Tag:

cambiar

Los amigos sirven (también) para reinventarse

¿Qué pasos dar para reinventarse? Yo a veces me fijo en la gente famosa. Cuando los miro, me da curiosidad. ¿Cómo lo hiciste?, me pregunto, ¿qué es lo que te hizo llegar hasta allí? Me pasó también con Casey Fenton, el creador de la comunidad virtual de Couchsurfing: al escucharlo en una conferencia este verano, me impactó la fórmula de éxito que proponía. No esperaba que este emprendedor estadounidense y joven (40) pusiese el acento justamente allí. En los amigos.

[¿Habías oído hablar de Couchsurfing? Es una web donde puedes contactar gratis con miles de personas en todo el mundo, y que están dispuestas a dejarte el sofá de su casa, o una cama, mientras viajas. El proyecto nació en 2003, después de un viaje que hizo Fenton a Islandia y que le salió redondo: como quería evitar el circuito clásico de hoteles y albergues, decidió probar algo diferente. Entró a varios foros y recopiló mil quinientos emails de estudiantes islandeses. Les escribió a todos pidiéndoles hospedaje. Y ¿cuántos le contestaron? Un montón. Éxito total. Tres años más tarde nació Couchsurfing.]

Pero volvamos a los amigos como el mejor atajo para reinventarse. Volvamos a Fenton. Pude verlo el mes de julio pasado, en el Freedom X Festival, un encuentro en las montañas catalanas dedicado a free-lancers, emprendedores y nómadas digitales. Yo fui allí para dar una charla sobre gestión del tiempo, pero me apunté en rojo el día y la hora de su conferencia –el norteamericano era uno de los top five del festival-. Llegué muy puntual y me senté en primera fila.

Y lo que me sorprendió de este hombre con cara de bueno, más bajito de lo que creía y con el color morado inundando su imagen, es que no habló en ningún momento de técnicas empresariales ideales. Ni rastro de métodos infalibles para ser más productivo, ni de secretos financieros para subir como la espuma en el horizonte emprendedor. Fenton, en esa carpa rodeada de verde pirineico, se hizo una sola pregunta.

“¿Cómo hackear tu identidad?”

Créetelo

Es decir. De todos los caminos posibles para llegar al éxito, de todas las estrategias para conseguir lo que deseas, Fenton eligió una: “cámbiate a ti mismo”. En la ponencia quedó muy claro: El reto consiste en centrarse en el interior.

“Para conseguir tus objetivos debes hackearte a ti mismo, desarrollar nuevas aptitudes y transformar tus pensamientos negativos en otros positivos”, decía el de Couchsurfing.

“Hay empresarios que intentan levantar su negocio con todas sus ganas y durante mucho tiempo”, contaba, “pero hay una voz interna y quizás muy escondida, que es implacable y les juega en contra. La voz dice todo el tiempo NO”. Para transformar un aspecto de tu vida, según Fenton debes vencer esa vocecita negativa. Debes alcanzar una nueva versión de ti mismo que te lo permita. Para que diga SI.

¿Quieres dejar tu trabajo y empezar a vivir de tu talento? Primero, tienes que creértelo.

¿Quieres bajar de peso, llevarte mejor con tu hermano o conseguir más dinero? Antes, asegúrate de programar tu disco interno adecuadamente. Convencerte de que sí puedes hacerlo.

¿Y qué tienen que ver los amigos en esto? Voy.

Reinventarse en los otros

Lo más asombroso de esta charla, lo que de verdad me dejó boquiabierta, fue cuando Fenton explicó el mejor mecanismo para poder hackear nuestra identidad. “¿Alguna vez has probado convertirte en una nueva versión de ti, pero has tenido muchas dificultades para cambiar?”, preguntó. La sala, naturalmente, se llenó de manos alzadas.

Y entonces, el creador de Couchsurfing hizo un silencio. Sonrió y dijo: “utilizad a los amigos”. Y contó su historia.

Fenton tenía un amigo muy vago. Llamémoslo John. El tipo era perezoso sin remedio y su negocio –también sin remedio- iba directo a la deriva. Hasta que un día Fenton lo presentó a un potencial cliente de un modo distinto: además de obviar su lado flojo, lo enalteció. Dijo: “Mi amigo John, un gran profesional de éxito con una incansable capacidad de trabajo”, o algo así. Y el resultado fue tremendo porque John hizo el trabajo como un campeón. Sin fisuras.

Para conseguirlo, le impulsaron las palabras de su amigo (al que no quería dejar mal), e hizo todo el esfuerzo posible para que el nuevo cliente se creyera la nueva versión de sí mismo. John el Laborioso. Además, visto el logro, él mismo empezó a considerar la posibilidad real de dejar atrás su antiguo patrón. Inició un círculo virtuoso que fue consolidando la nueva identidad.

Y así fue como John fue una prueba irrefutable de varios estudios que afirman que los amigos son los que más te pueden ayudar a ser quien deseas. Son ellos los que tienen la capacidad de cambiar tus propios pensamientos mucho más fácilmente de lo que harías tú solo. Son, estadísticamente, el triple de efectivos.

Y escucha esto: si resulta que el comentario hacia tu nuevo “yo” te lo hace un amigo y hay un tercero de testigo, el impacto es seis veces mayor. Y si alguien por otro lado confirma lo que tu amigo ya te dijo, entonces la efectividad es doce veces mayor.

Impresionante, ¿no?

Fenton explicó que son cosas del cerebro, que da prioridad a aquellos patrones que encajan con la identidad que otros nos han dado. Y ojo, porque en ausencia de estímulos positivos, nuestro cerebro echa mano de etiquetas negativas (“vago”, “incapaz”, “criminal”).

¿Quiénes son mis amigos?

Para mí, “Ana Claudia, escribes muy bien” puede ser una frase-gasolina que, sin darme cuenta, me levante de la cama, me instale frente a la pantalla y me obligue a pensar y a escribir. Porque ahora es mi cerebro el que tiene que encargarse de hacer realidad la imagen que he conseguido de mí misma (gracias al incentivo de mis amigos). Es mi cerebro el que me va a ayudar a materializar lo que en mi subconsciente ya está cimentado.

Cuando salí de la charla, pensé enseguida: Uau, mis amigos hackean mi identidad. Sus opiniones –negativas o positivas- tienen mucho impacto en mí. Entonces, ¿de quién me voy a acompañar y de quién voy a prescindir? También pensé que el recurso funciona igual en sentido contrario: ¿qué impacto causan mis palabras en el otro? Y entonces me di cuenta de algo genial: que, en cierto modo, todos podemos multiplicar por tres las posibilidades del otro y, en cadena, ser co-creadores de vidas más completas.

Para empezar, ¿por qué no les dices a tus amigos quién quieres ser?

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
12 octubre, 2018 4 comments
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
19 mayo, 2018 2 comments
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
Acompáñate

Qué pereza enamorarse como antes. Con la mirada puesta en las grandilocuencias: los músculos, los discursos, las demostraciones. A mí últimamente es lo minúsculo lo que me cautiva. Me hipnotiza y me da felicidad.

Por ejemplo. Me cuelgo mucho, hace un tiempo, en cómo la luz se queda en tu pelo y forma pliegues, caminos, campos sembrados. O en tu sonrisa de perfil que marca tu labio impúdico.

Otras veces, las sutilezas son el amor que va por dentro. Por ejemplo. Cuando el día ha sido duro y alguna amenaza ha conseguido traspasar mi pecho, y mi interior es un pueblo arrasado, un incendio, niños desnutridos, todos mis soldados vencidos. Entonces tú, en silencio, lees en la letra pequeña mi derrota, esa catástrofe del día: ves el fuego, las bajas, el hambre, y con dos palabras buscas la reconstrucción.

Dos palabras. Siempre las mismas.

Cuéntamelo todo.

Y entonces yo, con cada letra, en cada frase, voy reconociendo poco a poco mis calles, reparando zonas, restaurando mi dignidad. Y tú sonríes, sin hablar, y me dices que sí con la cabeza. Y así me salvas una, dos, tres, quinientas noches, cuando los retos me quedan grandes como un abrigo con tres tallas de más.

Un día, ¿te había contado?, una psicóloga que visitaba hace años, Teresa, me explicó (con esa voz cálida de una mamá gallina) que cuando su marido murió y ella se quedó sola con un niño chico, su primo tocaba la puerta de su casa cada tarde, al salir de su oficina. El encuentro era poca cosa, un café, un ¿cómo te ha ido?, un beso al pequeño. Pero esas visitas diarias –dice Teresa- la salvaron.

Un primo. Un amigo. El terapeuta. Tu madre. Un masajista. Una hermana. El vecino.

Alguien que, en cualquier momento, percibe un matiz torcido en ti y dice “cuéntamelo todo”. Y entonces todo brilla: las ventanas, el sol en tu pelo, y tu luz renaciendo la mía.

 

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
11 mayo, 2018 0 comment
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
¿Cómo vender un producto? La curiosa estrategia de ayudar al otro

* Bienvenidos al mundo del marketing*

Recuerdo pelearme desde la primera fila de clase con el profesor de Publicidad y Relaciones Públicas. Ventura, se llamaba. El Ventura. Era bajito, tenía el cuerpo muy erguido y dictaba unos apuntes facilísimos de estudiar: bien estructurados en apartados, subapartados, secciones, listas… Con ese orden meticuloso, hacerse una idea de los intríngulis de la publicidad era, en la mente del estudiante de periodismo, un camino recto, corto y florido.

Para vender un producto, primero hay que crear el problema en el público y así luego ofrecerle la solución—. Dijo algo así un día, el Ventura, siempre con la barbilla un poco hacia adentro y la voz sin emoción.

Levanté la mano.

Pero si no hay necesidades, ¿por qué las tengo que crear? ¿solo para colocarle el producto? — pregunté yo.

Y entonces todo se convirtió en un debate ético del que no recuerdo ya los detalles. Sí sé que él se mantuvo férreo en la defensa de su profesión, su cátedra, su alimento. Y yo, en mi rechazo hacia todo lo que implica algún tipo de manipulación.

Quién me hubiera dicho que veinte años después volvería al mismo lugar –la misma pregunta- con más canas, menos certezas y con el cerebro girado con un nuevo descubrimiento.

¿Para qué sirve el marketing?

Cómo vender un producto con éxito: filosofía en tres pasos

Para poder rentabilizar este blog y así cumplir con el objetivo “vivir de lo que amas” me dijeron que pensara en ofrecer algo. Claro. Un producto, un conocimiento, un servicio. Algo. Y entonces yo respiré hondo, llamé a mi coach financiero Juan Naranjo y le dije: “tenemos que vernos”.

Y horas más tarde, Juan me explicaba en un café cómo vender un producto paso a paso. Me encantó la filosofía que encontré detrás (había un matiz que se me había pasado por alto).

PASO 1: ¿Qué problema resuelvo?

La cosa empieza con una consigna sencilla: a la hora de iniciar un emprendimiento o un proyecto cualquiera, es imprescindible que ponga mi foco de atención en las personas, en sus necesidades, en los problemas a los que se enfrentan día a día. Solo después de este análisis podré crear y comercializar un producto que realmente les sea de utilidad.

Podemos pensar, por ejemplo, en cómo el apogeo de los teléfonos móviles activó otras necesidades: la exigencia de las fundas, de las baterías recargables o de los auriculares inalámbricos. Después de observar qué es lo que precisa la gente.

¿Cómo lo ves?

Yo me sorprendí cuando Juan me dijo que el inconsciente está muy presente en el proceso de venta. Y de una forma muy peculiar. Mira este vídeo: aquí lo explica muy bien.

*Muy gracioso muy ímpetu inicial 😛

PASO 2. ¿Qué solución aporto?

Para introducir el paso número dos, me voy de nuevo a la Argentina. Cuando viví allí tuve la fortuna de encontrarme con un proyecto que me conmovió: “Emprending”. Estaba organizado por unos jóvenes universitarios que decidieron montar un curso en la Universidad de Buenos Aires para promover las nuevas ideas que tuvieran un impacto positivo en la sociedad.

Releo lo que escribí entonces, para una revista argentina, sobre Emprending:

“Emprending no se parece a ninguno de los cursos que quieren concretar las buenas ideas -tan de moda y tan comunes hoy en Buenos Aires-. Sobre todo porque el objetivo principal de la innovación no es ganar dinero, sino cambiar el mundo. Lo dicen así, sin miedo a la utopía y con confianza en que lo lograrán a través de dos pasos previos: crear cultura emprendedora y formar emprendedores activos. No importa la naturaleza del proyecto, puede ser un programa para suministrar agua en un pueblito de África o crear una nueva aplicación para celulares, el propósito es realizar acciones que tengan un impacto positivo en la sociedad”.

Me acuerdo de un ejercicio que hicimos una tarde en la espléndida facultad porteña de ingeniería: teníamos que prever qué problemas tendría la sociedad en el futuro para, así, poder adelantarnos a esa necesidad y a su solución. Me acuerdo de eso ahora, y en seguida busco en google: ¿qué nos amenazará con más saña en los próximos años? La contaminación y la ausencia de zonas verdes; los efectos de la soledad; la escasez de agua. ¿Qué recurso podría yo ofrecer en esos ámbitos?

Luego ajusto la escala: voy de la sociedad en macro a las personas de a pie. Pienso: ¿qué problemas tendrán? ¿con qué se tropezarán mis paisanos en el 2025? ¿Podría yo inventar alguna solución? Es un ejercicio increíble que llega mucho más lejos de lo que parece.

PASO 3. ¿Qué beneficios tiene mi producto o servicio?

Si después de pasar por el paso 1 y el paso 2, mi producto fracasa, puede deberse a dos motivos:

1. MI PROPUESTA NO MEJORA LA VIDA DE NADIE. Si la venta se me resiste, quizás tenga que plantearme si el producto genera algún tipo de beneficio o impacto en la vida de alguna persona. Pienso en un negocio de alquiler de alquiler de películas en DVD o en una cabina de teléfonos. Quizás fueran convenientes hace veinte años, pero no en el contexto actual. Si ya no resulta útil  ¿puedo ajustar mi producto para que vuelva a ofrecer un servicio de provecho?

2. LOS BENEFICIOS QUE APORTA NO SE TRANSMITEN CON EFICACIA. El cliente desconoce el valor del producto. Y aquí volvemos al principio de este post: ¿para qué sirve el marketing? ¿es una disciplina feroz que busca cualquier grieta de tu autoestima para colarse y sacar rédito? En mi charla con Juan se me abrió una ventana nueva: ¿y si el marketing fuera una herramienta para comunicar en qué consiste tu don y, sobre todo, cuáles son las mejoras que una persona va a percibir después de la compra?

Aun siento cómo se mueve mi cerebro con esta nueva idea. Cambio de chip. 

Y es que descubrí que lo importante es centrarte en cómo puedes ayudar al otro, de verdad. Y que no se trata de vender, de montarse en el dólar o de engañar al infeliz que tienes delante. ¿Vamos a manipularle para que compre como un loco y ponga un hermoso parche a su carencia de amor? ¡No! ¡Eso ya quedó atrás! Ahora se trata de descubrir cuál es mi talento y, a la vez, cómo puedo mejorar la vida del otro aunque sea un poquito.

En mi cabeza, la tarde terminó así:

“Gracias al marketing, puedo comunicar”. “Gracias a la venta, puedo ayudar”.

¿Y si todos vendieran honestamente lo que mejor saben hacer?

❤ La entrevista con Juan la hicimos en el Bed&Breakfast Ca la Maria, que está en Barcelona, y que es irresistible por su comida, por su terraza gigante, por el estilazo de su decoración y, sobre todo, por su amor. ¡Gracias chicas por compartir vuestro espacio con nosotros!

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
4 mayo, 2018 3 comments
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
La rebeldía de cambiar

Hay algo de la adolescencia que no se pierde nunca. Son esas ganas de cambiarlo todo, esa llamita interna que quiere expandirse y quemar el mundo. Por más derrotas que se acumulen en el pecho, hay una rebeldía que no muere.

Hace años mi rebeldía se sostenía en el no. La falda del uniforme era demasiado corta, los portazos al salir de casa muy escandalosos y pura satisfacción los eructos tras un buen trago de cerveza. Todo era parte de un alzamiento en contra de lo que me rodeaba -que era, a la vez, todo lo que me contenía.

Aprendí, supongo, en algún lugar, a ser la Bart Simpson del último asiento del bus. A ser una  miniatura de Jimmy Hendrix en versión soft (reventaba una guitarra mentalmente cada vez que bebía de más, que peleaba con alguien de más). Era, yo, un movimiento armado a pequeña escala, sin saberlo, porque en mi cabeza siempre luchaba contra el cacique, contra la injusticia; todos mis guerrilleros apuntando a las curvas de una Coca Cola.

No, las monjas. No, mis padres. No, los políticos, el capitalismo, el sistema. Mil veces no.

Muerte al fuego

Y entonces un día me cansé. Fue sin una razón aparente: como cuando Forrest Gump, de repente, decidió dejar de correr y dijo “ahora me voy a casa”.

Ese día, sentada en un bordillo, imaginé toda mi energía como lava viva, ardiente, hermosa, yendo a morir año tras año en el pozo sin fondo del no. Una muerte gris para el fuego.

Me sentía cansada de pelear, de ser la nota discordante para provocar, de encarnar al hijo adolescente que solo tiene recursos para escupir. Siempre igual: la saliva del desprecio como un perdigón dirigido a la sien de la sociedad.

¿Eso es todo?— me pregunté, al aire, un poco desilusionada.

Para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca dar vida a aquello que anhelamos

Y, como una casualidad, empecé a conocer a personas que circulaban en la misma dirección. Gente rebelde, quiero decir, insolente, inconformista. Pero que invertía su fiebre revolucionaria en mirar hacia adelante: su llamita no servía para quemar lo antiguo, sino para iluminar la nueva ruta. Fabricaban muy poco a poco, el mundo donde querían vivir.

A lo mejor, para experimentar la rebeldía al completo, para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca –en esta generación- dar vida a aquello que anhelamos. Me refiero que ya está bien de quejarse y que ya llegó el momento de construir nuestra propia versión del asunto, ¿no?

Y cuando estoy en esas me pregunto: ¿Estamos listos para asumir la adultez? Quizás nos cueste al principio. Tan acostumbrados como estamos a romperlo todo, a atrincherarnos como Peter Panes en el no, miedosos de salir al mundo sin la bandera negra de la guerra.

Ojalá que la rebeldía no se convierta en una excusa, en la cantinela facilona tras la que nos escondemos para tapar nuestro pánico a crecer. Que honremos nuestro ímpetu adolescente para arrasar con todo y, sobre las brasas, levantar con las manos todo lo que soñamos.

 👉 ¿Vives ya como quieres? Empieza por el principio: para ponerte en marcha, descubre en este test gratuito de qué pie cojeas a la hora de organizar tus horas.
1 mayo, 2018 0 comment
2 Facebook Twitter Google + Pinterest