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El cerebro: unas cuantas verdades sobre cómo hacerlo más eficiente

Entrevista a la neurocientífica Raquel Marín

 

  • ¿Qué es lo que más entorpece nuestro funcionamiento cerebral?
  • ¿Cómo puedo ser más eficiente?
  • ¿Qué características tendrán en el futuro “los más inteligentes”?
  • ¿Cómo evitar el estrés mental en momentos de cambio?

El cerebro, qué misterio.

Para saber cómo mejorar nuestro rendimiento, entrevisté a la súper experta en temas cerebrales Raquel Marín (es neurocientífica, catedrática en la Universidad de La Laguna y doctora en Biomedicina) y me llevé un montón de sorpresas.

la experta en el funcionamiento del cerebro Raquel Marín

Raquel Marín, neurocientífica y divulgadora. Su blog: www.raquelmarin.net

Lo primero que me desencajó fue comprobar que Marín es una mujer risueña y muy cercana. Dime básica, pero detrás de una científica de su tamaño (Premio a la Mujer Investigadora de Biomedicina en la Universidad de Laval, en Quebec; Medalla Europea al Trabajo de Economía y Competitividad; y Medalla de Honor del Instituto de Ciencias Forenses de Barcelona, entre otros) pensé encontrar a un ser circunspecto y con la piel pálida tras horas encerrada en un laboratorio. Y no. Nada que ver.

Lo segundo que me impactó fueron sus respuestas inesperadas y los datos raros que me dio.

 

Mujeres: a dormir

¿Sabíais que las mujeres debemos dormir media hora más? Es por el multitasking al que somos propensas por razones históricas. Ya sabes: atender al niño en la cueva, mantener el fuego, vigilar la llegada de alguna bestia. Allí estábamos nosotras ocupándonos de varias cosas a la vez. Por eso, si queremos reparar nuestra sesera, a nuestro cerebro femenino del siglo XXI todavía le hacen falta 30 minutos de plus.

Dice Marín que el desarrollo de la tecnología es lo que permite que podamos acercarnos ahora al conocimiento de este órgano, que durante tanto tiempo fue un enigma. Hoy se sabe, por ejemplo, que si pusiéramos en fila india nuestras neuronas cubrirían una distancia de mil kilómetros, que es como ir de Sevilla a San Sebastián. La locura es que ya podemos visualizar a tiempo real el comportamiento veloz de esos mil kilómetros de neuronas. ¡A tiempo real!

 

Cerebro bien alimentado, cerebro feliz

Cuando recibí el último libro de Marín, Dale vida a tu cerebro: la guía definitiva de neuroalimentos y hábitos saludables para un cerebro feliz, ojeé primero el índice, como siempre. Y allí encontré títulos tan sugerentes como:

  • ¿El cerebro sigue creciendo en la etapa adulta? [En los años sesenta el mundo nos dio muchas alegrías. Entre ellas, los neurocientíficos Altman y Das avisaron de su descubrimiento: el cerebro adulto puede seguir generando nuevas neuronas. Los cambios más significativos en este órgano, eso sí, se dan en la adolescencia].

libro dale vida a tu cerebro

 

  • ¿El alcohol mata las neuronas? [¡Ah, qué pregunta! Resulta que depende de la dosis: si nos pasamos, el alcohol arrasa con todo, pero es posible también encontrar la cantidad justa para que una bebida alcohólica ayude a nuestro cerebro a desarrollar mejores conexiones neuronales. ¿La mala noticia? Todavía no hay consenso sobre cuál es la dosis indicada. ¿Una copa de vino diaria? ¿Dos? Depende de muchos factores, entre ellos el peso o el género (las mujeres, dice Marín, metabolizamos peor el alcohol). Y ojo con el aviso: “el alcohol como quitapenas es un neuromito”].
  • ¿Te falla la memoria? Te has olvidado de comer bien. [Para tener un buen rendimiento, cada semana nuestra dieta cerebral debería incluir: 28% de pescado; 25% de verduras; 10% de legumbres; 9% de frutas; 8% de granos y semillas; frutos secos, pan y cereales, carnes blancas y huevos, cada uno en un 5%; lácteos y derivados, un 4%; y un 0,6% de carnes rojas. Atención al omega 3 y al omega 6, dos ácidos grasos fundamentales y que nuestro cerebro es incapaz de producir eficazmente].

 

La alimentación es sin duda uno de los pilares de este libro. Y si en este post Núria Roura nos contaba qué comer para combatir el estrés, en este caso la neurocientífica nos indica qué llevar a nuestro plato para que nuestro rendimiento cerebral no decaiga. Marín explica, por ejemplo, los beneficios del ayuno, la relación entre un intestino saludable y un cerebro eficaz, y el paso a paso de varias recetas para conseguir una mente-flecha.

 

 ¿Debemos ceder a la voracidad de nuestro cerebro?

Pero volvamos a las preguntas iniciales, que la neurocientífica responde en este vídeo. Aquí descubrirás además si el cerebro puede cambiar totalmente, qué le pasa a este órgano en momentos de cambio, y si es recomendable ceder siempre a su voracidad de estímulos.

En corto, estas fueron sus respuestas:

  • ¿Qué es lo que más entorpece nuestro funcionamiento cerebral? El aislamiento, la melancolía y la depresión.
  • ¿Cómo puedo ser más eficiente? Si piensas que ya eres más eficiente, automáticamente lo serás. Tu cerebro se sugestiona rápido.
  • ¿Cómo evitar el estrés en momentos de cambio? No quieras evitarlo. Simplemente asume que vas a tener momentos de estrés y ríete de él.
  • ¿Qué características tendrán en el futuro “los más inteligentes”? 1. Serán los que tengan más capacidad de foco (y de eliminar el ruido exterior). 2. Y más capacidad en tareas que no puedan remplazarse con tecnología: empatía, intuición, sentido del humor, etc.

¿Estamos preparados para el futuro? Para mantener en forma a nuestro cerebro (a pesar de los años), Marín aconseja no descuidar la alimentación ni estos ocho ámbitos más: el ejercicio físico, dormir bien, tener relaciones sociales afectivas, estar en contacto con la naturaleza, el sexo, la alegría, los retos, la postura corporal.

Tú, ¿cómo vas cerebralmente? 😉

 

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31 octubre, 2018 2 comments
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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

14 junio, 2018 0 comment
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“El dinero es malo”

—Papá, ¿tú qué piensas de las personas que tienen dinero? — pregunto al teléfono. Y él contesta rapidísimo:

—Pues que han trabajado toda su vida como negros o que son unos ladrones.

Hasta los diez años nuestro cerebro es una esponja: una habitación abierta sin vigilancia en la entrada, que deja pasar a todo el que quiera. No cuestiona, no tiene filtro.  

Tras la primera década de vida, empezamos a desarrollar una especie de autoprotección. Un timbre por aquí, una rejita por allá, unos horarios y un cartel que dice “se reserva el derecho de admisión”. Pero para entonces, las ideas que se colaron en nuestra infancia, para bien y para mal, ya encontraron su rincón favorito y se apoltronaron como si el espacio fuera suyo. Como si ellas fueran el espacio. Y nosotros, claro, también nos confundimos: pensamos que esas ideas, por estar allí desde muy temprano, forman parte de la realidad indiscutible. Y que nada en el mundo es capaz de derribar tamaña verdad.

Si papá y mamá dicen que el dinero es malo, que es difícil de conseguir, que siempre genera conflictos, ¿quién soy yo para llevarles la contraria?

Si papá y mamá dicen que los que tienen dinero son unos ladrones o engañan a las personas, ¿cuántas estrategias generaré en mi vida para evitar tener dinero? (¿hay alguien sobre la faz de la tierra que quiera ver torcer el gesto del progenitor cuando oye su nombre?).

Cuando caí en la cuenta del mecanismo, tuve un poco de trabajo para desenredar el entuerto. Escúchame: si tu madre es de familia bien y tu padre de origen humilde, ¡explícame qué clase de líos mentales se pueden colar en tu subconsciente!

Cloaca interior

“Papel y lápiz. Rápido”, me dije. Y empecé a escribir mis creencias sobre el dinero en la página 177 del libro El camino del artista, de Julia Cameron (qué librazo, por cierto).

  • La gente con dinero es________________________
  • Yo tendría más dinero si______________________
  • Mi padre pensaba que el dinero era_____________
  • Me temo que si tuviera dinero_________________
  • En mi familia el dinero provocaba____________
  • El dinero es_________________
  • El dinero causa_______________
  • Cuando tengo dinero suelo____________
  • Tener dinero no es_____________

Buf. Cuando acabé de escribir tenía la misma cara que cuando te salpican agua fría en plena sesión playera. ¿En serio todo eso estaba dentro de mí? “Los que tienen dinero son injustos, son tacaños, son pijos y tontos, y además promueven la desigualdad en el mundo”. ¿De verdad pretendía tener una vida abundante con esa cloaca interior?

A mí cuando me miran mal en algún sitio, cojo la puerta y me largo. Y al dinero parece que le pasa igual. Quizás no había sido consciente de ello, pero yo rechazaba la abundancia con todas las de la ley.

Y en mi vida, por ese camino, estaba destinada a ser la eterna cenicienta.

No es el dinero. Eres tú.

En plena desinfección interior, me acordé de lo que el coach Juan Naranjo me había dicho hacía mucho tiempo: “El dinero no es bueno ni malo, es neutro. Lo único que hace es potenciar tu interior”. Cargamos sobre él una larga lista de creencias que, en la mayoría de los casos, nos impide conseguir la tranquilidad económica.

Si tiramos del hilo –atención que viene curva- detrás de la carencia se camufla una falta de definición sobre qué es lo que queremos hacer con nuestra vida. Y la parte económica nos sirve de excusa para no dar con ese punto de partida, que es fundamental para la plenitud personal y, en consecuencia, económica. Duro, ¿eh?

Antes de definir el proyecto Y si de repente, mis temores puestos en fila daban tres vueltas al globo. Miedo al ridículo, miedo a fracasar, miedo a la competencia, miedo a las críticas. “Es que no tengo dinero para empezar”, decía. Y esa era mi trinchera estrella.

Tenemos un montón de justificaciones para no arrancar (aquí ya habíamos hablado de nuestras excusas top ten, ¿te acuerdas?). El otro día, sin ir más lejos, se me apareció en la calle una de ellas:

La cosa fue así:

Me encuentro con una amiga. Quiere organizar una exposición con la obra de varios artistas y venía, ella, de hablar con la directora de la sala.

—¡Qué bien!— le digo —¿Y qué tal pagan?

—No sé, no lo he preguntado— me contesta bajando la mirada —Yo esto lo hago por amor al arte, no por la pasta.

Y entonces sentí que tres cientos capilares me reventaban de golpe.

La costra ideológica financiera

Y no me enervo por falta de empatía (yo también he estado allí) ni por el espejismo de la superioridad (¡válgame dios! todos nadamos en la misma agua fría). Me altero, más bien, por rebeldía: me solivianto contra esa costra ideológica que heredamos, o que nos creamos nosotros mismos, y que no nos deja respirar. Es una soga al cuello invisible a la que, sin querer, le sacamos brillo cada día. “Ser pobre tiene su rollo auténtico”, “solo unos pocos pueden vivir bien”, “la pobreza tiene su lado noble”.

(Y mientras escribo esto me irrito otra vez. Siento la fuerza de la rabia y su calor).

La buena noticia es que la costra maldita tiene su talón de Aquiles. Los pensamientos falsos que sostienen nuestra opinión sobre el dinero, pueden desmontarse cuando los miras a la cara con honestidad. Lápiz, papel y valentía. Y el paso siguiente es encontrar los recursos para neutralizar el poder de esas ideas. Un libro, un vídeo de Internet, alguien que rompe el estereotipo, que pulveriza el cliché.

(Para desmontar mi patrón financiero durante una semana me fui a dormir con un audiolibro, Los secretos de la mente millonaria, medio en serio, medio en broma. Y flipé. Flipé también cada tarde que Juan Naranjo –la gota en la piedra- se dedicaba a desmontar mis creencias hostiles contra el dinero. Y flipé sobre todo cuando busqué, y encontré, a personas con la economía resuelta y que a la vez eran potentes, generosas y luchaban por un mundo mejor).

Si me preguntas ¿y para tener dinero, qué? Visto desde fuera, la fórmula es la de casi siempre: Honestidad para mirar hacia adentro y localizar los bloqueos; planificación para ordenar y proyectar el paso siguiente; y luego, ah, el vuelo. Visto desde dentro, constancia, confianza y, sobre todo, mucha paciencia para despedir a esas ideas que desde tan pronto formaron parte de ti.

7 junio, 2018 0 comment
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La gestión del tiempo: ¿qué vida quiero?

Mi primer día de clase de clown sentí terror. Ríete tú del dentista, de los libros de Edgar Allan Poe, o de descubrir por encima del hombro que el maestro ha descubierto tu chuleta y viene directo a pillarte in fraganti.

Mucho miedo. De mostrarte a los otros sin poder echar mano de los recursos que planea tu mente. Un chistecito, una idea brillante, una caída de parpados. Algo que afloje la inseguridad. (El clown es implacable con todos esos juegos de luces: sencillamente porque, si algo no es auténtico y espontáneo, el resultado cae en picado. Si tus pensamientos no te sueltan en el escenario, te conviertes en un adulto incómodo pegado a una nariz roja. Y poco más. Vamos, como en la vida real, pero mucho más evidente).

Entonces, ¿cómo poder soltar el control sin que te tiemblen las piernas? Para mí se está convirtiendo en una cuestión de entrenamiento: las clases de clown me están sacando músculo. 💪

Pero ojo que el training del clown va mucho más allá. La semana pasada descubrí cosas que me hicieron reflexionar sobre el tiempo. Madre mía cómo lloré.

Vivir a contrapelo

La consigna se lanzó hace semanas: el martes, teníamos que presentar una propuesta en clase de clown. Ya sabes, pensar una escena, un personaje, algo que contar y lanzarte al vacío. El público y tú.

A mí esa semana me coincidieron un montón de cosas: varias entrevistas increíbles por hacer, el cumpleaños de mi novio, la preparación de obras en casa, mi hermano y un reto admirable, la exposición de una amiga, escribir el prólogo de un libro… ¡Tantas cosas apetecibles por hacer y tan poco tiempo!

Y te digo que cuando el tiempo se te traba, que cuando patinas con la gestión de tus horas, no importa demasiado si amas lo que haces o no. Es la misma cárcel, la ansiedad, la sensación de no llegar (pero con final feliz). Un bocado agridulce que te deja despistado. “¿Qué está pasando aquí?”.

“No llego a pensar mi número de clown, no tengo regalo para mi novio, no me da la vida para esos dos libros geniales, no estoy aprovechando el sol, no estoy ayudando a mi hermano, no he hecho el guión para ese vídeo tan guay, no sé cuándo ir a la peluquería, no puedo concentrarme para escribir, no llamé a mis padres, no tengo tiempo para meditar…”. Mierda. Las prisas pincharon el globo de mi mundo feliz.

Por eso, la gestión del tiempo otra vez. ¿Volvemos?

Pero antes de la reflexión llegó el llanto. En los ejercicios de calentamiento en clase de clown me desahogué de la rabia infinita por tropezar tantas veces con la misma piedra. ¿Y si de repente un acto de magia hiciera que los cambios se acomodaran automáticamente?

Antes de charlar con Juan -el coach Juan Naranjo- sobre la gestión del tiempo, pensé en cómo nos boicoteamos de maneras muy creativas para no darnos la vida que merecemos. En que debemos aceptar que a veces ocurren imprevistos que no se pueden prever ni controlar. Y sobre todo, esto: que la felicidad, digámoslo así, también necesita un orden.

Organizarse la vida: 4 preguntas, 4 errores, 1 reflexión

De la larga conversación con Juan salió este vídeo de ocho minutos sobre cómo gestionar nuestro tiempo.

Aquí te dejo escritas algunas ideas interesantes que surgieron.

Las preguntas.
  • ¿Dejas agujeros libres en tu agenda o atiborras todas las horas con un montón de actividades?
  • ¿Con cuánta antelación planificas tu tiempo? ¿de hoy para mañana? ¿un mes vista?
  • ¿Qué pasa cuando tienes un imprevisto? ¿cómo gestionas eso que no está contemplado en tu agenda?
  • ¿Empiezas con mucha fuerza tus proyectos y luego vas perdiendo fuerza?
Algunos de nuestros errores.
  • Planificamos nuestra agenda a corto plazo.
  • No priorizamos: nos lanzamos a resolverlo todo por igual.
  • Nuestras previsiones no son realistas.
  • No contemplamos espacios para recargar energías (y volver a la carga más productivos).
La reflexión.

Lo que apuntamos en nuestra agenda debería ser el resultado de lo que nos apetece hacer (con nuestra vida). No de lo que tenemos que hacer por obligación, compromiso o culpa. Al planificar nuestro tiempo estamos diseñando cómo queremos que sea nuestra vida.

Parecía más inocente el acto de tomar el bolígrafo y escribir, ¿verdad?

Dos menciones especiales:

  1. A mi profe de clown, Oh Félix, porque su mezcla de chispa, profundidad y ternura hace que no me pueda despegar de mi nueva nariz. ¡Gracias Félix por tu talento y tu amor, y por la alegría de cada martes!
  2. A las chicas del Bed&Breakfast Ca la Maria. A Lili, que nos atiende siempre con tanta paciencia y cariño cada vez que invadimos el bed&breakfast con Juan para grabar nuestras charlas . ¡Mil gracias por compartir vuestro espacio con nosotros!
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25 mayo, 2018 4 comments
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De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

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19 mayo, 2018 2 comments
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Acompáñate

Qué pereza enamorarse como antes. Con la mirada puesta en las grandilocuencias: los músculos, los discursos, las demostraciones. A mí últimamente es lo minúsculo lo que me cautiva. Me hipnotiza y me da felicidad.

Por ejemplo. Me cuelgo mucho, hace un tiempo, en cómo la luz se queda en tu pelo y forma pliegues, caminos, campos sembrados. O en tu sonrisa de perfil que marca tu labio impúdico.

Otras veces, las sutilezas son el amor que va por dentro. Por ejemplo. Cuando el día ha sido duro y alguna amenaza ha conseguido traspasar mi pecho, y mi interior es un pueblo arrasado, un incendio, niños desnutridos, todos mis soldados vencidos. Entonces tú, en silencio, lees en la letra pequeña mi derrota, esa catástrofe del día: ves el fuego, las bajas, el hambre, y con dos palabras buscas la reconstrucción.

Dos palabras. Siempre las mismas.

Cuéntamelo todo.

Y entonces yo, con cada letra, en cada frase, voy reconociendo poco a poco mis calles, reparando zonas, restaurando mi dignidad. Y tú sonríes, sin hablar, y me dices que sí con la cabeza. Y así me salvas una, dos, tres, quinientas noches, cuando los retos me quedan grandes como un abrigo con tres tallas de más.

Un día, ¿te había contado?, una psicóloga que visitaba hace años, Teresa, me explicó (con esa voz cálida de una mamá gallina) que cuando su marido murió y ella se quedó sola con un niño chico, su primo tocaba la puerta de su casa cada tarde, al salir de su oficina. El encuentro era poca cosa, un café, un ¿cómo te ha ido?, un beso al pequeño. Pero esas visitas diarias –dice Teresa- la salvaron.

Un primo. Un amigo. El terapeuta. Tu madre. Un masajista. Una hermana. El vecino.

Alguien que, en cualquier momento, percibe un matiz torcido en ti y dice “cuéntamelo todo”. Y entonces todo brilla: las ventanas, el sol en tu pelo, y tu luz renaciendo la mía.

 

 

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11 mayo, 2018 0 comment
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Me fui a un retiro y descubrí lo menos pensado: cómo aumentar mi creatividad

Cuando tenía siete años, junté todos los exámenes que había hecho en la escuela, quité las pruebas con calificaciones por debajo del 8, y presenté el resultado adulterado a mi tía Isabel. Naturalmente, todo fueron alabanzas. ¡Qué pequeña genio tenemos en casa!

Esa es la primera treta que recuerdo a la hora de construirme un personaje querible. Dicen que a los tres años empezamos a disfrazarnos y manchar nuestra autenticidad para obtener reconocimiento. Ay, cómo nos gusta que nos quieran y qué bien nos sientan los aplausos, aunque no sean del todo merecidos, ¿eh? Eso pensaba yo, pero luego me fui dando cuenta de que, demasiado a menudo, ese alter ego mío se tensaba, se comparaba, se acartonaba. Fingía.

Mala cosa.

Así que empecé el proceso inverso: el divorcio con mi mitad ficticia. A veces, ha sido como ir a la playa sin depilar: te da vergüenza al principio, miras a todos lados, pero luego… ¡buf, qué libertad!

Creatividad y vergüenza

Otras veces, en cambio, la máscara ha estado tan pegadita que ha sido difícil desincrustar. Me pasó al empezar a hacer vídeos para Y si de repente (te lo conté aquí). Y, últimamente, al escribir las entradas del blog. ¿De verdad, Ana Claudia, que tienes que pasarte tantas horas para redactar un texto de dos páginas? Perfeccionismo a la vista. Auxilio.

Por eso me apunté a un retiro el fin de semana pasado. Se llamaba “Disolver el Juez Interior: Sanar la herida de vergüenza y desvalorización”. Me venía que ni clavao. Y además lo hacía Ketan Raventós, de Sammasati, que me encanta y con el que desde hace años me voy a pegar de vez en cuando un repasín interior.

Esta vez mi pregunta era: ¿por qué me da tanto miedo mostrarme tal como soy? Y en tres días, lo descubrí. Además –aleluya- aprendí algo impactante: qué hacer para tener más creatividad.

Mira este vídeo, aquí te lo cuento todo:

Responder para avanzar

En las dinámicas que hicimos durante los dos días de retiro aparecieron cosas muy suculentas. Por ejemplo, cuando contesté a estas preguntas: ¿Qué ideas de vergüenza tengo en mi mente relacionadas con a) mi cuerpo, b) mi trabajo, c) mi relación con el dinero d) mi personalidad y mi energía e) el sexo y mi sexualidad f) mi creatividad? (Contéstalas, ya verás) Mis respuestas son las que nutren a mi vocecita interior y que, aún sin darme cuenta, me susurran en el momento menos pensado: “no eres lo suficiente”. Y entonces, claro, se va todo al carajo.

Ketan nos repartió unas hojas y allí subrayé un párrafo que lo explica muy bien:

“Si observamos nuestra vida actual, tal vez nos demos cuenta de que muchas cosas que hacemos son compensaciones para evitar sentir algo. Por ejemplo: estar haciendo un trabajo que no me gusta, donde no puedo desarrollar mi creatividad, donde me siento estancado. Mi corazón me pide dejarlo y poner mi energía en un proyecto personal que me apasiona, pero siempre tengo excusas para no hacerlo. ¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían si dejo el trabajo (la seguridad financiera), mis sentimientos de que no soy suficientemente bueno en nada. No quiero sentir mi miedo al fracaso. Prefiero no arriesgar”.

¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían.

Y sigue:

“Es humano no querer enfrentarse a la inseguridad y a los miedos que se despiertan ante un reto, ante un cambio. Pero si queremos crecer, sentirnos vivos, necesitamos tener el coraje de aceptar nuestros miedos e inseguridades como parte de la vida (…). Si no, te estancas, detienes tu crecimiento, la posibilidad de desarrollar tu creatividad, de crecer en confianza y autoestima”.

Ahora me siento muy bien. Han pasado cinco días, y no te diré que mi autoestima es una pared impecable sin fisuras, pero algo ha cambiado en mí. Creo que puedo identificar más fácilmente a mi saboteador interno y, cuando lo reconozco, ya no le doy tanto poder.

Han pasado cinco días y estoy contenta. Esta semana escribí un montón.

 

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27 abril, 2018 0 comment
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Ni contigo ni sin ti – Tres razones para no temer que tu pasión se convierta en obligación

El otro día conocí a una chica que, a veces, tropieza por la calle. Sin un porqué concreto, un desnivel por ejemplo, o una piedra. Tropieza, simplemente: se le enreda un pie en el otro, luego se repone y continúa el paso. También conocí hace mucho a un hombre que al ducharse, debía estar en completa oscuridad, y a una mujer que, si tenía un mal día, tiraba a la basura toda la ropa que llevaba puesta (era señal de mal fario, decía).

Son excentricidades, ya sé. Pero me sirve para demostrar que todos, en alguna medida, somos diferentes. Hace muy poquito pregunté por ahí: ¿ey, y tú por qué no decides vivir de lo que amas? ¿cuál es tu miedo a trabajar de lo que realmente te da la gana? Y, claro, hubo muchas repuestas. Pero una, sobre todo, me conmovió.

Odiar el amor

Miedo a hacer el ridículo, miedo a la incomodidad del cambio, miedo a fracasar… la lista de barreras que nos separan de nuestra vida ideal es larga y fecunda. Pero este post es para quienes contestaron así: “No quiero convertir mi pasión en una obligación. No quiero odiar algo que amo tanto”.

Yo misma me pregunté en seguida, con algo de miedo: “¿voy a aborrecer escribir si lo convierto en una actividad diaria?”. Y algo dentro de mi saltó como un alambre: el NO más bello de mi vida. Pero aún así, quise preguntar a aquellas personas que desde hace tiempo hacen lo que aman y viven de ello. A los que ya están allí.

Darnos por muertos

Encontré el otro día una frase hermosa de Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios se puedan morir mis ángeles”. Que es lo mismo que decir: si derrumbo mis miedos, ¿es posible que mis pasiones dejen de brillar? Lo mismo que: ¿Es mejor no besarle por si descubro que, después de todo, no me gustaba tanto como creía? ¿No voy por si al final no se da el happy end?

Es lo mismo que decir: Hay veces que nos damos por muertos para no morir.

Andrés Zuzunaga: el ocio es el trabajo

Vamos con el primer testimonio: el astrólogo Andrés Zuzunaga.

Antes de encontrar la astrología (o viceversa), Andrés era un joven sofisticado: se había licenciado en Económicas y había trabajado en Nueva York y en Barcelona como programador informático. Quiero decir que estaba en las antípodas de los planetas y su lenguaje; pensaba que ser astrólogo era friki. Nada cool.

Y entonces una crisis a los 30 años lo llevó a abrazar la astrología y su mundo (¿cuántos ataques de ansiedad hacen falta para encontrar tu camino?). Y ahora, doce años después, Andrés Zuzunaga es astrólogo y director de la escuela de astrología más grande de España, Cosmograma, que él mismo fundó.

Dice que ya no anhela que llegue el fin de semana y que en su vida no hay separación entre el ocio y el trabajo. En su libro Somos Cosmos reproduce este gráfico para ayudar a las personas a encontrar su propósito de vida: cuando se lo aplica en primera persona, en los círculos y en el punto central está la misma palabra. Astrología.

 

Como descubrir tu propósito de vida - vivir de tu pasión

¿Cuál es tu propósito de vida? (Del libro “Somos Cosmos”, de Andrés Zuzunaga)

 

Sonia Esplugas: la pasión cambia

A los 25 años Sonia Esplugas se dijo a sí misma “a lo mejor”. Había estudiado Ciencia y Tecnología de Alimentos, pero por entonces empezó a darse cuenta de que su pasión tenía más que ver con la expresión artística y el dibujo: “Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo a una edad inadecuada para “este tipo de cosas”, según me habían hecho creer. Tenía la sensación de que ya era tarde. ¡Ahora lo haría aunque tuviera 60 años!”.

Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo

Más de quince años después, Sonia es toda una artista visual y arteducadora. Ha logrado perfeccionar lo que ella llama “actualización continua”: cada tres meses para y se pregunta “¿voy bien por aquí?”, “¿lo que hago me alimenta el alma o hay alguna puerta nueva que tenga ganas de abrir?”. (Y si detecta algún prejuicio, lo elimina lo antes posible. Le saca la pila al muñequito mental). Así es como descubrió que, además de dibujar y dar talleres, tenía muchas ganas de acompañar a otros a avanzar en su camino: “Hace un año lancé un programa de empoderamiento creativo que es muy inspirador para mí y para los demás”.

Si le preguntamos a Sonia qué ventajas encuentra de vivir de su pasión, en el párrafo aparece cuatro veces el verbo amar: “Cuando vives de lo que amas, sientes que la vida es un regalo cada día. Claro que hay tareas que son menos gratificantes que otras, pero con el tiempo aprendes a amarlas como parte del todo. Cuando imagino un mundo en el que todos hiciéramos lo que amamos y amáramos lo que hacemos, habría millones de problemas que simplemente desaparecerían”.

 

Alessandra Coletti: la libertad

“Mi vida ha cambiado radicalmente”, dice Alessandra Coletti, hoy terapeuta de análisis bioenergético. Y lo explica muy gráficamente a través de porcentajes. “Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban, pero la proporción se ha invertido totalmente: ahora, por lo menos un 80% de mi día hago lo que me apetece, lo que me da satisfacción, lo que me gusta”. (¿Te imaginas?)

Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban

Alessandra estudió filología y trabajó varios años en el ámbito de la cooperación. Vive en Barcelona pero es de Roma, y cuando le pregunto “desde que eres terapeuta, ¿ha aumentado o disminuido tu amor por lo que haces?”, ella contesta un “aumenta” con todo el acento italiano del mundo y como si no hubiera otra respuesta posible.

Además de la libertad que experimenta (es ella quien dice dónde, cuándo y cuánto trabaja), valora de su nueva vida el estado constante de creación: “Contínuamente vas experimentando nuevas formas de trabajar, en grupo, individual, dando charlas, etc. Descubres qué es lo más adecuado para tus talentos”, me dice.

Pero lo que más le gusta a Alessandra es el cambio que ve en las personas que llegan a su consulta. “Es un trabajo ecológico”, dice, “es mi contribución a que en este mundo no haya tanta contaminación emocional”.

 

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24 abril, 2018 0 comment
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¡¿Por qué me cuesta tanto cambiar?!

Te presento el tocho infumable que era el diario La Vanguardia en sus primeros años de vida. ¿Quiénes eran los héroes que conseguían leer una página entera de pe a pa? Ahora serían impensables esas letras pegaditas y esa monotonía en el formato… qué aburrimiento. Pero en su momento nada parecía raro: era una publicación de referencia con miles y miles de lectores.

El diario La Vanguardia antes de cambiar

Desde su fundación en 1888 La Vanguardia ha tenido que cambiar muchas veces: en la segunda foto puedes ver cómo decidieron incluir fotografías en el texto (¡alabado sea Cristo!) y, ya en los años 90, dar un vuelco total al diseño para modernizarlo.

El diario La Vanguardia después de cambiar el formato

Cuando hicieron esta última transformación yo estudiaba en la facultad de Periodismo. No te imaginas la de críticas que escuché: que si ya casi no había espacio para texto, que con la introducción del color parecía un panfleto publicitario, que si tantos tipos de letra mareaban la vista…

Madre mía, lo que nos cuesta cambiar.

 

Quiero cambiar. Pero no puedo

Esa época de estudiante la recuerdo con cariño ¡y cuántos cambios ha habido desde entonces! Me acuerdo de llamar por teléfono desde una cabina,  de ir a la biblioteca a documentarme para una crónica (¡con libros!) o de esos routers arcaicos que nos introducían tan lentamente al mundo nuevo de Internet [fin del momento abuela].

Algunas de estas transformaciones han sido más leves que otras, pero siempre han generado, al inicio, cierta incomodidad, cierta resistencia. ¿Por qué será tan difícil cambiar? A continuación, algunas de las posibilidades:

  • MIEDO A LO DESCONOCIDO. El miedo a la incertidumbre me corroe en mis horas bajas. ¿Y si no me lee nadie? ¿Y si lo único que he hecho es perder dinero y tiempo en este proyecto? No sé qué es lo que me espera al final de esta aventura. Si un placer similar al de un masaje a diez manos o si la tortura de un montón de astillas bajo las uñas.

Como no tenemos superpoderes para ver el futuro o para controlar todas las variables, dicen que la mejor respuesta a este bicho es la autoconfianza. Me pongo delante del espejo y repito cien veces: creo en mis capacidades para ir afrontando los obstáculos que aparezcan en el camino.

Sentí el mismo miedo al cambiar de trabajo la primera vez, al dejar al primer novio, al viajar a otro país. El pánico a lo desconocido. Menos mal que tanto caso no le hice. ¿No cambiamos de casa, nos apuntamos a un curso nuevo y hasta nos casamos, y la cosa no sale tan mal?

  • EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN. Mi primera noticia para un diario la escribí en todas las horas que dura un fin de semana entero. ¡Qué nervios! Entonces yo era una lentísima señorita de dieciocho años y hoy, mirando atrás, entiendo que mejorarlo era solo una cuestión de tiempo. Cualquier cambio requiere un cierto período de aclimatación para familiarizarse con el nuevo contexto.

Ahora, que no ha pasado ni un mes desde el lanzamiento de este blog, definiría mi estado como activo y tenso. Intento no interpretarlo como algo negativo: es, más bien, todo mi sistema que cuida de mí. Me dice: “con precaución”, “esto es nuevo”. Y, sí: hay que sostener un desgaste extra en esfuerzo y energía, y aguantar el tirón inicial al salir de la zona de confort. 💪💪

¿Estoy incómoda y desorientada porque todo es nuevo? Paciencia: work in progress!

 

La pregunta incendiaria

Hay más obstáculos que me impiden crecer. Son como la bruja mala de Blanca Nieves: me llenan de manzanas repletas de veneno malo.

Seguimos:

  • OBJETIVOS POCO REALISTAS. Si no hay objetivos claros es muy difícil avanzar. Porque, en contra de lo que parece, la motivación no es la respuesta para todo.

En el pasado, en muchas ocasiones me he sentido muy estimulada a la hora de emprender un proyecto, y hasta he tenido claro el resultado final. Una revista de ecología, un libro de entrevistas, un programa de radio cultural… Pero descubrí que si no establezco una meta específica, medible, realista y acotada en el tiempo, no hay forma: antes o después voy a ser la protagonista de mi propio cuento de la lechera.

Y otro descubrimiento: si divido mi propósito en fragmentos más pequeños, la montaña me parecerá mucho más bajita. (Aquí te cuento cómo establecer objetivos con pies y cabeza a través de la técnica SMART).

  • LA RESPONSABILIDAD, AFUERA. No cambio porque “es que tengo mala suerte”, “mejor no porque el país está en crisis”, “mi novio no me apoya”, “mi madre está enferma”… Si tuviéramos un foco de diez mil vatios, estaría orientado totalmente hacia afuera. Nuestras excusas apuntan a todo aquello que no podemos cambiar: los otros. Y eso nos encierra en un lugar frustrante del que no podemos salir (¿quién puede cambiar al otro?).

Cuando me atasco en este punto, para desbloquear suelo hacerme lo que yo llamo “la pregunta incendiaria”:

¿Qué es lo peor que puede pasar?

(Y de verdad que me imagino el futuro más esperpéntico posible. Estoy sin dinero, me vuelvo insoportable, mi novio me deja, me quedo en la calle sin trabajo y sin un euro. Estoy sola, soy pobre e infeliz).

Y luego, me digo a mí misma: ¿Puedo asumirlo, podría remontar desde allí? Si es que sí, doy un paso adelante.

Mola, ¿no?

 

Atrapado en el tiempo

Veo la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day), donde Bill Murray se enfrenta una y otra vez al mismo día. Al despertarse, comprueba siempre horrorizado que la fecha del calendario no ha cambiado y que está condenado a vivir, de nuevo, las mismas situaciones.

Me pongo a pensar.

Creo que a nosotros nos ocurre algo similar. Aunque la apariencia cambia (diferentes actores, diferentes escenarios), en el fondo siempre vivimos lo mismo. Una y otra vez. Y eso no es nuestra culpa, de nuestro consciente quiero decir, si no de un guión que hemos escrito hace mucho. Ese guión -grabado a fuego en nuestro inconsciente- nos marca lo que esperamos de nuestra vida. Es, por así decirlo, un montón de frenos juntos que no se dejan ver.

El piscólogo Richard Erskine (que es también Director del Instituto de Psicoterapia Integrativa en Nueva York) lo explica muy bien en su lubro Integrative Psychotherapy in Action:

Cuando somos niños (y quizás antes), empezamos a desarrollar las reacciones y las expectativas que van a definir para nosotros el tipo de mundo en el que vivimos y el tipo de personas que somos. Al principio, todo queda registrado físicamente, en nuestro tejido corporal y acontecimientos bioquímicos. Luego en el plano emocional, y más tarde de manera cognitiva, en forma de creencias, actitudes y valores. Estas respuestas forman una especie de guía sobre cómo vivir tu vida”.

Esta “guía” es también el “estilo de vida” al que se refería Alfred Adler, la “compulsión a la repetición” de Freud o el “guión de vida” de Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt.

 

Cambiar el guión

Cuando quiero cambiar muchas veces tengo miedo de salirme de los bordes de mi guión. Atravesar un muro hasta ese momento infranqueable. ¿Te acuerdas de la película El Show de Truman? ¿De todas las dudas del personaje de Jim Carrey antes de atravesar la puerta celeste de su vida-plató?

¿Y yo? ¿Qué debo hacer para poder salir de mi película?

Eso es trabajo de fondo.

Primero tengo que darme cuenta de cómo es mi guión. Revisar cómo soy, mi manera de pensar, de sentir, de comportarme. Cómo son mis creencias, qué hay detrás de mis decisiones, qué expectativas tengo. Qué tipo de piloto invisible y loco maneja mi vida y mi futuro.

Y una vez allí, quizás, un día cualquiera, decida viajar más allá de los límites. Como Jim Carrey o Bill Murray al romper el maleficio, o como el directivo de La Vanguardia que aquella vez, en su despacho, decidió correr el riesgo y, a lo mejor después de hacerse una pregunta incendiaria, y con todo el miedo del mundo (a las críticas, a la bancarrota, a su prestigio), dijera en voz alta: “Puedo asumirlo. Doy un paso adelante”.

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20 abril, 2018 0 comment
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No te prepares para el estrés (sé Joe Dispenza)

Hace poco quedé con M para tomar un café. “Llego tarde. Dame diez minutos más”, me avisó. Y cuando nos vimos se disculpó:

—Me había olvidado de pasar por la farmacia.

—¿Estás bien?— le pregunté.

Y, con aire despreocupado, me respondió:

—Sí, sí. Es solo que dentro de poco tengo una mudanza y, como sé que voy a estresarme, he ido a comprar medicamentos para las anginas. Cuando estoy desbordada siempre me enfermo de la garganta.

Yo me quedé pensativa unos segundos (en silencio y con la cabeza un poco inclinada, como los perros cuando esperan algo de ti). Y aunque no volvimos a hablar del asunto, la idea no se despegó de mí durante todo el día. Había algo en ese razonamiento que no acababa de encajar. Algo.

 

Entrenarse para ser Joe Dispenza

Al llegar a casa por la noche vi encima de la mesita del comedor el libro de Joe Dispenza, Deja de ser tú. Y me dije: ajá. La cosa va por aquí. Joe Dispenza es un crack, un científico estadounidense que indaga en las posibilidades del cerebro para crear situaciones, para cambiar las circunstancias de la realidad con la mente. En su libro, el autor describe mecanismos que parecen de ciencia ficción, de verdad.

Su razonamiento, muy resumido, es éste: (1) el 99% de lo que existe –y somos- es energía, y menos del 1% es materia, por eso (2) lo que recreamos energéticamente con el pensamiento tiene la capacidad de convertirse en realidad.

Lo comprobó en sus propias carnes en 1985. Él era un atleta muy activo pero un día, montando en bicicleta, chocó contra un camión. El médico le dijo que no volvería a andar nunca más. Y en California los cirujanos le aseguraron que la única salida era operar. En ese momento, el joven Joe Dispenza toma una firme determinación. No pasar por quirófano. En vez de eso, se dedicaría a usar su mente para recuperar el cuerpo. Y funcionó.

Para eso se licenció en Bioquímica, en Neurociencias y se doctoró en Quiropraxia. Y sus investigaciones siguen hasta el día de hoy. En Deja de ser tú leí unas conclusiones que me dejaron mirando el techo un buen rato. Escucha esto: un grupo de personas experimentó el mismo avance al reproducir mentalmente sus ejercicios de piano (SIN MOVER NI UN CENTÍMETRO DE SUS DEDOS) que los que lo habían hecho físicamente.

(¿Holaaaaa? ¿Cómooo?)

Y también contaba Dispenza cómo su hija logró exactamente las vacaciones que quería solo focalizándose en su objetivo y comportándose como si ya lo hubiera conseguido.  En una entrevista el científico decía que prepara a sus hijos para que creen su propia realidad. “Hacen los ejercicios como un niño juega a tenis, practicando mañana, tarde y noche. Así ejercitan su mente. El trabajo consiste en sentir aquello que desean con su mente y cuerpo, como si ya hubiese sucedido”.

 

El cambio: ¿amenaza o aventura?

Como un flash, todo esto pasa por mi cabeza en cámara rápida al ver el libro en la mesita. “Prepararse para el estrés es instalar en tu mente el software Voy a estar estresado”, pienso. Y me doy cuenta de la facilidad con la que todo el tiempo etiquetamos situaciones, adelantándonos a un desenlace catastrófico. “Seguro que suspendo”, “me va a decir que no, ya verás”, “vivir de un blog es dificilísimo”. Nos tiramos piedras sobre el tejado. Utilizamos el lenguaje en nuestra contra sin descanso y reforzamos contínuamente esa idea de que no somos capaces, de que no lo vamos a lograr, no insistas más.

Me siento en sofá –mirando el techo, otra vez- con esta pregunta dándome vueltas: ¿cuándo empezamos a tomarnos los momentos de cambio como potenciales picos de estrés, como amenazas? ¿Cuándo dejó de ser una aventura cambiarse de casa, explorar un nuevo trabajo, quedarse embarazada?

Miro el ventilador, en pausa, bocabajo. Y pienso que, después de tanto tiempo, hemos llegado a un pacto como sociedad: nos decimos a nosotros mismos que hoy estamos salvados si habitamos la rutina gris, y que si mañana ocurre algo nuevo, estaremos perdidos indefectiblemente. Somos nuestro propio Judas. Nos traicionamos a nosotros mismos (nos besamos a la europea, un beso en cada mejilla) y el resultado es un paisaje escrito con letras muy pequeñas, minúsculas.

¿A qué esperamos para cambiar?

NOTA: Joe Dispenza me da muchísima curiosidad. Antes que él, muchos otros apuntaron hacia el mismo lugar (nuestra capacidad para crear a través de los pensamientos). Pero ésta es la primera vez que lo sustenta una base científica tan indiscutible. ¿Hasta dónde llegará Dispenza?

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17 abril, 2018 0 comment
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