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Y SI DE REPENTE: doce meses de amor – Los hits de mi primer año como emprendedora

El 21 de marzo del año pasado salía Y SI DE REPENTE al mundo. 😄 ¿Qué me pasaron en estos 12 meses como emprendedora? Las principales lecciones que aprendí entre bambalinas fueron éstas:

MES 1 – Marzo. Tu rutina amiga

“Hay que trabajar según un plan, no según tu estado de ánimo”.

Porque cuando estás arriba, ni siquiera hay que agitar las alas. Pero, ¿qué pasa cuando a la emprendedora que hay en ti le duelen los ovarios, se enfada con su padre, se le estropea el ordenador, tiene sueño o por dentro le llueve demasiado?

Plan, plan, plan: la rutina está de tu lado.

MES 2 – Abril. ¿Qué voy a comer hoy?

Cuando era pequeña pensaba que si cortabas a un cerdo (vivo) que comía bellota, saldrían bellotas flotando de la sangre. Fácil: lo que comes es lo que eres.

¿Qué pasaría ahora si yo misma me abriera un tajo en el brazo? Saldrían supurando las noticias de Trump, aparecería la paella que me comí ayer, el olor de él a madera, la llamada de esta mañana con mi hermano, frases del libro La casa de las bellas durmientes de Kawabata, una rabia pequeña pero insidiosa que no se va, un té verde calentito con menta, el gesto torcido de la bibliotecaria, y un “te quiero” suave.

Cuando alguien me coma, mi carne tendrá ese sabor.

Nota 1: De lo que se come se da.

Nota 2: el “te quiero suave” no era de la bibliotecaria.

MES 3 – Mayo. Emprendedora frente a la pantalla

—El texto a lo mejor podría trabajarse más…

—…

— El concepto, ¿no está flojo?

—…

— ¿Esta imagen? ¿Sí?

Y entonces un alma redentora que observa cómo tu perfeccionismo te empieza a estrangular, dice contundente: “Esto ya está. Publícalo”.

La mayoría de las cosas no son TAN importantes para hacerte avanzar. Para frenarte, sí.

MES 4 – Junio. El juicio

Hay unos ojos gigantes que me miran. Me acerco y reconozco dentro cientos de ojos diminutos que no me pierden de vista: son los ojos de mi tía, de mis amigas del alma, de mi gente en Argentina, de mis padres y mis hermanos, de esa chica criticona, de mi exjefe, de mi novio, de mi pareja anterior, de los del coworking, de mi profesor en la universidad… siento que hay cientos de miradas sobre mí. Me asfixio.

Por suerte, a veces ese río de ojos pestañea. Y yo respiro. Entonces aprovecho para echar un vistazo alrededor: estoy yo, feliz con los lunes; yo, concentrada en lo mío; yo, sonriendo.

Lo bueno es que esos ojos gigantes que me miran, cada vez pestañean más a menudo. A veces casi no abren sus párpados. Y yo puedo respirar cada vez mejor.

MES 5 – Julio. Consideraciones sobre el acto de vender

Voz en off 1 (con miedo): “Soy como una vendedora de enciclopedias casposa, repeinada y con traje, que ofrece puerta a puerta mil argumentos trilladas para colocar mi producto”.

Voz en off 2 (sin miedo). “Como emprendedora, te doy mi talento, mis ganas y mi energía a cambio de dinero. Me parece justo. Trabajar para ayudar al otro es un intercambio feliz”.

*Confesión: saltar de la voz 1 a la 2 costó. Hubo que entrenar duro.

MES 6 – Agosto. Siempre hay más

Llegan las vacaciones y tú aún vas adrenalínica, moviéndote a diez mil por hora, impulsada por dos motores infalibles: el miedo a fracasar y las ganas de materializar el chorro de ideas. Eres un volcán. Y entonces un día te miras al espejo, ves esas ojeritas y esas canitas prolíficas; coges el teléfono y tu sobrino te llama de “usted”; giras la cabeza y todavía están por allí los jerseys de invierno. Y de repente lo entiendes todo.

Que esta es una carrera de fondo. Que cuando acabas de hacer un gran esfuerzo, enseguida llega otro. Y que como dicen los deportistas: hay que dosificar. Hay que descansar.

MES 7 – Septiembre. Insisto

Para descansar –sin volarme la tapa de los sesos por la ansiedad- tuve que planificar a largo plazo. Y para arrancar, en septiembre, también. Nena, me dije, orden en la gestión del tiempo: se acabó eso de improvisar y organizarse de un día para el otro. 

Insisto: La paz llega cuando tienes un [buen] plan.

O, en la versión de Laurence Peter: Cuando todo lo demás falla, lea las instrucciones.

 

MES 8 – Octubre. Palanca interna

Una noticia buena y una mala. La buena es que ejecutar cualquier cosa, cualquier idea o plan es fácil: es solo cuestión de técnica y entrenamiento.

La mala es que aquello que de verdad nos impide alcanzar nuestros objetivos no se ve ni se oye ni se huele. Es silencioso y está dentro: son las trabas internas.

En octubre escribí en mi diario: “para conseguir un objetivo hay que dejar atrás las creencias (miserables) que nos frenan. Son ideas incrustadas que hay que remplazar por otras nuevas, brillantes. Por eso hay que estar dispuesto a soltar, a morirse todo el tiempo”.

Nota: Eso cuesta pero Yes, we can!

 

MES 9 – Noviembre. Dioses

La mejor forma de predecir tu futuro es crearlo.

Stephen Covey.

 

MES 10 – Diciembre. Mind the gap!

Diciembre. El mes del consumismo a tope, del amor, los turrones y las máximas oportunidades de hacer tu negocio rentable, es peligroso. El precipicio se cierne bajo tus pies de emprendedora, si entras en estrés y el cortisol acampa en tu vida. Hay un riego clave: que la agenda abarrotada mate el cuento de vivir feliz de tu talento.  

MES 11 – Enero. Automatismo del peldaño

Antes de subir el siguiente peldaño de una escalera, hay un sensor en los dedos del pie que activa el cuerpo: retuerce el estómago, crispa la mente y mantiene los ojos abiertos y tensos (sobre todo en las noches). 

No hay que hacer mucho caso. Después de subir el susodicho peldaño, el pie deja de enviar señales turbulentas. Y las vistas son mucho mejores.

MES 12 – Febrero. Prosigamos

Se sube el telón: Salgo yo, riéndome. Se baja el telón.

Se sube el telón. Salgo yo: digo “muchas gracias”. Se baja el telón.

Aplausos para todos.

Muchas gracias por estar allí. 💛

A por doce meses más.

21 marzo, 2019 0 comment
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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

 

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14 junio, 2018 0 comment
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Me fui a un retiro y descubrí lo menos pensado: cómo aumentar mi creatividad

Cuando tenía siete años, junté todos los exámenes que había hecho en la escuela, quité las pruebas con calificaciones por debajo del 8, y presenté el resultado adulterado a mi tía Isabel. Naturalmente, todo fueron alabanzas. ¡Qué pequeña genio tenemos en casa!

Esa es la primera treta que recuerdo a la hora de construirme un personaje querible. Dicen que a los tres años empezamos a disfrazarnos y manchar nuestra autenticidad para obtener reconocimiento. Ay, cómo nos gusta que nos quieran y qué bien nos sientan los aplausos, aunque no sean del todo merecidos, ¿eh? Eso pensaba yo, pero luego me fui dando cuenta de que, demasiado a menudo, ese alter ego mío se tensaba, se comparaba, se acartonaba. Fingía.

Mala cosa.

Así que empecé el proceso inverso: el divorcio con mi mitad ficticia. A veces, ha sido como ir a la playa sin depilar: te da vergüenza al principio, miras a todos lados, pero luego… ¡buf, qué libertad!

Creatividad y vergüenza

Otras veces, en cambio, la máscara ha estado tan pegadita que ha sido difícil desincrustar. Me pasó al empezar a hacer vídeos para Y si de repente (te lo conté aquí). Y, últimamente, al escribir las entradas del blog. ¿De verdad, Ana Claudia, que tienes que pasarte tantas horas para redactar un texto de dos páginas? Perfeccionismo a la vista. Auxilio.

Por eso me apunté a un retiro el fin de semana pasado. Se llamaba “Disolver el Juez Interior: Sanar la herida de vergüenza y desvalorización». Me venía que ni clavao. Y además lo hacía Ketan Raventós, de Sammasati, que me encanta y con el que desde hace años me voy a pegar de vez en cuando un repasín interior.

Esta vez mi pregunta era: ¿por qué me da tanto miedo mostrarme tal como soy? Y en tres días, lo descubrí. Además –aleluya- aprendí algo impactante: qué hacer para tener más creatividad.

Mira este vídeo, aquí te lo cuento todo:

Responder para avanzar

En las dinámicas que hicimos durante los dos días de retiro aparecieron cosas muy suculentas. Por ejemplo, cuando contesté a estas preguntas: ¿Qué ideas de vergüenza tengo en mi mente relacionadas con a) mi cuerpo, b) mi trabajo, c) mi relación con el dinero d) mi personalidad y mi energía e) el sexo y mi sexualidad f) mi creatividad? (Contéstalas, ya verás) Mis respuestas son las que nutren a mi vocecita interior y que, aún sin darme cuenta, me susurran en el momento menos pensado: “no eres lo suficiente”. Y entonces, claro, se va todo al carajo.

Ketan nos repartió unas hojas y allí subrayé un párrafo que lo explica muy bien:

“Si observamos nuestra vida actual, tal vez nos demos cuenta de que muchas cosas que hacemos son compensaciones para evitar sentir algo. Por ejemplo: estar haciendo un trabajo que no me gusta, donde no puedo desarrollar mi creatividad, donde me siento estancado. Mi corazón me pide dejarlo y poner mi energía en un proyecto personal que me apasiona, pero siempre tengo excusas para no hacerlo. ¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían si dejo el trabajo (la seguridad financiera), mis sentimientos de que no soy suficientemente bueno en nada. No quiero sentir mi miedo al fracaso. Prefiero no arriesgar”.

¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían.

Y sigue:

“Es humano no querer enfrentarse a la inseguridad y a los miedos que se despiertan ante un reto, ante un cambio. Pero si queremos crecer, sentirnos vivos, necesitamos tener el coraje de aceptar nuestros miedos e inseguridades como parte de la vida (…). Si no, te estancas, detienes tu crecimiento, la posibilidad de desarrollar tu creatividad, de crecer en confianza y autoestima”.

Ahora me siento muy bien. Han pasado cinco días, y no te diré que mi autoestima es una pared impecable sin fisuras, pero algo ha cambiado en mí. Creo que puedo identificar más fácilmente a mi saboteador interno y, cuando lo reconozco, ya no le doy tanto poder.

Han pasado cinco días y estoy contenta. Esta semana escribí un montón.

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27 abril, 2018 0 comment
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Ni contigo ni sin ti – Tres razones para no temer que tu pasión se convierta en obligación

El otro día conocí a una chica que, a veces, tropieza por la calle. Sin un porqué concreto, un desnivel por ejemplo, o una piedra. Tropieza, simplemente: se le enreda un pie en el otro, luego se repone y continúa el paso. También conocí hace mucho a un hombre que al ducharse, debía estar en completa oscuridad, y a una mujer que, si tenía un mal día, tiraba a la basura toda la ropa que llevaba puesta (era señal de mal fario, decía).

Son excentricidades, ya sé. Pero me sirve para demostrar que todos, en alguna medida, somos diferentes. Hace muy poquito pregunté por ahí: ¿ey, y tú por qué no decides vivir de lo que amas? ¿cuál es tu miedo a trabajar de lo que realmente te da la gana? Y, claro, hubo muchas repuestas. Pero una, sobre todo, me conmovió.

Odiar el amor

Miedo a hacer el ridículo, miedo a la incomodidad del cambio, miedo a fracasar… la lista de barreras que nos separan de nuestra vida ideal es larga y fecunda. Pero este post es para quienes contestaron así: “No quiero convertir mi pasión en una obligación. No quiero odiar algo que amo tanto”.

Yo misma me pregunté en seguida, con algo de miedo: “¿voy a aborrecer escribir si lo convierto en una actividad diaria?”. Y algo dentro de mi saltó como un alambre: el NO más bello de mi vida. Pero aún así, quise preguntar a aquellas personas que desde hace tiempo hacen lo que aman y viven de ello. A los que ya están allí.

Darnos por muertos

Encontré el otro día una frase hermosa de Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios se puedan morir mis ángeles”. Que es lo mismo que decir: si derrumbo mis miedos, ¿es posible que mis pasiones dejen de brillar? Lo mismo que: ¿Es mejor no besarle por si descubro que, después de todo, no me gustaba tanto como creía? ¿No voy por si al final no se da el happy end?

Es lo mismo que decir: Hay veces que nos damos por muertos para no morir.

Andrés Zuzunaga: el ocio es el trabajo

Vamos con el primer testimonio: el astrólogo Andrés Zuzunaga.

Antes de encontrar la astrología (o viceversa), Andrés era un joven sofisticado: se había licenciado en Económicas y había trabajado en Nueva York y en Barcelona como programador informático. Quiero decir que estaba en las antípodas de los planetas y su lenguaje; pensaba que ser astrólogo era friki. Nada cool.

Y entonces una crisis a los 30 años lo llevó a abrazar la astrología y su mundo (¿cuántos ataques de ansiedad hacen falta para encontrar tu camino?). Y ahora, doce años después, Andrés Zuzunaga es astrólogo y director de la escuela de astrología más grande de España, Cosmograma, que él mismo fundó.

Dice que ya no anhela que llegue el fin de semana y que en su vida no hay separación entre el ocio y el trabajo. En su libro Somos Cosmos reproduce este gráfico para ayudar a las personas a encontrar su propósito de vida: cuando se lo aplica en primera persona, en los círculos y en el punto central está la misma palabra. Astrología.

 

Como descubrir tu propósito de vida - vivir de tu pasión

¿Cuál es tu propósito de vida? (Del libro «Somos Cosmos», de Andrés Zuzunaga)

 

Sonia Esplugas: la pasión cambia

A los 25 años Sonia Esplugas se dijo a sí misma “a lo mejor”. Había estudiado Ciencia y Tecnología de Alimentos, pero por entonces empezó a darse cuenta de que su pasión tenía más que ver con la expresión artística y el dibujo: “Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo a una edad inadecuada para “este tipo de cosas”, según me habían hecho creer. Tenía la sensación de que ya era tarde. ¡Ahora lo haría aunque tuviera 60 años!”.

Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo

Más de quince años después, Sonia es toda una artista visual y arteducadora. Ha logrado perfeccionar lo que ella llama “actualización continua”: cada tres meses para y se pregunta “¿voy bien por aquí?”, “¿lo que hago me alimenta el alma o hay alguna puerta nueva que tenga ganas de abrir?”. (Y si detecta algún prejuicio, lo elimina lo antes posible. Le saca la pila al muñequito mental). Así es como descubrió que, además de dibujar y dar talleres, tenía muchas ganas de acompañar a otros a avanzar en su camino: “Hace un año lancé un programa de empoderamiento creativo que es muy inspirador para mí y para los demás”.

Si le preguntamos a Sonia qué ventajas encuentra de vivir de su pasión, en el párrafo aparece cuatro veces el verbo amar: “Cuando vives de lo que amas, sientes que la vida es un regalo cada día. Claro que hay tareas que son menos gratificantes que otras, pero con el tiempo aprendes a amarlas como parte del todo. Cuando imagino un mundo en el que todos hiciéramos lo que amamos y amáramos lo que hacemos, habría millones de problemas que simplemente desaparecerían”.

 

Alessandra Coletti: la libertad

“Mi vida ha cambiado radicalmente”, dice Alessandra Coletti, hoy terapeuta de análisis bioenergético. Y lo explica muy gráficamente a través de porcentajes. “Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban, pero la proporción se ha invertido totalmente: ahora, por lo menos un 80% de mi día hago lo que me apetece, lo que me da satisfacción, lo que me gusta”. (¿Te imaginas?)

Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban

Alessandra estudió filología y trabajó varios años en el ámbito de la cooperación. Vive en Barcelona pero es de Roma, y cuando le pregunto “desde que eres terapeuta, ¿ha aumentado o disminuido tu amor por lo que haces?”, ella contesta un “aumenta” con todo el acento italiano del mundo y como si no hubiera otra respuesta posible.

Además de la libertad que experimenta (es ella quien dice dónde, cuándo y cuánto trabaja), valora de su nueva vida el estado constante de creación: “Contínuamente vas experimentando nuevas formas de trabajar, en grupo, individual, dando charlas, etc. Descubres qué es lo más adecuado para tus talentos”, me dice.

Pero lo que más le gusta a Alessandra es el cambio que ve en las personas que llegan a su consulta. “Es un trabajo ecológico”, dice, “es mi contribución a que en este mundo no haya tanta contaminación emocional”.

 

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24 abril, 2018 0 comment
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¡¿Por qué me cuesta tanto cambiar?!

Te presento el tocho infumable que era el diario La Vanguardia en sus primeros años de vida. ¿Quiénes eran los héroes que conseguían leer una página entera de pe a pa? Ahora serían impensables esas letras pegaditas y esa monotonía en el formato… qué aburrimiento. Pero en su momento nada parecía raro: era una publicación de referencia con miles y miles de lectores.

El diario La Vanguardia antes de cambiar

Desde su fundación en 1888 La Vanguardia ha tenido que cambiar muchas veces: en la segunda foto puedes ver cómo decidieron incluir fotografías en el texto (¡alabado sea Cristo!) y, ya en los años 90, dar un vuelco total al diseño para modernizarlo.

El diario La Vanguardia después de cambiar el formato

Cuando hicieron esta última transformación yo estudiaba en la facultad de Periodismo. No te imaginas la de críticas que escuché: que si ya casi no había espacio para texto, que con la introducción del color parecía un panfleto publicitario, que si tantos tipos de letra mareaban la vista…

Madre mía, lo que nos cuesta cambiar.

 

Quiero cambiar. Pero no puedo

Esa época de estudiante la recuerdo con cariño ¡y cuántos cambios ha habido desde entonces! Me acuerdo de llamar por teléfono desde una cabina,  de ir a la biblioteca a documentarme para una crónica (¡con libros!) o de esos routers arcaicos que nos introducían tan lentamente al mundo nuevo de Internet [fin del momento abuela].

Algunas de estas transformaciones han sido más leves que otras, pero siempre han generado, al inicio, cierta incomodidad, cierta resistencia. ¿Por qué será tan difícil cambiar? A continuación, algunas de las posibilidades:

  • MIEDO A LO DESCONOCIDO. El miedo a la incertidumbre me corroe en mis horas bajas. ¿Y si no me lee nadie? ¿Y si lo único que he hecho es perder dinero y tiempo en este proyecto? No sé qué es lo que me espera al final de esta aventura. Si un placer similar al de un masaje a diez manos o si la tortura de un montón de astillas bajo las uñas.

Como no tenemos superpoderes para ver el futuro o para controlar todas las variables, dicen que la mejor respuesta a este bicho es la autoconfianza. Me pongo delante del espejo y repito cien veces: creo en mis capacidades para ir afrontando los obstáculos que aparezcan en el camino.

Sentí el mismo miedo al cambiar de trabajo la primera vez, al dejar al primer novio, al viajar a otro país. El pánico a lo desconocido. Menos mal que tanto caso no le hice. ¿No cambiamos de casa, nos apuntamos a un curso nuevo y hasta nos casamos, y la cosa no sale tan mal?

  • EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN. Mi primera noticia para un diario la escribí en todas las horas que dura un fin de semana entero. ¡Qué nervios! Entonces yo era una lentísima señorita de dieciocho años y hoy, mirando atrás, entiendo que mejorarlo era solo una cuestión de tiempo. Cualquier cambio requiere un cierto período de aclimatación para familiarizarse con el nuevo contexto.

Ahora, que no ha pasado ni un mes desde el lanzamiento de este blog, definiría mi estado como activo y tenso. Intento no interpretarlo como algo negativo: es, más bien, todo mi sistema que cuida de mí. Me dice: “con precaución”, “esto es nuevo”. Y, sí: hay que sostener un desgaste extra en esfuerzo y energía, y aguantar el tirón inicial al salir de la zona de confort. 💪💪

¿Estoy incómoda y desorientada porque todo es nuevo? Paciencia: work in progress!

 

La pregunta incendiaria

Hay más obstáculos que me impiden crecer. Son como la bruja mala de Blanca Nieves: me llenan de manzanas repletas de veneno malo.

Seguimos:

  • OBJETIVOS POCO REALISTAS. Si no hay objetivos claros es muy difícil avanzar. Porque, en contra de lo que parece, la motivación no es la respuesta para todo.

En el pasado, en muchas ocasiones me he sentido muy estimulada a la hora de emprender un proyecto, y hasta he tenido claro el resultado final. Una revista de ecología, un libro de entrevistas, un programa de radio cultural… Pero descubrí que si no establezco una meta específica, medible, realista y acotada en el tiempo, no hay forma: antes o después voy a ser la protagonista de mi propio cuento de la lechera.

Y otro descubrimiento: si divido mi propósito en fragmentos más pequeños, la montaña me parecerá mucho más bajita. (Aquí te cuento cómo establecer objetivos con pies y cabeza a través de la técnica SMART).

  • LA RESPONSABILIDAD, AFUERA. No cambio porque “es que tengo mala suerte”, “mejor no porque el país está en crisis”, “mi novio no me apoya”, “mi madre está enferma”… Si tuviéramos un foco de diez mil vatios, estaría orientado totalmente hacia afuera. Nuestras excusas apuntan a todo aquello que no podemos cambiar: los otros. Y eso nos encierra en un lugar frustrante del que no podemos salir (¿quién puede cambiar al otro?).

Cuando me atasco en este punto, para desbloquear suelo hacerme lo que yo llamo “la pregunta incendiaria”:

¿Qué es lo peor que puede pasar?

(Y de verdad que me imagino el futuro más esperpéntico posible. Estoy sin dinero, me vuelvo insoportable, mi novio me deja, me quedo en la calle sin trabajo y sin un euro. Estoy sola, soy pobre e infeliz).

Y luego, me digo a mí misma: ¿Puedo asumirlo, podría remontar desde allí? Si es que sí, doy un paso adelante.

Mola, ¿no?

 

Atrapado en el tiempo

Veo la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day), donde Bill Murray se enfrenta una y otra vez al mismo día. Al despertarse, comprueba siempre horrorizado que la fecha del calendario no ha cambiado y que está condenado a vivir, de nuevo, las mismas situaciones.

Me pongo a pensar.

Creo que a nosotros nos ocurre algo similar. Aunque la apariencia cambia (diferentes actores, diferentes escenarios), en el fondo siempre vivimos lo mismo. Una y otra vez. Y eso no es nuestra culpa, de nuestro consciente quiero decir, si no de un guión que hemos escrito hace mucho. Ese guión -grabado a fuego en nuestro inconsciente- nos marca lo que esperamos de nuestra vida. Es, por así decirlo, un montón de frenos juntos que no se dejan ver.

El piscólogo Richard Erskine (que es también Director del Instituto de Psicoterapia Integrativa en Nueva York) lo explica muy bien en su lubro Integrative Psychotherapy in Action:

Cuando somos niños (y quizás antes), empezamos a desarrollar las reacciones y las expectativas que van a definir para nosotros el tipo de mundo en el que vivimos y el tipo de personas que somos. Al principio, todo queda registrado físicamente, en nuestro tejido corporal y acontecimientos bioquímicos. Luego en el plano emocional, y más tarde de manera cognitiva, en forma de creencias, actitudes y valores. Estas respuestas forman una especie de guía sobre cómo vivir tu vida”.

Esta «guía» es también el “estilo de vida” al que se refería Alfred Adler, la “compulsión a la repetición” de Freud o el “guión de vida” de Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt.

 

Cambiar el guión

Cuando quiero cambiar muchas veces tengo miedo de salirme de los bordes de mi guión. Atravesar un muro hasta ese momento infranqueable. ¿Te acuerdas de la película El Show de Truman? ¿De todas las dudas del personaje de Jim Carrey antes de atravesar la puerta celeste de su vida-plató?

¿Y yo? ¿Qué debo hacer para poder salir de mi película?

Eso es trabajo de fondo.

Primero tengo que darme cuenta de cómo es mi guión. Revisar cómo soy, mi manera de pensar, de sentir, de comportarme. Cómo son mis creencias, qué hay detrás de mis decisiones, qué expectativas tengo. Qué tipo de piloto invisible y loco maneja mi vida y mi futuro.

Y una vez allí, quizás, un día cualquiera, decida viajar más allá de los límites. Como Jim Carrey o Bill Murray al romper el maleficio, o como el directivo de La Vanguardia que aquella vez, en su despacho, decidió correr el riesgo y, a lo mejor después de hacerse una pregunta incendiaria, y con todo el miedo del mundo (a las críticas, a la bancarrota, a su prestigio), dijera en voz alta: “Puedo asumirlo. Doy un paso adelante”.

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20 abril, 2018 0 comment
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No te prepares para el estrés (sé Joe Dispenza)

Hace poco quedé con M para tomar un café. “Llego tarde. Dame diez minutos más”, me avisó. Y cuando nos vimos se disculpó:

—Me había olvidado de pasar por la farmacia.

—¿Estás bien?— le pregunté.

Y, con aire despreocupado, me respondió:

—Sí, sí. Es solo que dentro de poco tengo una mudanza y, como sé que voy a estresarme, he ido a comprar medicamentos para las anginas. Cuando estoy desbordada siempre me enfermo de la garganta.

Yo me quedé pensativa unos segundos (en silencio y con la cabeza un poco inclinada, como los perros cuando esperan algo de ti). Y aunque no volvimos a hablar del asunto, la idea no se despegó de mí durante todo el día. Había algo en ese razonamiento que no acababa de encajar. Algo.

 

Entrenarse para ser Joe Dispenza

Al llegar a casa por la noche vi encima de la mesita del comedor el libro de Joe Dispenza, Deja de ser tú. Y me dije: ajá. La cosa va por aquí. Joe Dispenza es un crack, un científico estadounidense que indaga en las posibilidades del cerebro para crear situaciones, para cambiar las circunstancias de la realidad con la mente. En su libro, el autor describe mecanismos que parecen de ciencia ficción, de verdad.

Su razonamiento, muy resumido, es éste: (1) el 99% de lo que existe –y somos- es energía, y menos del 1% es materia, por eso (2) lo que recreamos energéticamente con el pensamiento tiene la capacidad de convertirse en realidad.

Lo comprobó en sus propias carnes en 1985. Él era un atleta muy activo pero un día, montando en bicicleta, chocó contra un camión. El médico le dijo que no volvería a andar nunca más. Y en California los cirujanos le aseguraron que la única salida era operar. En ese momento, el joven Joe Dispenza toma una firme determinación. No pasar por quirófano. En vez de eso, se dedicaría a usar su mente para recuperar el cuerpo. Y funcionó.

Para eso se licenció en Bioquímica, en Neurociencias y se doctoró en Quiropraxia. Y sus investigaciones siguen hasta el día de hoy. En Deja de ser tú leí unas conclusiones que me dejaron mirando el techo un buen rato. Escucha esto: un grupo de personas experimentó el mismo avance al reproducir mentalmente sus ejercicios de piano (SIN MOVER NI UN CENTÍMETRO DE SUS DEDOS) que los que lo habían hecho físicamente.

(¿Holaaaaa? ¿Cómooo?)

Y también contaba Dispenza cómo su hija logró exactamente las vacaciones que quería solo focalizándose en su objetivo y comportándose como si ya lo hubiera conseguido.  En una entrevista el científico decía que prepara a sus hijos para que creen su propia realidad. “Hacen los ejercicios como un niño juega a tenis, practicando mañana, tarde y noche. Así ejercitan su mente. El trabajo consiste en sentir aquello que desean con su mente y cuerpo, como si ya hubiese sucedido”.

 

El cambio: ¿amenaza o aventura?

Como un flash, todo esto pasa por mi cabeza en cámara rápida al ver el libro en la mesita. “Prepararse para el estrés es instalar en tu mente el software Voy a estar estresado”, pienso. Y me doy cuenta de la facilidad con la que todo el tiempo etiquetamos situaciones, adelantándonos a un desenlace catastrófico. “Seguro que suspendo”, “me va a decir que no, ya verás”, “vivir de un blog es dificilísimo”. Nos tiramos piedras sobre el tejado. Utilizamos el lenguaje en nuestra contra sin descanso y reforzamos contínuamente esa idea de que no somos capaces, de que no lo vamos a lograr, no insistas más.

Me siento en sofá –mirando el techo, otra vez- con esta pregunta dándome vueltas: ¿cuándo empezamos a tomarnos los momentos de cambio como potenciales picos de estrés, como amenazas? ¿Cuándo dejó de ser una aventura cambiarse de casa, explorar un nuevo trabajo, quedarse embarazada?

Miro el ventilador, en pausa, bocabajo. Y pienso que, después de tanto tiempo, hemos llegado a un pacto como sociedad: nos decimos a nosotros mismos que hoy estamos salvados si habitamos la rutina gris, y que si mañana ocurre algo nuevo, estaremos perdidos indefectiblemente. Somos nuestro propio Judas. Nos traicionamos a nosotros mismos (nos besamos a la europea, un beso en cada mejilla) y el resultado es un paisaje escrito con letras muy pequeñas, minúsculas.

¿A qué esperamos para cambiar?

NOTA: Joe Dispenza me da muchísima curiosidad. Antes que él, muchos otros apuntaron hacia el mismo lugar (nuestra capacidad para crear a través de los pensamientos). Pero ésta es la primera vez que lo sustenta una base científica tan indiscutible. ¿Hasta dónde llegará Dispenza?

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17 abril, 2018 0 comment
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Mis principales obstáculos para emprender (y sus soluciones): balance 1

A lo mejor es pronto para hacer un recuento de lo peor y lo mejor en esto de empezar un blog y querer rentabilizarlo (ya sabes: ¿cómo es en realidad el camino para vivir de lo que amas?). Pero tengo ganas de contarte ya algunos de los obstáculos para emprender que más me cuestan superar. Sobre todo quiero compartir contigo el primer gran freno que me llevó varios días gestionar. Allá vamos:

  1. PLANIFICAR: Cuando hay un poco de caos y no sé cuándo hacer las cosas, me abandono al “sobre marcha” y la ansiedad empieza a campar a sus anchas. Mal síntoma. SOLUCIÓN: sacar la agenda y ensayar una y otra vez la mejor configuración de mi tiempo. Déjame enlazar con el siguiente punto.
  1. CUIDAR EL TIEMPO: estoy acostumbrada a apuntarme a un bombardeo (los de mi entorno también) y cuando empiezas a decir que no… cuesta. SOLUCIÓN: en este caso, el remedio es más bien interno. No hay otra que convencerte a ti mismo de que ahora es tu momento y de que tú eres la máxima prioridad. Foco, foco y foco.
  1. OCUPARSE DEL MARKETING: será por la experiencia, pero escribir es lo que hago más rápidamente y lo que me gusta más. Por eso a veces me anclo allí y descuido las cuestiones de marketing, fundamentales para que “Y si de repente” funcione. SOLUCIÓN: planificar en el calendario las acciones destinadas a la difusión del proyecto y cumplirlo con precisión. ¿Cabe toda la frase en un mantra? (¡Ojo! En el fondo, hay también mucha pereza de enfrentarme a la incomodidad de lo que no domino. Pero lo que hoy me lleva cuatro horas; el mes que viene serán dos).

También hay amor

Hacer apología del emprendimiento como la solución para todos los males es peligroso. Pero hay cosas que no se pueden negar.  Aquí, los aspectos positivos desde que nació «Y si de repente»:

  • LA FELICIDAD. Me levanto de la cama dando un salto mortal (esta es mi oda a los 80 y a los Hombres G 😆). No hay mejor energizante, una motivación más grande para levantarte, que visualizar tu mesa, tus ideas y un montón de hojas en blanco. El sentimiento es similar a cuando sabes que ese día te vas de vacaciones, o vas a encontrarte con el chico que te gusta. ¡Yujuuuu!
  • TIME IS MINE. La gestión del tiempo –ya te lo decía- no es tarea fácil. Pero cuando consigues domesticar los segundos, los minutos, las horas, la vida se convierte en un paseo en descapotable, por la costa, un día de sol. Hago lo que quiero con mi pelo vida.
  • MEJORO. Porque aprendo a la velocidad del rayo y cada día tomo más consciencia de la vida que quiero. Y eso es un generador de endorfinas del tamaño del Volga.

El rechazo

Pero no siempre mejoro a través de la felicidad. Transitar por esta ruta implica encontrarme con monstruitos interiores que había escondido muy bien, en algún rincón, debajo de una piedra, camuflado con el paisaje.. Para mí, éste es uno de los obstáculos para emprender más comprometidos y menos comentados.

«Vale, estoy aquí para escucharte», tengo que decirles a mis negruras, mientras las miro a la cara. Para que no me engañen, para poder continuar. Es lo que me pasó precisamente hace poquito con la gestión del rechazo. Te lo cuento en este vídeo:

Pienso en lo que leía ayer, de Alicia Kopf en su libro Hermano de Hielo: «Si transformar la alegría, la belleza y la seducción en oro no cuesta mucho (el proceso alquímico es simplemente un cambio de molde), la conversión de la mierda en oro es un proceso costoso tanto para el organismo que lo lleva a término como, indirectamente, para su entorno». Y dice: «Somos alquimistas, como los gusanos, secretamos seda».

 

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14 abril, 2018 2 comments
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Sí, quiero

Cuando viví en Tierra del Fuego, un día que hacía mucho frío, la novia de un amigo me dijo: “Yo soy profesora de yoga, ¿por qué no vienes a probar una clase?”. Yo debía tener cara de hielo o de desencaje, no sé. La cuestión es que fui, respiré y me estiré.

Recuerdo la madera vieja del lugar y cómo el viento tirano hacía temblar el ventanal de la sala. A través del cristal se veía el Mar Argentino, azul petróleo, contundente como una puñalada. Pero lo que más recuerdo de aquel día es la sensación de volver a mí. Después de una hora y media de clase me sentía tan liviana que, de verdad, ni me lo creía. Nunca hubiera pensado que esa sugerencia me traería tanta paz (ni aquella tarde, ni todas las tardes de yoga que vinieron después).

Qué hay detrás

Por eso siempre que ahora alguien me hace la pregunta “¿no quieres probar…?”, yo no me puedo resistir. Hay veces que la cosa sale bien (el yoga, la salsa, el clown) y otras que no tanto (¿cómo se puede ser tan torpe bailando contact?). Pero lo único que siento en ese momento es que, si no lo intento, nunca sabré si detrás de esa opción había un tesoro o una puerta estéril.

Y yo, con esa espinita, no me quiero morir.

*Ya sabes que sorteo cada semana una sesión gratuita con el coach financiero Juan Naranjo. Quizás sea una buena oportunidad para ver qué puertas o qué nuevos horizontes se pueden abrir en tu vida. Si así lo sientes, participa en el sorteo de la semana que viene rellenando el formulario de aquí abajo. ✏

Y si al leer este pequeño post te ha venido alguien a la cabeza, invítalo con este post y dale una oportunidad para que se inspire y, quizás (¡ojalá!) algo pueda cambiar en su vida. Mi vecina dice todo el tiempo: “¡Los caminos del señor son inescrutables!”. Y yo digo: ¡Amén! Y digo también: ¡Gracias por compartir!

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10 abril, 2018 0 comment
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