercicios para encontrar el propósito vital. En Y SI DE REPENTE te contábamos tres técnicas que pueden ayudarte a descubrir tu ikigai

Para hablar sobre nuestra razón de existir y todos sus matices, nos encontramos con Francesc Miralles en Barcelona. El día de la entrevista espera sentado en una de las salitas de local con un té japonés sobre la mesa. El escritor empieza hablando de su experiencia en la aldea centenaria.

Ogimi es un pueblito al norte de la isla de Okinawa, en Japón, donde viven tres mil habitantes. Está en medio de la selva y allí no hay bares ni tiendas, no hay hoteles. Antes de que llegáramos nosotros para entrevistar a los ancianos, habían estado allí otros dos grupos de investigadores: unos médicos suecos que estudiaron la dieta y la alimentación de sus habitantes, y unos sociólogos franceses. Nosotros fuimos los primeros en interesarnos por sus características psicológicas. Nos interesábamos por su rutina, qué hacían desde que se levantaban hasta que se iban a dormir, cuál era su secreto para mantenerse en forma hasta tan mayores, y por qué deseaban vivir tantos años.

¿Y qué averiguasteis?

Cuando les preguntábamos por su ikigai, que es la palabra japonesa para designar la razón de vivir, había sobre todo dos respuestas. El principal motor de su motivación era sin duda los amigos. En Ogimi existen los moai, una especie de clubs de ancianos donde se reúnen cada y tarde y realizan diferentes actividades. Además de fomentar la sociabilización y de cubrir su parte afectiva, los moai funcionan como cooperativas económicas: sus miembros ingresan una cuota mensual que va a un fondo común, y el moai cubre el gasto de cualquier eventualidad. Es decir, aunque algunas de estas personas quizás no tengan familiares cercanos, todos se sienten acogidos y contenidos por esta comunidad. La segunda motivación para ellos es trabajar en el huerto. Se levantan a las seis de la mañana para ver cómo van sus frutas y verduras. Están pendientes de si todo va bien, si hay algo listo para recoger, etc. Y luego lo preparan, lo regalan a los amigos… Tienen la sencillez de la gente del campo.

Sus motores eran los amigos y el huerto.

Entendimos que existe una serie de ventajas físicas del lugar que favorecen la longevidad. El clima subtropical, por ejemplo, que es amable con los ancianos porque va de los 28 a los 30 grados. No hay contaminación tampoco, al no haber industrias y muy pocos coches, ni estrés. Allí se vive como hace 400 años, con calma. Y la alimentación es también muy importante, muy saludable. Beben mucho té verde y una bebida con un cítrico, el shikuwasa, ¡que es cien veces más antioxidante que un pomelo! Pero está claro que además del entorno, para superar los cien años hay que tener ganas de vivir. Si estás triste, descuidarás el cuerpo y probablemente morirás antes, que es lo que ocurre muchas veces con nuestros ancianos, que dejan de comer en lo que es una especie de eutanasia encubierta.

Nuestros ancianos ya no quieren estar aquí…

En Occidente la vejez está vista como un mal y en Japón no es así. Allí cumplir años es ponerse medallas: la edad está por encima de la jerarquía. Imagina que se encuentran en un ascensor el presidente de la Sony y un hombre de 90 años que vende periódicos. Quien tiene que inclinar más el cuerpo en su reverencia es el directivo, porque el anciano merece más respeto que el poderoso. Por eso un objetivo en Japón es llegar a los cien años, las tres cifras, y para eso se cuidan, hacen deporte, se alimentan bien. Es un hito poder decir “mira, he llegado hasta aquí”.

¿En vuestra investigación, descubristeis algo que no esperabais?

Yo conocía mucho Japón, también como investigación para mi libro Wabi-Sabi, y sabía que en las ciudades la gente es muy educada pero bastante fría. En Ogimi, en cambio, bromeaban constantemente. Tienen un carácter muy latino, se reían mucho.  

¿Y sorpresas en las conclusiones del estudio?

No esperábamos que los fuertes lazos con los amigos fuesen tan importantes para la esperanza de vida. Sus relaciones son casi familiares: saben todo los unos de los otros, mucho más de lo que nosotros solemos saber aquí de nuestros amigos. Y eso les aporta mucha seguridad y autoestima. Recuerdo a una mujer de 99 años que visitó en un asilo a un amigo que estaba mal de salud. Ella le reñía, le decía: “lo ves, te dije que no cerraras el almacén de legumbres. Cuando lo tenías, hacías cuentas, la cabeza te funcionaba. Ahora mira cómo estás”.  

Trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado.

Francesc Miralles

La importancia de mantenerse activo.

Sí. Allí la gente no se retira nunca, no existe la jubilación, ni siquiera existe la palabra en japonés, aunque hay algo parecido que significa “cambio de ciclo”. Ellos siempre quieren mantenerse activos. Hace un tiempo hice de guía para un grupo de personas con las que visitamos varias zonas rurales de Japón. Me sorprendió que en muchos lugares hubiera voluntarios. Recuerdo llegar a una estación donde tres ancianos, con su identificación, nos esperaban con mucha ilusión al salir del tren para ayudarnos y así practicar su inglés. Quieren trabajar hasta el último día, por eso consideran que lo que hacemos aquí con la jubilación es la muerte. De hecho en Occidente hay muchas depresiones en ese momento de la vida: mi padre, por ejemplo, murió pocos años después de prejubilarse porque se sentía totalmente inútil. Cuando trabajas estás ganando dinero para pagar la casa, para costear la carrera a un hijo… allí hay un ikigai. Pero de repente todo para y te preguntas “¿y ahora qué hago con mi vida?”. Te quedas en casa viendo la tele y se te viene el mundo encima.

Ahora parece que empiezan a haber algunas iniciativas en Occidente que potencian lo contrario.

Si, hay gente que vive de una forma alternativa, pero el problema es que aquí no existe una visión positiva de la tercera edad. Y en realidad es un momento en la vida en la que tienes mucho tiempo para hacer cosas y disfrutar. En la cultura anglosajona está incluso mejor considerado que aquí: tienen una expresión que es muy bonita, late bloomers, “los que florecen tarde” y se refiere a aquellos que descubren su vocación artística de mayores, cuando terminan su etapa laboral. Aquí ocurre que muchas personas se quedan bloqueadas o quieren hacer muchas cosas y luego se dan cuenta de que no es tan fácil porque hay que prepararse.

¿Y cómo nos preparamos?

Podemos volver al ejemplo de los viejecitos que atienden en las estaciones. En Japón les cuesta horrores los idiomas. No se puede preparar el paso de trabajador de un banco a guía turístico si los seis o siete años previos no se ha empezado a aprender inglés. Hay que prepararse con tiempo. Y aquí todo ocurre de repente: te paras y “bueno, voy a ir al gimnasio cada día”. Pero eso en realidad no te va llenar.

¿Y qué actividades podrían ser las que nos llenan?

Aquí deberíamos ir a las profundidades del ikigai, que es lo que yo trato en terapia. Las personas mayores y los adolescentes son quienes más vienen a la consulta. Y tiene sentido porque son dos momentos de duda claves en la vida. Al jubilarnos, porque mucha gente frena de repente y está perdida, y en el caso de los adolescentes, porque a menudo les obligan a decidir su vida en un mes, con 17 o 18 años. Para mí es un error enorme en nuestro sistema y creo que habría que promover un año sabático para que los chavales puedan descubrir qué es lo que quieren hacer. El servicio militar, que afortunadamente ya no existe, servía mucho para eso. Era un rito de paso, había tiempo para pensar.

[…]

Cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad.

Francesc Miralles

¿Crees que huimos cuando no sabemos enfrentarnos a la pregunta de “qué hago con mi vida”?

Lo importante es tener un deseo y el mío era viajar. Leer, aprender sobre un tema concreto, tener un huerto… Para descubrir ese punto yo uso bastante en terapia el test negativo de Jodorowski, que decía: “si no sabes lo que te gusta, haz una lista de todo lo que no te gusta y por eliminación, al final llegarás”. Es una técnica que se usa en los talleres de novela cuando el autor se queda bloqueado porque no sabe cómo seguir. Entonces apunta todo lo que no le va a ocurrir al protagonista.

Puede llevar un tiempo…

Pero con ese juego hay algo que se va aflojando y al final aparece lo que sí es. Es el método científico, prueba y error. A veces, sobre todo cuando son personas muy inquietas, muy artísticas, yo les digo que prueben el máximo de cosas, escribir, tocar un instrumento, la fotografía, la pintura… Encontrar lo que Ken Robinson llama “el elemento”, como el agua para los peces. Todos tenemos uno, solo hay que descubrirlo.

¿Y cómo se reconoce?

A través de tres aspectos: primero, es algo que se te da muy bien, que haces con mucha facilidad. Si te sientas frente al piano y tardas cinco horas en sacar una canción, probablemente no es tu elemento. El segundo punto es que te diviertes haciéndolo, el tiempo se pasa volando. Y el tercero es que resulta útil a los demás en algún sentido, quizás los amigos recurren a ti para pedirte ayuda en ese campo. Seguramente es un talento que puedes convertir en tu modo de vida. No hay que olvidar que de la vocación a la profesión hay solo un paso.

¿Hay otras técnicas que nos puedan dar pistas?

Para encontrar el elemento, se puede trabajar a partir de grandes bloques y a partir de allí ir acotando. Por ejemplo, trabajar solo o en grupo, tareas físicas o intelectuales… y luego vamos subdividiendo. Si es trabajo intelectual, descubrir si generas desde el caos o de forma más analítica. Y así sucesivamente. Otra de las técnicas es recordar lo que nos gustaba en la infancia, porque los niños no tienen filtro, no hacen nada por obligación, solo lo que les gusta. Si te fijas en esa época podrás descubrir tu pasión, algún sueño que más tarde aparcaste y que ahora puedes retomar. Hacer renacer algo que está latente.

¿A ti qué te gustaba hacer de niño?

A partir de la adolescencia dejé de escribir durante diez o quince años, porque pensaba que me gustaban otras cosas. Pero recuerdo que cuando era niño, me gustaba mucho una máquina de escribir que tenía mi abuelo, que era pesada, de hierro, y escribía cuentitos y otras cosas. También me gustaban los animales, los viajes a la luna… Si puedes irte a tu infancia puedes encontrar muchas pasiones enterradas.

[…]

El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia.

Francesc Miralles

Encontrarlas… y luego ponerlas en práctica.

El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia. Por eso hay que establecer los pasos a seguir hasta conseguirlo, calendarizarlo bien, de manera realista. Si la persona quiere hacer muchas cosas, yo le digo, oye. Si no has estudiado un idioma en tu vida, no me digas que ahora vas a estar tres horas al día haciéndolo, porque no va a funcionar. Hay que repartirlo de un modo diferente. Hay que ser realistas: a veces el entusiasmo nos puede, ponemos demasiada carga de trabajo en las primeras semanas, y podemos abandonar muy pronto.  

¿Cómo podemos evitar ese abandono?

Es importante una supervisión porque muchas veces queremos levantar el mundo en dos días y el resultado a veces es que nos frustramos cuando no lo conseguimos. La idea es ir poco a poco. En el libro El método Ikigai, en el que se proponen ejercicios prácticos para conseguir nuestro sentido vital, hablamos del kaizen. Según los japoneses, es el hecho de realizar una pequeña acción diaria. Yo siempre pongo como ejemplo aprender un idioma. Según una estadística se vio que los trabajadores del muelle de Londres usan 500 palabras para sus conversaciones habituales, comida, familia, trabajo… Si tú aprendes una palabra por día, en un año y medio ¡podrías hablar como ellos! En cambio, si haces un esfuerzo muy grande al principio, luego te quedas vacío y no sabes por dónde seguir.

[…]

¿Qué tentaciones nos alejan de nuestro ikigai?

Las redes sociales reducen mucho la atención en lo que estamos haciendo. Nuestro tiempo libre pierde calidad porque dejamos de estar 100% presentes en lo que hacemos. Un mensaje de whatsapp, un tweet, el messenger… impiden que lleguemos a ese estado de flow que requiere el cultivo de cualquier pasión. Atender muchas cosas a la vez, además, nos deja agotados: hay estudios que demuestran si estás escribiendo un artículo, por ejemplo, y sales y entras continuamente para revisar las redes sociales, el esfuerzo que haces en increíble. Acabamos planchados. El multitasking es un gran enemigo del ikigai o de cualquier talento que quieras desarrollar.

[…]

¿Por qué hay personas que tienen tan claro su ikigai y otras que no?

Hay personas que nacen con una pasión muy marcada. Y hay otras que no están muy conectadas con sus emociones y les cuesta entonces discernir qué es lo que más les gusta. A veces necesitan toda una vida para acabar descubriendo, a los 60 o 65 años, qué es lo que les apasiona. Lo bueno es que nunca es tarde.

¿Descubrir el ikigai es una garantía de felicidad?

Bueno, ayuda mucho. Ha habido grandes artistas que eran infelices por otros motivos, porque tenían problemas mentales o conflictos familiares o porque no encontraban una manera de estar en pareja… Pero en general una persona que tiene una pasión es mucho más feliz que quien no tiene ninguna. Primero porque no tienes que pensar en cómo ocupar tu tiempo, o llenarlo viendo la televisión, y segundo porque cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad. Cuando desarrollamos nuestra pasión podemos olvidarnos de nuestros pensamientos (lo que me falta, lo que me hizo mi padre, mi discusión con la vecina) y conseguimos aligerarnos de esa presión.

Encontrar la propia pasión parece estar de moda. Antes predominaba más la cultura del esfuerzo.

Nos hemos dado cuenta de que el esfuerzo no lleva a la felicidad… ni a la riqueza. Porque está comprobado que trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado. Si tienes la tranquilidad para reflexionar quizás puedas encontrar algo que no existe, una necesidad social que puedes cubrir, un ámbito en el que aportar y del que puedas vivir. Trabajar mucho ni siquiera te da tranquilidad económica, porque al final cuanto más trabajas más necesitas compensar esa inmensa frustración que supone estar todo el día en la oficina, lejos de los amigos, de la familia, de uno mismo. Y entonces, ¿qué haces? Terminas tu jornada y vas a comprar algo, que suele ser  más caro de lo que te puedes permitir, y así la pelota se hace más grande. Cada vez tienes más cosas, menos tiempo, y no se soluciona nada: ni tienes ahorros, ni tienes tiempo ni tienes nada.

¿Cómo te ha ido a ti con tu ikigai?

He dado muchos bandazos. He sido camarero, repartidor de pizzas, profesor de escuela, traductor, editor… A mí me gusta mucho una frase que decía Buda: “Yo siempre estoy empezando, porque cuando mantienes la mente de principiante no das nada por sentado y tienes siempre la oportunidad de empezar cosas nuevas”.

👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
0 Facebook Twitter Google + Pinterest