Tag:

vivir de tu pasión

Francesc Miralles | «Para encontrar el ikigai, lo primero es vaciar la agenda»

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai:los secretos de Japón para una vida larga y feliz

Conocí a Francesc Miralles cuando su libro Ikigai… todavía no había cruzado el umbral del éxito colosal. Su obra no había aparecido aún en el New York Times ni había recibido un espacio en el show prime-time de la estadounidense Ophra Winfrey. Tampoco había sido traducido a más de 50 idiomas.

—¿Existen tantos idiomas?— me preguntó hace poco un editor que conocemos Francesc y yo, y que lleva más de medio siglo de intensa actividad editorial. Al teléfono, me confesó atónito: “Mi récord en todos mis años de experiencia ha sido publicar una obra que se tradujese a 23 lenguas diferentes. Lo de Ikigai es una barbaridad”.

Yo abrí mucho los ojos pensando en la cifra 50, y asentí.

Y días más tarde tuve la oportunidad de entrevistar a Francesc de nuevo. Esta vez fue gracias a la incombustible Ana Bizarro, de Acción con Alegría, que con su #FiestaComunicación creó la coartada perfecta para que nos encontrásemos otra vez. ¡Y qué encuentro, señoras y señores!

Aquí os dejo la entrevista, donde veréis la versión en vídeo de un Francesc Miralles gigante: por lo que dice y por cómo lo dice. ¡Gracias, Francesc!

*** Un par de años antes entrevisté a Francesc Miralles para la revista Integral. Para los que les guste leer, reproduzco a continuación un extracto. 😉

Ikigai: ¿cuál es tu propósito de vida?

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz y El método Ikigai

Todo empezó en un parque de Tokio. Era el 2015 cuando Francesc Miralles y su amigo Héctor García (Kirai), sentados en un banco, decidieron que juntos, desvelarían el secreto de la longevidad. Ambos planificaron una visita a Ogimi, el lugar en el mundo que más personas centenarias acoge. Y meses más tarde -después de decenas de entrevistas- descubrieron que el motor para una larga vida se sustenta en un ingrediente principal: las ganas de vivir. La motivación. El ikigai.

De aquella investigación surgió el libro Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz. Hasta entonces, Francesc Miralles ya había escrito más de 30 libros sobre psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Lo había hecho en pareja (con autores como Àlex Rovira), en solitario, con seudónimo o como sherpa literario, ayudando a otros a dar forma a sus creaciones. Barcelona Blues (2004), Conversaciones sobre la felicidad (2007), La dieta espiritual (2013) o Amor en minúscula (2015), entre otros. El resultado había sido el éxito: miles de ventas, líder en el ranking de los más leídos, traducciones a varios idiomas.

El libro que escribió con Héctor García también fue un éxito (es un best-seller internacional). Y ahora los dos presentan el segundo título que surgió de aquel viaje, El método Ikigai, una suerte de manual práctico en el que ofrecen técnicas para descubrir -y materializar- el propósito vital. La propuesta se completa con la Casa Ikigai, un espacio en Barcelona en el que Francesc Miralles acompaña a las personas en su proceso de auto descubrimiento. “Sesiones Ikigai”, dice en la web, “haz de tu pasión tu modo de vida”.

«El Método Ikigai», de Francesc Miralles y Héctor García, es un libro posterior, más práctico, donde se proponen ejercicios para encontrar el propósito vital. En Y SI DE REPENTE te contábamos tres técnicas que pueden ayudarte a descubrir tu ikigai

Para hablar sobre nuestra razón de existir y todos sus matices, nos encontramos con Francesc Miralles en Barcelona. El día de la entrevista espera sentado en una de las salitas de local con un té japonés sobre la mesa. El escritor empieza hablando de su experiencia en la aldea centenaria.

Ogimi es un pueblito al norte de la isla de Okinawa, en Japón, donde viven tres mil habitantes. Está en medio de la selva y allí no hay bares ni tiendas, no hay hoteles. Antes de que llegáramos nosotros para entrevistar a los ancianos, habían estado allí otros dos grupos de investigadores: unos médicos suecos que estudiaron la dieta y la alimentación de sus habitantes, y unos sociólogos franceses. Nosotros fuimos los primeros en interesarnos por sus características psicológicas. Nos interesábamos por su rutina, qué hacían desde que se levantaban hasta que se iban a dormir, cuál era su secreto para mantenerse en forma hasta tan mayores, y por qué deseaban vivir tantos años.

¿Y qué averiguasteis?

Cuando les preguntábamos por su ikigai, que es la palabra japonesa para designar la razón de vivir, había sobre todo dos respuestas. El principal motor de su motivación era sin duda los amigos. En Ogimi existen los moai, una especie de clubs de ancianos donde se reúnen cada y tarde y realizan diferentes actividades. Además de fomentar la sociabilización y de cubrir su parte afectiva, los moai funcionan como cooperativas económicas: sus miembros ingresan una cuota mensual que va a un fondo común, y el moai cubre el gasto de cualquier eventualidad. Es decir, aunque algunas de estas personas quizás no tengan familiares cercanos, todos se sienten acogidos y contenidos por esta comunidad. La segunda motivación para ellos es trabajar en el huerto. Se levantan a las seis de la mañana para ver cómo van sus frutas y verduras. Están pendientes de si todo va bien, si hay algo listo para recoger, etc. Y luego lo preparan, lo regalan a los amigos… Tienen la sencillez de la gente del campo.

Sus motores eran los amigos y el huerto.

Entendimos que existe una serie de ventajas físicas del lugar que favorecen la longevidad. El clima subtropical, por ejemplo, que es amable con los ancianos porque va de los 28 a los 30 grados. No hay contaminación tampoco, al no haber industrias y muy pocos coches, ni estrés. Allí se vive como hace 400 años, con calma. Y la alimentación es también muy importante, muy saludable. Beben mucho té verde y una bebida con un cítrico, el shikuwasa, ¡que es cien veces más antioxidante que un pomelo! Pero está claro que además del entorno, para superar los cien años hay que tener ganas de vivir. Si estás triste, descuidarás el cuerpo y probablemente morirás antes, que es lo que ocurre muchas veces con nuestros ancianos, que dejan de comer en lo que es una especie de eutanasia encubierta.

Nuestros ancianos ya no quieren estar aquí…

En Occidente la vejez está vista como un mal y en Japón no es así. Allí cumplir años es ponerse medallas: la edad está por encima de la jerarquía. Imagina que se encuentran en un ascensor el presidente de la Sony y un hombre de 90 años que vende periódicos. Quien tiene que inclinar más el cuerpo en su reverencia es el directivo, porque el anciano merece más respeto que el poderoso. Por eso un objetivo en Japón es llegar a los cien años, las tres cifras, y para eso se cuidan, hacen deporte, se alimentan bien. Es un hito poder decir “mira, he llegado hasta aquí”.

¿En vuestra investigación, descubristeis algo que no esperabais?

Yo conocía mucho Japón, también como investigación para mi libro Wabi-Sabi, y sabía que en las ciudades la gente es muy educada pero bastante fría. En Ogimi, en cambio, bromeaban constantemente. Tienen un carácter muy latino, se reían mucho.  

¿Y sorpresas en las conclusiones del estudio?

No esperábamos que los fuertes lazos con los amigos fuesen tan importantes para la esperanza de vida. Sus relaciones son casi familiares: saben todo los unos de los otros, mucho más de lo que nosotros solemos saber aquí de nuestros amigos. Y eso les aporta mucha seguridad y autoestima. Recuerdo a una mujer de 99 años que visitó en un asilo a un amigo que estaba mal de salud. Ella le reñía, le decía: “lo ves, te dije que no cerraras el almacén de legumbres. Cuando lo tenías, hacías cuentas, la cabeza te funcionaba. Ahora mira cómo estás”.  

Trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado.

Francesc Miralles

La importancia de mantenerse activo.

Sí. Allí la gente no se retira nunca, no existe la jubilación, ni siquiera existe la palabra en japonés, aunque hay algo parecido que significa “cambio de ciclo”. Ellos siempre quieren mantenerse activos. Hace un tiempo hice de guía para un grupo de personas con las que visitamos varias zonas rurales de Japón. Me sorprendió que en muchos lugares hubiera voluntarios. Recuerdo llegar a una estación donde tres ancianos, con su identificación, nos esperaban con mucha ilusión al salir del tren para ayudarnos y así practicar su inglés. Quieren trabajar hasta el último día, por eso consideran que lo que hacemos aquí con la jubilación es la muerte. De hecho en Occidente hay muchas depresiones en ese momento de la vida: mi padre, por ejemplo, murió pocos años después de prejubilarse porque se sentía totalmente inútil. Cuando trabajas estás ganando dinero para pagar la casa, para costear la carrera a un hijo… allí hay un ikigai. Pero de repente todo para y te preguntas “¿y ahora qué hago con mi vida?”. Te quedas en casa viendo la tele y se te viene el mundo encima.

Ahora parece que empiezan a haber algunas iniciativas en Occidente que potencian lo contrario.

Si, hay gente que vive de una forma alternativa, pero el problema es que aquí no existe una visión positiva de la tercera edad. Y en realidad es un momento en la vida en la que tienes mucho tiempo para hacer cosas y disfrutar. En la cultura anglosajona está incluso mejor considerado que aquí: tienen una expresión que es muy bonita, late bloomers, “los que florecen tarde” y se refiere a aquellos que descubren su vocación artística de mayores, cuando terminan su etapa laboral. Aquí ocurre que muchas personas se quedan bloqueadas o quieren hacer muchas cosas y luego se dan cuenta de que no es tan fácil porque hay que prepararse.

¿Y cómo nos preparamos?

Podemos volver al ejemplo de los viejecitos que atienden en las estaciones. En Japón les cuesta horrores los idiomas. No se puede preparar el paso de trabajador de un banco a guía turístico si los seis o siete años previos no se ha empezado a aprender inglés. Hay que prepararse con tiempo. Y aquí todo ocurre de repente: te paras y “bueno, voy a ir al gimnasio cada día”. Pero eso en realidad no te va llenar.

¿Y qué actividades podrían ser las que nos llenan?

Aquí deberíamos ir a las profundidades del ikigai, que es lo que yo trato en terapia. Las personas mayores y los adolescentes son quienes más vienen a la consulta. Y tiene sentido porque son dos momentos de duda claves en la vida. Al jubilarnos, porque mucha gente frena de repente y está perdida, y en el caso de los adolescentes, porque a menudo les obligan a decidir su vida en un mes, con 17 o 18 años. Para mí es un error enorme en nuestro sistema y creo que habría que promover un año sabático para que los chavales puedan descubrir qué es lo que quieren hacer. El servicio militar, que afortunadamente ya no existe, servía mucho para eso. Era un rito de paso, había tiempo para pensar.

[…]

Cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad.

Francesc Miralles

¿Crees que huimos cuando no sabemos enfrentarnos a la pregunta de “qué hago con mi vida”?

Lo importante es tener un deseo y el mío era viajar. Leer, aprender sobre un tema concreto, tener un huerto… Para descubrir ese punto yo uso bastante en terapia el test negativo de Jodorowski, que decía: “si no sabes lo que te gusta, haz una lista de todo lo que no te gusta y por eliminación, al final llegarás”. Es una técnica que se usa en los talleres de novela cuando el autor se queda bloqueado porque no sabe cómo seguir. Entonces apunta todo lo que no le va a ocurrir al protagonista.

Puede llevar un tiempo…

Pero con ese juego hay algo que se va aflojando y al final aparece lo que sí es. Es el método científico, prueba y error. A veces, sobre todo cuando son personas muy inquietas, muy artísticas, yo les digo que prueben el máximo de cosas, escribir, tocar un instrumento, la fotografía, la pintura… Encontrar lo que Ken Robinson llama “el elemento”, como el agua para los peces. Todos tenemos uno, solo hay que descubrirlo.

¿Y cómo se reconoce?

A través de tres aspectos: primero, es algo que se te da muy bien, que haces con mucha facilidad. Si te sientas frente al piano y tardas cinco horas en sacar una canción, probablemente no es tu elemento. El segundo punto es que te diviertes haciéndolo, el tiempo se pasa volando. Y el tercero es que resulta útil a los demás en algún sentido, quizás los amigos recurren a ti para pedirte ayuda en ese campo. Seguramente es un talento que puedes convertir en tu modo de vida. No hay que olvidar que de la vocación a la profesión hay solo un paso.

¿Hay otras técnicas que nos puedan dar pistas?

Para encontrar el elemento, se puede trabajar a partir de grandes bloques y a partir de allí ir acotando. Por ejemplo, trabajar solo o en grupo, tareas físicas o intelectuales… y luego vamos subdividiendo. Si es trabajo intelectual, descubrir si generas desde el caos o de forma más analítica. Y así sucesivamente. Otra de las técnicas es recordar lo que nos gustaba en la infancia, porque los niños no tienen filtro, no hacen nada por obligación, solo lo que les gusta. Si te fijas en esa época podrás descubrir tu pasión, algún sueño que más tarde aparcaste y que ahora puedes retomar. Hacer renacer algo que está latente.

¿A ti qué te gustaba hacer de niño?

A partir de la adolescencia dejé de escribir durante diez o quince años, porque pensaba que me gustaban otras cosas. Pero recuerdo que cuando era niño, me gustaba mucho una máquina de escribir que tenía mi abuelo, que era pesada, de hierro, y escribía cuentitos y otras cosas. También me gustaban los animales, los viajes a la luna… Si puedes irte a tu infancia puedes encontrar muchas pasiones enterradas.

[…]

El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia.

Francesc Miralles

Encontrarlas… y luego ponerlas en práctica.

El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia. Por eso hay que establecer los pasos a seguir hasta conseguirlo, calendarizarlo bien, de manera realista. Si la persona quiere hacer muchas cosas, yo le digo, oye. Si no has estudiado un idioma en tu vida, no me digas que ahora vas a estar tres horas al día haciéndolo, porque no va a funcionar. Hay que repartirlo de un modo diferente. Hay que ser realistas: a veces el entusiasmo nos puede, ponemos demasiada carga de trabajo en las primeras semanas, y podemos abandonar muy pronto.  

¿Cómo podemos evitar ese abandono?

Es importante una supervisión porque muchas veces queremos levantar el mundo en dos días y el resultado a veces es que nos frustramos cuando no lo conseguimos. La idea es ir poco a poco. En el libro El método Ikigai, en el que se proponen ejercicios prácticos para conseguir nuestro sentido vital, hablamos del kaizen. Según los japoneses, es el hecho de realizar una pequeña acción diaria. Yo siempre pongo como ejemplo aprender un idioma. Según una estadística se vio que los trabajadores del muelle de Londres usan 500 palabras para sus conversaciones habituales, comida, familia, trabajo… Si tú aprendes una palabra por día, en un año y medio ¡podrías hablar como ellos! En cambio, si haces un esfuerzo muy grande al principio, luego te quedas vacío y no sabes por dónde seguir.

[…]

¿Qué tentaciones nos alejan de nuestro ikigai?

Las redes sociales reducen mucho la atención en lo que estamos haciendo. Nuestro tiempo libre pierde calidad porque dejamos de estar 100% presentes en lo que hacemos. Un mensaje de whatsapp, un tweet, el messenger… impiden que lleguemos a ese estado de flow que requiere el cultivo de cualquier pasión. Atender muchas cosas a la vez, además, nos deja agotados: hay estudios que demuestran si estás escribiendo un artículo, por ejemplo, y sales y entras continuamente para revisar las redes sociales, el esfuerzo que haces en increíble. Acabamos planchados. El multitasking es un gran enemigo del ikigai o de cualquier talento que quieras desarrollar.

[…]

¿Por qué hay personas que tienen tan claro su ikigai y otras que no?

Hay personas que nacen con una pasión muy marcada. Y hay otras que no están muy conectadas con sus emociones y les cuesta entonces discernir qué es lo que más les gusta. A veces necesitan toda una vida para acabar descubriendo, a los 60 o 65 años, qué es lo que les apasiona. Lo bueno es que nunca es tarde.

¿Descubrir el ikigai es una garantía de felicidad?

Bueno, ayuda mucho. Ha habido grandes artistas que eran infelices por otros motivos, porque tenían problemas mentales o conflictos familiares o porque no encontraban una manera de estar en pareja… Pero en general una persona que tiene una pasión es mucho más feliz que quien no tiene ninguna. Primero porque no tienes que pensar en cómo ocupar tu tiempo, o llenarlo viendo la televisión, y segundo porque cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad. Cuando desarrollamos nuestra pasión podemos olvidarnos de nuestros pensamientos (lo que me falta, lo que me hizo mi padre, mi discusión con la vecina) y conseguimos aligerarnos de esa presión.

Encontrar la propia pasión parece estar de moda. Antes predominaba más la cultura del esfuerzo.

Nos hemos dado cuenta de que el esfuerzo no lleva a la felicidad… ni a la riqueza. Porque está comprobado que trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado. Si tienes la tranquilidad para reflexionar quizás puedas encontrar algo que no existe, una necesidad social que puedes cubrir, un ámbito en el que aportar y del que puedas vivir. Trabajar mucho ni siquiera te da tranquilidad económica, porque al final cuanto más trabajas más necesitas compensar esa inmensa frustración que supone estar todo el día en la oficina, lejos de los amigos, de la familia, de uno mismo. Y entonces, ¿qué haces? Terminas tu jornada y vas a comprar algo, que suele ser  más caro de lo que te puedes permitir, y así la pelota se hace más grande. Cada vez tienes más cosas, menos tiempo, y no se soluciona nada: ni tienes ahorros, ni tienes tiempo ni tienes nada.

¿Cómo te ha ido a ti con tu ikigai?

He dado muchos bandazos. He sido camarero, repartidor de pizzas, profesor de escuela, traductor, editor… A mí me gusta mucho una frase que decía Buda: «Yo siempre estoy empezando, porque cuando mantienes la mente de principiante no das nada por sentado y tienes siempre la oportunidad de empezar cosas nuevas».

👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
Por qué creemos que no podemos vivir de nuestro talento [una historia real]

“Es que tú eres muy happy”. Cuando voy contando por allí que todo el mundo puede vivir de su talento, que lo contrario es una aberración total a la que estamos muy mal acostumbrados, la gente me contesta así. Happy, me dicen. Y yo me sorprendo un poco de esa visión incrédula, la verdad. ¿Por qué parece tan imposible?

Y creo que ya sé la respuesta. Me la dieron unos amigos que encontré el fin de semana pasado. Se llaman Mireia y Dani (Se quisieron desde muy temprano, así que fueron siempre “la-mireia-y-el-dani”, todo junto). Su historia te será familiar: se conocieron, se enamoraron locamente y, al cabo de los años, pidieron una hipoteca para un piso. También consiguieron un trabajo fijo: muchas horas fuera de casa pero los dos coincidían: eran empresas solventes, les gustaba lo que hacían, estaban bien pagados.

Pero entonces empezaron a pasar los años.

Y a los 35, guapos, saludables y abundantes, comenzaron a hacerse preguntas. Sobre todo, una: “¿Es solo esto la vida?”.

El hobbie y el talento

Y mientras esa pregunta crecía, en sus ratos libres probaban varios hobbies. En su armario había dos mesas de mezcla de dj, un par de patines, una cometa, una tabla de body y dos de snowboard. Y en los últimos años habían acumulado, sobre todo, un equipamiento envidiable de submarinismo. Consiguieron el carnet de instructores y, en los veranos, buceaban en todos los mares posibles, exprimiendo felices su mes de vacaciones.

Pero el retorno en septiembre era siempre muy duro. Una ola de oscuridad. Y poco a poco, como crece un árbol o un embrión, o mejor: como un grupo de nubes se prepara para una tormenta, así ambos fueron delineando el plan alternativo. Dejarlo todo e irse a bucear el mundo.

¿Y sabes qué? Que lo consiguieron. El año pasado, en julio, lamireiayeldani lo dejaron todo para irse a bucear el mundo. Y empezaron por Indonesia.

buceadores viviendo de su talento

La vida con vistas al mar

Ahora están en Barcelona, de vacaciones (su descanso se multiplicó por cuatro: dura el tercio de un año entero). Están en un bar, los dos, contándome cómo cambió su día a día. En su nueva rutina se despiertan mirando el océano desde una ventana gigante; viven en el barco donde trabajan de instructores. Comen sano, bucean por un fondo marino increíble, charlan con sus alumnos, duermen una siesta, se echan unas risas y así todo el día. Se duermen temprano, con vistas al mar.

“Feliz”, dice Dani. Y ella lo mire y sonríe. A ella, que es mi amiga hace 30 años, nunca le vi antes esa sonrisa que ha estrenado en Asia y que luce en sus fotos, con el fondo azul.

Adelgazaron diez kilos, están fuertes, bronceados. “No sé qué estáis haciendo pero seguid así”, les dijo su médico, después de un chequeo reciente en el que todo salió perfecto. Adiós colesterol, adiós exceso de ácido úrico, adiós contracturas, digestiones pesadas, dolores de espaldas. Adiós al cuerpo triste.

¿Cómo hicieron para vivir de su pasión?

La cosa no fue fácil ni veloz. No fue un recorrido en línea recta del punto A al punto B. Pero las ganas (y el descontento) fueron más grandes. Entonces indagaron en su talento. Ahorraron. Y un día respiraron hondo y dejaron sus trabajos fijos y bien pagados. Respiraron hondo y vendieron el coche. Temblaron y alquilaron su piso hipotecado. Regalaron sus cosas, compraron los billetes, movieron sus contactos.

Y una tarde respiraron más profundo y hablaron con más cautela que de costumbre. “Papá, mamá”, dijeron, y explicaron la locura. Renunciar a todo porque tenían la esperanza de que su vida podía ser mejor. Y ellos, los progenitores en bloque (ellos que habían pataleado, que habían puesto pegas, que se resistían) los besaron y les desearon mucha suerte.

Seguramente no entendieron. Y seguramente tuvieron mucho miedo de que esos dos europeos cuarentones que tanto amaban se estamparan lejos, aplastados por sus ilusiones.

Lamireiayeldani seguramente pensaban muchas veces igual.

¿Por qué parecía imposible vivir de su talento?

La aventura parecía que no iba a tener éxito. ¿Por qué? El talento estaba y las ganas también. Qué podía fallar. ¿Les hacía falta recursos? Ellos sabían cómo conseguirlos. Entonces, ¿por qué tanto recelo?

—Mucho miedo— dicen ellos ahora. El miedo era como un zumbido que ponía en duda cada paso. Y su mayor valor fue avanzar a pesar de la incertidumbre. Espantar la imaginación más negra, sobrellevar las noches de insomnio, aguantar el dolor de barriga nervioso. Sin saber inglés no nos van a contratar; No tenemos experiencia, nunca nos van a elegir; Si nos va mal seremos muy mayores para volver a empezar.

Pero lamireiayeldani lograron derribar las amenazas imaginarias. Y a los pocos meses, ganaron. Les contrataron en un barco y de repente la oficina gris y los horarios esclavos quedaron muy atrás. En otra vida.

Me contaban que una tarde, mientras se tomaban una cerveza en la cubierta del barco, uno de los alumnos a los que acababan de guiar bajo el mar, les preguntó:

—¿Y vosotros de qué trabajáis?

Dani y Mireia se miraron entre sí y se rieron.

—Trabajamos aquí, somos instructores de buceo y así es como nos ganamos la vida.

“Es que la gente no lo entiende, Ana Claudia”, me dice mi amiga. “Sin sufrimiento, pensamos que un trabajo no puede existir”.

 

* Pasar de la utopía a lo imposible, de lo imposible a lo improbable, luego a lo difícil y de allí a lo fácil. Que los que están por venir tengan ese regalo nuestro: que sea fácil vivir del propio talento, de lo que uno ama. De lo que uno es.

 

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
3 Facebook Twitter Google + Pinterest
Francesc Miralles y el ikigai: tres claves para descubrir la vocación en ti

— Iki ¿qué?

— ¡Ikigai!

Siempre me he llevado bien con mi madre, pero cuando era niña existía un momento en el que deseaba con todas mis fuerzas que un agujero negro la absorbiera. Era, justamente, cuando yo estaba en el clímax de un libro, de noche, debajo de las sábanas e hipnotizada por las páginas. La escena de cuando ella entra sigilosa en la habitación era casi siempre la misma: el pomo de la puerta que gira, su cabeza que aparece poco a poco, casi a cámara lenta, y su voz mezcla de súplica y hastío: “Ana Claudia, ya está bien. Te voy a apagar la luz”.

Con la claridad del día la cosa cambiaba: mi madre estimulaba incansablemente mis flirteos con los libros. Y supongo que por eso desde muy joven ya tuve claro que las letras, de algún modo, estarían presentes en mi vida. Aunque también es cierto, debo confesar, que mil veces he dudado sobre qué forma darle, cómo moldear esa vocación para encajarla en mi día a día.

Al fin y al cabo, ¿quién no ha estado desorientado alguna vez en su vida? ¿quién no ha arrastrado un cansancio infausto por la monotonía de un trabajo cualquiera, la impertinencia de un jefe o la motivación que no llega? ¿quién no ha querido nunca tomar un nuevo rumbo? Yo, en todo esto, soy la máster del universo. ☝

Ikigai: encuentra tu propósito

Me he fijado que las pasiones cambian, aparecen tímidamente o como un vendaval, se transforman, a veces se diluyen. Y otras se esconden muy bien: hay muchas personas que no pueden vivir de lo que aman sencillamente porque todavía no han descubierto qué es lo que les mueve. Cuál es su propósito vital.

“El ikigai está escondido en nuestro interior y requiere de una exploración paciente para llegar a lo más profundo de nuestro ser y encontrarlo!”

Por eso hoy quería presentarte a Francesc Miralles, autor del best-seller “Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz”, que escribió junto a su amigo e ingeniero Héctor García. El libro está arrasando (¡hasta Ophra Winfrey lo recomendó en su show!). Pero lo que quería contarte es que esta palabra japonesa se traduce como “razón de ser” y que, en una entrevista reciente, Francesc me decía: “para que podamos reconocer nuestro ikigai tiene que darse un proceso de indagación”. Y me daba tres técnicas para poder llegar a él más fácilmente:

  1. El test negativo – de Alejandro Jorodowski
  2. Encontrar tu elemento – de Ken Robinson
  3. Recuperar los sueños infantiles – de Randy Pausch

Te lo explico en este audio:

De camarero a best-seller

Mientras nos tomábamos un té japonés en la Casa Ikigai (que es donde Francesc Miralles da sesiones para despertar el talento y la misión de las personas), él me contó su camino antes de ser escritor súper-ventas:

Francesc Miralles y el ikigai

Cuando era joven, el ikigai de Francesc era viajar. Comprar un billete y largarse fue su motor durante muchos años. En el nuevo lugar, acostumbraba a trabajar de camarero y así fue como descubrió su segundo ikigai: el piano. Más tarde, se matriculó en filología alemana para ser profesor y, aunque ejerció durante un tiempo, pronto le desvió otra pasión. Su vida era así: de repente, en él, aparecía otro él.

Esta vez fueron los libros. Al principio editaba y escribía para otros, y poco a poco fue consolidando su perfil de autor especialista en temas de psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Hasta llegar hasta hoy, con más de 30 libros escritos, entre ellos Barcelona Blues, Conversaciones sobre la felicidad, La dieta espiritual o Amor en minúscula.

Ahora su misión es hacer palanca: hacer emerger de nuestro interior nuestro deseo, la prioridad de nuestra existencia, para convertirla en el centro de nuestra vida. Podríamos decir que hoy, el ikigai de Francesc Miralles es el ikigai de los otros.

**En el audio te contaba cuál era el secreto de los abuelos de la aldea de Ogimi para vivir tantos años (es famosa por tener el mayor número de centenarios del mundo).  ¿Y tú, hasta qué punto crees que es importante descubrir el ikigai en tu vida? ¿poner en práctica tu talento es sinónimo de felicidad?

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
Gracias a todos [Y por qué debemos preguntarnos qué línea traspasar]

A mis padres los conocí de mayores. Ellos estuvieron siempre allí, quiero decir conmigo, pero cuando yo llegué, Vicente y Ana ya estaban instalados en la treintena. Me había perdido su niñez, sus años de adolescencia, su entrada en la edad adulta.

Por eso no entiendo muy bien –aunque lo intuyo- su lista de prioridades ni lo que los inspiró. Pero sé que formaron parte de una generación que luchó y mejoró. Que abrieron puertas a machetazos y avanzaron aun si afuera, o adentro, había una voz persistente diciendo “no”.

Hoy, su herencia está en la normalidad con la que pronunciamos palabras como “vacaciones”, “seguridad social”, “gay”, “aeropuerto” o “máster”. Las decimos como quien dice calle-café-beso. Damos todo eso por sentado.

Ahora, mientras tomo un té revisando el mundo a través de mi móvil (como si tal cosa), me pregunto ¿cuál es nuestra misión como generación? ¿qué legado dejaremos a los que vienen detrás?

El valor de los otros

Y mi mente se repliega en espejo y no puedo evitar pensar en toda la Humanidad.

En el primate que salió de su zona de confort y se curró su primer fueguito. En el primero que especuló en las posibilidades de la rueda y armó un carro maltrecho. ¡En el pánico y el coraje de los hermanos Wright y el avión inaugural! En el científico que probó en su propio organismo la vacuna.

Gracias a todos. Por ellos ahora no es raro el calor, ni los viajes, ni la tranquilidad de una pastilla a tiempo. Gracias a las mujeres que desafiaron el establishment para pedir el voto, a los artistas que crearon obras imposibles saltando por encima de tendencias e intereses. Gracias a los cientos de escritores de todas las épocas que nos dejaron su legado a pesar del miedo a ser juzgados.

Gracias a las minifaldas

Pienso también en los miles y miles de personas que en la soledad de sus habitaciones se fijaron una meta y, llenos de temor e incertidumbre, dieron un paso –cualquiera-  para mejorar su vida un poquito. Una denuncia, una minifalda, un diploma. Anónimos, grandes, que se atrevieron a traspasar una línea para romper estereotipos anquilosados. Y que con esa decisión nos trajeron hasta hoy.

Gracias a mi padre y a mi madre que me dieron amor, educación y cierta tranquilidad económica. Me pasaron el testigo para, a partir de allí, poder dibujar nuevos retos en el mapa. Seguir adelante y dejar algo mejor a los que están por venir. Esto, lo otro, de todo.

Es verdad que nuestra sombra, proyectada a futuro, es grande y prometedora. Pero también es cierto que nuestra luz es capaz de atravesar paredes, romper resistencias y vencer. Somos los superhéroes del futuro. Y ahora, 2018, me pregunto, ¿cuál es mi aportación, mi granito de arena que un día se convertirá en una montaña incuestionable e invicta?

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
Crear desde el miedo o desde el amor. Dopamina o cortisol

Entre mi cama y mi escritorio hay diecinueve pasos. Cuando trabajo en casa, es la distancia que separa el descanso de la fiesta mental. Por la mañana abro los ojos, me acuerdo de “Y si de repente” y salto al ordenador para bailar con decenas de links, vídeos, letras, bocetos. (Aviso: el efecto desaparecerá, pero eso todavía está muy lejos.)

Ahora es primavera y hay felicidad y ni siquiera me importa que afuera haya sol y yo esté aquí dentro haciendo calendarios, photoshopeando imágenes, o escribiendo guiones. Mi vida es un diálogo íntimo con la pantalla y mi cuerpo solo conoce una postura. Pasan las horas y afuera no existe el mundo.

—No trabajes tanto. Hay que descansar— me dice mi novio desde la puerta. Y la frase suena como un botón que lo desarticula todo. Mis pies de repente tocan el suelo, el reloj marca cada segundo y los músculos se mueven, torpes.

—Hay que descansar— repito. Y mientras intento parar la cabeza (adentro hay una revolución en rose), busco una explicación a este torrente de energía inagotable.

¿Dopamina o cortisol?

En un primer momento, pienso: “Ah, claro, es cosa de la dopamina”. Ya sabes: cuando haces algo que te gusta, tu cerebro empieza a segregar esta sustancia para hacerte sentir bien. Si este neurotransmisor fluye entre tus neuronas, ¡hurra! Hay motivación, bienestar y placer.

(He leído que para generar dopamina, puedes 1. Escuchar tu música favorita, 2. Incorporar alimentos que estimulen su producción, como el té verde, los aguacates, las almendras o los arándanos, 3. Mantener el estrés a raya, 4. Dormir ocho horas, 5.  Establecer rutinas y horarios, 6. Practicar yoga, 7. Marcarte nuevos objetivos y conseguirlos, etc.).

Cuando estoy en el extremo opuesto a la dopamina, mi cuerpo es el reino del cortisol, que es conocido como la “hormona del estrés”. Generalmente se activa en una situación de aguda de peligro. ¡Ey! Hay un león a tres metros que te quiere pegar un bocao. Eso ocurría cuando vivíamos en una cueva y acabábamos de descubrir el fuego (por decir), pero ahora el cortisol llega más bien provocado por pensamientos del tipo “como no espabiles, no llegas a fin de mes”, “si te va mal, no vas a poder soportar el fracaso”, “si no te das prisa, no vas a cumplir con los plazos previstos”.

En una situación de estrés, mi cuerpo –bueno, el cuerpo de todos- echa mano del cortisol, que responde con un pico de energía para poder luchar o huir. Si vistiéramos taparrabos, nuestro cuerpo se estabilizaría al rato de correr o de liarnos a porrazos. Lo que ocurre ahora es que muchas veces el estrés es continuado (nuestra mente no para) y nuestro metabolismo no tiene tiempo para normalizar sus valores de salud.

Pienso en todo esto y me pregunto: ¿Ana Claudia, estás creando bajo el efecto de la dopamina o del cortisol? A veces, no es fácil reconocerlo. No sabes si lo que te mueve es el miedo o el amor.

Buenos Aires – Barcelona

Cuando volví de Argentina (estuve viviendo allí cinco años) aterricé con un listado infinito de cosas por hacer. Nunca fui tan efectiva… y nunca he vuelto a estar tan agotada. Buscar trabajo, encontrar un piso, reencontrarme con la familia y los amigos son menos de veinte palabras, pero en la vida real son un Everest, un Aconcagua y un Kilimanjaro todos juntitos.

A los meses de ritmo infernal empecé a enfermarme: encadenaba cistitis y tratamientos antibióticos. Hasta que dije basta ya, mi cuerpo me está pidiendo calma. Encontré a Rut Muñoz, una médico china que ilustró mi caso con una espléndida metáfora. Bueno, en realidad fueron dos: en la primera me dijo que yo era un avión en pleno vuelo con el motor en llamas. En la segunda, prefirió el transporte terrestre:

“No te queda combustible. Vas en un Ferrari pero estás sin gasolina, por eso el coche te deja tirada. Entonces tú lo vuelves a cargar -10 euros, 20 euros- pero en seguida lo pones de nuevo a 200 km/h. Y, claro, al rato te vuelves a quedar en la cuneta”.

Cuando tengo que enfrentarme a un momento de cambio importante, vuelvo a pensar en esta metáfora. Y me cuido: me planifico (te lo contaba la semana pasada en este post) y descanso. Suelo leer que uno de los errores más frecuentes entre los emprendedores es el cansancio extremo en algún momento del proceso. No me extraña: conseguir vivir de lo que amas es una montaña rusa con subidones de euforia y miedo.

Si el cortisol me ataca el trabajo se convierte en un montón de piedras yermas que palpitan a ritmo de taquicardia. Hago las cosas mecánicamente, sin brillo. Así que cuando lo veo llegar salgo corriendo (es literal: me pongo las zapatillas y me largo) o escribo los pensamientos negros (y les doy la contraria), o llamo a una amiga para que me dé un punto de vista realista y positivo. Juan Naranjo siempre dice “si estás en cortisol: ¡vete a un spa!”.

“Hay que descansar”, se repite todo el mundo. No solo porque el cuerpo se puede quejar (y muy fuerte). Ni si quiera porque con el relax aparece la magia de las buenas ideas y se expande la creatividad y hay más garantía de éxito. Hay que descansar, sobre todo, porque así, cada vez que caminas diecinueve pasos, es primavera y las horas pasan volando, y te preguntas por qué demonios tardaste tanto en empezar.

 

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
Vivir de lo que amas… a toda velocidad

Me ha costado muchos años darme cuenta de que mi excusa estrella para postergar mi proyecto ideal era en realidad un híbrido mortífero (vale, es una exageración, pero es que acabo de enterarme y ando un poco sensible…).

He leído que somos muy creativos a la hora de justificarnos para no hacer lo que amamos; y parece que hasta están catalogadas las excusas más comunes.

Fíjate si te suena alguno de los pretextos que te muestro a continuación. Los encontré en el libro de Raimón Samsó El código del dinero. Lo leí hace un año más o menos y me rompió la cabeza (por cierto, lo puedes encontrar en Internet).

  • A mi edad, ya es tarde para tener un negocio
  • Aún soy demasiado joven para emprender
  • No tengo experiencia ni conocimientos
  • Se necesita mucho dinero para empezar
  • Primero me formaré
  • Esperaré a que llegue la oportunidad
  • No tengo tiempo
  • Es muy arriesgado
  • Necesitaría mucha suerte
  • Ahora no es un buen momento
  • Tengo una hipoteca que pagar
  • Tengo una familia que mantener
  • Necesito tener un sueldo estable

¿Qué te parece? ¿Viste la tuya?

¿Y si de repente descubrieras que todas las excusas son falsas? ¡A mí me pasó! Y tuve que empezar a responsabilizarme de todos esos años en que decidí creerme las patrañas de mis mazmorras internas.

¡Juan Naranjo!

Y ahora sí: ¡te presento a Juan Naranjo! 😊 En este vídeo charlamos sobre cuáles son las principales excusas para no emprender. Y Juan describe el circuito más usual que seguimos a la hora de estamparnos. La hoja de ruta de nuestro fracaso plagada de justificaciones. ¡Ver para evitar!

Mi excusa

Al principio creía que mis puertas de emergencia preferidas para abdicar eran: “no tengo dinero” y “no tengo tiempo”. Estas frases han resonado decenas de veces en mi cabeza: cuando quise escribir un libro, crear una revista, impartir un curso… Al abandonar el proyecto, en todos los casos, me esperaba un batacazo emocional igual de heavy que el subidón inicial. Qué frustración. ¿En serio, Ana Claudia, otra vez?

Hasta que, hace apenas unos días, descubrí cuál es mi excusa estelar de los últimos años. Es un argumento insoportable: TENGO PRISA. Prisa por materializar un proyecto y así hacer “check” en mi lista de cosas por hacer en la vida – ¡Dale, que vamos tarde en esto de realizarse en lo laboral! Y prisa además por conseguir que sea rentable y así poder ganarme la vida con lo que realmente disfruto.

Correr, correr, correr. Sin paciencia ni constancia, y mucho menos sin planificación, ¿qué pretendía conseguir? Aceptaba siempre proyectos insulsos que me tranquilizaban a corto plazo, pero que nunca me llenaban.

¿Te suena?

Si hubiera sido un poco honesta conmigo misma hubiera descubierto el miedo que se escondía detrás de esa prisa (que viva el PNL y la conjugación en pasado 💪). Pánico a enfrentarme a lo desconocido… o a no ser suficiente.

La contracara de la velocidad

A lo mejor el rollito slow no es lo tuyo, pero todos sabemos que correr no suele ser la opción más inteligente. Y Juan estuvo allí para demostrarme muy gráficamente por qué mis ganas de resolver todo al instante eran igual a estrellarse contra un muro. A toda velocidad y quizás con un coche de primera, pero estrellarse al fin y al cabo.

A Juan le encantan las metáforas. Yo de ésta, no me olvidaré nunca:

El diálogo ficticio sería más o menos así:

—Vamos a correr la maratón de Nueva York, 42km. ¿Lo preparamos para mayo de 2019?

—¡No! —diría yo— ¡Vamos a hacerlo ya! ¡Mayo de 2018!

—Vale, pues mañana nos levantamos temprano para ir a correr, 20km.

—Pero si no me he entrenado…

—No te preocupes, lo importante es ir rápido, como has dicho.

“Será un milagro si llegas viva al kilómetro 10, sin vomitar, sin rampas…”, sigue Juan con su historia. “¡Pero lo estaremos haciendo rápido, como tú quieres! Aunque estarás destrozada, sin energía, sin foco”.

—Ana Claudia, vamos a correr— me diría a la mañana siguiente. —Bien temprano mejor, porque estarás más fresca. Venga, desayuna fuerte y vámonos. Pero hoy no haremos 20 km, sino 30. ¡Porque tenemos prisa!

“No vas a llegar ni al tercer día”, dice Juan. Y sonríe. “Me dirás que corra la maratón con mi padre. Y abandonarás”.

❤ La entrevista la hicimos en el Bed&Breakfast Ca la Maria, que está en Barcelona, y que es irresistible por su comida, por su terraza gigante, por el estilazo de su decoración y, sobre todo, por su amor. ¡Gracias chicas por compartir vuestro espacio con nosotros!

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
2 Facebook Twitter Google + Pinterest