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Por qué creemos que no podemos vivir de nuestro talento [una historia real]

“Es que tú eres muy happy”. Cuando voy contando por allí que todo el mundo puede vivir de su talento, que lo contrario es una aberración total a la que estamos muy mal acostumbrados, la gente me contesta así. Happy, me dicen. Y yo me sorprendo un poco de esa visión incrédula, la verdad. ¿Por qué parece tan imposible?

Y creo que ya sé la respuesta. Me la dieron unos amigos que encontré el fin de semana pasado. Se llaman Mireia y Dani (Se quisieron desde muy temprano, así que fueron siempre “la-mireia-y-el-dani”, todo junto). Su historia te será familiar: se conocieron, se enamoraron locamente y, al cabo de los años, pidieron una hipoteca para un piso. También consiguieron un trabajo fijo: muchas horas fuera de casa pero los dos coincidían: eran empresas solventes, les gustaba lo que hacían, estaban bien pagados.

Pero entonces empezaron a pasar los años.

Y a los 35, guapos, saludables y abundantes, comenzaron a hacerse preguntas. Sobre todo, una: “¿Es solo esto la vida?”.

El hobbie y el talento

Y mientras esa pregunta crecía, en sus ratos libres probaban varios hobbies. En su armario había dos mesas de mezcla de dj, un par de patines, una cometa, una tabla de body y dos de snowboard. Y en los últimos años habían acumulado, sobre todo, un equipamiento envidiable de submarinismo. Consiguieron el carnet de instructores y, en los veranos, buceaban en todos los mares posibles, exprimiendo felices su mes de vacaciones.

Pero el retorno en septiembre era siempre muy duro. Una ola de oscuridad. Y poco a poco, como crece un árbol o un embrión, o mejor: como un grupo de nubes se prepara para una tormenta, así ambos fueron delineando el plan alternativo. Dejarlo todo e irse a bucear el mundo.

¿Y sabes qué? Que lo consiguieron. El año pasado, en julio, lamireiayeldani lo dejaron todo para irse a bucear el mundo. Y empezaron por Indonesia.

buceadores viviendo de su talento

La vida con vistas al mar

Ahora están en Barcelona, de vacaciones (su descanso se multiplicó por cuatro: dura el tercio de un año entero). Están en un bar, los dos, contándome cómo cambió su día a día. En su nueva rutina se despiertan mirando el océano desde una ventana gigante; viven en el barco donde trabajan de instructores. Comen sano, bucean por un fondo marino increíble, charlan con sus alumnos, duermen una siesta, se echan unas risas y así todo el día. Se duermen temprano, con vistas al mar.

“Feliz”, dice Dani. Y ella lo mire y sonríe. A ella, que es mi amiga hace 30 años, nunca le vi antes esa sonrisa que ha estrenado en Asia y que luce en sus fotos, con el fondo azul.

Adelgazaron diez kilos, están fuertes, bronceados. “No sé qué estáis haciendo pero seguid así”, les dijo su médico, después de un chequeo reciente en el que todo salió perfecto. Adiós colesterol, adiós exceso de ácido úrico, adiós contracturas, digestiones pesadas, dolores de espaldas. Adiós al cuerpo triste.

¿Cómo hicieron para vivir de su pasión?

La cosa no fue fácil ni veloz. No fue un recorrido en línea recta del punto A al punto B. Pero las ganas (y el descontento) fueron más grandes. Entonces indagaron en su talento. Ahorraron. Y un día respiraron hondo y dejaron sus trabajos fijos y bien pagados. Respiraron hondo y vendieron el coche. Temblaron y alquilaron su piso hipotecado. Regalaron sus cosas, compraron los billetes, movieron sus contactos.

Y una tarde respiraron más profundo y hablaron con más cautela que de costumbre. “Papá, mamá”, dijeron, y explicaron la locura. Renunciar a todo porque tenían la esperanza de que su vida podía ser mejor. Y ellos, los progenitores en bloque (ellos que habían pataleado, que habían puesto pegas, que se resistían) los besaron y les desearon mucha suerte.

Seguramente no entendieron. Y seguramente tuvieron mucho miedo de que esos dos europeos cuarentones que tanto amaban se estamparan lejos, aplastados por sus ilusiones.

Lamireiayeldani seguramente pensaban muchas veces igual.

¿Por qué parecía imposible vivir de su talento?

La aventura parecía que no iba a tener éxito. ¿Por qué? El talento estaba y las ganas también. Qué podía fallar. ¿Les hacía falta recursos? Ellos sabían cómo conseguirlos. Entonces, ¿por qué tanto recelo?

—Mucho miedo— dicen ellos ahora. El miedo era como un zumbido que ponía en duda cada paso. Y su mayor valor fue avanzar a pesar de la incertidumbre. Espantar la imaginación más negra, sobrellevar las noches de insomnio, aguantar el dolor de barriga nervioso. Sin saber inglés no nos van a contratar; No tenemos experiencia, nunca nos van a elegir; Si nos va mal seremos muy mayores para volver a empezar.

Pero lamireiayeldani lograron derribar las amenazas imaginarias. Y a los pocos meses, ganaron. Les contrataron en un barco y de repente la oficina gris y los horarios esclavos quedaron muy atrás. En otra vida.

Me contaban que una tarde, mientras se tomaban una cerveza en la cubierta del barco, uno de los alumnos a los que acababan de guiar bajo el mar, les preguntó:

—¿Y vosotros de qué trabajáis?

Dani y Mireia se miraron entre sí y se rieron.

—Trabajamos aquí, somos instructores de buceo y así es como nos ganamos la vida.

“Es que la gente no lo entiende, Ana Claudia”, me dice mi amiga. “Sin sufrimiento, pensamos que un trabajo no puede existir”.

 

* Pasar de la utopía a lo imposible, de lo imposible a lo improbable, luego a lo difícil y de allí a lo fácil. Que los que están por venir tengan ese regalo nuestro: que sea fácil vivir del propio talento, de lo que uno ama. De lo que uno es.

 

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21 septiembre, 2018 2 comments
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La procrastinación va por dentro [pero tiene solución]

Cuenta la leyenda que Víctor Hugo se sentaba desnudo a escribir para evitar levantarse de la silla, distraerse y procrastinar. Además, pedía a sus sirvientes que escondieran su ropa, así la tentación quedaba bien lejos.

Dejar para mañana lo que puedes hacer hoy es un mal antiguo que ahora, según un estudio reciente, nos afecta al 20% de las personas. ¡Una de cada cinco! Yo tengo que confesar que si estoy muy inquieta y quiero cumplir mis objetivos, desactivo el wifi del ordenador y dejo el móvil en otra habitación. Eso para empezar.

Porque, si tiramos pelotas fuera, hay que decir que la tecnología no nos ayuda a tener bajo control la procrastinación. La era digital es un campo minado de ventanas emergentes, mensajes de wasap y notificaciones sonoras que nos descentran en cuestión de segundos. Aunque decidamos superar la tentación de mirar el facebook o el correo electrónico, hoy la información se empeña en venir a buscarnos. Y así mantener la concentración en el trabajo es un trabajo chino, toda una proeza. ¿O no?

¿Vivían nuestros padres un entorno más favorable sin tanto estímulo? Yo no soy mucho de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero es cierto que el ritmo frenético y la obsesión actual por la productividad acentúan la presión y el estrés. Nuestra jornada debe ser hiper fértil y, a menudo, posponemos el objetivo principal para atender las pequeñas urgencias. Aplazamos lo importante y acto seguido… llegan las malditas consecuencias.

El mecanismo interior de la procrastinación

Ya estamos arreglados. Atrasamos las decisiones clave y nuestro rendimiento cae en picado, la autoestima se queda adolorida y nos habita la ansiedad y la culpa. ¡Otra vez!

Y aunque el origen de tamaño desastre tiene el aspecto de un grupo de bits malévolos y de pantallas de colores, el motivo real –como casi siempre- está en nuestro interior. Me temo que sí.

¿Cuáles son las principales causas de la procrastinación?

  1. El perfeccionismo. ¿Quién es capaz de empezar una tarea con la pretensión de conseguir un Nobel? La presión se mide en millones de pascales (y la necesidad de sentirse querido también).
  2. Miedo al fracaso. Observa que la estrategia es perfecta: “pospongo lo que tengo que hacer porque si no lo realizo nunca, evito el fracaso”. Para tu inconsciente es la cuadratura del círculo.
  3. Rabia e impaciencia. Ya quiero estar en la meta y ni siquiera me he atado los cordones de los zapatillas. (¡Buena suerte, compañero!)
  4. Creencias irracionales. Tales como “no viviré nunca de esto, así que mejor me centro en todo lo demás”.
  5. No hay deseo. Cuando oímos frases como “¿Qué tal vas con el informe anual corporativo?”, nuestra respuesta mental es Killing me softly. Si no se nos despiertan las ganas, la acción es el resultado de pura disciplina y esfuerzo.
  6. Decisiones impulsivas. Cuando nuestras decisiones son poco consistentes no se sustentan en el tiempo porque son fruto de arranques irracionales y atolondrados. Welcome procrastinación.

Yo, con este blog, no me he salvado de ninguna. Para qué mentir.

¿Procrastinación o inspiración?

Si en este post no te diera algunas soluciones para evitar la procrastinación sería una mala persona. Pero antes déjame plantearte un dilema: ¿en qué momento la preparación para un proyecto deja de servir para inspirarse y se convierte en un puro ejercicio de postergación? ¿no me pongo manos a la obra porque estoy reflexionando? ¿o, la verdad, porque tengo una pereza inmensa?

Cuando tenemos tiempo suficiente para cumplir un trabajo, los primeros atisbos de procrastinación no son preocupantes: todavía tenemos margen para que en cualquier momento aparezca la creatividad como un huracán.

Pero si la musa tarda en llegar, entonces sí llegan las prisas, la confusión y la falta de confianza en nosotros mismos. ¿Quién no ha rendido un examen en estas circunstancias alguna vez? Y luego ocurre que no fluyes, que los resultados son pésimos y, muchas veces, que terminas por ni siquiera presentarte a la prueba.

Así que para que no me pillen por sorpresa los deadlines o fechas límite, mi solución ultra high recommendation es la planificación. En este post te contaba cómo hacerlo (hay dos plantillas por si quieres ponerlo en práctica). ¡Para mí fue todo un descubrimiento! Cuando no me organizo bien, trabajo desordenada, desenfocada y durante miles de horas. Y lo peor, no hay rastro del disfrute.

Tres claves para surfear la procrastinación

Para ir al fondo de la cuestión lo mejor es atender las causas internas que provocan la procrastinación.

Y mientras lo haces, hay varios recursos para ir dándole esquinazo. Por ejemplo. Concentrarse los cinco primeros minutos de cada tarea (que son los peores), apuntar en un lugar visible los objetivos del día o dividir una tarea grande en muchas pequeñas, para hacerla asequible. También puedes estimularte con una canción favorita para empezar, o pensar en lo feliz que estarás cuando hayas logrado tu meta. Los truquillos para despistar a nuestro vago interno son muchos y variados.

Aunque las principales corrientes se pueden agrupar en tres:

  • Negociación. Pacta contigo mismo los momentos dedicados al trabajo y al placer. Es un sistema de recompensa que te permite ver una serie después de repasar la contabilidad.
  • Organización. Reprograma las tareas de una manera realista, clasificándolas y definiéndolas para que sean más fáciles de abordar.

A mí me sirve dejar todo preparado el día anterior: a la mañana siguiente no me doy tiempo ni a pensar. Desconecto todo y, durante dos horas, clavo mis dedos en el teclado. Me limito a ejecutar lo que ya antes había decidido con calma.

  • Herramientas externas. Echa mano de los recursos externos para evitar la distracción o la tentación. ¿Quieres dejar de comer chocolate? No compres más. ¿Quieres que Internet no te robe más tiempo? Apaga tu router.

La sociedad tiene un doble juego: es la potenciadora de estas tentaciones y, a la vez, nos ofrece herramientas para salvarlas. Ya habrás oído hablar de las aplicaciones que nos separan de las redes sociales (yo uso Stay Focused para limitarme con el Facebook). Son barreras sutiles pero exitosas porque todos –al margen de la inteligencia o nivel cultural- somos vulnerables a Internet. Y a la procrastinación.

* ¿Me compartes ahora o lo dejamos para más tarde? 😜 😂

28 junio, 2018 0 comment
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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

14 junio, 2018 0 comment
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La gestión del tiempo: ¿qué vida quiero?

Mi primer día de clase de clown sentí terror. Ríete tú del dentista, de los libros de Edgar Allan Poe, o de descubrir por encima del hombro que el maestro ha descubierto tu chuleta y viene directo a pillarte in fraganti.

Mucho miedo. De mostrarte a los otros sin poder echar mano de los recursos que planea tu mente. Un chistecito, una idea brillante, una caída de parpados. Algo que afloje la inseguridad. (El clown es implacable con todos esos juegos de luces: sencillamente porque, si algo no es auténtico y espontáneo, el resultado cae en picado. Si tus pensamientos no te sueltan en el escenario, te conviertes en un adulto incómodo pegado a una nariz roja. Y poco más. Vamos, como en la vida real, pero mucho más evidente).

Entonces, ¿cómo poder soltar el control sin que te tiemblen las piernas? Para mí se está convirtiendo en una cuestión de entrenamiento: las clases de clown me están sacando músculo. 💪

Pero ojo que el training del clown va mucho más allá. La semana pasada descubrí cosas que me hicieron reflexionar sobre el tiempo. Madre mía cómo lloré.

Vivir a contrapelo

La consigna se lanzó hace semanas: el martes, teníamos que presentar una propuesta en clase de clown. Ya sabes, pensar una escena, un personaje, algo que contar y lanzarte al vacío. El público y tú.

A mí esa semana me coincidieron un montón de cosas: varias entrevistas increíbles por hacer, el cumpleaños de mi novio, la preparación de obras en casa, mi hermano y un reto admirable, la exposición de una amiga, escribir el prólogo de un libro… ¡Tantas cosas apetecibles por hacer y tan poco tiempo!

Y te digo que cuando el tiempo se te traba, que cuando patinas con la gestión de tus horas, no importa demasiado si amas lo que haces o no. Es la misma cárcel, la ansiedad, la sensación de no llegar (pero con final feliz). Un bocado agridulce que te deja despistado. “¿Qué está pasando aquí?”.

“No llego a pensar mi número de clown, no tengo regalo para mi novio, no me da la vida para esos dos libros geniales, no estoy aprovechando el sol, no estoy ayudando a mi hermano, no he hecho el guión para ese vídeo tan guay, no sé cuándo ir a la peluquería, no puedo concentrarme para escribir, no llamé a mis padres, no tengo tiempo para meditar…”. Mierda. Las prisas pincharon el globo de mi mundo feliz.

Por eso, la gestión del tiempo otra vez. ¿Volvemos?

Pero antes de la reflexión llegó el llanto. En los ejercicios de calentamiento en clase de clown me desahogué de la rabia infinita por tropezar tantas veces con la misma piedra. ¿Y si de repente un acto de magia hiciera que los cambios se acomodaran automáticamente?

Antes de charlar con Juan -el coach Juan Naranjo- sobre la gestión del tiempo, pensé en cómo nos boicoteamos de maneras muy creativas para no darnos la vida que merecemos. En que debemos aceptar que a veces ocurren imprevistos que no se pueden prever ni controlar. Y sobre todo, esto: que la felicidad, digámoslo así, también necesita un orden.

Organizarse la vida: 4 preguntas, 4 errores, 1 reflexión

De la larga conversación con Juan salió este vídeo de ocho minutos sobre cómo gestionar nuestro tiempo.

Aquí te dejo escritas algunas ideas interesantes que surgieron.

Las preguntas.
  • ¿Dejas agujeros libres en tu agenda o atiborras todas las horas con un montón de actividades?
  • ¿Con cuánta antelación planificas tu tiempo? ¿de hoy para mañana? ¿un mes vista?
  • ¿Qué pasa cuando tienes un imprevisto? ¿cómo gestionas eso que no está contemplado en tu agenda?
  • ¿Empiezas con mucha fuerza tus proyectos y luego vas perdiendo fuerza?
Algunos de nuestros errores.
  • Planificamos nuestra agenda a corto plazo.
  • No priorizamos: nos lanzamos a resolverlo todo por igual.
  • Nuestras previsiones no son realistas.
  • No contemplamos espacios para recargar energías (y volver a la carga más productivos).
La reflexión.

Lo que apuntamos en nuestra agenda debería ser el resultado de lo que nos apetece hacer (con nuestra vida). No de lo que tenemos que hacer por obligación, compromiso o culpa. Al planificar nuestro tiempo estamos diseñando cómo queremos que sea nuestra vida.

Parecía más inocente el acto de tomar el bolígrafo y escribir, ¿verdad?

Dos menciones especiales:

  1. A mi profe de clown, Oh Félix, porque su mezcla de chispa, profundidad y ternura hace que no me pueda despegar de mi nueva nariz. ¡Gracias Félix por tu talento y tu amor, y por la alegría de cada martes!
  2. A las chicas del Bed&Breakfast Ca la Maria. A Lili, que nos atiende siempre con tanta paciencia y cariño cada vez que invadimos el bed&breakfast con Juan para grabar nuestras charlas . ¡Mil gracias por compartir vuestro espacio con nosotros!
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25 mayo, 2018 4 comments
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De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

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19 mayo, 2018 2 comments
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Crear desde el miedo o desde el amor. Dopamina o cortisol

Entre mi cama y mi escritorio hay diecinueve pasos. Cuando trabajo en casa, es la distancia que separa el descanso de la fiesta mental. Por la mañana abro los ojos, me acuerdo de “Y si de repente” y salto al ordenador para bailar con decenas de links, vídeos, letras, bocetos. (Aviso: el efecto desaparecerá, pero eso todavía está muy lejos.)

Ahora es primavera y hay felicidad y ni siquiera me importa que afuera haya sol y yo esté aquí dentro haciendo calendarios, photoshopeando imágenes, o escribiendo guiones. Mi vida es un diálogo íntimo con la pantalla y mi cuerpo solo conoce una postura. Pasan las horas y afuera no existe el mundo.

—No trabajes tanto. Hay que descansar— me dice mi novio desde la puerta. Y la frase suena como un botón que lo desarticula todo. Mis pies de repente tocan el suelo, el reloj marca cada segundo y los músculos se mueven, torpes.

—Hay que descansar— repito. Y mientras intento parar la cabeza (adentro hay una revolución en rose), busco una explicación a este torrente de energía inagotable.

¿Dopamina o cortisol?

En un primer momento, pienso: “Ah, claro, es cosa de la dopamina”. Ya sabes: cuando haces algo que te gusta, tu cerebro empieza a segregar esta sustancia para hacerte sentir bien. Si este neurotransmisor fluye entre tus neuronas, ¡hurra! Hay motivación, bienestar y placer.

(He leído que para generar dopamina, puedes 1. Escuchar tu música favorita, 2. Incorporar alimentos que estimulen su producción, como el té verde, los aguacates, las almendras o los arándanos, 3. Mantener el estrés a raya, 4. Dormir ocho horas, 5.  Establecer rutinas y horarios, 6. Practicar yoga, 7. Marcarte nuevos objetivos y conseguirlos, etc.).

Cuando estoy en el extremo opuesto a la dopamina, mi cuerpo es el reino del cortisol, que es conocido como la “hormona del estrés”. Generalmente se activa en una situación de aguda de peligro. ¡Ey! Hay un león a tres metros que te quiere pegar un bocao. Eso ocurría cuando vivíamos en una cueva y acabábamos de descubrir el fuego (por decir), pero ahora el cortisol llega más bien provocado por pensamientos del tipo “como no espabiles, no llegas a fin de mes”, “si te va mal, no vas a poder soportar el fracaso”, “si no te das prisa, no vas a cumplir con los plazos previstos”.

En una situación de estrés, mi cuerpo –bueno, el cuerpo de todos- echa mano del cortisol, que responde con un pico de energía para poder luchar o huir. Si vistiéramos taparrabos, nuestro cuerpo se estabilizaría al rato de correr o de liarnos a porrazos. Lo que ocurre ahora es que muchas veces el estrés es continuado (nuestra mente no para) y nuestro metabolismo no tiene tiempo para normalizar sus valores de salud.

Pienso en todo esto y me pregunto: ¿Ana Claudia, estás creando bajo el efecto de la dopamina o del cortisol? A veces, no es fácil reconocerlo. No sabes si lo que te mueve es el miedo o el amor.

Buenos Aires – Barcelona

Cuando volví de Argentina (estuve viviendo allí cinco años) aterricé con un listado infinito de cosas por hacer. Nunca fui tan efectiva… y nunca he vuelto a estar tan agotada. Buscar trabajo, encontrar un piso, reencontrarme con la familia y los amigos son menos de veinte palabras, pero en la vida real son un Everest, un Aconcagua y un Kilimanjaro todos juntitos.

A los meses de ritmo infernal empecé a enfermarme: encadenaba cistitis y tratamientos antibióticos. Hasta que dije basta ya, mi cuerpo me está pidiendo calma. Encontré a Rut Muñoz, una médico china que ilustró mi caso con una espléndida metáfora. Bueno, en realidad fueron dos: en la primera me dijo que yo era un avión en pleno vuelo con el motor en llamas. En la segunda, prefirió el transporte terrestre:

“No te queda combustible. Vas en un Ferrari pero estás sin gasolina, por eso el coche te deja tirada. Entonces tú lo vuelves a cargar -10 euros, 20 euros- pero en seguida lo pones de nuevo a 200 km/h. Y, claro, al rato te vuelves a quedar en la cuneta”.

Cuando tengo que enfrentarme a un momento de cambio importante, vuelvo a pensar en esta metáfora. Y me cuido: me planifico (te lo contaba la semana pasada en este post) y descanso. Suelo leer que uno de los errores más frecuentes entre los emprendedores es el cansancio extremo en algún momento del proceso. No me extraña: conseguir vivir de lo que amas es una montaña rusa con subidones de euforia y miedo.

Si el cortisol me ataca el trabajo se convierte en un montón de piedras yermas que palpitan a ritmo de taquicardia. Hago las cosas mecánicamente, sin brillo. Así que cuando lo veo llegar salgo corriendo (es literal: me pongo las zapatillas y me largo) o escribo los pensamientos negros (y les doy la contraria), o llamo a una amiga para que me dé un punto de vista realista y positivo. Juan Naranjo siempre dice “si estás en cortisol: ¡vete a un spa!”.

“Hay que descansar”, se repite todo el mundo. No solo porque el cuerpo se puede quejar (y muy fuerte). Ni si quiera porque con el relax aparece la magia de las buenas ideas y se expande la creatividad y hay más garantía de éxito. Hay que descansar, sobre todo, porque así, cada vez que caminas diecinueve pasos, es primavera y las horas pasan volando, y te preguntas por qué demonios tardaste tanto en empezar.

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3 abril, 2018 0 comment
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Limpiar el mar

Cuando empezamos a emprender es como si entráramos en el mar con una red de agujeros diminutos. Por fuera el agua parece limpia y placentera, pero de cerca –me pasa a mí- la malla va devolviendo un montón de basurilla acumulada con el tiempo. Luego pasa lo que pasa: quieres pescar un salmón de cuatro metros, y te sale, agarrada a la caña, una bolsa de plástico o una bota vieja.

Ja.

Aclaro que el mar basto e infinito no es más que una metáfora de mi interior, el noble lugar de mi ser donde habitan mis creencias más rosas y las más retorcidas. También, mis yuyus más negros.

Así que de vez en cuando está bien esto de la inmersión: porque ojos que no ven, agua roñosa que te queda.

Te contaré en la próxima lo que me encontré buceando: hoy déjame salir a sentir el sol y pedalear muy rápido con Patti Smith. En 1977, el año que yo nací, Patti se cayó y se quebró varias vértebras mientras daba un concierto, en Florida. Descansó y, después de la rehabilitación, publicó dos nuevos discos antes de llegar los 80s.

A veces, solo hace falta descansar.

28 marzo, 2018 0 comment
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