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Inspiración: ¿es posible estar «on fire» todo el tiempo?

[Tres maneras de no perder el flow]

Para una amiga mía la inspiración es lo primero. Si estás frente a ella cuando llega su musa, no importa si estás llorando, desangrándote o a punto de caerte por un precipicio: ella encuentra el modo de manotear un trozo de papel (una servilleta, un folleto cualquiera, un ticket) y anota rápidamente su idea. Mi amiga artista no deja pasar EL momento por nada del mundo.

Y es normal: las ideas vienen y se van a la velocidad del rayo. Como los sueños nocturnos cuando dices “ya me acordaré luego” y luego nada. Ni rastro de lo que soñaste. La inspiración es igual, la mayoría de las veces ahora la ves, ahora no la ves.


La inspiración como forma de vida

El otro día estuve pensando en otro tipo de inspiración. No ésta, tan efímera, sino aquella que se refiere más a un estado o forma de estar. Ya sabes: hay épocas en los que uno dice “estoy en racha” y, otras en las que la negrura se apodera de todo y somos solamente un cacho oscuro de carne y hueso.

“¿Es posible mantenerse todo el tiempo inspirado, en flow continuo con la vida?”, me pregunté. Y aunque es cierto que todo lo que sube baja, me acordé de cómo Miró sostenía su ritmo creativo (qué crack) y de varias formas de tener el alma motivada a largo plazo.

Allá vamos:

1. VACÍATE.

Aunque nos demos cierta importancia, el ser humano no es más que un recipiente con una capacidad máxima de retención. Por más que queramos aspirar aire nuevo, límpido y celestial, si no expiramos antes lo tenemos muy complicado.

La consiga es: ¡Soltemos lo viejo, lo negro, lo miserable! Hagamos espacio para dejar entrar las novedades. Desocupemos nuestro armario, despejemos el ordenador, digamos adiós a las personas que nos restan.

Hagámoslo ahora, hagámoslo por más que la cultura nos diga lo contrario. Démosle la espalda a eso de Más vale malo conocido que bueno por conocer. (En inglés, por cierto, todavía da más miedo cambiar: A known evil is better than an unknown good. El mismísimo diablo te espera al otro lado de la valentía.
*DE ESO NADA.)


2. SELECCIONA.

Dicen en la RAE que inspirar es “hacer nacer en el ánimo o la mente afectos, ideas, designios, etc”. Hacer nacer me chifla. Porque expresa cómo la inspiración es un acto consciente, que requiere de nuestra decisión si queremos que florezca en nuestra vida.

Dicho en sencillo: Si te enchufas a la prensa rosa, a la COPE o al discurso de tu vecina quejosa, ¿qué calidad va a tener tu mente y tu ánimo para crear, para buscar soluciones o planteamientos nuevos en tu vida? De lo que se come se cría, decimos, y eso mismo pasa con nuestro ánimo y con nuestra creatividad.

(Los ingleses , en su línea punki, dicen: Garbage in, garbage out. El conocido GIGO: Si comes basura, no esperes que salgan flores de ti).

Miró: su inspiración y su huella

Yo no tengo muy buena memoria, pero no logro olvidarme de una exposición que vi hace muchos años (¿veinte?) sobre la vida del Joan Miró. Me impresionó la belleza de sus últimos años, que el artista los pasaba así: en su masía, rodeado de naturaleza, escuchando música clásica y leyendo poesía. Inspiraba arte y expiraba genialidad. (¡Quiero!).

Hace menos tiempo, una decena de años, conocí a una bailarina española que emigró a Berlín: allí no solo pagaban bien a los profesionales de la danza, sino que se preocupaban por su creatividad; digámoslo así: se la subvencionan. Elisa me contaba que podía desgravar las entradas de cine, del teatro o los libros. Se entendía que la cultura era un alimento imprescindible para el trabajo de artista. (Vecinos nórdicos: vítores y ovación).

3. LET IT BE.

Viajemos del let it go (el “soltar” del primer punto), al let it be. O sea: deja que la inspiración te llegue, facilítale el camino. Y eso no tiene que ver solo con lo que consumes a nivel artístico, sino con las condiciones en las que mantienes tu cuerpo y tu espíritu.

Fíjate en cómo se mantenían en forma algunos de los principales creativos del último siglo:

Mientras Gustave Flaubert escribía Madame Bovary no descuidó las charlas diarias con su madre, sus varias horas de lectura o sus paseos con la familia. Darwin solía dar tres breves paseos a lo largo de su jornada, hacer una siesta o jugar cada tarde al backgammon con Emma, su mujer (backgammon es un juego de mesa, eh). Pablo Neruda recibía visitas cada noche, Víctor Hugo iba al barbero a diario y Beethoven no perdonaba su lectura del periódico en la taberna del pueblo.

Ahora adapta todo esto al siglo XXI – gimnasio, escapadas a la montaña, comida saludable, buenos amigos, una serie Netflix bien parida-, y arrácante el 2019 como una lady o un gentelmán.

Preparar el terreno

La rutina diaria de Paul McCartney no me la sé (confesión), pero parece que una mañana se despertó junto a Linda con la melodía de Yesterday en la cabeza. Dio un salto de la cama y corrió al piano para tocarla y retenerla.

Una vez escrita, una preocupación asaltaba la mente del Beatle: ¿habré copiado inconscientemente la canción? Para asegurar su originalidad, consultó a varios directivos de discográficas. Y todos dijeron lo mismo: “No hemos escuchado nada igual”. Así que McCartney, a los tres meses, la patentó como propia.

Solo con el paso del tiempo los-que- saben señalaron un paralelismo inesperado: el de Yesterday… con un bolero. Bésame mucho parece compartir más de un rasgo con el hit sesentero. Fíjate aquí:

 

Y es que muchas veces las cosas nos inspiran sin darnos cuenta. Se cuelan en el inconsciente en silencio y no sabes por dónde llega exactamente lo que luego sale de ti.

¿Inspirarse o copiar?

El eterno dilema. ¿Dónde está la frontera entre fusilar a lo loco e ir a buscar inspiración en la obra de otro? ¿Es homenaje o robo?
Yo tengo que reconocer que miro por la rendija las creaciones ajenas en dos casos:

UNO.

Cuando hay algo que desconozco por completo y tengo que ir a buscar a un maestro que me muestre el camino. Ya sabes, la humildad del novato.

En la facultad de Periodismo ya nos lo decían: “Si no sabes cómo hacerlo, fíjate en los grandes”. Y corríamos, nosotros, ágiles adolescentes, en busca de modelos dignos en un periódico, en la radio y en la televisión.

DOS.

Cuando estás seco de ideas. No sabes cómo pasó, pero de pronto te bloqueas frente a tu tarea; el archivo que guardas en el ordenador con “Ideas” se quedó vacío; y tú empiezas a versionarte peligrosamente sobre las mismas premisas. [Como le pasaba a Camilo José Cela cuando se copiaba en sus discursos oficiales y todos se morían de vergüenza ajena].

¿Y entonces?

Y entonces, Internet.

Y entonces, una exposición, un curso, una biografía o un paseo por la naturaleza (daría lo que fuera por espiar la mente de Gaudí cuando convirtió las hojas de una planta en una hermosa reja forjada. Me refiero a ésta).

Ojo que yo también me inspiro con una canción, un vestido bello, una conversación/ discusión, o mirando por la ventana. El estímulo está en cualquier lugar. La última vez que bailé con mi sobrina, por ejemplo, pude escribir cinco horas seguidas de un tirón.

Your voice

La clave para no caer en el plagio es lograr que el estímulo pase por tu filtro personal. Que integres lo nuevo y, a partir de ti, obtengas algo diferente con tu propia voz. No sea que te pase como al dibujante argentino Nick a quien todos señalan porque su obra se parece sospechosamente/ un montón a la de varios de sus colegas. [No hay link porque no quiero contribuir al linchamiento del pobre hombre, que ya tiene bastante con su poca originalidad. Y de la inspiración y el rechazo ya hablamos con Sergi Torres aquí, ¿te acuerdas?].

La hoja en blanco y la tentación del calco también nos ocurre cada día en nuestras vidas: cuando replicamos sin cuestionar las soluciones a las que recurrieron nuestros padres, cuando nos encorsetamos en modelos sociales rígidos o cuando nos empecinamos en establecer límites que solo son síntoma de una falta terrible de creatividad. Lo hacemos sin rechistar y eso sí, eso sí que es el demonio (ponte a correr).

*¡Bienvenida inspiración! ¡Bienvenido 2019! 💛

 

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3 enero, 2019 1 comment
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Me fui a un retiro y descubrí lo menos pensado: cómo aumentar mi creatividad

Cuando tenía siete años, junté todos los exámenes que había hecho en la escuela, quité las pruebas con calificaciones por debajo del 8, y presenté el resultado adulterado a mi tía Isabel. Naturalmente, todo fueron alabanzas. ¡Qué pequeña genio tenemos en casa!

Esa es la primera treta que recuerdo a la hora de construirme un personaje querible. Dicen que a los tres años empezamos a disfrazarnos y manchar nuestra autenticidad para obtener reconocimiento. Ay, cómo nos gusta que nos quieran y qué bien nos sientan los aplausos, aunque no sean del todo merecidos, ¿eh? Eso pensaba yo, pero luego me fui dando cuenta de que, demasiado a menudo, ese alter ego mío se tensaba, se comparaba, se acartonaba. Fingía.

Mala cosa.

Así que empecé el proceso inverso: el divorcio con mi mitad ficticia. A veces, ha sido como ir a la playa sin depilar: te da vergüenza al principio, miras a todos lados, pero luego… ¡buf, qué libertad!

Creatividad y vergüenza

Otras veces, en cambio, la máscara ha estado tan pegadita que ha sido difícil desincrustar. Me pasó al empezar a hacer vídeos para Y si de repente (te lo conté aquí). Y, últimamente, al escribir las entradas del blog. ¿De verdad, Ana Claudia, que tienes que pasarte tantas horas para redactar un texto de dos páginas? Perfeccionismo a la vista. Auxilio.

Por eso me apunté a un retiro el fin de semana pasado. Se llamaba “Disolver el Juez Interior: Sanar la herida de vergüenza y desvalorización». Me venía que ni clavao. Y además lo hacía Ketan Raventós, de Sammasati, que me encanta y con el que desde hace años me voy a pegar de vez en cuando un repasín interior.

Esta vez mi pregunta era: ¿por qué me da tanto miedo mostrarme tal como soy? Y en tres días, lo descubrí. Además –aleluya- aprendí algo impactante: qué hacer para tener más creatividad.

Mira este vídeo, aquí te lo cuento todo:

Responder para avanzar

En las dinámicas que hicimos durante los dos días de retiro aparecieron cosas muy suculentas. Por ejemplo, cuando contesté a estas preguntas: ¿Qué ideas de vergüenza tengo en mi mente relacionadas con a) mi cuerpo, b) mi trabajo, c) mi relación con el dinero d) mi personalidad y mi energía e) el sexo y mi sexualidad f) mi creatividad? (Contéstalas, ya verás) Mis respuestas son las que nutren a mi vocecita interior y que, aún sin darme cuenta, me susurran en el momento menos pensado: “no eres lo suficiente”. Y entonces, claro, se va todo al carajo.

Ketan nos repartió unas hojas y allí subrayé un párrafo que lo explica muy bien:

“Si observamos nuestra vida actual, tal vez nos demos cuenta de que muchas cosas que hacemos son compensaciones para evitar sentir algo. Por ejemplo: estar haciendo un trabajo que no me gusta, donde no puedo desarrollar mi creatividad, donde me siento estancado. Mi corazón me pide dejarlo y poner mi energía en un proyecto personal que me apasiona, pero siempre tengo excusas para no hacerlo. ¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían si dejo el trabajo (la seguridad financiera), mis sentimientos de que no soy suficientemente bueno en nada. No quiero sentir mi miedo al fracaso. Prefiero no arriesgar”.

¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían.

Y sigue:

“Es humano no querer enfrentarse a la inseguridad y a los miedos que se despiertan ante un reto, ante un cambio. Pero si queremos crecer, sentirnos vivos, necesitamos tener el coraje de aceptar nuestros miedos e inseguridades como parte de la vida (…). Si no, te estancas, detienes tu crecimiento, la posibilidad de desarrollar tu creatividad, de crecer en confianza y autoestima”.

Ahora me siento muy bien. Han pasado cinco días, y no te diré que mi autoestima es una pared impecable sin fisuras, pero algo ha cambiado en mí. Creo que puedo identificar más fácilmente a mi saboteador interno y, cuando lo reconozco, ya no le doy tanto poder.

Han pasado cinco días y estoy contenta. Esta semana escribí un montón.

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27 abril, 2018 0 comment
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