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Cuarentena: ¿qué nos salva de nuestras emociones? (según veteranos del encierro)

La cuarentena y las emociones

Necesitamos una cirugía social. La cuarentena nos acaba de lastimar en el órgano más sensible, el de la libertad, y andamos desperdigando emociones, desangrando furias y tristezas, en un gota a gota en contra del calendario.

La buena noticia es que, como casi siempre, sobre este pasto otros caminaron antes: otros se han visto en la tesitura del encierro, y la experiencia les ha llevado a encontrar antídotos precisos.

Un ejemplo es el de José O’Gorman, un paleontólogo de 35 años que visitó la Antártida hasta en nueve ocasiones. Imagínalo en una expedición a -23 ºC, con un temporal que de repente le para los pies, y obligado a pasar días y días recluido entre las cuatro paredes finas de su tienda de campaña.

Mientras esperaba que el clima le liberara de esa cuarentena tirana, O’Gorman descubrió cómo controlar la montaña rusa de sus emociones y descubrió sobre todo que después de un tiempo de encierro, las emociones no solo crecen, sino que se distorsionan y todo nos molesta más.

Y yo… doy fe.

Dice la psicóloga traspersonal Virgina Gawell que si estos días de pandemia sientes caos, es normal. Si estás perdido, es normal. Si sientes esperanza, desesperanza, esperanza, desesperanza… es normal.  “Uno está casi loco cuando las variables se rompen tanto. Hay que tenerse paciencia”. 

“En esta cuarentena las emociones son muy extremas y profundas”, dice Aníbal Marrón, terapeuta gestalt. “Por eso no podemos sostenerlas por mucho tiempo y, por eso, la rutina nos salva. Los quehaceres autoimpuestos nos distraen de alguna manera y nos permiten distanciarnos de tanta intensidad”. Así que durante el confinamiento, el horario se convierte, por así decirlo, en el colchón más fiable donde dejarse caer.  

Autocuidados de cuarentena: ¿Qué hacen los veteranos del encierro para no decaer?

Para esquivar la negrura, el paleontólogo O’Gorman usaba un recurso infalible: se repetía incansablemente la fórmula “esto pasará”. Así hackeaba su mente y evitaba el desborde. Además, aprovechaba para crear pensamientos generativos: ¿qué es lo que me gustaría cambiar de mi vida una vez finalice la reclusión?

Para ver cómo otros frenaron el desespero, te presento tres ejemplos más. Son personas que pasaron muchas veces por la limitación del espacio, clausurados por algún motivo durante días y días. Unos verdaderos veteranos del encierro.  

1. Una celda de 2,1 metros

En total, Nelson Mandela estuvo 27 años detrás de los barrotes. En la Isla Robben fue el preso 46664 y cuando entró, el carcelero le dijo: “Esto es una isla, aquí morirás”.

Pero Mandela no tenía intención de creerle. Así que para mantener el temple y los pensamientos oxigenados, durante todo ese tiempo se levantó a las 5 de la mañana. Corría en ese espacio diminuto 45 minutos y ejercitaba los músculos con 100 flexiones, 200 abdominales y 50 sentadillas. De lunes a jueves, la misma rutina sin excepción.

“El ejercicio disipa la tensión, que es el enemigo de la serenidad”, decía Mandela, que antes de entrar en prisión ya había descubierto, corriendo y boxeando, que tenía más claridad de pensamiento si mantenía la forma física.

2. Años de clausura

Véase aquí un aislamiento voluntario, pero no por eso menos difícil de domar. Las monjas de clausura de varios conventos españoles aparecen estos días en los diarios dando consejos sobre cómo lidiar con la cuarentena. Son, podríamos decir, expertas en el arte del encierro.

“Bordar, limpiar, orar”, dice una de ellas sobre cómo ocupa su día. Y todas coinciden en la fórmula del éxito: Hazte un plan, créate una rutina. Sobre todo levántate, come y acuéstate a la misma hora. Y protégete de lo que te pueda oscurecer los pensamientos, como los comentarios pesimistas, las discusiones o las películas de terror. Y no mates el tiempo –dicen- porque matar el tiempo es matar la vida.   

Para subir la energía hay diferentes estrategias: bailar, por ejemplo, o (como nuestro paleontólogo de la Antártida proponía) reflexionar sobre qué puedo cambiar en mí para ser mejor después de estos días. La introspección en una liana firme que nos puede sostener.

3. Cuarentena en la Antártida, otra vez

El Director de la Dirección Nacional Antártica, Mariano Memolli, decía en un reportaje para la revista Brando, que cuando permanecían recluidos muchos días en una base, y todos perdían hasta la noción del tiempo, él convocaba la reunión semanal los lunes a las 7.30h. Levantarse temprano era el antídoto para que su equipo no acabara deprimido.

Primero empiezas descuidando tu imagen –dice Memolli-, luego la actividad física, luego la intelectual, hasta que te desesperas y te rindes. Él propone realizar una rutina que canse el cuerpo, y leer o escribir como ejercicio mental para estirpar la tentación de pensar en bucle.  

Y si en esta cuarentena estás solo y te angustias, la recomendación de Memolli es que eches mano de un cable a tierra emocional: elige una canción que te guste, una película con final feliz o contacta con una persona positiva.

También en la Antártida, el buzo Fernando Cumil, llegó a otra conclusión: “Hay que identificar lo que yo llamo caprichos del ser humano. En la Antártida pasa mucho que uno quiere un huevo frito o verdura fresca y piensa meses y meses en eso y cuando vuelve al continente come ensalada durante una semana y después se olvida. Ahora, todos se quieren abrazar: la pregunta es si antes, cuando podían, también lo hacían o si es algo que uno quiere porque sabe que no se puede hacer”.

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El miedo mide 59 centímetros

¿Dónde se esconde el miedo? Ayer lo vi claro: el miedo es una vocecita incansable que nos martillea sin parar. Es lúgubre y tremendista como una vieja quejosa que siempre espera lo peor. Ayer salí a correr y lo estuve escuchando un rato. Y me di cuenta de dos cosas: 1. De su persistencia. 2. De cómo reacciono a sus encantos.

¿Y tú, qué haces con tu miedo?

Mini crónica de un miedo simple y feo

Pensaré no me da tiempo, pero miraré el reloj y veré que tengo una hora de margen. Me pondré las zapatillas para explorar la zona de Montjuïc. Y antes de salir de casa, diré en voz baja: lloverá. Pero bajaré las escaleras a pesar de todo y, al mirar el cielo, solo habrá una nube tímida a lo lejos. Entonces, con un poco de pereza, empezaré a correr, con un poco de pereza y de miedo, porque el asfalto –me lo habrá dicho alguien- no suavizará el golpe y las rodillas me molestarán. Pero no. Porque, aunque estoy un poco perdida y no sé por dónde ir, al minuto encontraré un camino de tierra suave y ya no escucharé más mis pies.

Al rato, después de una gran curva, veré una escalera eterna al final de un camino. Decidiré enfrentarme a ella, y correré a su encuentro contando sus escalones de dos en dos, como si midiera el tamaño de una bestia a batir. 88, 90, 92, 94… apretaré los ojos para no perder la cuenta, y, al borde del primer peldaño, veré una senda minúscula que se abrirá a la derecha. Sonreiré al tomar la vía alternativa in extremis y correré más rápido, aunque el suelo se habrá vuelto de nuevo duro, de asfalto.

Y en otra curva veré un adolescente arrimado a un arbusto en posición de orinar. Y me diré cuidado, pero al pasar por su lado será él quien agache la mirada. Continuaré, concentrada, para no ahogarme en la subida. Pero mis pulmones responderán sin dificultad. Al fijarme más allá, mi respiración se detendrá un momento, un milisegundo: habrá un grupo de muchachos haciendo botellón y yo muy rápido cavilaré el mejor modo de evitarlos, pero habrá poco espacio y poco tiempo para salir de allí y tendré que pasar por su lado, muy pegada a sus cuerpos y sus vasos con alcohol. Alerta, me diré. Y escucharé entonces la voz de uno de ellos diciendo “uy, dejad pasar”. Y al minuto habré atravesado al grupo sin más, como si hubiera traspasado una pared de goma, y todos habrán quedado atrás.

Miraré hacia adelante y veré un camino descampado, vacío, y mis piernas irán solas hacia allí. Y veré de reojo un coche blanco que ralentizará la velocidad y a los dos segundos los colores de un coche de la policía. Seguiré corriendo (mis predicciones fallidas otra vez: ni unos me violarán ni lo otros me salvarán). Seguiré más. Veré un perro, dos tres, y tendrán aspecto de sabuesos, de perros cazadores, de mordedores profesionales. Sentiré mi piel sosteniendo mi carne. Y avanzaré fingiendo que no hay peligro y, al final, no lo habrá. Un perro correrá despreocupado, el otro mordisqueará un tronco, un tercero jugará con su dueño.

No habré corrido ni 20 minutos, calcularé. Y al subir a casa (los escalones de dos en dos), al cerrar la puerta oiré a mi novio:

—40 minutos, ¿eh?. ¿Qué tal, cómo fue?

—Todo bien— Le diré. —Según lo previsto.

Y sonreiré.

Mini retrato de mi miedo

Luego iré a la habitación, cogeré un metro de esos que se usan para medir los muebles y mediré la circunferencia de mi cabeza. 59 centímetros. Y descubriré que allí, en esa cavidad más pequeña que una sandía al uso, se esconderá todo: las prisas, la lluvia, el cansancio, la agresión animal, individual, en grupo, el dolor del cuerpo. El miedo.

Y me daré cuenta de las tres velocidades en que opera mi miedo:

  1. Modo Slow. Su voz es un susurro y me servirá para protegerme de algún peligro (que los hay).
  2. Modo Médium. La cosa se pondrá intensa y yo le cederé un lugar en mi palco presidencial. En mi cabeza habrá una nube gris, y en mi cuerpo, tensión.
  3. Modo Premium. Si el miedo chilla y yo sucumbo totalmente a sus encantos (no me enteré pero ya le di el trono de mi mente), ocurrirán dos cosas. Me paralizaré y me atrincheraré en mi zona de confort, o bien gastaré energía volcánica en abordar una situación sencilla que, a los ojos de mi miedo, es una proeza mundial.

La buena noticia –me fijé- es que si estás atento, si lo escuchas, puedes entrenarte para llevarlo al modo slow. Cortarle las garras al gatito para que arañe más suave.

 

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