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Las vacaciones no son para descansar

Entré de vacaciones de un momento a otro. Allá por el mes de julio corté el cordón umbilical de un hachazo y pasé de alimentarme con sangre a aspirar bocanadas de aire. Los días se enmarcaron en otra dimensión y las horas empezaron a transcurrir como versos de un poema muy lento. ¡Ah, il dolce far niente!

Cuando se acercó el momento de volver, me pregunté: ¡¿Y cómo voy a hacer yo para retomar la actividad!? Y entré en pánico por inercia, como años atrás, cuando no tenía ni idea de cómo volver a mordor (el horror del trabajo de siempre). Era, yo, un Frodo mediterráneo que se empeñaba en ir en sentido contrario al que tenía que ser.

Pero todavía había algo peor en esas transiciones, porque las vacaciones servían para destensarme y para reflexionar qué quería hacer con mi vida ese nuevo curso. “A lo que hacía el año pasado no vuelvo ni loca”, me decía, y daba rienda suelta a mi vida ideal: tocaba con mis dedos los nuevos proyectos y sus alegrías. Mi imaginario se convertía en un Disney World laboral con jefes rosas y jornadas plagadas de unicornios centelleantes.

Pobre de mí.

Porque septiembre me acechaba a la vuelta de la esquina. Y, ¿adivinas qué? ¡Al poco tiempo todo seguía igual! Las ideas caían en un barril sin fondo y mi rutina me absorbía de nuevo. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, me quejaba. Y –socorro- no encontraba el asa de donde cogerme para impulsarme a salir de allí.

“Es el síndrome postvacacional”, me decía también. Y googleaba para ver qué podía hacer para reinsertarme en la monotonía sin darme mucha cuenta. Allí estaban todos los truquis:

1) entrar rápidamente en el horario de oficina espartano y hacer como si nada, 2) convencerme a mí misma: “es normal, a todo el mundo le cuesta volver al trabajo”, 3) hacer ejercicio para quemar la angustia, 4) organizar planes divertidos para el fin de semana (¡que linda era mi vida durante 48 hours a week!).

Y así pasaron muchos años.

Vacaciones – 1, marmota – 0

Y un día, harta de revivir mil veces el día de la marmota (el mismo día se repite hasta el infinito), me atreví a abrir una puerta, que me llevó a abrir otra puerta, y otra, y otra más. Y hace un tiempo, por primera vez, me dije: “Ana Claudia, las vacaciones no son para descansar”. Bueno, sí, pero no solo. Descubrí que también es el momento ideal para reponer, desear y planificar. ¡Planificar para concretar nuestras ilusiones!

Empezar el cole en septiembre no es lavar la bata, estrenar zapatos y comprarse el cuaderno más brillante del lugar. Coincidimos, ¿no? Pisar las aulas al volver de vacaciones es solo un gesto, sí, pero está sustentado por muchas fuerzas que hemos tenido que reunir con antelación. La fuerza de saber qué quiero hacer, hacia dónde voy y con quién.

Para ponerlo fácil –y para matar a todas las marmotas del mundo de una vez por todas- he creado un curso on line (🕝TicTac. Dirige tus horas, valora tu vida 🕝) que es un programa condensado en el que se despliega paso a paso lo que tienes que saber para manejar tu tiempo y alcanzar tu versión ideal de la vida. Sea cual sea el significado de “ideal”. TU versión. TU ideal.

¿Cómo sería una vida en la que pudieras hacer lo que te gusta todo el tiempo? ¿Y si de repente en tu jornada laboral las horas pasaran volando, como cuando te tiras en la playa con un helado a escuchar el mar? ¿Y si tus vacaciones, quiero decir, se parecieran demasiado a tu trabajo, que no es más que el ejercicio diario de tu talento?

*

Pasó agosto y yo he estado sacándome punta. Ya no veo la hora de arrancar.

¿Y tú? ¿Cómo vas?

 

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30 agosto, 2018 0 comment
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