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¿Qué pasa cuando te equivocas? Tres técnicas para que la frustración no te devore
La frustración es la distancia entre nuestros deseos y nuestra realidad.
Hay un circuito para evitar que su agua sucia te bloquee y tres claves para dejarla atrás:

 

Te equivocas. Le mandas un whatsapp a la persona errónea, mezclas una prenda de color con la ropa blanca en la lavadora, compras una camiseta demasiado estrecha.

Qué pasa cuando te equivocas y dices una palabra de más (imbécil, por ejemplo, de forma elegante), o una palabra de menos; cuando fallas en el cálculo de tus finanzas mensuales, cuando publicas un post fuera de lugar. Qué pasa si desvelas un secreto muy íntimo y eso (descubres luego) es demasiado para ti.

Qué ocurre, me pregunto, cuando eliges a la persona incorrecta, cuando eres madre y te das cuenta de que tu hijo no te gusta o de que la maternidad no es para ti, cuando equivocas la dirección de tu profesión y caes en la cuenta diez años después.

Me arrepiento

En un tren de alta velocidad viaja un hombre maduro -camisa azul, pantalón de pinza, piel suave-. Y de repente desde su asiento empieza a susurrar en voz baja: “Me arrepiento. Me arrepiento de todo”. Ladea la cabeza levemente, solloza discreto y luego, apretando los ojos, repite: “Me arrepiento de todo”.

La escena la leí en un libro que ahora no recuerdo, pero me impresionó y no la puedo olvidar. Quién sabe por qué.

Quizás porque, al llegar a una edad, uno, o todos, miramos atrás y decimos eso: “Me equivoqué. Llevo mucho tiempo equivocándome. Y me arrepiento de todo”.

Y cuando llega ese momento ya no podemos echar marcha atrás. No hay pintalabios, sexo salvaje o gintonic que te salve de la verdad. Lo hice mal, no tuve cuidado, no me detuve a pensar, a reflexionar, a arriesgar. Y ahora la incoherencia es una bestia que te pone al borde del abismo. En el insomnio de la madrugada, junto a un amigo, o en un tren (solo conmigo mismo), tengo que aceptarlo. Que aceptarme: me equivoqué.

Dónde crece la frustración

Al otro lado de la aceptación está la frustración. Ese valle yermo que aparece cuando el “si fuera” o el “si hubiera” se encalla y nos olvidamos de vivir.

La frustración la sentimos cuando se nos priva de algo que esperábamos conseguir. Un cutis de envidia, un día relajado, el éxito profesional o una vida con brillo. Lo hicimos lo mejor que supimos pero una mañana nos damos cuenta de que hay demasiada distancia entre nuestro ideal y nuestra realidad. El esfuerzo solo encontró la derrota. Y somos incapaces de manejar esa discrepancia maldita entre lo que deseamos y lo que hay, así que aparecen a borbotones la ira, la ansiedad, la tristeza.

“No vas a conseguir todo lo que deseas”.

Me lo dijo un día una psicóloga argentina. Al llegar a casa estuve mirando una planta dos horas seguidas. (Por eso supe que era verdad; la mentira nunca me causa tantos estragos).

“¿A cuál de las dos voces que hay en ti vas a escuchar?”- me dijo la porteña en la consulta. “¿A la que te centra, te alimenta y te lleva a tu objetivo, o a la que te debilita y te desvía de tu camino?”.

Y entonces me di cuenta de que, frente a la frustración, hay dos caminos:

UNO. Purgar los despojos internos a golpe de whisky, queja y Buwokoski. Que es lo mismo que decir: evadirte del sentimiento, negarlo o proyectarlo hacia afuera haciéndole la vida imposible al otro.

DOS. Mirar cara a cara a la frustración y drenarla para evitar que la acumulación en el tiempo dé lugar a una frustración mayor. Hay que sacar las tijeras en el momento adecuado para cortar el látigo mental que nos tortura.

¿Qué hacer con el agua sucia de la frustración?

Para cortarle el camino a la voz machacante de tu cabeza que te dice que todo está perdido, hay que digerir la frustración. No evitarla, sino usarla para avanzar. Hay varias técnicas que ayudan –sobre todo a corto plazo, que es cuando más escuece la sensación de derrota:

  • posponer el momento de juzgar el error para poder relativizarlo. En caliente, nuestro fiscal interno tiene los dientes muy afilados.
  • escribir cinco caminos alternativos que te permitan llegar a donde pretendías. Tu cabeza empieza a centrarse en la solución y no en el conflicto.
  • Piensa en alguien que admiras (o búscalo) e imagina cómo saldría de esta situación. Planifica para seguir sus pasos.

Una de las cosas que más me gustan de la frustración es que te avisa: Te dice: ¿ey, cómo te va en tu vida? ¿estás desmotivado y triste? ¿tienes envidia del vecino? ¿o te estás encargando de hacer lo que de verdad quieres hacer? Es un termómetro perfecto, una inspiración para explorarte y seguir. Claro que las preguntas te las puedes hacer antes de que el huracán entre por la puerta. Hace poco vi en Internet esta pregunta y me encantó: “¿A qué desearías haberle dedicado más tiempo en los últimos tres años?”. O lo que es lo mismo: ¿en qué te equivocaste? [¿y cómo te vas a pacificar con el error?].

¡Ah!

 

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17 enero, 2019 0 comment
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