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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

 

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14 junio, 2018 0 comment
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No te prepares para el estrés (sé Joe Dispenza)

Hace poco quedé con M para tomar un café. “Llego tarde. Dame diez minutos más”, me avisó. Y cuando nos vimos se disculpó:

—Me había olvidado de pasar por la farmacia.

—¿Estás bien?— le pregunté.

Y, con aire despreocupado, me respondió:

—Sí, sí. Es solo que dentro de poco tengo una mudanza y, como sé que voy a estresarme, he ido a comprar medicamentos para las anginas. Cuando estoy desbordada siempre me enfermo de la garganta.

Yo me quedé pensativa unos segundos (en silencio y con la cabeza un poco inclinada, como los perros cuando esperan algo de ti). Y aunque no volvimos a hablar del asunto, la idea no se despegó de mí durante todo el día. Había algo en ese razonamiento que no acababa de encajar. Algo.

 

Entrenarse para ser Joe Dispenza

Al llegar a casa por la noche vi encima de la mesita del comedor el libro de Joe Dispenza, Deja de ser tú. Y me dije: ajá. La cosa va por aquí. Joe Dispenza es un crack, un científico estadounidense que indaga en las posibilidades del cerebro para crear situaciones, para cambiar las circunstancias de la realidad con la mente. En su libro, el autor describe mecanismos que parecen de ciencia ficción, de verdad.

Su razonamiento, muy resumido, es éste: (1) el 99% de lo que existe –y somos- es energía, y menos del 1% es materia, por eso (2) lo que recreamos energéticamente con el pensamiento tiene la capacidad de convertirse en realidad.

Lo comprobó en sus propias carnes en 1985. Él era un atleta muy activo pero un día, montando en bicicleta, chocó contra un camión. El médico le dijo que no volvería a andar nunca más. Y en California los cirujanos le aseguraron que la única salida era operar. En ese momento, el joven Joe Dispenza toma una firme determinación. No pasar por quirófano. En vez de eso, se dedicaría a usar su mente para recuperar el cuerpo. Y funcionó.

Para eso se licenció en Bioquímica, en Neurociencias y se doctoró en Quiropraxia. Y sus investigaciones siguen hasta el día de hoy. En Deja de ser tú leí unas conclusiones que me dejaron mirando el techo un buen rato. Escucha esto: un grupo de personas experimentó el mismo avance al reproducir mentalmente sus ejercicios de piano (SIN MOVER NI UN CENTÍMETRO DE SUS DEDOS) que los que lo habían hecho físicamente.

(¿Holaaaaa? ¿Cómooo?)

Y también contaba Dispenza cómo su hija logró exactamente las vacaciones que quería solo focalizándose en su objetivo y comportándose como si ya lo hubiera conseguido.  En una entrevista el científico decía que prepara a sus hijos para que creen su propia realidad. “Hacen los ejercicios como un niño juega a tenis, practicando mañana, tarde y noche. Así ejercitan su mente. El trabajo consiste en sentir aquello que desean con su mente y cuerpo, como si ya hubiese sucedido”.

 

El cambio: ¿amenaza o aventura?

Como un flash, todo esto pasa por mi cabeza en cámara rápida al ver el libro en la mesita. “Prepararse para el estrés es instalar en tu mente el software Voy a estar estresado”, pienso. Y me doy cuenta de la facilidad con la que todo el tiempo etiquetamos situaciones, adelantándonos a un desenlace catastrófico. “Seguro que suspendo”, “me va a decir que no, ya verás”, “vivir de un blog es dificilísimo”. Nos tiramos piedras sobre el tejado. Utilizamos el lenguaje en nuestra contra sin descanso y reforzamos contínuamente esa idea de que no somos capaces, de que no lo vamos a lograr, no insistas más.

Me siento en sofá –mirando el techo, otra vez- con esta pregunta dándome vueltas: ¿cuándo empezamos a tomarnos los momentos de cambio como potenciales picos de estrés, como amenazas? ¿Cuándo dejó de ser una aventura cambiarse de casa, explorar un nuevo trabajo, quedarse embarazada?

Miro el ventilador, en pausa, bocabajo. Y pienso que, después de tanto tiempo, hemos llegado a un pacto como sociedad: nos decimos a nosotros mismos que hoy estamos salvados si habitamos la rutina gris, y que si mañana ocurre algo nuevo, estaremos perdidos indefectiblemente. Somos nuestro propio Judas. Nos traicionamos a nosotros mismos (nos besamos a la europea, un beso en cada mejilla) y el resultado es un paisaje escrito con letras muy pequeñas, minúsculas.

¿A qué esperamos para cambiar?

NOTA: Joe Dispenza me da muchísima curiosidad. Antes que él, muchos otros apuntaron hacia el mismo lugar (nuestra capacidad para crear a través de los pensamientos). Pero ésta es la primera vez que lo sustenta una base científica tan indiscutible. ¿Hasta dónde llegará Dispenza?

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17 abril, 2018 0 comment
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Francesc Miralles y el ikigai: tres claves para descubrir la vocación en ti

— Iki ¿qué?

— ¡Ikigai!

Siempre me he llevado bien con mi madre, pero cuando era niña existía un momento en el que deseaba con todas mis fuerzas que un agujero negro la absorbiera. Era, justamente, cuando yo estaba en el clímax de un libro, de noche, debajo de las sábanas e hipnotizada por las páginas. La escena de cuando ella entra sigilosa en la habitación era casi siempre la misma: el pomo de la puerta que gira, su cabeza que aparece poco a poco, casi a cámara lenta, y su voz mezcla de súplica y hastío: “Ana Claudia, ya está bien. Te voy a apagar la luz”.

Con la claridad del día la cosa cambiaba: mi madre estimulaba incansablemente mis flirteos con los libros. Y supongo que por eso desde muy joven ya tuve claro que las letras, de algún modo, estarían presentes en mi vida. Aunque también es cierto, debo confesar, que mil veces he dudado sobre qué forma darle, cómo moldear esa vocación para encajarla en mi día a día.

Al fin y al cabo, ¿quién no ha estado desorientado alguna vez en su vida? ¿quién no ha arrastrado un cansancio infausto por la monotonía de un trabajo cualquiera, la impertinencia de un jefe o la motivación que no llega? ¿quién no ha querido nunca tomar un nuevo rumbo? Yo, en todo esto, soy la máster del universo. ☝

Ikigai: encuentra tu propósito

Me he fijado que las pasiones cambian, aparecen tímidamente o como un vendaval, se transforman, a veces se diluyen. Y otras se esconden muy bien: hay muchas personas que no pueden vivir de lo que aman sencillamente porque todavía no han descubierto qué es lo que les mueve. Cuál es su propósito vital.

“El ikigai está escondido en nuestro interior y requiere de una exploración paciente para llegar a lo más profundo de nuestro ser y encontrarlo!”

Por eso hoy quería presentarte a Francesc Miralles, autor del best-seller “Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz”, que escribió junto a su amigo e ingeniero Héctor García. El libro está arrasando (¡hasta Ophra Winfrey lo recomendó en su show!). Pero lo que quería contarte es que esta palabra japonesa se traduce como “razón de ser” y que, en una entrevista reciente, Francesc me decía: “para que podamos reconocer nuestro ikigai tiene que darse un proceso de indagación”. Y me daba tres técnicas para poder llegar a él más fácilmente:

  1. El test negativo – de Alejandro Jorodowski
  2. Encontrar tu elemento – de Ken Robinson
  3. Recuperar los sueños infantiles – de Randy Pausch

Te lo explico en este audio:

De camarero a best-seller

Mientras nos tomábamos un té japonés en la Casa Ikigai (que es donde Francesc Miralles da sesiones para despertar el talento y la misión de las personas), él me contó su camino antes de ser escritor súper-ventas:

Francesc Miralles y el ikigai

Cuando era joven, el ikigai de Francesc era viajar. Comprar un billete y largarse fue su motor durante muchos años. En el nuevo lugar, acostumbraba a trabajar de camarero y así fue como descubrió su segundo ikigai: el piano. Más tarde, se matriculó en filología alemana para ser profesor y, aunque ejerció durante un tiempo, pronto le desvió otra pasión. Su vida era así: de repente, en él, aparecía otro él.

Esta vez fueron los libros. Al principio editaba y escribía para otros, y poco a poco fue consolidando su perfil de autor especialista en temas de psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Hasta llegar hasta hoy, con más de 30 libros escritos, entre ellos Barcelona Blues, Conversaciones sobre la felicidad, La dieta espiritual o Amor en minúscula.

Ahora su misión es hacer palanca: hacer emerger de nuestro interior nuestro deseo, la prioridad de nuestra existencia, para convertirla en el centro de nuestra vida. Podríamos decir que hoy, el ikigai de Francesc Miralles es el ikigai de los otros.

**En el audio te contaba cuál era el secreto de los abuelos de la aldea de Ogimi para vivir tantos años (es famosa por tener el mayor número de centenarios del mundo).  ¿Y tú, hasta qué punto crees que es importante descubrir el ikigai en tu vida? ¿poner en práctica tu talento es sinónimo de felicidad?

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12 abril, 2018 0 comment
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Sí, quiero

Cuando viví en Tierra del Fuego, un día que hacía mucho frío, la novia de un amigo me dijo: “Yo soy profesora de yoga, ¿por qué no vienes a probar una clase?”. Yo debía tener cara de hielo o de desencaje, no sé. La cuestión es que fui, respiré y me estiré.

Recuerdo la madera vieja del lugar y cómo el viento tirano hacía temblar el ventanal de la sala. A través del cristal se veía el Mar Argentino, azul petróleo, contundente como una puñalada. Pero lo que más recuerdo de aquel día es la sensación de volver a mí. Después de una hora y media de clase me sentía tan liviana que, de verdad, ni me lo creía. Nunca hubiera pensado que esa sugerencia me traería tanta paz (ni aquella tarde, ni todas las tardes de yoga que vinieron después).

Qué hay detrás

Por eso siempre que ahora alguien me hace la pregunta “¿no quieres probar…?”, yo no me puedo resistir. Hay veces que la cosa sale bien (el yoga, la salsa, el clown) y otras que no tanto (¿cómo se puede ser tan torpe bailando contact?). Pero lo único que siento en ese momento es que, si no lo intento, nunca sabré si detrás de esa opción había un tesoro o una puerta estéril.

Y yo, con esa espinita, no me quiero morir.

*Ya sabes que sorteo cada semana una sesión gratuita con el coach financiero Juan Naranjo. Quizás sea una buena oportunidad para ver qué puertas o qué nuevos horizontes se pueden abrir en tu vida. Si así lo sientes, participa en el sorteo de la semana que viene rellenando el formulario de aquí abajo. ✏

Y si al leer este pequeño post te ha venido alguien a la cabeza, invítalo con este post y dale una oportunidad para que se inspire y, quizás (¡ojalá!) algo pueda cambiar en su vida. Mi vecina dice todo el tiempo: “¡Los caminos del señor son inescrutables!”. Y yo digo: ¡Amén! Y digo también: ¡Gracias por compartir!

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10 abril, 2018 0 comment
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Gracias a todos [Y por qué debemos preguntarnos qué línea traspasar]

A mis padres los conocí de mayores. Ellos estuvieron siempre allí, quiero decir conmigo, pero cuando yo llegué, Vicente y Ana ya estaban instalados en la treintena. Me había perdido su niñez, sus años de adolescencia, su entrada en la edad adulta.

Por eso no entiendo muy bien –aunque lo intuyo- su lista de prioridades ni lo que los inspiró. Pero sé que formaron parte de una generación que luchó y mejoró. Que abrieron puertas a machetazos y avanzaron aun si afuera, o adentro, había una voz persistente diciendo “no”.

Hoy, su herencia está en la normalidad con la que pronunciamos palabras como “vacaciones”, “seguridad social”, “gay”, “aeropuerto” o “máster”. Las decimos como quien dice calle-café-beso. Damos todo eso por sentado.

Ahora, mientras tomo un té revisando el mundo a través de mi móvil (como si tal cosa), me pregunto ¿cuál es nuestra misión como generación? ¿qué legado dejaremos a los que vienen detrás?

El valor de los otros

Y mi mente se repliega en espejo y no puedo evitar pensar en toda la Humanidad.

En el primate que salió de su zona de confort y se curró su primer fueguito. En el primero que especuló en las posibilidades de la rueda y armó un carro maltrecho. ¡En el pánico y el coraje de los hermanos Wright y el avión inaugural! En el científico que probó en su propio organismo la vacuna.

Gracias a todos. Por ellos ahora no es raro el calor, ni los viajes, ni la tranquilidad de una pastilla a tiempo. Gracias a las mujeres que desafiaron el establishment para pedir el voto, a los artistas que crearon obras imposibles saltando por encima de tendencias e intereses. Gracias a los cientos de escritores de todas las épocas que nos dejaron su legado a pesar del miedo a ser juzgados.

Gracias a las minifaldas

Pienso también en los miles y miles de personas que en la soledad de sus habitaciones se fijaron una meta y, llenos de temor e incertidumbre, dieron un paso –cualquiera-  para mejorar su vida un poquito. Una denuncia, una minifalda, un diploma. Anónimos, grandes, que se atrevieron a traspasar una línea para romper estereotipos anquilosados. Y que con esa decisión nos trajeron hasta hoy.

Gracias a mi padre y a mi madre que me dieron amor, educación y cierta tranquilidad económica. Me pasaron el testigo para, a partir de allí, poder dibujar nuevos retos en el mapa. Seguir adelante y dejar algo mejor a los que están por venir. Esto, lo otro, de todo.

Es verdad que nuestra sombra, proyectada a futuro, es grande y prometedora. Pero también es cierto que nuestra luz es capaz de atravesar paredes, romper resistencias y vencer. Somos los superhéroes del futuro. Y ahora, 2018, me pregunto, ¿cuál es mi aportación, mi granito de arena que un día se convertirá en una montaña incuestionable e invicta?

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8 abril, 2018 0 comment
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Y si de repente… ¿pudieras vivir de lo que más quieres?

¡Hola a todos! Soy Ana Claudia Rodríguez, periodista, y hoy empiezo con muchas ganas esta nueva aventura. Empieza hoy, también, la primera cuenta atrás.

Hace unos meses me pasaron cosas rarunas en lo laboral: por exceso de sinceridad un trabajo me duró tres días; en otro, el dueño decidió una tarde que prefería ser empleado de una multinacional; y, en el último, mi jefa quería a alguien con menos preparación.

Yo respiré –con el diafragma- y me dije: “Ana Claudia, esta es una señal. Ahora vamos a por todas”. Y me concentré en pensar en algo que realmente me hiciera ilusión, que me tirara literalmente de la cama por las mañanas.

¿Y si de repente encuentras el trabajo perfecto? —me pregunté.

21 marzo, 2018 2 comments
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