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Los amigos sirven (también) para reinventarse

¿Qué pasos dar para reinventarse? Yo a veces me fijo en la gente famosa. Cuando los miro, me da curiosidad. ¿Cómo lo hiciste?, me pregunto, ¿qué es lo que te hizo llegar hasta allí? Me pasó también con Casey Fenton, el creador de la comunidad virtual de Couchsurfing: al escucharlo en una conferencia este verano, me impactó la fórmula de éxito que proponía. No esperaba que este emprendedor estadounidense y joven (40) pusiese el acento justamente allí. En los amigos.

[¿Habías oído hablar de Couchsurfing? Es una web donde puedes contactar gratis con miles de personas en todo el mundo, y que están dispuestas a dejarte el sofá de su casa, o una cama, mientras viajas. El proyecto nació en 2003, después de un viaje que hizo Fenton a Islandia y que le salió redondo: como quería evitar el circuito clásico de hoteles y albergues, decidió probar algo diferente. Entró a varios foros y recopiló mil quinientos emails de estudiantes islandeses. Les escribió a todos pidiéndoles hospedaje. Y ¿cuántos le contestaron? Un montón. Éxito total. Tres años más tarde nació Couchsurfing.]

Pero volvamos a los amigos como el mejor atajo para reinventarse. Volvamos a Fenton. Pude verlo el mes de julio pasado, en el Freedom X Festival, un encuentro en las montañas catalanas dedicado a free-lancers, emprendedores y nómadas digitales. Yo fui allí para dar una charla sobre gestión del tiempo, pero me apunté en rojo el día y la hora de su conferencia –el norteamericano era uno de los top five del festival-. Llegué muy puntual y me senté en primera fila.

Y lo que me sorprendió de este hombre con cara de bueno, más bajito de lo que creía y con el color morado inundando su imagen, es que no habló en ningún momento de técnicas empresariales ideales. Ni rastro de métodos infalibles para ser más productivo, ni de secretos financieros para subir como la espuma en el horizonte emprendedor. Fenton, en esa carpa rodeada de verde pirineico, se hizo una sola pregunta.

“¿Cómo hackear tu identidad?”

Créetelo

Es decir. De todos los caminos posibles para llegar al éxito, de todas las estrategias para conseguir lo que deseas, Fenton eligió una: “cámbiate a ti mismo”. En la ponencia quedó muy claro: El reto consiste en centrarse en el interior.

“Para conseguir tus objetivos debes hackearte a ti mismo, desarrollar nuevas aptitudes y transformar tus pensamientos negativos en otros positivos”, decía el de Couchsurfing.

“Hay empresarios que intentan levantar su negocio con todas sus ganas y durante mucho tiempo”, contaba, “pero hay una voz interna y quizás muy escondida, que es implacable y les juega en contra. La voz dice todo el tiempo NO”. Para transformar un aspecto de tu vida, según Fenton debes vencer esa vocecita negativa. Debes alcanzar una nueva versión de ti mismo que te lo permita. Para que diga SI.

¿Quieres dejar tu trabajo y empezar a vivir de tu talento? Primero, tienes que creértelo.

¿Quieres bajar de peso, llevarte mejor con tu hermano o conseguir más dinero? Antes, asegúrate de programar tu disco interno adecuadamente. Convencerte de que sí puedes hacerlo.

¿Y qué tienen que ver los amigos en esto? Voy.

Reinventarse en los otros

Lo más asombroso de esta charla, lo que de verdad me dejó boquiabierta, fue cuando Fenton explicó el mejor mecanismo para poder hackear nuestra identidad. “¿Alguna vez has probado convertirte en una nueva versión de ti, pero has tenido muchas dificultades para cambiar?”, preguntó. La sala, naturalmente, se llenó de manos alzadas.

Y entonces, el creador de Couchsurfing hizo un silencio. Sonrió y dijo: “utilizad a los amigos”. Y contó su historia.

Fenton tenía un amigo muy vago. Llamémoslo John. El tipo era perezoso sin remedio y su negocio –también sin remedio- iba directo a la deriva. Hasta que un día Fenton lo presentó a un potencial cliente de un modo distinto: además de obviar su lado flojo, lo enalteció. Dijo: “Mi amigo John, un gran profesional de éxito con una incansable capacidad de trabajo”, o algo así. Y el resultado fue tremendo porque John hizo el trabajo como un campeón. Sin fisuras.

Para conseguirlo, le impulsaron las palabras de su amigo (al que no quería dejar mal), e hizo todo el esfuerzo posible para que el nuevo cliente se creyera la nueva versión de sí mismo. John el Laborioso. Además, visto el logro, él mismo empezó a considerar la posibilidad real de dejar atrás su antiguo patrón. Inició un círculo virtuoso que fue consolidando la nueva identidad.

Y así fue como John fue una prueba irrefutable de varios estudios que afirman que los amigos son los que más te pueden ayudar a ser quien deseas. Son ellos los que tienen la capacidad de cambiar tus propios pensamientos mucho más fácilmente de lo que harías tú solo. Son, estadísticamente, el triple de efectivos.

Y escucha esto: si resulta que el comentario hacia tu nuevo “yo” te lo hace un amigo y hay un tercero de testigo, el impacto es seis veces mayor. Y si alguien por otro lado confirma lo que tu amigo ya te dijo, entonces la efectividad es doce veces mayor.

Impresionante, ¿no?

Fenton explicó que son cosas del cerebro, que da prioridad a aquellos patrones que encajan con la identidad que otros nos han dado. Y ojo, porque en ausencia de estímulos positivos, nuestro cerebro echa mano de etiquetas negativas (“vago”, “incapaz”, “criminal”).

¿Quiénes son mis amigos?

Para mí, “Ana Claudia, escribes muy bien” puede ser una frase-gasolina que, sin darme cuenta, me levante de la cama, me instale frente a la pantalla y me obligue a pensar y a escribir. Porque ahora es mi cerebro el que tiene que encargarse de hacer realidad la imagen que he conseguido de mí misma (gracias al incentivo de mis amigos). Es mi cerebro el que me va a ayudar a materializar lo que en mi subconsciente ya está cimentado.

Cuando salí de la charla, pensé enseguida: Uau, mis amigos hackean mi identidad. Sus opiniones –negativas o positivas- tienen mucho impacto en mí. Entonces, ¿de quién me voy a acompañar y de quién voy a prescindir? También pensé que el recurso funciona igual en sentido contrario: ¿qué impacto causan mis palabras en el otro? Y entonces me di cuenta de algo genial: que, en cierto modo, todos podemos multiplicar por tres las posibilidades del otro y, en cadena, ser co-creadores de vidas más completas.

Para empezar, ¿por qué no les dices a tus amigos quién quieres ser?

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12 octubre, 2018 2 comments
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La rebeldía de cambiar

Hay algo de la adolescencia que no se pierde nunca. Son esas ganas de cambiarlo todo, esa llamita interna que quiere expandirse y quemar el mundo. Por más derrotas que se acumulen en el pecho, hay una rebeldía que no muere.

Hace años mi rebeldía se sostenía en el no. La falda del uniforme era demasiado corta, los portazos al salir de casa muy escandalosos y pura satisfacción los eructos tras un buen trago de cerveza. Todo era parte de un alzamiento en contra de lo que me rodeaba -que era, a la vez, todo lo que me contenía.

Aprendí, supongo, en algún lugar, a ser la Bart Simpson del último asiento del bus. A ser una  miniatura de Jimmy Hendrix en versión soft (reventaba una guitarra mentalmente cada vez que bebía de más, que peleaba con alguien de más). Era, yo, un movimiento armado a pequeña escala, sin saberlo, porque en mi cabeza siempre luchaba contra el cacique, contra la injusticia; todos mis guerrilleros apuntando a las curvas de una Coca Cola.

No, las monjas. No, mis padres. No, los políticos, el capitalismo, el sistema. Mil veces no.

Muerte al fuego

Y entonces un día me cansé. Fue sin una razón aparente: como cuando Forrest Gump, de repente, decidió dejar de correr y dijo “ahora me voy a casa”.

Ese día, sentada en un bordillo, imaginé toda mi energía como lava viva, ardiente, hermosa, yendo a morir año tras año en el pozo sin fondo del no. Una muerte gris para el fuego.

Me sentía cansada de pelear, de ser la nota discordante para provocar, de encarnar al hijo adolescente que solo tiene recursos para escupir. Siempre igual: la saliva del desprecio como un perdigón dirigido a la sien de la sociedad.

¿Eso es todo?— me pregunté, al aire, un poco desilusionada.

Para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca dar vida a aquello que anhelamos

Y, como una casualidad, empecé a conocer a personas que circulaban en la misma dirección. Gente rebelde, quiero decir, insolente, inconformista. Pero que invertía su fiebre revolucionaria en mirar hacia adelante: su llamita no servía para quemar lo antiguo, sino para iluminar la nueva ruta. Fabricaban muy poco a poco, el mundo donde querían vivir.

A lo mejor, para experimentar la rebeldía al completo, para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca –en esta generación- dar vida a aquello que anhelamos. Me refiero que ya está bien de quejarse y que ya llegó el momento de construir nuestra propia versión del asunto, ¿no?

Y cuando estoy en esas me pregunto: ¿Estamos listos para asumir la adultez? Quizás nos cueste al principio. Tan acostumbrados como estamos a romperlo todo, a atrincherarnos como Peter Panes en el no, miedosos de salir al mundo sin la bandera negra de la guerra.

Ojalá que la rebeldía no se convierta en una excusa, en la cantinela facilona tras la que nos escondemos para tapar nuestro pánico a crecer. Que honremos nuestro ímpetu adolescente para arrasar con todo y, sobre las brasas, levantar con las manos todo lo que soñamos.

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1 mayo, 2018 0 comment
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