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Vivir de lo que amas

Borja Vilaseca | “La gran inversión del siglo XXI es invertir en uno mismo”
¿Cuáles son las tres inteligencias clave para desarrollarnos plenamente?

 

La educación como salvavidas y como trampolín

Dice Borja Vilaseca que tenemos mentalidad de empleados en un mundo (laboral) que ya no funciona como antes. Estamos desfasados. Pero hay buenas noticias: hasta que el sistema educativo se ponga al día, podemos adaptarnos a la realidad aplicándonos en dos sentidos: ser autodidactas y sacar ventaja de los recursos que ofrece Internet. Borja es taxativo: “Ahora el que es ignorante es porque quiere”.

¿De qué conocimientos carecemos, que son claves para desarrollar todo nuestro potencial?

  • Educación emocional.
  • Espiritualidad.
  • Emprendimiento.
  • Finanzas.

Dice, además, que existen tres inteligencias básicas que debemos atender.

***

El escritor en cuatro décadas

Hoy Borja Vilaseca es escritor, filósofo, conferenciante, profesor y emprendedor.

Hace 30 años era un niño de siete años travieso e hiperactivo.

Hace 20, un gamberro que tapaba su angustia interior con alcohol y otras drogas.

Hace 10, estaba a un paso de crear uno de los másters más exitosos de la Universitat de Barcelona, el Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo (que ahora, en su 29 edición, dirige desde su propio centro).

Hoy, en 2018, y después de una decena de libros, cientos de conferencias y varios proyectos, dice en su web: “En el momento de escribir estas líneas, a mis 37 años, estoy comprometido con impulsar mi verdadero proyecto vital: fundar una escuela consciente y revolucionaria”.

***

La entrevista

De cerca, Borja Vilaseca es como en sus vídeos. O más. Gesticula, abre mucho los ojos, se ríe, provoca. Enciende. Y a los diez minutos de conversación, ocurre algo irreversible: te alcanza su ola expansiva y entusiasta, y fuera de su voz no existe el mundo.

Borja Vilaseca

Yo he sido muy ignorante, pero ahora estoy dejando de serlo. Ojo, ignorante no es falta de inteligencia, es falta de conocimiento, en mi caso de auto-conocimiento. A mí nadie me enseñó educación emocional: para qué estaba aquí y todas esas cuestiones esenciales para aprender a ser feliz y encontrar el sentido de tu vida. Sumido en mi ignorancia, desde muy jovencito entré en una profunda crisis existencial, un gran vacío, mucho sufrimiento, y, claro, adopté una actitud victimista, reactiva, siempre culpando a alguien o algo, hasta que al final toqué fondo, con 19 años.

¿Qué te pasó?

Encadené experiencias muy duras (imagínate: gamberradas, botellón, sexo, enfermedad, palizas…). Y ya no pude más de sufrir. Con 19 años decidí emprender una búsqueda y empecé a escribir todo el proceso emocional que estaba atravesando. Fue una especie de catarsis. En seguida me di cuenta de lo bien que me hacía la reflexión y la introspección. Además, descubrí mi gran pasión: ser escritor.

Y desde entonces hasta aquí.

A los 19 años rompí con todo. Dejé a los amigos, viajé, estudié periodismo y leí mucho a los filósofos. Iba para pedante. Y, la verdad, mucho Nietzche pero yo seguía sufriendo. Y a los 24 años tuve otro punto de inflexión: descubrí el Eneagrama, hice un curso de crecimiento personal en Madrid, y entendí que miraba en la dirección equivocada: hacia fuera en vez de hacia adentro. Entonces dejé a leer a los filósofos y empecé a leer a los sabios. Dalai Lama, Lao Tse, Sócrates, Buda… Poco a poco fue desapareciendo el miedo y la ira, y fue aumentando la confianza y la serenidad. Así se sana la autoestima y puedes descubrir quién eres y para qué estás aquí.

La incomodidad te impulsó a cambiar, pero hay personas que viven su infelicidad de una manera más modesta, menos explosiva que tú.

Esas personas están en la zona de comodidad. Te dirán, seguramente, “no, pero si yo soy feliz”. Está bien, definamos felicidad. Para mí la felicidad no tiene que ver con ninguna causa externa, con un estímulo que venga de fuera, con ningún parche. La felicidad es más bien un aspecto interior, un bienestar que nos viene de serie y que proviene de la conexión con nuestra verdadera esencia. Insisto: a mí nada ni nadie me puede hacer feliz. Tú quítale a esta sociedad las farmacias, el tranquimazín, el fútbol, la religión, la televisión, las drogas, y desnuda al ser humano. Entonces cuéntame qué tal te va con tu felicidad. Lo que pasa es que las personas estamos enajenadas y esta sociedad proporciona anestesia las 24h del día. Y con las redes sociales, con la virtualización de la vida, todavía más.

¿Y entonces?

No podemos dar sed, sólo podemos dar agua. Y el agua solo sirve cuando hay sed. Lo que he comprobado es que las personas que no están muy mal tienen mucho miedo de iniciar un proceso de transformación, porque eso supondrá también cambios externos. “Tengo miedo a perder lo que tanto me ha costado conseguir”, aunque eso sea un imperio de mierda. Una pareja infeliz, un trabajo vacío… Tenemos miedo a la pérdida y a que el futuro sea peor de lo que tenemos ahora. Por eso el cambio es un acto de fe.

Muchas personas se están dando cuenta de que llevan años negándose a sí mismos. Reprimiéndose a sí mismos.

Abrirse a lo nuevo pese a la incertidumbre.

Sí. Y cuando una persona llega a un nivel de saturación de sufrimiento, cuando el dolor es mayor que el miedo al cambio, entonces hay una apertura. Se abre a lo nuevo porque no le importa perder lo que tiene ahora, que ya no valora tanto. Entonces se vuelve humilde, honesto y valiente y empieza a mirar hacia su interior. Cuestiona, suelta el victimismo, la culpa, y toma las riendas de su vida.

A mí el sufrimiento me llegó muy jovencito y por eso soy un gran afortunado. Porque yo iba para abogado, como mi padre, como mi abuelo. Y ahora estaría con contraje y corbata, puteado, marginando al filósofo que llevo dentro y, seguramente con una crisis de los 40 monumental. Hoy en día muchas personas se están dando cuenta de que, por el tipo de sociedad en el que vivimos, por las presiones y los miedos o por la falta de educación, llevan muchos años negándose a sí mismos. Se han reprimido a sí mismos.

Borja Vilaseca y los tres recursos clave

Nos han vendido un montón de creencias y mitos. La paternidad, por ejemplo: “Es algo maravilloso, ¿cuándo te animas?”. Y nadie te explica el berenjenal que implica ser padre y cómo te cambia la vida. También hay muchos estereotipos sobre lo financiero. “El dinero es malo”, “el dinero corrompe”, “es la raíz de todos los males”. Un montón de tonterías. Lo que pasa es que a los intermediarios de la industria, como el estado, las grandes empresas y los bancos, no les interesa que las personas como tú y como yo seamos conscientes, autosuficientes, responsables, que podamos valernos por nosotros mismos. No. Interesa que seamos esclavos, dóciles, ignorantes, sumisos para poder seguir manejando el cotarro.

¿Falta educación?

Sí. Yo creo que es necesario desarrollar tres grandes inteligencias para que un ser humano pueda adaptarse, prosperar y dejar de ser un esclavo: la inteligencia espiritual, la financiera y la tecnológica.

Empecemos por la inteligencia espiritual.

Nos desvela quiénes somos verdaderamente y para qué estamos aquí. Descubrir esto es complicado porque hemos tenido todo el condicionamiento del sistema, que nos ha castrado la autoestima, mutilado la confianza y aniquilado la creatividad. Es decir, nos ha educado para obedecer y para no pensar. La mayoría de la gente tiene un miedo atroz al cambio, miedo a la libertad, a la responsabilidad. La buena noticia es que cuando vislumbras la respuesta ya empiezas a ir en línea recta.

Hablemos de la inteligencia financiera.

La inteligencia financiera nos ayuda a resolver por nosotros mismos nuestros propios problemas laborales y económicos. ¡Cerca del 65% de la sociedad está en deuda y el dinero les quita el sueño! Y la tercera es la inteligencia tecnológica. Queramos o no, el mundo es virtual, robótico, automatizado. Estamos pasando de la era industrial a la era del conocimiento. Hay nuevas reglas del juego, nuevas directrices para que tú y yo podamos prosperar. En la era del conocimiento la principal fuente de riqueza es tu talento, tu creatividad y tu inteligencia. Todo lo demás se puede imitar, se puede copiar. Si tu trabajo lo puede hacer un ordenador, o lo puede hacer alguien de forma más barata que tú, lo acabará haciendo.

¿Dónde podemos encontrar ese conocimiento?

La palabra mágica se llama Internet. Hoy en día, en la era del conocimiento, si eres ignorante es porque quieres. La información es libre, es abundante y muchas veces es gratuita. Está claro que la gran inversión en el siglo XXI es invertir en ti mismo.

Un nuevo paradigma, una nueva mentalidad

¿Esta inversión en nosotros mismos implica que seremos capaces de sostenernos económicamente?  

Bueno, no estamos hablando de un empleo tradicional: en el futuro muchas personas están forzadas a crear su propia profesión. Tenemos una ayuda porque las tecnologías contribuyen a que nuestra creatividad encuentre nuevos cauces para llegar a más personas. Me refiero a todo el conocimiento que se empieza a vender y a consumir por Internet.

A los chavales de entre 15 y 25 años se les llama “la generación perdida” porque han sido educados bajo una perspectiva industrial y no tienen herramientas para enfrentar un mundo que ya no existe. Tienen mentalidad de empleados. Creen que el estado, las empresas, los bancos se deben hacer cargo. “Yo soy la demanda y a ver qué ofertas hay para mí en el mercado. Si tengo una licenciatura y un master tendré un trabajo seguro y estable para toda la vida”. Todo eso se ha derrumbado. Y ahora mismo, para mí, la única salida razonable y sensata es ser autodidacta, porque todavía falta mucho para que el sistema educativo (las escuelas, la universidad…) se reinvente.

Éste es un movimiento de ciudadanos libres, responsables, inquietos, que sienten necesidad de cambio, que ya no se quejan ni salen a protestar con la pancarta, porque ya es igual quién gane les próximas elecciones. Es la hora del cambio individual, la revolución de la conciencia. Nos hemos dado cuenta de que nos falta inspiración y recursos, no para seguir a otros, sino para seguirnos a nosotros mismos. Estamos en un punto de impasse y cada vez hay más personas caminando hacia un cambio de paradigma, hacia otra mentalidad.

5 diciembre, 2018 0 comment
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Ser blogger: mi máxima incomodidad

Llevaba seis meses de blogger cuando noté algo raro. ¿Voy bien? Me pregunté. Sí. Escribo posts para el blog, alimento el facebook, doy charlas. ¿Y entonces?

No sé. Hay algo.

¿Te gusta lo que haces? Sí.

¿Te gusta los temas que tratas? Sí.

¿Te gusta el formato? Sí.

Pero el runrún seguía, machacón y sutil, escupiendo desazón desde el fondo del inconsciente.

Hay algo, lo sé.

Y mi parte geminiana se empezó a desesperar. Digo geminiano porque un día me explicaron que los que tenemos a este signo en nuestra carta natal (a mí me tocó en la luna), nos volvemos locos cuando no sabemos de qué se trata el problema, qué es lo que no funciona, cuál es el origen del malestar. Necesitamos entender el mecanismo del conflicto para estar más tranquilos, aunque luego el nudo siga estando allí.  

Me contaron, además, una situación típicamente geminiana (una exageración, lo sé). Una avería desestabiliza un avión, que enseguida empieza su caída libre. Todos los pasajeros entran en pánico hasta que el piloto informa: “Uno de los motores está inoperativo y el otro se ha incendiado. Estamos en medio del océano y aproximadamente en ocho minutos impactaremos contra el agua”. Entonces el geminiano respira aliviado. En su esquema mental ya sabe qué es lo que ocurre.

Pero a mí, en cambio, el desentuerto me llegó varias semanas después, justo cuando empezaba a sentir las consecuencias. Cierta apatía, muy poca energía en general.

—No sé qué es —le dije a Samuel, mi pareja—. Pero no me gusta.

Y esas fueron las palabras mágicas que abrieron un torrente de explicaciones.

 

Mundo blogger: Adaptarse ¿o morir?

Ya sabéis que yo empecé a ejercer el periodismo cuando no existía Internet. Muchas veces (aquí viene la ternura y el shock) nos documentábamos en las bibliotecas a través de libros de verdad. Ay. Con esto quiero decir que pasé del paleolítico a la edad moderna de la comunicación en poco tiempo, sin grandes dificultades y con bastantes alegrías. ¡Ah, Internet!

Luego llegaron las redes sociales y el tiempo de community manager. Yo seguía aprendiendo, resolviendo cada dilema paso a paso: ¿cómo hay que expresarse en Facebook?, ¿cómo manejar al interlocutor?, ¿qué es lo que hace que tenga éxito un perfil? Esas cosas.

Y más tarde llegó la independencia laboral en mi vida y, con ella, la necesidad de expulsar a mis bichos internos para poder adentrarme en el mundo de las ventas. Yo que siempre había detestado a los comerciales (perdón, chicos, no era yo, eran mis creencias), me tuve que hacer un lavado interno para sentirme limpia y digna a la hora de ofrecer mis servicios a cambio de dinero.

La adaptación, hasta allí, bien.

Pero siempre hay más. Y después de seis meses de blogger en Y SI DE REPENTE, me di cuenta de que la inquietud venía por otro lados. La espinita podía resumirse así:

¿Hasta dónde tenemos que adaptarnos a las necesidades del marketing?

  • Si yo estoy en las antípodas de Twitter y me desparramo en palabras con cada idea, ¿debo reducir mis textos porque “la gente ahora lee menos”?
  • Si tengo el título perfecto de un post, ¿debo cambiarlo por otro con una palabra clave suculenta que me posicione mejor en los buscadores y me lleve a la gloria?
  • Si la clave está en conseguir suscriptores, ¿tengo que decirte “ey, suscríbete” a cada párrafo?

Y por fin di con el nombre y el apellido de mi incomodidad: temía renunciar a mi voz por las exigencias del negocio.

—No hay otra salida. Tienes que ser auténtica­— me dijo Samuel sonriendo (creo que siempre sonríe en estos momentos cumbre. Y yo se lo agradezco con las palmas muy juntas).

La palabra “auténtica” resonó entre mis orejas. Y entonces sentí un latigazo en el pecho: era el miedo de fracasar siendo yo misma. Y al segundo, no sé por qué, vino a mi mente Björk (me imaginé a su manager intentando amaestrar su power; “¿No ha pensado, señorita, introducir unos acordes de guitarra española, que ahora se llevan mucho?”). Vi a Camilo José Cela al pie de su máquina de escribir poniendo un solo punto en la novela (para desesperación de su editor), a Agassi vistiendo con pantalones fosforito en una pista de tenis horrorizada con el sacrilegio de color.

Ahora respiro. “No pierdas tu esencia”, me digo, mientras cuento los likes.

Hace poco hice una entrevista (a la coach y artista Miriam Subirana) que acabó así: “Tú eres una barca que circula en el río de la vida”, me dijo. “Encuentra tu propio cauce, que será el que te lleve al mar. Y ten precaución: fluye navegando sobre el agua pero no dejes que el agua entre en tu barca, porque entonces te hundirás”.

Sonrío yo también mientras observo mi actividad mental como si fuera una pantalla de cine. No dejes que el agua entre adentro, Ana Claudia, que las fórmulas no se apropien de ti, que las tendencias no te arrastren y que puedas reconocerte siempre. En las buena y en las malas.

Sé que el trabajo no ha hecho más que empezar y que es sutil (¿cuál es el límite entre adaptarse al medio y morir fagocitado por las tendencias?), pero también sé que esta noche por fin dormiré tranquila. Mi luna geminiana ya sabe.

 

¿Y tú qué opinas? ¿Adaptarse o morir?

🔔 Hace seis meses me propuse el reto de vivir de mi pasión, que es vivir retos en primera persona y contarte todo lo que voy descubriendo en el recorrido.
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16 noviembre, 2018 0 comment
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El cerebro: unas cuantas verdades sobre cómo hacerlo más eficiente

Entrevista a la neurocientífica Raquel Marín

 

  • ¿Qué es lo que más entorpece nuestro funcionamiento cerebral?
  • ¿Cómo puedo ser más eficiente?
  • ¿Qué características tendrán en el futuro “los más inteligentes”?
  • ¿Cómo evitar el estrés mental en momentos de cambio?

El cerebro, qué misterio.

Para saber cómo mejorar nuestro rendimiento, entrevisté a la súper experta en temas cerebrales Raquel Marín (es neurocientífica, catedrática en la Universidad de La Laguna y doctora en Biomedicina) y me llevé un montón de sorpresas.

la experta en el funcionamiento del cerebro Raquel Marín

Raquel Marín, neurocientífica y divulgadora. Su blog: www.raquelmarin.net

Lo primero que me desencajó fue comprobar que Marín es una mujer risueña y muy cercana. Dime básica, pero detrás de una científica de su tamaño (Premio a la Mujer Investigadora de Biomedicina en la Universidad de Laval, en Quebec; Medalla Europea al Trabajo de Economía y Competitividad; y Medalla de Honor del Instituto de Ciencias Forenses de Barcelona, entre otros) pensé encontrar a un ser circunspecto y con la piel pálida tras horas encerrada en un laboratorio. Y no. Nada que ver.

Lo segundo que me impactó fueron sus respuestas inesperadas y los datos raros que me dio.

 

Mujeres: a dormir

¿Sabíais que las mujeres debemos dormir media hora más? Es por el multitasking al que somos propensas por razones históricas. Ya sabes: atender al niño en la cueva, mantener el fuego, vigilar la llegada de alguna bestia. Allí estábamos nosotras ocupándonos de varias cosas a la vez. Por eso, si queremos reparar nuestra sesera, a nuestro cerebro femenino del siglo XXI todavía le hacen falta 30 minutos de plus.

Dice Marín que el desarrollo de la tecnología es lo que permite que podamos acercarnos ahora al conocimiento de este órgano, que durante tanto tiempo fue un enigma. Hoy se sabe, por ejemplo, que si pusiéramos en fila india nuestras neuronas cubrirían una distancia de mil kilómetros, que es como ir de Sevilla a San Sebastián. La locura es que ya podemos visualizar a tiempo real el comportamiento veloz de esos mil kilómetros de neuronas. ¡A tiempo real!

 

Cerebro bien alimentado, cerebro feliz

Cuando recibí el último libro de Marín, Dale vida a tu cerebro: la guía definitiva de neuroalimentos y hábitos saludables para un cerebro feliz, ojeé primero el índice, como siempre. Y allí encontré títulos tan sugerentes como:

  • ¿El cerebro sigue creciendo en la etapa adulta? [En los años sesenta el mundo nos dio muchas alegrías. Entre ellas, los neurocientíficos Altman y Das avisaron de su descubrimiento: el cerebro adulto puede seguir generando nuevas neuronas. Los cambios más significativos en este órgano, eso sí, se dan en la adolescencia].

libro dale vida a tu cerebro

 

  • ¿El alcohol mata las neuronas? [¡Ah, qué pregunta! Resulta que depende de la dosis: si nos pasamos, el alcohol arrasa con todo, pero es posible también encontrar la cantidad justa para que una bebida alcohólica ayude a nuestro cerebro a desarrollar mejores conexiones neuronales. ¿La mala noticia? Todavía no hay consenso sobre cuál es la dosis indicada. ¿Una copa de vino diaria? ¿Dos? Depende de muchos factores, entre ellos el peso o el género (las mujeres, dice Marín, metabolizamos peor el alcohol). Y ojo con el aviso: “el alcohol como quitapenas es un neuromito”].
  • ¿Te falla la memoria? Te has olvidado de comer bien. [Para tener un buen rendimiento, cada semana nuestra dieta cerebral debería incluir: 28% de pescado; 25% de verduras; 10% de legumbres; 9% de frutas; 8% de granos y semillas; frutos secos, pan y cereales, carnes blancas y huevos, cada uno en un 5%; lácteos y derivados, un 4%; y un 0,6% de carnes rojas. Atención al omega 3 y al omega 6, dos ácidos grasos fundamentales y que nuestro cerebro es incapaz de producir eficazmente].

 

La alimentación es sin duda uno de los pilares de este libro. Y si en este post Núria Roura nos contaba qué comer para combatir el estrés, en este caso la neurocientífica nos indica qué llevar a nuestro plato para que nuestro rendimiento cerebral no decaiga. Marín explica, por ejemplo, los beneficios del ayuno, la relación entre un intestino saludable y un cerebro eficaz, y el paso a paso de varias recetas para conseguir una mente-flecha.

 

 ¿Debemos ceder a la voracidad de nuestro cerebro?

Pero volvamos a las preguntas iniciales, que la neurocientífica responde en este vídeo. Aquí descubrirás además si el cerebro puede cambiar totalmente, qué le pasa a este órgano en momentos de cambio, y si es recomendable ceder siempre a su voracidad de estímulos.

En corto, estas fueron sus respuestas:

  • ¿Qué es lo que más entorpece nuestro funcionamiento cerebral? El aislamiento, la melancolía y la depresión.
  • ¿Cómo puedo ser más eficiente? Si piensas que ya eres más eficiente, automáticamente lo serás. Tu cerebro se sugestiona rápido.
  • ¿Cómo evitar el estrés en momentos de cambio? No quieras evitarlo. Simplemente asume que vas a tener momentos de estrés y ríete de él.
  • ¿Qué características tendrán en el futuro “los más inteligentes”? 1. Serán los que tengan más capacidad de foco (y de eliminar el ruido exterior). 2. Y más capacidad en tareas que no puedan remplazarse con tecnología: empatía, intuición, sentido del humor, etc.

¿Estamos preparados para el futuro? Para mantener en forma a nuestro cerebro (a pesar de los años), Marín aconseja no descuidar la alimentación ni estos ocho ámbitos más: el ejercicio físico, dormir bien, tener relaciones sociales afectivas, estar en contacto con la naturaleza, el sexo, la alegría, los retos, la postura corporal.

Tú, ¿cómo vas cerebralmente? 😉

 

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31 octubre, 2018 2 comments
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Los amigos sirven (también) para reinventarse

¿Qué pasos dar para reinventarse? Yo a veces me fijo en la gente famosa. Cuando los miro, me da curiosidad. ¿Cómo lo hiciste?, me pregunto, ¿qué es lo que te hizo llegar hasta allí? Me pasó también con Casey Fenton, el creador de la comunidad virtual de Couchsurfing: al escucharlo en una conferencia este verano, me impactó la fórmula de éxito que proponía. No esperaba que este emprendedor estadounidense y joven (40) pusiese el acento justamente allí. En los amigos.

[¿Habías oído hablar de Couchsurfing? Es una web donde puedes contactar gratis con miles de personas en todo el mundo, y que están dispuestas a dejarte el sofá de su casa, o una cama, mientras viajas. El proyecto nació en 2003, después de un viaje que hizo Fenton a Islandia y que le salió redondo: como quería evitar el circuito clásico de hoteles y albergues, decidió probar algo diferente. Entró a varios foros y recopiló mil quinientos emails de estudiantes islandeses. Les escribió a todos pidiéndoles hospedaje. Y ¿cuántos le contestaron? Un montón. Éxito total. Tres años más tarde nació Couchsurfing.]

Pero volvamos a los amigos como el mejor atajo para reinventarse. Volvamos a Fenton. Pude verlo el mes de julio pasado, en el Freedom X Festival, un encuentro en las montañas catalanas dedicado a free-lancers, emprendedores y nómadas digitales. Yo fui allí para dar una charla sobre gestión del tiempo, pero me apunté en rojo el día y la hora de su conferencia –el norteamericano era uno de los top five del festival-. Llegué muy puntual y me senté en primera fila.

Y lo que me sorprendió de este hombre con cara de bueno, más bajito de lo que creía y con el color morado inundando su imagen, es que no habló en ningún momento de técnicas empresariales ideales. Ni rastro de métodos infalibles para ser más productivo, ni de secretos financieros para subir como la espuma en el horizonte emprendedor. Fenton, en esa carpa rodeada de verde pirineico, se hizo una sola pregunta.

“¿Cómo hackear tu identidad?”

Créetelo

Es decir. De todos los caminos posibles para llegar al éxito, de todas las estrategias para conseguir lo que deseas, Fenton eligió una: “cámbiate a ti mismo”. En la ponencia quedó muy claro: El reto consiste en centrarse en el interior.

“Para conseguir tus objetivos debes hackearte a ti mismo, desarrollar nuevas aptitudes y transformar tus pensamientos negativos en otros positivos”, decía el de Couchsurfing.

“Hay empresarios que intentan levantar su negocio con todas sus ganas y durante mucho tiempo”, contaba, “pero hay una voz interna y quizás muy escondida, que es implacable y les juega en contra. La voz dice todo el tiempo NO”. Para transformar un aspecto de tu vida, según Fenton debes vencer esa vocecita negativa. Debes alcanzar una nueva versión de ti mismo que te lo permita. Para que diga SI.

¿Quieres dejar tu trabajo y empezar a vivir de tu talento? Primero, tienes que creértelo.

¿Quieres bajar de peso, llevarte mejor con tu hermano o conseguir más dinero? Antes, asegúrate de programar tu disco interno adecuadamente. Convencerte de que sí puedes hacerlo.

¿Y qué tienen que ver los amigos en esto? Voy.

Reinventarse en los otros

Lo más asombroso de esta charla, lo que de verdad me dejó boquiabierta, fue cuando Fenton explicó el mejor mecanismo para poder hackear nuestra identidad. “¿Alguna vez has probado convertirte en una nueva versión de ti, pero has tenido muchas dificultades para cambiar?”, preguntó. La sala, naturalmente, se llenó de manos alzadas.

Y entonces, el creador de Couchsurfing hizo un silencio. Sonrió y dijo: “utilizad a los amigos”. Y contó su historia.

Fenton tenía un amigo muy vago. Llamémoslo John. El tipo era perezoso sin remedio y su negocio –también sin remedio- iba directo a la deriva. Hasta que un día Fenton lo presentó a un potencial cliente de un modo distinto: además de obviar su lado flojo, lo enalteció. Dijo: “Mi amigo John, un gran profesional de éxito con una incansable capacidad de trabajo”, o algo así. Y el resultado fue tremendo porque John hizo el trabajo como un campeón. Sin fisuras.

Para conseguirlo, le impulsaron las palabras de su amigo (al que no quería dejar mal), e hizo todo el esfuerzo posible para que el nuevo cliente se creyera la nueva versión de sí mismo. John el Laborioso. Además, visto el logro, él mismo empezó a considerar la posibilidad real de dejar atrás su antiguo patrón. Inició un círculo virtuoso que fue consolidando la nueva identidad.

Y así fue como John fue una prueba irrefutable de varios estudios que afirman que los amigos son los que más te pueden ayudar a ser quien deseas. Son ellos los que tienen la capacidad de cambiar tus propios pensamientos mucho más fácilmente de lo que harías tú solo. Son, estadísticamente, el triple de efectivos.

Y escucha esto: si resulta que el comentario hacia tu nuevo “yo” te lo hace un amigo y hay un tercero de testigo, el impacto es seis veces mayor. Y si alguien por otro lado confirma lo que tu amigo ya te dijo, entonces la efectividad es doce veces mayor.

Impresionante, ¿no?

Fenton explicó que son cosas del cerebro, que da prioridad a aquellos patrones que encajan con la identidad que otros nos han dado. Y ojo, porque en ausencia de estímulos positivos, nuestro cerebro echa mano de etiquetas negativas (“vago”, “incapaz”, “criminal”).

¿Quiénes son mis amigos?

Para mí, “Ana Claudia, escribes muy bien” puede ser una frase-gasolina que, sin darme cuenta, me levante de la cama, me instale frente a la pantalla y me obligue a pensar y a escribir. Porque ahora es mi cerebro el que tiene que encargarse de hacer realidad la imagen que he conseguido de mí misma (gracias al incentivo de mis amigos). Es mi cerebro el que me va a ayudar a materializar lo que en mi subconsciente ya está cimentado.

Cuando salí de la charla, pensé enseguida: Uau, mis amigos hackean mi identidad. Sus opiniones –negativas o positivas- tienen mucho impacto en mí. Entonces, ¿de quién me voy a acompañar y de quién voy a prescindir? También pensé que el recurso funciona igual en sentido contrario: ¿qué impacto causan mis palabras en el otro? Y entonces me di cuenta de algo genial: que, en cierto modo, todos podemos multiplicar por tres las posibilidades del otro y, en cadena, ser co-creadores de vidas más completas.

Para empezar, ¿por qué no les dices a tus amigos quién quieres ser?

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12 octubre, 2018 2 comments
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Por qué creemos que no podemos vivir de nuestro talento [una historia real]

“Es que tú eres muy happy”. Cuando voy contando por allí que todo el mundo puede vivir de su talento, que lo contrario es una aberración total a la que estamos muy mal acostumbrados, la gente me contesta así. Happy, me dicen. Y yo me sorprendo un poco de esa visión incrédula, la verdad. ¿Por qué parece tan imposible?

Y creo que ya sé la respuesta. Me la dieron unos amigos que encontré el fin de semana pasado. Se llaman Mireia y Dani (Se quisieron desde muy temprano, así que fueron siempre “la-mireia-y-el-dani”, todo junto). Su historia te será familiar: se conocieron, se enamoraron locamente y, al cabo de los años, pidieron una hipoteca para un piso. También consiguieron un trabajo fijo: muchas horas fuera de casa pero los dos coincidían: eran empresas solventes, les gustaba lo que hacían, estaban bien pagados.

Pero entonces empezaron a pasar los años.

Y a los 35, guapos, saludables y abundantes, comenzaron a hacerse preguntas. Sobre todo, una: “¿Es solo esto la vida?”.

El hobbie y el talento

Y mientras esa pregunta crecía, en sus ratos libres probaban varios hobbies. En su armario había dos mesas de mezcla de dj, un par de patines, una cometa, una tabla de body y dos de snowboard. Y en los últimos años habían acumulado, sobre todo, un equipamiento envidiable de submarinismo. Consiguieron el carnet de instructores y, en los veranos, buceaban en todos los mares posibles, exprimiendo felices su mes de vacaciones.

Pero el retorno en septiembre era siempre muy duro. Una ola de oscuridad. Y poco a poco, como crece un árbol o un embrión, o mejor: como un grupo de nubes se prepara para una tormenta, así ambos fueron delineando el plan alternativo. Dejarlo todo e irse a bucear el mundo.

¿Y sabes qué? Que lo consiguieron. El año pasado, en julio, lamireiayeldani lo dejaron todo para irse a bucear el mundo. Y empezaron por Indonesia.

buceadores viviendo de su talento

La vida con vistas al mar

Ahora están en Barcelona, de vacaciones (su descanso se multiplicó por cuatro: dura el tercio de un año entero). Están en un bar, los dos, contándome cómo cambió su día a día. En su nueva rutina se despiertan mirando el océano desde una ventana gigante; viven en el barco donde trabajan de instructores. Comen sano, bucean por un fondo marino increíble, charlan con sus alumnos, duermen una siesta, se echan unas risas y así todo el día. Se duermen temprano, con vistas al mar.

“Feliz”, dice Dani. Y ella lo mire y sonríe. A ella, que es mi amiga hace 30 años, nunca le vi antes esa sonrisa que ha estrenado en Asia y que luce en sus fotos, con el fondo azul.

Adelgazaron diez kilos, están fuertes, bronceados. “No sé qué estáis haciendo pero seguid así”, les dijo su médico, después de un chequeo reciente en el que todo salió perfecto. Adiós colesterol, adiós exceso de ácido úrico, adiós contracturas, digestiones pesadas, dolores de espaldas. Adiós al cuerpo triste.

¿Cómo hicieron para vivir de su pasión?

La cosa no fue fácil ni veloz. No fue un recorrido en línea recta del punto A al punto B. Pero las ganas (y el descontento) fueron más grandes. Entonces indagaron en su talento. Ahorraron. Y un día respiraron hondo y dejaron sus trabajos fijos y bien pagados. Respiraron hondo y vendieron el coche. Temblaron y alquilaron su piso hipotecado. Regalaron sus cosas, compraron los billetes, movieron sus contactos.

Y una tarde respiraron más profundo y hablaron con más cautela que de costumbre. “Papá, mamá”, dijeron, y explicaron la locura. Renunciar a todo porque tenían la esperanza de que su vida podía ser mejor. Y ellos, los progenitores en bloque (ellos que habían pataleado, que habían puesto pegas, que se resistían) los besaron y les desearon mucha suerte.

Seguramente no entendieron. Y seguramente tuvieron mucho miedo de que esos dos europeos cuarentones que tanto amaban se estamparan lejos, aplastados por sus ilusiones.

Lamireiayeldani seguramente pensaban muchas veces igual.

¿Por qué parecía imposible vivir de su talento?

La aventura parecía que no iba a tener éxito. ¿Por qué? El talento estaba y las ganas también. Qué podía fallar. ¿Les hacía falta recursos? Ellos sabían cómo conseguirlos. Entonces, ¿por qué tanto recelo?

—Mucho miedo— dicen ellos ahora. El miedo era como un zumbido que ponía en duda cada paso. Y su mayor valor fue avanzar a pesar de la incertidumbre. Espantar la imaginación más negra, sobrellevar las noches de insomnio, aguantar el dolor de barriga nervioso. Sin saber inglés no nos van a contratar; No tenemos experiencia, nunca nos van a elegir; Si nos va mal seremos muy mayores para volver a empezar.

Pero lamireiayeldani lograron derribar las amenazas imaginarias. Y a los pocos meses, ganaron. Les contrataron en un barco y de repente la oficina gris y los horarios esclavos quedaron muy atrás. En otra vida.

Me contaban que una tarde, mientras se tomaban una cerveza en la cubierta del barco, uno de los alumnos a los que acababan de guiar bajo el mar, les preguntó:

—¿Y vosotros de qué trabajáis?

Dani y Mireia se miraron entre sí y se rieron.

—Trabajamos aquí, somos instructores de buceo y así es como nos ganamos la vida.

“Es que la gente no lo entiende, Ana Claudia”, me dice mi amiga. “Sin sufrimiento, pensamos que un trabajo no puede existir”.

 

* Pasar de la utopía a lo imposible, de lo imposible a lo improbable, luego a lo difícil y de allí a lo fácil. Que los que están por venir tengan ese regalo nuestro: que sea fácil vivir del propio talento, de lo que uno ama. De lo que uno es.

 

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21 septiembre, 2018 2 comments
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El miedo mide 59 centímetros

¿Dónde se esconde el miedo? Ayer lo vi claro: el miedo es una vocecita incansable que nos martillea sin parar. Es lúgubre y tremendista como una vieja quejosa que siempre espera lo peor. Ayer salí a correr y lo estuve escuchando un rato. Y me di cuenta de dos cosas: 1. De su persistencia. 2. De cómo reacciono a sus encantos.

¿Y tú, qué haces con tu miedo?

Mini crónica de un miedo simple y feo

Pensaré no me da tiempo, pero miraré el reloj y veré que tengo una hora de margen. Me pondré las zapatillas para explorar la zona de Montjuïc. Y antes de salir de casa, diré en voz baja: lloverá. Pero bajaré las escaleras a pesar de todo y, al mirar el cielo, solo habrá una nube tímida a lo lejos. Entonces, con un poco de pereza, empezaré a correr, con un poco de pereza y de miedo, porque el asfalto –me lo habrá dicho alguien- no suavizará el golpe y las rodillas me molestarán. Pero no. Porque, aunque estoy un poco perdida y no sé por dónde ir, al minuto encontraré un camino de tierra suave y ya no escucharé más mis pies.

Al rato, después de una gran curva, veré una escalera eterna al final de un camino. Decidiré enfrentarme a ella, y correré a su encuentro contando sus escalones de dos en dos, como si midiera el tamaño de una bestia a batir. 88, 90, 92, 94… apretaré los ojos para no perder la cuenta, y, al borde del primer peldaño, veré una senda minúscula que se abrirá a la derecha. Sonreiré al tomar la vía alternativa in extremis y correré más rápido, aunque el suelo se habrá vuelto de nuevo duro, de asfalto.

Y en otra curva veré un adolescente arrimado a un arbusto en posición de orinar. Y me diré cuidado, pero al pasar por su lado será él quien agache la mirada. Continuaré, concentrada, para no ahogarme en la subida. Pero mis pulmones responderán sin dificultad. Al fijarme más allá, mi respiración se detendrá un momento, un milisegundo: habrá un grupo de muchachos haciendo botellón y yo muy rápido cavilaré el mejor modo de evitarlos, pero habrá poco espacio y poco tiempo para salir de allí y tendré que pasar por su lado, muy pegada a sus cuerpos y sus vasos con alcohol. Alerta, me diré. Y escucharé entonces la voz de uno de ellos diciendo “uy, dejad pasar”. Y al minuto habré atravesado al grupo sin más, como si hubiera traspasado una pared de goma, y todos habrán quedado atrás.

Miraré hacia adelante y veré un camino descampado, vacío, y mis piernas irán solas hacia allí. Y veré de reojo un coche blanco que ralentizará la velocidad y a los dos segundos los colores de un coche de la policía. Seguiré corriendo (mis predicciones fallidas otra vez: ni unos me violarán ni lo otros me salvarán). Seguiré más. Veré un perro, dos tres, y tendrán aspecto de sabuesos, de perros cazadores, de mordedores profesionales. Sentiré mi piel sosteniendo mi carne. Y avanzaré fingiendo que no hay peligro y, al final, no lo habrá. Un perro correrá despreocupado, el otro mordisqueará un tronco, un tercero jugará con su dueño.

No habré corrido ni 20 minutos, calcularé. Y al subir a casa (los escalones de dos en dos), al cerrar la puerta oiré a mi novio:

—40 minutos, ¿eh?. ¿Qué tal, cómo fue?

—Todo bien— Le diré. —Según lo previsto.

Y sonreiré.

Mini retrato de mi miedo

Luego iré a la habitación, cogeré un metro de esos que se usan para medir los muebles y mediré la circunferencia de mi cabeza. 59 centímetros. Y descubriré que allí, en esa cavidad más pequeña que una sandía al uso, se esconderá todo: las prisas, la lluvia, el cansancio, la agresión animal, individual, en grupo, el dolor del cuerpo. El miedo.

Y me daré cuenta de las tres velocidades en que opera mi miedo:

  1. Modo Slow. Su voz es un susurro y me servirá para protegerme de algún peligro (que los hay).
  2. Modo Médium. La cosa se pondrá intensa y yo le cederé un lugar en mi palco presidencial. En mi cabeza habrá una nube gris, y en mi cuerpo, tensión.
  3. Modo Premium. Si el miedo chilla y yo sucumbo totalmente a sus encantos (no me enteré pero ya le di el trono de mi mente), ocurrirán dos cosas. Me paralizaré y me atrincheraré en mi zona de confort, o bien gastaré energía volcánica en abordar una situación sencilla que, a los ojos de mi miedo, es una proeza mundial.

La buena noticia –me fijé- es que si estás atento, si lo escuchas, puedes entrenarte para llevarlo al modo slow. Cortarle las garras al gatito para que arañe más suave.

 

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11 septiembre, 2018 0 comment
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Las vacaciones no son para descansar

Entré de vacaciones de un momento a otro. Allá por el mes de julio corté el cordón umbilical de un hachazo y pasé de alimentarme con sangre a aspirar bocanadas de aire. Los días se enmarcaron en otra dimensión y las horas empezaron a transcurrir como versos de un poema muy lento. ¡Ah, il dolce far niente!

Cuando se acercó el momento de volver, me pregunté: ¡¿Y cómo voy a hacer yo para retomar la actividad!? Y entré en pánico por inercia, como años atrás, cuando no tenía ni idea de cómo volver a mordor (el horror del trabajo de siempre). Era, yo, un Frodo mediterráneo que se empeñaba en ir en sentido contrario al que tenía que ser.

Pero todavía había algo peor en esas transiciones, porque las vacaciones servían para destensarme y para reflexionar qué quería hacer con mi vida ese nuevo curso. “A lo que hacía el año pasado no vuelvo ni loca”, me decía, y daba rienda suelta a mi vida ideal: tocaba con mis dedos los nuevos proyectos y sus alegrías. Mi imaginario se convertía en un Disney World laboral con jefes rosas y jornadas plagadas de unicornios centelleantes.

Pobre de mí.

Porque septiembre me acechaba a la vuelta de la esquina. Y, ¿adivinas qué? ¡Al poco tiempo todo seguía igual! Las ideas caían en un barril sin fondo y mi rutina me absorbía de nuevo. “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, me quejaba. Y –socorro- no encontraba el asa de donde cogerme para impulsarme a salir de allí.

“Es el síndrome postvacacional”, me decía también. Y googleaba para ver qué podía hacer para reinsertarme en la monotonía sin darme mucha cuenta. Allí estaban todos los truquis:

1) entrar rápidamente en el horario de oficina espartano y hacer como si nada, 2) convencerme a mí misma: “es normal, a todo el mundo le cuesta volver al trabajo”, 3) hacer ejercicio para quemar la angustia, 4) organizar planes divertidos para el fin de semana (¡que linda era mi vida durante 48 hours a week!).

Y así pasaron muchos años.

Vacaciones – 1, marmota – 0

Y un día, harta de revivir mil veces el día de la marmota (el mismo día se repite hasta el infinito), me atreví a abrir una puerta, que me llevó a abrir otra puerta, y otra, y otra más. Y hace un tiempo, por primera vez, me dije: “Ana Claudia, las vacaciones no son para descansar”. Bueno, sí, pero no solo. Descubrí que también es el momento ideal para reponer, desear y planificar. ¡Planificar para concretar nuestras ilusiones!

Empezar el cole en septiembre no es lavar la bata, estrenar zapatos y comprarse el cuaderno más brillante del lugar. Coincidimos, ¿no? Pisar las aulas al volver de vacaciones es solo un gesto, sí, pero está sustentado por muchas fuerzas que hemos tenido que reunir con antelación. La fuerza de saber qué quiero hacer, hacia dónde voy y con quién.

Para ponerlo fácil –y para matar a todas las marmotas del mundo de una vez por todas- he creado un curso on line (🕝TicTac. Dirige tus horas, valora tu vida 🕝) que es un programa condensado en el que se despliega paso a paso lo que tienes que saber para manejar tu tiempo y alcanzar tu versión ideal de la vida. Sea cual sea el significado de “ideal”. TU versión. TU ideal.

¿Cómo sería una vida en la que pudieras hacer lo que te gusta todo el tiempo? ¿Y si de repente en tu jornada laboral las horas pasaran volando, como cuando te tiras en la playa con un helado a escuchar el mar? ¿Y si tus vacaciones, quiero decir, se parecieran demasiado a tu trabajo, que no es más que el ejercicio diario de tu talento?

*

Pasó agosto y yo he estado sacándome punta. Ya no veo la hora de arrancar.

¿Y tú? ¿Cómo vas?

 

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30 agosto, 2018 0 comment
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Mi hermano y las neuronas espejo (si tú puedes, yo también)

La primera cita de enamorados que tuvieron mis padres empezó con el reloj en contra. Mi padre llegó dos horas antes al encuentro; mi madre, una hora después.

Y estos tempos asimétricos debieron colarse más tarde en la genética de sus hijos. Yo, siempre con paso corto y acelerado, llegando por los pelos. Mi hermano pequeño, con más calma, mirando antes de pisar; dejándole a la vida trascurrir.

Ahora mi hermano pequeño ya no es pequeño: es un hombre. Pero conserva el silencio discreto, y el ritmo, que es el mismo que tienen las olas del mar.

Y así, con ese ritmo, dijo hace ocho meses: “Mi hijo de seis años tiene diabetes y tengo que hacer algo”. Todos nos giramos para oírle, y él siguió: “Me voy al Parlamento Europeo en bicicleta. Hay que pedir que se cure la diabetes ya. No es suficiente con nuevos inventos que mejoren la vida de quienes la sufren. Tenemos que hacer desaparecer la enfermedad”.

Aplaudimos. Primero, porque le amamos; segundo, porque le entendimos; tercero porque sus palabras despertaron la esperanza universal: queremos ser buenos y que el mundo sea un lugar mejor.

Pero luego… luego toca materializar los sueños. Buscar esponsors, entrenar duro, diseñar una equipación especial, contactar con la Unión Europea, cuadrar calendarios, traducir emails, buscar una asociación afín (DiabetesCero), planificar con cuidado la ruta, abrir un crowdfunding.

Y mi hermano pequeño, entiéndanme, cuando éramos chicos se dejaba la cama sin hacer, suspendía los exámenes, no aprendió el inglés.

(Ahora me pregunto: ¿qué es lo que necesitamos realmente para convertir nuestros sueños en realidad?)

Neuronas espejo

La primera vez que escuché hablar de las neuronas espejo aluciné. Son neuronas que “reflejan” el comportamiento del otro, como si fuera uno mismo quien realizara la acción. ¿No es magia que él bostece y yo le imite, tres segundos después? ¿que mi proceso mental sea idéntico cuando rompo un papel que cuando veo a alguien romperlo? ¿no es un milagro que las personas podamos aprender nuevas habilidades solo por imitación?

Y eso fue justamente lo que me pasó el mes de junio pasado cuando viajé a Bruselas. Sentí que aprendí por contagio. Porque al final ocurrió: mi hermano pequeño –que ahora es un hombre- se subió a una bicicleta en Barcelona, estuvo en ruta once días, se le rompió la bici, le llovió el agua del mundo, se le hincharon las piernas, se desanimó.

Pero él, con el ritmo de las olas, siguió. Y llegó. Y al otro lado, en la sede del Parlamento Europeo, le esperábamos todos: amigos, familia, diabéticos, eurodiputados. Todos aplaudíamos conteniendo la emoción. Por la gesta, claro, pero además porque nuestras neuronas espejo se encendieron y descubrimos que era posible convertirnos, nosotros también, en personas más grandes que mejoran el mundo.

Neuronas espejo - superar retos por imitación

 

Gracias, Jor.

(Gracias papá, mamá, por esos tempos misteriosos.)

17 julio, 2018 0 comment
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La procrastinación va por dentro [pero tiene solución]

Cuenta la leyenda que Víctor Hugo se sentaba desnudo a escribir para evitar levantarse de la silla, distraerse y procrastinar. Además, pedía a sus sirvientes que escondieran su ropa, así la tentación quedaba bien lejos.

Dejar para mañana lo que puedes hacer hoy es un mal antiguo que ahora, según un estudio reciente, nos afecta al 20% de las personas. ¡Una de cada cinco! Yo tengo que confesar que si estoy muy inquieta y quiero cumplir mis objetivos, desactivo el wifi del ordenador y dejo el móvil en otra habitación. Eso para empezar.

Porque, si tiramos pelotas fuera, hay que decir que la tecnología no nos ayuda a tener bajo control la procrastinación. La era digital es un campo minado de ventanas emergentes, mensajes de wasap y notificaciones sonoras que nos descentran en cuestión de segundos. Aunque decidamos superar la tentación de mirar el facebook o el correo electrónico, hoy la información se empeña en venir a buscarnos. Y así mantener la concentración en el trabajo es un trabajo chino, toda una proeza. ¿O no?

¿Vivían nuestros padres un entorno más favorable sin tanto estímulo? Yo no soy mucho de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero es cierto que el ritmo frenético y la obsesión actual por la productividad acentúan la presión y el estrés. Nuestra jornada debe ser hiper fértil y, a menudo, posponemos el objetivo principal para atender las pequeñas urgencias. Aplazamos lo importante y acto seguido… llegan las malditas consecuencias.

El mecanismo interior de la procrastinación

Ya estamos arreglados. Atrasamos las decisiones clave y nuestro rendimiento cae en picado, la autoestima se queda adolorida y nos habita la ansiedad y la culpa. ¡Otra vez!

Y aunque el origen de tamaño desastre tiene el aspecto de un grupo de bits malévolos y de pantallas de colores, el motivo real –como casi siempre- está en nuestro interior. Me temo que sí.

¿Cuáles son las principales causas de la procrastinación?

  1. El perfeccionismo. ¿Quién es capaz de empezar una tarea con la pretensión de conseguir un Nobel? La presión se mide en millones de pascales (y la necesidad de sentirse querido también).
  2. Miedo al fracaso. Observa que la estrategia es perfecta: “pospongo lo que tengo que hacer porque si no lo realizo nunca, evito el fracaso”. Para tu inconsciente es la cuadratura del círculo.
  3. Rabia e impaciencia. Ya quiero estar en la meta y ni siquiera me he atado los cordones de los zapatillas. (¡Buena suerte, compañero!)
  4. Creencias irracionales. Tales como “no viviré nunca de esto, así que mejor me centro en todo lo demás”.
  5. No hay deseo. Cuando oímos frases como “¿Qué tal vas con el informe anual corporativo?”, nuestra respuesta mental es Killing me softly. Si no se nos despiertan las ganas, la acción es el resultado de pura disciplina y esfuerzo.
  6. Decisiones impulsivas. Cuando nuestras decisiones son poco consistentes no se sustentan en el tiempo porque son fruto de arranques irracionales y atolondrados. Welcome procrastinación.

Yo, con este blog, no me he salvado de ninguna. Para qué mentir.

¿Procrastinación o inspiración?

Si en este post no te diera algunas soluciones para evitar la procrastinación sería una mala persona. Pero antes déjame plantearte un dilema: ¿en qué momento la preparación para un proyecto deja de servir para inspirarse y se convierte en un puro ejercicio de postergación? ¿no me pongo manos a la obra porque estoy reflexionando? ¿o, la verdad, porque tengo una pereza inmensa?

Cuando tenemos tiempo suficiente para cumplir un trabajo, los primeros atisbos de procrastinación no son preocupantes: todavía tenemos margen para que en cualquier momento aparezca la creatividad como un huracán.

Pero si la musa tarda en llegar, entonces sí llegan las prisas, la confusión y la falta de confianza en nosotros mismos. ¿Quién no ha rendido un examen en estas circunstancias alguna vez? Y luego ocurre que no fluyes, que los resultados son pésimos y, muchas veces, que terminas por ni siquiera presentarte a la prueba.

Así que para que no me pillen por sorpresa los deadlines o fechas límite, mi solución ultra high recommendation es la planificación. En este post te contaba cómo hacerlo (hay dos plantillas por si quieres ponerlo en práctica). ¡Para mí fue todo un descubrimiento! Cuando no me organizo bien, trabajo desordenada, desenfocada y durante miles de horas. Y lo peor, no hay rastro del disfrute.

Tres claves para surfear la procrastinación

Para ir al fondo de la cuestión lo mejor es atender las causas internas que provocan la procrastinación.

Y mientras lo haces, hay varios recursos para ir dándole esquinazo. Por ejemplo. Concentrarse los cinco primeros minutos de cada tarea (que son los peores), apuntar en un lugar visible los objetivos del día o dividir una tarea grande en muchas pequeñas, para hacerla asequible. También puedes estimularte con una canción favorita para empezar, o pensar en lo feliz que estarás cuando hayas logrado tu meta. Los truquillos para despistar a nuestro vago interno son muchos y variados.

Aunque las principales corrientes se pueden agrupar en tres:

  • Negociación. Pacta contigo mismo los momentos dedicados al trabajo y al placer. Es un sistema de recompensa que te permite ver una serie después de repasar la contabilidad.
  • Organización. Reprograma las tareas de una manera realista, clasificándolas y definiéndolas para que sean más fáciles de abordar.

A mí me sirve dejar todo preparado el día anterior: a la mañana siguiente no me doy tiempo ni a pensar. Desconecto todo y, durante dos horas, clavo mis dedos en el teclado. Me limito a ejecutar lo que ya antes había decidido con calma.

  • Herramientas externas. Echa mano de los recursos externos para evitar la distracción o la tentación. ¿Quieres dejar de comer chocolate? No compres más. ¿Quieres que Internet no te robe más tiempo? Apaga tu router.

La sociedad tiene un doble juego: es la potenciadora de estas tentaciones y, a la vez, nos ofrece herramientas para salvarlas. Ya habrás oído hablar de las aplicaciones que nos separan de las redes sociales (yo uso Stay Focused para limitarme con el Facebook). Son barreras sutiles pero exitosas porque todos –al margen de la inteligencia o nivel cultural- somos vulnerables a Internet. Y a la procrastinación.

* ¿Me compartes ahora o lo dejamos para más tarde? 😜 😂

28 junio, 2018 0 comment
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Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

14 junio, 2018 0 comment
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