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Crear desde el miedo o desde el amor. Dopamina o cortisol

Entre mi cama y mi escritorio hay diecinueve pasos. Cuando trabajo en casa, es la distancia que separa el descanso de la fiesta mental. Por la mañana abro los ojos, me acuerdo de “Y si de repente” y salto al ordenador para bailar con decenas de links, vídeos, letras, bocetos. (Aviso: el efecto desaparecerá, pero eso todavía está muy lejos.)

Ahora es primavera y hay felicidad y ni siquiera me importa que afuera haya sol y yo esté aquí dentro haciendo calendarios, photoshopeando imágenes, o escribiendo guiones. Mi vida es un diálogo íntimo con la pantalla y mi cuerpo solo conoce una postura. Pasan las horas y afuera no existe el mundo.

—No trabajes tanto. Hay que descansar— me dice mi novio desde la puerta. Y la frase suena como un botón que lo desarticula todo. Mis pies de repente tocan el suelo, el reloj marca cada segundo y los músculos se mueven, torpes.

—Hay que descansar— repito. Y mientras intento parar la cabeza (adentro hay una revolución en rose), busco una explicación a este torrente de energía inagotable.

¿Dopamina o cortisol?

En un primer momento, pienso: “Ah, claro, es cosa de la dopamina”. Ya sabes: cuando haces algo que te gusta, tu cerebro empieza a segregar esta sustancia para hacerte sentir bien. Si este neurotransmisor fluye entre tus neuronas, ¡hurra! Hay motivación, bienestar y placer.

(He leído que para generar dopamina, puedes 1. Escuchar tu música favorita, 2. Incorporar alimentos que estimulen su producción, como el té verde, los aguacates, las almendras o los arándanos, 3. Mantener el estrés a raya, 4. Dormir ocho horas, 5.  Establecer rutinas y horarios, 6. Practicar yoga, 7. Marcarte nuevos objetivos y conseguirlos, etc.).

Cuando estoy en el extremo opuesto a la dopamina, mi cuerpo es el reino del cortisol, que es conocido como la “hormona del estrés”. Generalmente se activa en una situación de aguda de peligro. ¡Ey! Hay un león a tres metros que te quiere pegar un bocao. Eso ocurría cuando vivíamos en una cueva y acabábamos de descubrir el fuego (por decir), pero ahora el cortisol llega más bien provocado por pensamientos del tipo “como no espabiles, no llegas a fin de mes”, “si te va mal, no vas a poder soportar el fracaso”, “si no te das prisa, no vas a cumplir con los plazos previstos”.

En una situación de estrés, mi cuerpo –bueno, el cuerpo de todos- echa mano del cortisol, que responde con un pico de energía para poder luchar o huir. Si vistiéramos taparrabos, nuestro cuerpo se estabilizaría al rato de correr o de liarnos a porrazos. Lo que ocurre ahora es que muchas veces el estrés es continuado (nuestra mente no para) y nuestro metabolismo no tiene tiempo para normalizar sus valores de salud.

Pienso en todo esto y me pregunto: ¿Ana Claudia, estás creando bajo el efecto de la dopamina o del cortisol? A veces, no es fácil reconocerlo. No sabes si lo que te mueve es el miedo o el amor.

Buenos Aires – Barcelona

Cuando volví de Argentina (estuve viviendo allí cinco años) aterricé con un listado infinito de cosas por hacer. Nunca fui tan efectiva… y nunca he vuelto a estar tan agotada. Buscar trabajo, encontrar un piso, reencontrarme con la familia y los amigos son menos de veinte palabras, pero en la vida real son un Everest, un Aconcagua y un Kilimanjaro todos juntitos.

A los meses de ritmo infernal empecé a enfermarme: encadenaba cistitis y tratamientos antibióticos. Hasta que dije basta ya, mi cuerpo me está pidiendo calma. Encontré a Rut Muñoz, una médico china que ilustró mi caso con una espléndida metáfora. Bueno, en realidad fueron dos: en la primera me dijo que yo era un avión en pleno vuelo con el motor en llamas. En la segunda, prefirió el transporte terrestre:

“No te queda combustible. Vas en un Ferrari pero estás sin gasolina, por eso el coche te deja tirada. Entonces tú lo vuelves a cargar -10 euros, 20 euros- pero en seguida lo pones de nuevo a 200 km/h. Y, claro, al rato te vuelves a quedar en la cuneta”.

Cuando tengo que enfrentarme a un momento de cambio importante, vuelvo a pensar en esta metáfora. Y me cuido: me planifico (te lo contaba la semana pasada en este post) y descanso. Suelo leer que uno de los errores más frecuentes entre los emprendedores es el cansancio extremo en algún momento del proceso. No me extraña: conseguir vivir de lo que amas es una montaña rusa con subidones de euforia y miedo.

Si el cortisol me ataca el trabajo se convierte en un montón de piedras yermas que palpitan a ritmo de taquicardia. Hago las cosas mecánicamente, sin brillo. Así que cuando lo veo llegar salgo corriendo (es literal: me pongo las zapatillas y me largo) o escribo los pensamientos negros (y les doy la contraria), o llamo a una amiga para que me dé un punto de vista realista y positivo. Juan Naranjo siempre dice “si estás en cortisol: ¡vete a un spa!”.

“Hay que descansar”, se repite todo el mundo. No solo porque el cuerpo se puede quejar (y muy fuerte). Ni si quiera porque con el relax aparece la magia de las buenas ideas y se expande la creatividad y hay más garantía de éxito. Hay que descansar, sobre todo, porque así, cada vez que caminas diecinueve pasos, es primavera y las horas pasan volando, y te preguntas por qué demonios tardaste tanto en empezar.

 

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