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Vivir de lo que amas

Los amigos sirven (también) para reinventarse

¿Qué pasos dar para reinventarse? Yo a veces me fijo en la gente famosa. Cuando los miro, me da curiosidad. ¿Cómo lo hiciste?, me pregunto, ¿qué es lo que te hizo llegar hasta allí? Me pasó también con Casey Fenton, el creador de la comunidad virtual de Couchsurfing: al escucharlo en una conferencia este verano, me impactó la fórmula de éxito que proponía. No esperaba que este emprendedor estadounidense y joven (40) pusiese el acento justamente allí. En los amigos.

[¿Habías oído hablar de Couchsurfing? Es una web donde puedes contactar gratis con miles de personas en todo el mundo, y que están dispuestas a dejarte el sofá de su casa, o una cama, mientras viajas. El proyecto nació en 2003, después de un viaje que hizo Fenton a Islandia y que le salió redondo: como quería evitar el circuito clásico de hoteles y albergues, decidió probar algo diferente. Entró a varios foros y recopiló mil quinientos emails de estudiantes islandeses. Les escribió a todos pidiéndoles hospedaje. Y ¿cuántos le contestaron? Un montón. Éxito total. Tres años más tarde nació Couchsurfing.]

Pero volvamos a los amigos como el mejor atajo para reinventarse. Volvamos a Fenton. Pude verlo el mes de julio pasado, en el Freedom X Festival, un encuentro en las montañas catalanas dedicado a free-lancers, emprendedores y nómadas digitales. Yo fui allí para dar una charla sobre gestión del tiempo, pero me apunté en rojo el día y la hora de su conferencia –el norteamericano era uno de los top five del festival-. Llegué muy puntual y me senté en primera fila.

Y lo que me sorprendió de este hombre con cara de bueno, más bajito de lo que creía y con el color morado inundando su imagen, es que no habló en ningún momento de técnicas empresariales ideales. Ni rastro de métodos infalibles para ser más productivo, ni de secretos financieros para subir como la espuma en el horizonte emprendedor. Fenton, en esa carpa rodeada de verde pirineico, se hizo una sola pregunta.

“¿Cómo hackear tu identidad?”

Créetelo

Es decir. De todos los caminos posibles para llegar al éxito, de todas las estrategias para conseguir lo que deseas, Fenton eligió una: “cámbiate a ti mismo”. En la ponencia quedó muy claro: El reto consiste en centrarse en el interior.

“Para conseguir tus objetivos debes hackearte a ti mismo, desarrollar nuevas aptitudes y transformar tus pensamientos negativos en otros positivos”, decía el de Couchsurfing.

“Hay empresarios que intentan levantar su negocio con todas sus ganas y durante mucho tiempo”, contaba, “pero hay una voz interna y quizás muy escondida, que es implacable y les juega en contra. La voz dice todo el tiempo NO”. Para transformar un aspecto de tu vida, según Fenton debes vencer esa vocecita negativa. Debes alcanzar una nueva versión de ti mismo que te lo permita. Para que diga SI.

¿Quieres dejar tu trabajo y empezar a vivir de tu talento? Primero, tienes que creértelo.

¿Quieres bajar de peso, llevarte mejor con tu hermano o conseguir más dinero? Antes, asegúrate de programar tu disco interno adecuadamente. Convencerte de que sí puedes hacerlo.

¿Y qué tienen que ver los amigos en esto? Voy.

Reinventarse en los otros

Lo más asombroso de esta charla, lo que de verdad me dejó boquiabierta, fue cuando Fenton explicó el mejor mecanismo para poder hackear nuestra identidad. “¿Alguna vez has probado convertirte en una nueva versión de ti, pero has tenido muchas dificultades para cambiar?”, preguntó. La sala, naturalmente, se llenó de manos alzadas.

Y entonces, el creador de Couchsurfing hizo un silencio. Sonrió y dijo: “utilizad a los amigos”. Y contó su historia.

Fenton tenía un amigo muy vago. Llamémoslo John. El tipo era perezoso sin remedio y su negocio –también sin remedio- iba directo a la deriva. Hasta que un día Fenton lo presentó a un potencial cliente de un modo distinto: además de obviar su lado flojo, lo enalteció. Dijo: “Mi amigo John, un gran profesional de éxito con una incansable capacidad de trabajo”, o algo así. Y el resultado fue tremendo porque John hizo el trabajo como un campeón. Sin fisuras.

Para conseguirlo, le impulsaron las palabras de su amigo (al que no quería dejar mal), e hizo todo el esfuerzo posible para que el nuevo cliente se creyera la nueva versión de sí mismo. John el Laborioso. Además, visto el logro, él mismo empezó a considerar la posibilidad real de dejar atrás su antiguo patrón. Inició un círculo virtuoso que fue consolidando la nueva identidad.

Y así fue como John fue una prueba irrefutable de varios estudios que afirman que los amigos son los que más te pueden ayudar a ser quien deseas. Son ellos los que tienen la capacidad de cambiar tus propios pensamientos mucho más fácilmente de lo que harías tú solo. Son, estadísticamente, el triple de efectivos.

Y escucha esto: si resulta que el comentario hacia tu nuevo “yo” te lo hace un amigo y hay un tercero de testigo, el impacto es seis veces mayor. Y si alguien por otro lado confirma lo que tu amigo ya te dijo, entonces la efectividad es doce veces mayor.

Impresionante, ¿no?

Fenton explicó que son cosas del cerebro, que da prioridad a aquellos patrones que encajan con la identidad que otros nos han dado. Y ojo, porque en ausencia de estímulos positivos, nuestro cerebro echa mano de etiquetas negativas (“vago”, “incapaz”, “criminal”).

¿Quiénes son mis amigos?

Para mí, “Ana Claudia, escribes muy bien” puede ser una frase-gasolina que, sin darme cuenta, me levante de la cama, me instale frente a la pantalla y me obligue a pensar y a escribir. Porque ahora es mi cerebro el que tiene que encargarse de hacer realidad la imagen que he conseguido de mí misma (gracias al incentivo de mis amigos). Es mi cerebro el que me va a ayudar a materializar lo que en mi subconsciente ya está cimentado.

Cuando salí de la charla, pensé enseguida: Uau, mis amigos hackean mi identidad. Sus opiniones –negativas o positivas- tienen mucho impacto en mí. Entonces, ¿de quién me voy a acompañar y de quién voy a prescindir? También pensé que el recurso funciona igual en sentido contrario: ¿qué impacto causan mis palabras en el otro? Y entonces me di cuenta de algo genial: que, en cierto modo, todos podemos multiplicar por tres las posibilidades del otro y, en cadena, ser co-creadores de vidas más completas.

Para empezar, ¿por qué no les dices a tus amigos quién quieres ser?

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12 octubre, 2018 0 comment
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Por qué creemos que no podemos vivir de nuestro talento [una historia real]

“Es que tú eres muy happy”. Cuando voy contando por allí que todo el mundo puede vivir de su talento, que lo contrario es una aberración total a la que estamos muy mal acostumbrados, la gente me contesta así. Happy, me dicen. Y yo me sorprendo un poco de esa visión incrédula, la verdad. ¿Por qué parece tan imposible?

Y creo que ya sé la respuesta. Me la dieron unos amigos que encontré el fin de semana pasado. Se llaman Mireia y Dani (Se quisieron desde muy temprano, así que fueron siempre “la-mireia-y-el-dani”, todo junto). Su historia te será familiar: se conocieron, se enamoraron locamente y, al cabo de los años, pidieron una hipoteca para un piso. También consiguieron un trabajo fijo: muchas horas fuera de casa pero los dos coincidían: eran empresas solventes, les gustaba lo que hacían, estaban bien pagados.

Pero entonces empezaron a pasar los años.

Y a los 35, guapos, saludables y abundantes, comenzaron a hacerse preguntas. Sobre todo, una: “¿Es solo esto la vida?”.

El hobbie y el talento

Y mientras esa pregunta crecía, en sus ratos libres probaban varios hobbies. En su armario había dos mesas de mezcla de dj, un par de patines, una cometa, una tabla de body y dos de snowboard. Y en los últimos años habían acumulado, sobre todo, un equipamiento envidiable de submarinismo. Consiguieron el carnet de instructores y, en los veranos, buceaban en todos los mares posibles, exprimiendo felices su mes de vacaciones.

Pero el retorno en septiembre era siempre muy duro. Una ola de oscuridad. Y poco a poco, como crece un árbol o un embrión, o mejor: como un grupo de nubes se prepara para una tormenta, así ambos fueron delineando el plan alternativo. Dejarlo todo e irse a bucear el mundo.

¿Y sabes qué? Que lo consiguieron. El año pasado, en julio, lamireiayeldani lo dejaron todo para irse a bucear el mundo. Y empezaron por Indonesia.

buceadores viviendo de su talento

La vida con vistas al mar

Ahora están en Barcelona, de vacaciones (su descanso se multiplicó por cuatro: dura el tercio de un año entero). Están en un bar, los dos, contándome cómo cambió su día a día. En su nueva rutina se despiertan mirando el océano desde una ventana gigante; viven en el barco donde trabajan de instructores. Comen sano, bucean por un fondo marino increíble, charlan con sus alumnos, duermen una siesta, se echan unas risas y así todo el día. Se duermen temprano, con vistas al mar.

“Feliz”, dice Dani. Y ella lo mire y sonríe. A ella, que es mi amiga hace 30 años, nunca le vi antes esa sonrisa que ha estrenado en Asia y que luce en sus fotos, con el fondo azul.

Adelgazaron diez kilos, están fuertes, bronceados. “No sé qué estáis haciendo pero seguid así”, les dijo su médico, después de un chequeo reciente en el que todo salió perfecto. Adiós colesterol, adiós exceso de ácido úrico, adiós contracturas, digestiones pesadas, dolores de espaldas. Adiós al cuerpo triste.

¿Cómo hicieron para vivir de su pasión?

La cosa no fue fácil ni veloz. No fue un recorrido en línea recta del punto A al punto B. Pero las ganas (y el descontento) fueron más grandes. Entonces indagaron en su talento. Ahorraron. Y un día respiraron hondo y dejaron sus trabajos fijos y bien pagados. Respiraron hondo y vendieron el coche. Temblaron y alquilaron su piso hipotecado. Regalaron sus cosas, compraron los billetes, movieron sus contactos.

Y una tarde respiraron más profundo y hablaron con más cautela que de costumbre. “Papá, mamá”, dijeron, y explicaron la locura. Renunciar a todo porque tenían la esperanza de que su vida podía ser mejor. Y ellos, los progenitores en bloque (ellos que habían pataleado, que habían puesto pegas, que se resistían) los besaron y les desearon mucha suerte.

Seguramente no entendieron. Y seguramente tuvieron mucho miedo de que esos dos europeos cuarentones que tanto amaban se estamparan lejos, aplastados por sus ilusiones.

Lamireiayeldani seguramente pensaban muchas veces igual.

¿Por qué parecía imposible vivir de su talento?

La aventura parecía que no iba a tener éxito. ¿Por qué? El talento estaba y las ganas también. Qué podía fallar. ¿Les hacía falta recursos? Ellos sabían cómo conseguirlos. Entonces, ¿por qué tanto recelo?

—Mucho miedo— dicen ellos ahora. El miedo era como un zumbido que ponía en duda cada paso. Y su mayor valor fue avanzar a pesar de la incertidumbre. Espantar la imaginación más negra, sobrellevar las noches de insomnio, aguantar el dolor de barriga nervioso. Sin saber inglés no nos van a contratar; No tenemos experiencia, nunca nos van a elegir; Si nos va mal seremos muy mayores para volver a empezar.

Pero lamireiayeldani lograron derribar las amenazas imaginarias. Y a los pocos meses, ganaron. Les contrataron en un barco y de repente la oficina gris y los horarios esclavos quedaron muy atrás. En otra vida.

Me contaban que una tarde, mientras se tomaban una cerveza en la cubierta del barco, uno de los alumnos a los que acababan de guiar bajo el mar, les preguntó:

—¿Y vosotros de qué trabajáis?

Dani y Mireia se miraron entre sí y se rieron.

—Trabajamos aquí, somos instructores de buceo y así es como nos ganamos la vida.

“Es que la gente no lo entiende, Ana Claudia”, me dice mi amiga. “Sin sufrimiento, pensamos que un trabajo no puede existir”.

 

* Pasar de la utopía a lo imposible, de lo imposible a lo improbable, luego a lo difícil y de allí a lo fácil. Que los que están por venir tengan ese regalo nuestro: que sea fácil vivir del propio talento, de lo que uno ama. De lo que uno es.

 

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21 septiembre, 2018 2 comments
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El miedo mide 59 centímetros

¿Dónde se esconde el miedo? Ayer lo vi claro: el miedo es una vocecita incansable que nos martillea sin parar. Es lúgubre y tremendista como una vieja quejosa que siempre espera lo peor. Ayer salí a correr y lo estuve escuchando un rato. Y me di cuenta de dos cosas: 1. De su persistencia. 2. De cómo reacciono a sus encantos.

¿Y tú, qué haces con tu miedo?

Mini crónica de un miedo simple y feo

Pensaré no me da tiempo, pero miraré el reloj y veré que tengo una hora de margen. Me pondré las zapatillas para explorar la zona de Montjuïc. Y antes de salir de casa, diré en voz baja: lloverá. Pero bajaré las escaleras a pesar de todo y, al mirar el cielo, solo habrá una nube tímida a lo lejos. Entonces, con un poco de pereza, empezaré a correr, con un poco de pereza y de miedo, porque el asfalto –me lo habrá dicho alguien- no suavizará el golpe y las rodillas me molestarán. Pero no. Porque, aunque estoy un poco perdida y no sé por dónde ir, al minuto encontraré un camino de tierra suave y ya no escucharé más mis pies.

Al rato, después de una gran curva, veré una escalera eterna al final de un camino. Decidiré enfrentarme a ella, y correré a su encuentro contando sus escalones de dos en dos, como si midiera el tamaño de una bestia a batir. 88, 90, 92, 94… apretaré los ojos para no perder la cuenta, y, al borde del primer peldaño, veré una senda minúscula que se abrirá a la derecha. Sonreiré al tomar la vía alternativa in extremis y correré más rápido, aunque el suelo se habrá vuelto de nuevo duro, de asfalto.

Y en otra curva veré un adolescente arrimado a un arbusto en posición de orinar. Y me diré cuidado, pero al pasar por su lado será él quien agache la mirada. Continuaré, concentrada, para no ahogarme en la subida. Pero mis pulmones responderán sin dificultad. Al fijarme más allá, mi respiración se detendrá un momento, un milisegundo: habrá un grupo de muchachos haciendo botellón y yo muy rápido cavilaré el mejor modo de evitarlos, pero habrá poco espacio y poco tiempo para salir de allí y tendré que pasar por su lado, muy pegada a sus cuerpos y sus vasos con alcohol. Alerta, me diré. Y escucharé entonces la voz de uno de ellos diciendo “uy, dejad pasar”. Y al minuto habré atravesado al grupo sin más, como si hubiera traspasado una pared de goma, y todos habrán quedado atrás.

Miraré hacia adelante y veré un camino descampado, vacío, y mis piernas irán solas hacia allí. Y veré de reojo un coche blanco que ralentizará la velocidad y a los dos segundos los colores de un coche de la policía. Seguiré corriendo (mis predicciones fallidas otra vez: ni unos me violarán ni lo otros me salvarán). Seguiré más. Veré un perro, dos tres, y tendrán aspecto de sabuesos, de perros cazadores, de mordedores profesionales. Sentiré mi piel sosteniendo mi carne. Y avanzaré fingiendo que no hay peligro y, al final, no lo habrá. Un perro correrá despreocupado, el otro mordisqueará un tronco, un tercero jugará con su dueño.

No habré corrido ni 20 minutos, calcularé. Y al subir a casa (los escalones de dos en dos), al cerrar la puerta oiré a mi novio:

—40 minutos, ¿eh?. ¿Qué tal, cómo fue?

—Todo bien— Le diré. —Según lo previsto.

Y sonreiré.

Mini retrato de mi miedo

Luego iré a la habitación, cogeré un metro de esos que se usan para medir los muebles y mediré la circunferencia de mi cabeza. 59 centímetros. Y descubriré que allí, en esa cavidad más pequeña que una sandía al uso, se esconderá todo: las prisas, la lluvia, el cansancio, la agresión animal, individual, en grupo, el dolor del cuerpo. El miedo.

Y me daré cuenta de las tres velocidades en que opera mi miedo:

  1. Modo Slow. Su voz es un susurro y me servirá para protegerme de algún peligro (que los hay).
  2. Modo Médium. La cosa se pondrá intensa y yo le cederé un lugar en mi palco presidencial. En mi cabeza habrá una nube gris, y en mi cuerpo, tensión.
  3. Modo Premium. Si el miedo chilla y yo sucumbo totalmente a sus encantos (no me enteré pero ya le di el trono de mi mente), ocurrirán dos cosas. Me paralizaré y me atrincheraré en mi zona de confort, o bien gastaré energía volcánica en abordar una situación sencilla que, a los ojos de mi miedo, es una proeza mundial.

La buena noticia –me fijé- es que si estás atento, si lo escuchas, puedes entrenarte para llevarlo al modo slow. Cortarle las garras al gatito para que arañe más suave.

 

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11 septiembre, 2018 0 comment
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Las vacaciones no son para descansar

Entré de vacaciones de un momento a otro. Allá por el mes de julio corté el cordón umbilical de un hachazo y pasé de alimentarme con sangre a aspirar bocanadas de aire. Los días se enmarcaron en otra dimensión y las horas empezaron a transcurrir como versos de un poema muy lento. ¡Ah, il dolce far niente!

Cuando se acercó el momento de volver, me pregunté: ¡¿Y cómo voy a hacer yo para retomar la actividad!? Y entré en pánico por inercia, como años atrás, cuando no tenía ni idea de cómo volver a mordor (el horror del trabajo de siempre). Era, yo, un Frodo mediterráneo que se empeñaba en ir en sentido contrario al que tenía que ser.

Pero todavía había algo peor en esas transiciones, porque las vacaciones servían para destensarme y para reflexionar qué quería hacer con mi vida ese nuevo curso. “A lo que hacía el año pasado no vuelvo ni loca”, me decía, y daba rienda suelta a mi vida ideal: tocaba con mis dedos los nuevos proyectos y sus alegrías. Mi imaginario se convertía en un Disney World laboral con jefes rosas y jornadas plagadas de unicornios centelleantes.

Pobre de mí.

Porque septiembre me acechaba a la vuelta de la esquina. Y, ¿adivinas qué? ¡Al poco tiempo todo seguía igual! Las ideas caían en un barril sin fondo y mi rutina me absorbía de nuevo. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, me quejaba. Y –socorro- no encontraba el asa de donde cogerme para impulsarme a salir de allí.

“Es el síndrome postvacacional”, me decía también. Y googleaba para ver qué podía hacer para reinsertarme en la monotonía sin darme mucha cuenta. Allí estaban todos los truquis:

1) entrar rápidamente en el horario de oficina espartano y hacer como si nada, 2) convencerme a mí misma: “es normal, a todo el mundo le cuesta volver al trabajo”, 3) hacer ejercicio para quemar la angustia, 4) organizar planes divertidos para el fin de semana (¡que linda era mi vida durante 48 hours a week!).

Y así pasaron muchos años.

Vacaciones – 1, marmota – 0

Y un día, harta de revivir mil veces el día de la marmota (el mismo día se repite hasta el infinito), me atreví a abrir una puerta, que me llevó a abrir otra puerta, y otra, y otra más. Y hace un tiempo, por primera vez, me dije: “Ana Claudia, las vacaciones no son para descansar”. Bueno, sí, pero no solo. Descubrí que también es el momento ideal para reponer, desear y planificar. ¡Planificar para concretar nuestras ilusiones!

Empezar el cole en septiembre no es lavar la bata, estrenar zapatos y comprarse el cuaderno más brillante del lugar. Coincidimos, ¿no? Pisar las aulas al volver de vacaciones es solo un gesto, sí, pero está sustentado por muchas fuerzas que hemos tenido que reunir con antelación. La fuerza de saber qué quiero hacer, hacia dónde voy y con quién.

Para ponerlo fácil –y para matar a todas las marmotas del mundo de una vez por todas- he creado un curso on line (🕝TicTac. Dirige tus horas, valora tu vida 🕝) que es un programa condensado en el que se despliega paso a paso lo que tienes que saber para manejar tu tiempo y alcanzar tu versión ideal de la vida. Sea cual sea el significado de “ideal”. TU versión. TU ideal.

¿Cómo sería una vida en la que pudieras hacer lo que te gusta todo el tiempo? ¿Y si de repente en tu jornada laboral las horas pasaran volando, como cuando te tiras en la playa con un helado a escuchar el mar? ¿Y si tus vacaciones, quiero decir, se parecieran demasiado a tu trabajo, que no es más que el ejercicio diario de tu talento?

*

Pasó agosto y yo he estado sacándome punta. Ya no veo la hora de arrancar.

¿Y tú? ¿Cómo vas?

 

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30 agosto, 2018 0 comment
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Mi hermano y las neuronas espejo (si tú puedes, yo también)

La primera cita de enamorados que tuvieron mis padres empezó con el reloj en contra. Mi padre llegó dos horas antes al encuentro; mi madre, una hora después.

Y estos tempos asimétricos debieron colarse más tarde en la genética de sus hijos. Yo, siempre con paso corto y acelerado, llegando por los pelos. Mi hermano pequeño, con más calma, mirando antes de pisar; dejándole a la vida trascurrir.

Ahora mi hermano pequeño ya no es pequeño: es un hombre. Pero conserva el silencio discreto, y el ritmo, que es el mismo que tienen las olas del mar.

Y así, con ese ritmo, dijo hace ocho meses: “Mi hijo de seis años tiene diabetes y tengo que hacer algo”. Todos nos giramos para oírle, y él siguió: “Me voy al Parlamento Europeo en bicicleta. Hay que pedir que se cure la diabetes ya. No es suficiente con nuevos inventos que mejoren la vida de quienes la sufren. Tenemos que hacer desaparecer la enfermedad”.

Aplaudimos. Primero, porque le amamos; segundo, porque le entendimos; tercero porque sus palabras despertaron la esperanza universal: queremos ser buenos y que el mundo sea un lugar mejor.

Pero luego… luego toca materializar los sueños. Buscar esponsors, entrenar duro, diseñar una equipación especial, contactar con la Unión Europea, cuadrar calendarios, traducir emails, buscar una asociación afín (DiabetesCero), planificar con cuidado la ruta, abrir un crowdfunding.

Y mi hermano pequeño, entiéndanme, cuando éramos chicos se dejaba la cama sin hacer, suspendía los exámenes, no aprendió el inglés.

(Ahora me pregunto: ¿qué es lo que necesitamos realmente para convertir nuestros sueños en realidad?)

Neuronas espejo

La primera vez que escuché hablar de las neuronas espejo aluciné. Son neuronas que “reflejan” el comportamiento del otro, como si fuera uno mismo quien realizara la acción. ¿No es magia que él bostece y yo le imite, tres segundos después? ¿que mi proceso mental sea idéntico cuando rompo un papel que cuando veo a alguien romperlo? ¿no es un milagro que las personas podamos aprender nuevas habilidades solo por imitación?

Y eso fue justamente lo que me pasó el mes de junio pasado cuando viajé a Bruselas. Sentí que aprendí por contagio. Porque al final ocurrió: mi hermano pequeño –que ahora es un hombre- se subió a una bicicleta en Barcelona, estuvo en ruta once días, se le rompió la bici, le llovió el agua del mundo, se le hincharon las piernas, se desanimó.

Pero él, con el ritmo de las olas, siguió. Y llegó. Y al otro lado, en la sede del Parlamento Europeo, le esperábamos todos: amigos, familia, diabéticos, eurodiputados. Todos aplaudíamos conteniendo la emoción. Por la gesta, claro, pero además porque nuestras neuronas espejo se encendieron y descubrimos que era posible convertirnos, nosotros también, en personas más grandes que mejoran el mundo.

Neuronas espejo - superar retos por imitación

 

Gracias, Jor.

(Gracias papá, mamá, por esos tempos misteriosos.)

17 julio, 2018 0 comment
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La procrastinación va por dentro [pero tiene solución]

Cuenta la leyenda que Víctor Hugo se sentaba desnudo a escribir para evitar levantarse de la silla, distraerse y procrastinar. Además, pedía a sus sirvientes que escondieran su ropa, así la tentación quedaba bien lejos.

Dejar para mañana lo que puedes hacer hoy es un mal antiguo que ahora, según un estudio reciente, nos afecta al 20% de las personas. ¡Una de cada cinco! Yo tengo que confesar que si estoy muy inquieta y quiero cumplir mis objetivos, desactivo el wifi del ordenador y dejo el móvil en otra habitación. Eso para empezar.

Porque, si tiramos pelotas fuera, hay que decir que la tecnología no nos ayuda a tener bajo control la procrastinación. La era digital es un campo minado de ventanas emergentes, mensajes de wasap y notificaciones sonoras que nos descentran en cuestión de segundos. Aunque decidamos superar la tentación de mirar el facebook o el correo electrónico, hoy la información se empeña en venir a buscarnos. Y así mantener la concentración en el trabajo es un trabajo chino, toda una proeza. ¿O no?

¿Vivían nuestros padres un entorno más favorable sin tanto estímulo? Yo no soy mucho de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero es cierto que el ritmo frenético y la obsesión actual por la productividad acentúan la presión y el estrés. Nuestra jornada debe ser hiper fértil y, a menudo, posponemos el objetivo principal para atender las pequeñas urgencias. Aplazamos lo importante y acto seguido… llegan las malditas consecuencias.

El mecanismo interior de la procrastinación

Ya estamos arreglados. Atrasamos las decisiones clave y nuestro rendimiento cae en picado, la autoestima se queda adolorida y nos habita la ansiedad y la culpa. ¡Otra vez!

Y aunque el origen de tamaño desastre tiene el aspecto de un grupo de bits malévolos y de pantallas de colores, el motivo real –como casi siempre- está en nuestro interior. Me temo que sí.

¿Cuáles son las principales causas de la procrastinación?

  1. El perfeccionismo. ¿Quién es capaz de empezar una tarea con la pretensión de conseguir un Nobel? La presión se mide en millones de pascales (y la necesidad de sentirse querido también).
  2. Miedo al fracaso. Observa que la estrategia es perfecta: “pospongo lo que tengo que hacer porque si no lo realizo nunca, evito el fracaso”. Para tu inconsciente es la cuadratura del círculo.
  3. Rabia e impaciencia. Ya quiero estar en la meta y ni siquiera me he atado los cordones de los zapatillas. (¡Buena suerte, compañero!)
  4. Creencias irracionales. Tales como “no viviré nunca de esto, así que mejor me centro en todo lo demás”.
  5. No hay deseo. Cuando oímos frases como “¿Qué tal vas con el informe anual corporativo?”, nuestra respuesta mental es Killing me softly. Si no se nos despiertan las ganas, la acción es el resultado de pura disciplina y esfuerzo.
  6. Decisiones impulsivas. Cuando nuestras decisiones son poco consistentes no se sustentan en el tiempo porque son fruto de arranques irracionales y atolondrados. Welcome procrastinación.

Yo, con este blog, no me he salvado de ninguna. Para qué mentir.

¿Procrastinación o inspiración?

Si en este post no te diera algunas soluciones para evitar la procrastinación sería una mala persona. Pero antes déjame plantearte un dilema: ¿en qué momento la preparación para un proyecto deja de servir para inspirarse y se convierte en un puro ejercicio de postergación? ¿no me pongo manos a la obra porque estoy reflexionando? ¿o, la verdad, porque tengo una pereza inmensa?

Cuando tenemos tiempo suficiente para cumplir un trabajo, los primeros atisbos de procrastinación no son preocupantes: todavía tenemos margen para que en cualquier momento aparezca la creatividad como un huracán.

Pero si la musa tarda en llegar, entonces sí llegan las prisas, la confusión y la falta de confianza en nosotros mismos. ¿Quién no ha rendido un examen en estas circunstancias alguna vez? Y luego ocurre que no fluyes, que los resultados son pésimos y, muchas veces, que terminas por ni siquiera presentarte a la prueba.

Así que para que no me pillen por sorpresa los deadlines o fechas límite, mi solución ultra high recommendation es la planificación. En este post te contaba cómo hacerlo (hay dos plantillas por si quieres ponerlo en práctica). ¡Para mí fue todo un descubrimiento! Cuando no me organizo bien, trabajo desordenada, desenfocada y durante miles de horas. Y lo peor, no hay rastro del disfrute.

Tres claves para surfear la procrastinación

Para ir al fondo de la cuestión lo mejor es atender las causas internas que provocan la procrastinación.

Y mientras lo haces, hay varios recursos para ir dándole esquinazo. Por ejemplo. Concentrarse los cinco primeros minutos de cada tarea (que son los peores), apuntar en un lugar visible los objetivos del día o dividir una tarea grande en muchas pequeñas, para hacerla asequible. También puedes estimularte con una canción favorita para empezar, o pensar en lo feliz que estarás cuando hayas logrado tu meta. Los truquillos para despistar a nuestro vago interno son muchos y variados.

Aunque las principales corrientes se pueden agrupar en tres:

  • Negociación. Pacta contigo mismo los momentos dedicados al trabajo y al placer. Es un sistema de recompensa que te permite ver una serie después de repasar la contabilidad.
  • Organización. Reprograma las tareas de una manera realista, clasificándolas y definiéndolas para que sean más fáciles de abordar.

A mí me sirve dejar todo preparado el día anterior: a la mañana siguiente no me doy tiempo ni a pensar. Desconecto todo y, durante dos horas, clavo mis dedos en el teclado. Me limito a ejecutar lo que ya antes había decidido con calma.

  • Herramientas externas. Echa mano de los recursos externos para evitar la distracción o la tentación. ¿Quieres dejar de comer chocolate? No compres más. ¿Quieres que Internet no te robe más tiempo? Apaga tu router.

La sociedad tiene un doble juego: es la potenciadora de estas tentaciones y, a la vez, nos ofrece herramientas para salvarlas. Ya habrás oído hablar de las aplicaciones que nos separan de las redes sociales (yo uso Stay Focused para limitarme con el Facebook). Son barreras sutiles pero exitosas porque todos –al margen de la inteligencia o nivel cultural- somos vulnerables a Internet. Y a la procrastinación.

* ¿Me compartes ahora o lo dejamos para más tarde? 😜 😂

28 junio, 2018 0 comment
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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

14 junio, 2018 0 comment
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“El dinero es malo”

—Papá, ¿tú qué piensas de las personas que tienen dinero? — pregunto al teléfono. Y él contesta rapidísimo:

—Pues que han trabajado toda su vida como negros o que son unos ladrones.

Hasta los diez años nuestro cerebro es una esponja: una habitación abierta sin vigilancia en la entrada, que deja pasar a todo el que quiera. No cuestiona, no tiene filtro.  

Tras la primera década de vida, empezamos a desarrollar una especie de autoprotección. Un timbre por aquí, una rejita por allá, unos horarios y un cartel que dice “se reserva el derecho de admisión”. Pero para entonces, las ideas que se colaron en nuestra infancia, para bien y para mal, ya encontraron su rincón favorito y se apoltronaron como si el espacio fuera suyo. Como si ellas fueran el espacio. Y nosotros, claro, también nos confundimos: pensamos que esas ideas, por estar allí desde muy temprano, forman parte de la realidad indiscutible. Y que nada en el mundo es capaz de derribar tamaña verdad.

Si papá y mamá dicen que el dinero es malo, que es difícil de conseguir, que siempre genera conflictos, ¿quién soy yo para llevarles la contraria?

Si papá y mamá dicen que los que tienen dinero son unos ladrones o engañan a las personas, ¿cuántas estrategias generaré en mi vida para evitar tener dinero? (¿hay alguien sobre la faz de la tierra que quiera ver torcer el gesto del progenitor cuando oye su nombre?).

Cuando caí en la cuenta del mecanismo, tuve un poco de trabajo para desenredar el entuerto. Escúchame: si tu madre es de familia bien y tu padre de origen humilde, ¡explícame qué clase de líos mentales se pueden colar en tu subconsciente!

Cloaca interior

“Papel y lápiz. Rápido”, me dije. Y empecé a escribir mis creencias sobre el dinero en la página 177 del libro El camino del artista, de Julia Cameron (qué librazo, por cierto).

  • La gente con dinero es________________________
  • Yo tendría más dinero si______________________
  • Mi padre pensaba que el dinero era_____________
  • Me temo que si tuviera dinero_________________
  • En mi familia el dinero provocaba____________
  • El dinero es_________________
  • El dinero causa_______________
  • Cuando tengo dinero suelo____________
  • Tener dinero no es_____________

Buf. Cuando acabé de escribir tenía la misma cara que cuando te salpican agua fría en plena sesión playera. ¿En serio todo eso estaba dentro de mí? “Los que tienen dinero son injustos, son tacaños, son pijos y tontos, y además promueven la desigualdad en el mundo”. ¿De verdad pretendía tener una vida abundante con esa cloaca interior?

A mí cuando me miran mal en algún sitio, cojo la puerta y me largo. Y al dinero parece que le pasa igual. Quizás no había sido consciente de ello, pero yo rechazaba la abundancia con todas las de la ley.

Y en mi vida, por ese camino, estaba destinada a ser la eterna cenicienta.

No es el dinero. Eres tú.

En plena desinfección interior, me acordé de lo que el coach Juan Naranjo me había dicho hacía mucho tiempo: “El dinero no es bueno ni malo, es neutro. Lo único que hace es potenciar tu interior”. Cargamos sobre él una larga lista de creencias que, en la mayoría de los casos, nos impide conseguir la tranquilidad económica.

Si tiramos del hilo –atención que viene curva- detrás de la carencia se camufla una falta de definición sobre qué es lo que queremos hacer con nuestra vida. Y la parte económica nos sirve de excusa para no dar con ese punto de partida, que es fundamental para la plenitud personal y, en consecuencia, económica. Duro, ¿eh?

Antes de definir el proyecto Y si de repente, mis temores puestos en fila daban tres vueltas al globo. Miedo al ridículo, miedo a fracasar, miedo a la competencia, miedo a las críticas. “Es que no tengo dinero para empezar”, decía. Y esa era mi trinchera estrella.

Tenemos un montón de justificaciones para no arrancar (aquí ya habíamos hablado de nuestras excusas top ten, ¿te acuerdas?). El otro día, sin ir más lejos, se me apareció en la calle una de ellas:

La cosa fue así:

Me encuentro con una amiga. Quiere organizar una exposición con la obra de varios artistas y venía, ella, de hablar con la directora de la sala.

—¡Qué bien!— le digo —¿Y qué tal pagan?

—No sé, no lo he preguntado— me contesta bajando la mirada —Yo esto lo hago por amor al arte, no por la pasta.

Y entonces sentí que tres cientos capilares me reventaban de golpe.

La costra ideológica financiera

Y no me enervo por falta de empatía (yo también he estado allí) ni por el espejismo de la superioridad (¡válgame dios! todos nadamos en la misma agua fría). Me altero, más bien, por rebeldía: me solivianto contra esa costra ideológica que heredamos, o que nos creamos nosotros mismos, y que no nos deja respirar. Es una soga al cuello invisible a la que, sin querer, le sacamos brillo cada día. “Ser pobre tiene su rollo auténtico”, “solo unos pocos pueden vivir bien”, “la pobreza tiene su lado noble”.

(Y mientras escribo esto me irrito otra vez. Siento la fuerza de la rabia y su calor).

La buena noticia es que la costra maldita tiene su talón de Aquiles. Los pensamientos falsos que sostienen nuestra opinión sobre el dinero, pueden desmontarse cuando los miras a la cara con honestidad. Lápiz, papel y valentía. Y el paso siguiente es encontrar los recursos para neutralizar el poder de esas ideas. Un libro, un vídeo de Internet, alguien que rompe el estereotipo, que pulveriza el cliché.

(Para desmontar mi patrón financiero durante una semana me fui a dormir con un audiolibro, Los secretos de la mente millonaria, medio en serio, medio en broma. Y flipé. Flipé también cada tarde que Juan Naranjo –la gota en la piedra- se dedicaba a desmontar mis creencias hostiles contra el dinero. Y flipé sobre todo cuando busqué, y encontré, a personas con la economía resuelta y que a la vez eran potentes, generosas y luchaban por un mundo mejor).

Si me preguntas ¿y para tener dinero, qué? Visto desde fuera, la fórmula es la de casi siempre: Honestidad para mirar hacia adentro y localizar los bloqueos; planificación para ordenar y proyectar el paso siguiente; y luego, ah, el vuelo. Visto desde dentro, constancia, confianza y, sobre todo, mucha paciencia para despedir a esas ideas que desde tan pronto formaron parte de ti.

7 junio, 2018 0 comment
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La gestión del tiempo: ¿qué vida quiero?

Mi primer día de clase de clown sentí terror. Ríete tú del dentista, de los libros de Edgar Allan Poe, o de descubrir por encima del hombro que el maestro ha descubierto tu chuleta y viene directo a pillarte in fraganti.

Mucho miedo. De mostrarte a los otros sin poder echar mano de los recursos que planea tu mente. Un chistecito, una idea brillante, una caída de parpados. Algo que afloje la inseguridad. (El clown es implacable con todos esos juegos de luces: sencillamente porque, si algo no es auténtico y espontáneo, el resultado cae en picado. Si tus pensamientos no te sueltan en el escenario, te conviertes en un adulto incómodo pegado a una nariz roja. Y poco más. Vamos, como en la vida real, pero mucho más evidente).

Entonces, ¿cómo poder soltar el control sin que te tiemblen las piernas? Para mí se está convirtiendo en una cuestión de entrenamiento: las clases de clown me están sacando músculo. 💪

Pero ojo que el training del clown va mucho más allá. La semana pasada descubrí cosas que me hicieron reflexionar sobre el tiempo. Madre mía cómo lloré.

Vivir a contrapelo

La consigna se lanzó hace semanas: el martes, teníamos que presentar una propuesta en clase de clown. Ya sabes, pensar una escena, un personaje, algo que contar y lanzarte al vacío. El público y tú.

A mí esa semana me coincidieron un montón de cosas: varias entrevistas increíbles por hacer, el cumpleaños de mi novio, la preparación de obras en casa, mi hermano y un reto admirable, la exposición de una amiga, escribir el prólogo de un libro… ¡Tantas cosas apetecibles por hacer y tan poco tiempo!

Y te digo que cuando el tiempo se te traba, que cuando patinas con la gestión de tus horas, no importa demasiado si amas lo que haces o no. Es la misma cárcel, la ansiedad, la sensación de no llegar (pero con final feliz). Un bocado agridulce que te deja despistado. “¿Qué está pasando aquí?”.

“No llego a pensar mi número de clown, no tengo regalo para mi novio, no me da la vida para esos dos libros geniales, no estoy aprovechando el sol, no estoy ayudando a mi hermano, no he hecho el guión para ese vídeo tan guay, no sé cuándo ir a la peluquería, no puedo concentrarme para escribir, no llamé a mis padres, no tengo tiempo para meditar…”. Mierda. Las prisas pincharon el globo de mi mundo feliz.

Por eso, la gestión del tiempo otra vez. ¿Volvemos?

Pero antes de la reflexión llegó el llanto. En los ejercicios de calentamiento en clase de clown me desahogué de la rabia infinita por tropezar tantas veces con la misma piedra. ¿Y si de repente un acto de magia hiciera que los cambios se acomodaran automáticamente?

Antes de charlar con Juan -el coach Juan Naranjo- sobre la gestión del tiempo, pensé en cómo nos boicoteamos de maneras muy creativas para no darnos la vida que merecemos. En que debemos aceptar que a veces ocurren imprevistos que no se pueden prever ni controlar. Y sobre todo, esto: que la felicidad, digámoslo así, también necesita un orden.

Organizarse la vida: 4 preguntas, 4 errores, 1 reflexión

De la larga conversación con Juan salió este vídeo de ocho minutos sobre cómo gestionar nuestro tiempo.

Aquí te dejo escritas algunas ideas interesantes que surgieron.

Las preguntas.
  • ¿Dejas agujeros libres en tu agenda o atiborras todas las horas con un montón de actividades?
  • ¿Con cuánta antelación planificas tu tiempo? ¿de hoy para mañana? ¿un mes vista?
  • ¿Qué pasa cuando tienes un imprevisto? ¿cómo gestionas eso que no está contemplado en tu agenda?
  • ¿Empiezas con mucha fuerza tus proyectos y luego vas perdiendo fuerza?
Algunos de nuestros errores.
  • Planificamos nuestra agenda a corto plazo.
  • No priorizamos: nos lanzamos a resolverlo todo por igual.
  • Nuestras previsiones no son realistas.
  • No contemplamos espacios para recargar energías (y volver a la carga más productivos).
La reflexión.

Lo que apuntamos en nuestra agenda debería ser el resultado de lo que nos apetece hacer (con nuestra vida). No de lo que tenemos que hacer por obligación, compromiso o culpa. Al planificar nuestro tiempo estamos diseñando cómo queremos que sea nuestra vida.

Parecía más inocente el acto de tomar el bolígrafo y escribir, ¿verdad?

Dos menciones especiales:

  1. A mi profe de clown, Oh Félix, porque su mezcla de chispa, profundidad y ternura hace que no me pueda despegar de mi nueva nariz. ¡Gracias Félix por tu talento y tu amor, y por la alegría de cada martes!
  2. A las chicas del Bed&Breakfast Ca la Maria. A Lili, que nos atiende siempre con tanta paciencia y cariño cada vez que invadimos el bed&breakfast con Juan para grabar nuestras charlas . ¡Mil gracias por compartir vuestro espacio con nosotros!
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25 mayo, 2018 4 comments
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De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

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19 mayo, 2018 2 comments
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