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por qué es tan difícil cambiar

¡¿Por qué me cuesta tanto cambiar?!

Te presento el tocho infumable que era el diario La Vanguardia en sus primeros años de vida. ¿Quiénes eran los héroes que conseguían leer una página entera de pe a pa? Ahora serían impensables esas letras pegaditas y esa monotonía en el formato… qué aburrimiento. Pero en su momento nada parecía raro: era una publicación de referencia con miles y miles de lectores.

El diario La Vanguardia antes de cambiar

Desde su fundación en 1888 La Vanguardia ha tenido que cambiar muchas veces: en la segunda foto puedes ver cómo decidieron incluir fotografías en el texto (¡alabado sea Cristo!) y, ya en los años 90, dar un vuelco total al diseño para modernizarlo.

El diario La Vanguardia después de cambiar el formato

Cuando hicieron esta última transformación yo estudiaba en la facultad de Periodismo. No te imaginas la de críticas que escuché: que si ya casi no había espacio para texto, que con la introducción del color parecía un panfleto publicitario, que si tantos tipos de letra mareaban la vista…

Madre mía, lo que nos cuesta cambiar.

 

Quiero cambiar. Pero no puedo

Esa época de estudiante la recuerdo con cariño ¡y cuántos cambios ha habido desde entonces! Me acuerdo de llamar por teléfono desde una cabina,  de ir a la biblioteca a documentarme para una crónica (¡con libros!) o de esos routers arcaicos que nos introducían tan lentamente al mundo nuevo de Internet [fin del momento abuela].

Algunas de estas transformaciones han sido más leves que otras, pero siempre han generado, al inicio, cierta incomodidad, cierta resistencia. ¿Por qué será tan difícil cambiar? A continuación, algunas de las posibilidades:

  • MIEDO A LO DESCONOCIDO. El miedo a la incertidumbre me corroe en mis horas bajas. ¿Y si no me lee nadie? ¿Y si lo único que he hecho es perder dinero y tiempo en este proyecto? No sé qué es lo que me espera al final de esta aventura. Si un placer similar al de un masaje a diez manos o si la tortura de un montón de astillas bajo las uñas.

Como no tenemos superpoderes para ver el futuro o para controlar todas las variables, dicen que la mejor respuesta a este bicho es la autoconfianza. Me pongo delante del espejo y repito cien veces: creo en mis capacidades para ir afrontando los obstáculos que aparezcan en el camino.

Sentí el mismo miedo al cambiar de trabajo la primera vez, al dejar al primer novio, al viajar a otro país. El pánico a lo desconocido. Menos mal que tanto caso no le hice. ¿No cambiamos de casa, nos apuntamos a un curso nuevo y hasta nos casamos, y la cosa no sale tan mal?

  • EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN. Mi primera noticia para un diario la escribí en todas las horas que dura un fin de semana entero. ¡Qué nervios! Entonces yo era una lentísima señorita de dieciocho años y hoy, mirando atrás, entiendo que mejorarlo era solo una cuestión de tiempo. Cualquier cambio requiere un cierto período de aclimatación para familiarizarse con el nuevo contexto.

Ahora, que no ha pasado ni un mes desde el lanzamiento de este blog, definiría mi estado como activo y tenso. Intento no interpretarlo como algo negativo: es, más bien, todo mi sistema que cuida de mí. Me dice: “con precaución”, “esto es nuevo”. Y, sí: hay que sostener un desgaste extra en esfuerzo y energía, y aguantar el tirón inicial al salir de la zona de confort. 💪💪

¿Estoy incómoda y desorientada porque todo es nuevo? Paciencia: work in progress!

 

La pregunta incendiaria

Hay más obstáculos que me impiden crecer. Son como la bruja mala de Blanca Nieves: me llenan de manzanas repletas de veneno malo.

Seguimos:

  • OBJETIVOS POCO REALISTAS. Si no hay objetivos claros es muy difícil avanzar. Porque, en contra de lo que parece, la motivación no es la respuesta para todo.

En el pasado, en muchas ocasiones me he sentido muy estimulada a la hora de emprender un proyecto, y hasta he tenido claro el resultado final. Una revista de ecología, un libro de entrevistas, un programa de radio cultural… Pero descubrí que si no establezco una meta específica, medible, realista y acotada en el tiempo, no hay forma: antes o después voy a ser la protagonista de mi propio cuento de la lechera.

Y otro descubrimiento: si divido mi propósito en fragmentos más pequeños, la montaña me parecerá mucho más bajita. (Aquí te cuento cómo establecer objetivos con pies y cabeza a través de la técnica SMART).

  • LA RESPONSABILIDAD, AFUERA. No cambio porque “es que tengo mala suerte”, “mejor no porque el país está en crisis”, “mi novio no me apoya”, “mi madre está enferma”… Si tuviéramos un foco de diez mil vatios, estaría orientado totalmente hacia afuera. Nuestras excusas apuntan a todo aquello que no podemos cambiar: los otros. Y eso nos encierra en un lugar frustrante del que no podemos salir (¿quién puede cambiar al otro?).

Cuando me atasco en este punto, para desbloquear suelo hacerme lo que yo llamo “la pregunta incendiaria”:

¿Qué es lo peor que puede pasar?

(Y de verdad que me imagino el futuro más esperpéntico posible. Estoy sin dinero, me vuelvo insoportable, mi novio me deja, me quedo en la calle sin trabajo y sin un euro. Estoy sola, soy pobre e infeliz).

Y luego, me digo a mí misma: ¿Puedo asumirlo, podría remontar desde allí? Si es que sí, doy un paso adelante.

Mola, ¿no?

 

Atrapado en el tiempo

Veo la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day), donde Bill Murray se enfrenta una y otra vez al mismo día. Al despertarse, comprueba siempre horrorizado que la fecha del calendario no ha cambiado y que está condenado a vivir, de nuevo, las mismas situaciones.

Me pongo a pensar.

Creo que a nosotros nos ocurre algo similar. Aunque la apariencia cambia (diferentes actores, diferentes escenarios), en el fondo siempre vivimos lo mismo. Una y otra vez. Y eso no es nuestra culpa, de nuestro consciente quiero decir, si no de un guión que hemos escrito hace mucho. Ese guión -grabado a fuego en nuestro inconsciente- nos marca lo que esperamos de nuestra vida. Es, por así decirlo, un montón de frenos juntos que no se dejan ver.

El piscólogo Richard Erskine (que es también Director del Instituto de Psicoterapia Integrativa en Nueva York) lo explica muy bien en su lubro Integrative Psychotherapy in Action:

Cuando somos niños (y quizás antes), empezamos a desarrollar las reacciones y las expectativas que van a definir para nosotros el tipo de mundo en el que vivimos y el tipo de personas que somos. Al principio, todo queda registrado físicamente, en nuestro tejido corporal y acontecimientos bioquímicos. Luego en el plano emocional, y más tarde de manera cognitiva, en forma de creencias, actitudes y valores. Estas respuestas forman una especie de guía sobre cómo vivir tu vida”.

Esta «guía» es también el “estilo de vida” al que se refería Alfred Adler, la “compulsión a la repetición” de Freud o el “guión de vida” de Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt.

 

Cambiar el guión

Cuando quiero cambiar muchas veces tengo miedo de salirme de los bordes de mi guión. Atravesar un muro hasta ese momento infranqueable. ¿Te acuerdas de la película El Show de Truman? ¿De todas las dudas del personaje de Jim Carrey antes de atravesar la puerta celeste de su vida-plató?

¿Y yo? ¿Qué debo hacer para poder salir de mi película?

Eso es trabajo de fondo.

Primero tengo que darme cuenta de cómo es mi guión. Revisar cómo soy, mi manera de pensar, de sentir, de comportarme. Cómo son mis creencias, qué hay detrás de mis decisiones, qué expectativas tengo. Qué tipo de piloto invisible y loco maneja mi vida y mi futuro.

Y una vez allí, quizás, un día cualquiera, decida viajar más allá de los límites. Como Jim Carrey o Bill Murray al romper el maleficio, o como el directivo de La Vanguardia que aquella vez, en su despacho, decidió correr el riesgo y, a lo mejor después de hacerse una pregunta incendiaria, y con todo el miedo del mundo (a las críticas, a la bancarrota, a su prestigio), dijera en voz alta: “Puedo asumirlo. Doy un paso adelante”.

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