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Gracias a todos [Y por qué debemos preguntarnos qué línea traspasar]

A mis padres los conocí de mayores. Ellos estuvieron siempre allí, quiero decir conmigo, pero cuando yo llegué, Vicente y Ana ya estaban instalados en la treintena. Me había perdido su niñez, sus años de adolescencia, su entrada en la edad adulta.

Por eso no entiendo muy bien –aunque lo intuyo- su lista de prioridades ni lo que los inspiró. Pero sé que formaron parte de una generación que luchó y mejoró. Que abrieron puertas a machetazos y avanzaron aun si afuera, o adentro, había una voz persistente diciendo “no”.

Hoy, su herencia está en la normalidad con la que pronunciamos palabras como “vacaciones”, “seguridad social”, “gay”, “aeropuerto” o “máster”. Las decimos como quien dice calle-café-beso. Damos todo eso por sentado.

Ahora, mientras tomo un té revisando el mundo a través de mi móvil (como si tal cosa), me pregunto ¿cuál es nuestra misión como generación? ¿qué legado dejaremos a los que vienen detrás?

El valor de los otros

Y mi mente se repliega en espejo y no puedo evitar pensar en toda la Humanidad.

En el primate que salió de su zona de confort y se curró su primer fueguito. En el primero que especuló en las posibilidades de la rueda y armó un carro maltrecho. ¡En el pánico y el coraje de los hermanos Wright y el avión inaugural! En el científico que probó en su propio organismo la vacuna.

Gracias a todos. Por ellos ahora no es raro el calor, ni los viajes, ni la tranquilidad de una pastilla a tiempo. Gracias a las mujeres que desafiaron el establishment para pedir el voto, a los artistas que crearon obras imposibles saltando por encima de tendencias e intereses. Gracias a los cientos de escritores de todas las épocas que nos dejaron su legado a pesar del miedo a ser juzgados.

Gracias a las minifaldas

Pienso también en los miles y miles de personas que en la soledad de sus habitaciones se fijaron una meta y, llenos de temor e incertidumbre, dieron un paso –cualquiera-  para mejorar su vida un poquito. Una denuncia, una minifalda, un diploma. Anónimos, grandes, que se atrevieron a traspasar una línea para romper estereotipos anquilosados. Y que con esa decisión nos trajeron hasta hoy.

Gracias a mi padre y a mi madre que me dieron amor, educación y cierta tranquilidad económica. Me pasaron el testigo para, a partir de allí, poder dibujar nuevos retos en el mapa. Seguir adelante y dejar algo mejor a los que están por venir. Esto, lo otro, de todo.

Es verdad que nuestra sombra, proyectada a futuro, es grande y prometedora. Pero también es cierto que nuestra luz es capaz de atravesar paredes, romper resistencias y vencer. Somos los superhéroes del futuro. Y ahora, 2018, me pregunto, ¿cuál es mi aportación, mi granito de arena que un día se convertirá en una montaña incuestionable e invicta?

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