Category:

Vivir de lo que amas

Mi hermano y las neuronas espejo (si tú puedes, yo también)

La primera cita de enamorados que tuvieron mis padres empezó con el reloj en contra. Mi padre llegó dos horas antes al encuentro; mi madre, una hora después.

Y estos tempos asimétricos debieron colarse más tarde en la genética de sus hijos. Yo, siempre con paso corto y acelerado, llegando por los pelos. Mi hermano pequeño, con más calma, mirando antes de pisar; dejándole a la vida trascurrir.

Ahora mi hermano pequeño ya no es pequeño: es un hombre. Pero conserva el silencio discreto, y el ritmo, que es el mismo que tienen las olas del mar.

Y así, con ese ritmo, dijo hace ocho meses: “Mi hijo de seis años tiene diabetes y tengo que hacer algo”. Todos nos giramos para oírle, y él siguió: “Me voy al Parlamento Europeo en bicicleta. Hay que pedir que se cure la diabetes ya. No es suficiente con nuevos inventos que mejoren la vida de quienes la sufren. Tenemos que hacer desaparecer la enfermedad”.

Aplaudimos. Primero, porque le amamos; segundo, porque le entendimos; tercero porque sus palabras despertaron la esperanza universal: queremos ser buenos y que el mundo sea un lugar mejor.

Pero luego… luego toca materializar los sueños. Buscar esponsors, entrenar duro, diseñar una equipación especial, contactar con la Unión Europea, cuadrar calendarios, traducir emails, buscar una asociación afín (DiabetesCero), planificar con cuidado la ruta, abrir un crowdfunding.

Y mi hermano pequeño, entiéndanme, cuando éramos chicos se dejaba la cama sin hacer, suspendía los exámenes, no aprendió el inglés.

(Ahora me pregunto: ¿qué es lo que necesitamos realmente para convertir nuestros sueños en realidad?)

Neuronas espejo

La primera vez que escuché hablar de las neuronas espejo aluciné. Son neuronas que “reflejan” el comportamiento del otro, como si fuera uno mismo quien realizara la acción. ¿No es magia que él bostece y yo le imite, tres segundos después? ¿que mi proceso mental sea idéntico cuando rompo un papel que cuando veo a alguien romperlo? ¿no es un milagro que las personas podamos aprender nuevas habilidades solo por imitación?

Y eso fue justamente lo que me pasó este mes de junio cuando viajé a Bruselas. Sentí que aprendí por contagio. Porque al final ocurrió: mi hermano pequeño –que ahora es un hombre- se subió a una bicicleta en Barcelona, estuvo en ruta once días, se le rompió la bici, le llovió el agua del mundo, se le hincharon las piernas, se desanimó.

Pero él, con el ritmo de las olas, siguió. Y llegó. Y al otro lado, en la sede del Parlamento Europeo, le esperábamos todos: amigos, familia, diabéticos, eurodiputados. Todos aplaudíamos conteniendo la emoción. Por la gesta, claro, pero además porque nuestras neuronas espejo se encendieron y descubrimos que era posible convertirnos, nosotros también, en personas más grandes que mejoran el mundo.

Neuronas espejo - superar retos por imitación

 

Gracias, Jor.

(Gracias papá, mamá, por esos tempos misteriosos.)

 

Nota: le quedan poquitos días al crowdfunding para investigar en la cura de la diabetes tipo 1. Si le queréis echar un vistazo 👉 https://www.migranodearena.org/reto/17292/entrega-carta-bruselas

17 julio, 2018 0 comment
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
La procrastinación va por dentro [pero tiene solución]

Cuenta la leyenda que Víctor Hugo se sentaba desnudo a escribir para evitar levantarse de la silla, distraerse y procrastinar. Además, pedía a sus sirvientes que escondieran su ropa, así la tentación quedaba bien lejos.

Dejar para mañana lo que puedes hacer hoy es un mal antiguo que ahora, según un estudio reciente, nos afecta al 20% de las personas. ¡Una de cada cinco! Yo tengo que confesar que si estoy muy inquieta y quiero cumplir mis objetivos, desactivo el wifi del ordenador y dejo el móvil en otra habitación. Eso para empezar.

Porque, si tiramos pelotas fuera, hay que decir que la tecnología no nos ayuda a tener bajo control la procrastinación. La era digital es un campo minado de ventanas emergentes, mensajes de wasap y notificaciones sonoras que nos descentran en cuestión de segundos. Aunque decidamos superar la tentación de mirar el facebook o el correo electrónico, hoy la información se empeña en venir a buscarnos. Y así mantener la concentración en el trabajo es un trabajo chino, toda una proeza. ¿O no?

¿Vivían nuestros padres un entorno más favorable sin tanto estímulo? Yo no soy mucho de “todo tiempo pasado fue mejor”, pero es cierto que el ritmo frenético y la obsesión actual por la productividad acentúan la presión y el estrés. Nuestra jornada debe ser hiper fértil y, a menudo, posponemos el objetivo principal para atender las pequeñas urgencias. Aplazamos lo importante y acto seguido… llegan las malditas consecuencias.

El mecanismo interior de la procrastinación

Ya estamos arreglados. Atrasamos las decisiones clave y nuestro rendimiento cae en picado, la autoestima se queda adolorida y nos habita la ansiedad y la culpa. ¡Otra vez!

Y aunque el origen de tamaño desastre tiene el aspecto de un grupo de bits malévolos y de pantallas de colores, el motivo real –como casi siempre- está en nuestro interior. Me temo que sí.

¿Cuáles son las principales causas de la procrastinación?

  1. El perfeccionismo. ¿Quién es capaz de empezar una tarea con la pretensión de conseguir un Nobel? La presión se mide en millones de pascales (y la necesidad de sentirse querido también).
  2. Miedo al fracaso. Observa que la estrategia es perfecta: “pospongo lo que tengo que hacer porque si no lo realizo nunca, evito el fracaso”. Para tu inconsciente es la cuadratura del círculo.
  3. Rabia e impaciencia. Ya quiero estar en la meta y ni siquiera me he atado los cordones de los zapatillas. (¡Buena suerte, compañero!)
  4. Creencias irracionales. Tales como “no viviré nunca de esto, así que mejor me centro en todo lo demás”.
  5. No hay deseo. Cuando oímos frases como “¿Qué tal vas con el informe anual corporativo?”, nuestra respuesta mental es Killing me softly. Si no se nos despiertan las ganas, la acción es el resultado de pura disciplina y esfuerzo.
  6. Decisiones impulsivas. Cuando nuestras decisiones son poco consistentes no se sustentan en el tiempo porque son fruto de arranques irracionales y atolondrados. Welcome procrastinación.

Yo, con este blog, no me he salvado de ninguna. Para qué mentir.

¿Procrastinación o inspiración?

Si en este post no te diera algunas soluciones para evitar la procrastinación sería una mala persona. Pero antes déjame plantearte un dilema: ¿en qué momento la preparación para un proyecto deja de servir para inspirarse y se convierte en un puro ejercicio de postergación? ¿no me pongo manos a la obra porque estoy reflexionando? ¿o, la verdad, porque tengo una pereza inmensa?

Cuando tenemos tiempo suficiente para cumplir un trabajo, los primeros atisbos de procrastinación no son preocupantes: todavía tenemos margen para que en cualquier momento aparezca la creatividad como un huracán.

Pero si la musa tarda en llegar, entonces sí llegan las prisas, la confusión y la falta de confianza en nosotros mismos. ¿Quién no ha rendido un examen en estas circunstancias alguna vez? Y luego ocurre que no fluyes, que los resultados son pésimos y, muchas veces, que terminas por ni siquiera presentarte a la prueba.

Así que para que no me pillen por sorpresa los deadlines o fechas límite, mi solución ultra high recommendation es la planificación. En este post te contaba cómo hacerlo (hay dos plantillas por si quieres ponerlo en práctica). ¡Para mí fue todo un descubrimiento! Cuando no me organizo bien, trabajo desordenada, desenfocada y durante miles de horas. Y lo peor, no hay rastro del disfrute.

Tres claves para surfear la procrastinación

Para ir al fondo de la cuestión lo mejor es atender las causas internas que provocan la procrastinación.

Y mientras lo haces, hay varios recursos para ir dándole esquinazo. Por ejemplo. Concentrarse los cinco primeros minutos de cada tarea (que son los peores), apuntar en un lugar visible los objetivos del día o dividir una tarea grande en muchas pequeñas, para hacerla asequible. También puedes estimularte con una canción favorita para empezar, o pensar en lo feliz que estarás cuando hayas logrado tu meta. Los truquillos para despistar a nuestro vago interno son muchos y variados.

Aunque las principales corrientes se pueden agrupar en tres:

  • Negociación. Pacta contigo mismo los momentos dedicados al trabajo y al placer. Es un sistema de recompensa que te permite ver una serie después de repasar la contabilidad.
  • Organización. Reprograma las tareas de una manera realista, clasificándolas y definiéndolas para que sean más fáciles de abordar.

A mí me sirve dejar todo preparado el día anterior: a la mañana siguiente no me doy tiempo ni a pensar. Desconecto todo y, durante dos horas, clavo mis dedos en el teclado. Me limito a ejecutar lo que ya antes había decidido con calma.

  • Herramientas externas. Echa mano de los recursos externos para evitar la distracción o la tentación. ¿Quieres dejar de comer chocolate? No compres más. ¿Quieres que Internet no te robe más tiempo? Apaga tu router.

La sociedad tiene un doble juego: es la potenciadora de estas tentaciones y, a la vez, nos ofrece herramientas para salvarlas. Ya habrás oído hablar de las aplicaciones que nos separan de las redes sociales (yo uso Stay Focused para limitarme con el Facebook). Son barreras sutiles pero exitosas porque todos –al margen de la inteligencia o nivel cultural- somos vulnerables a Internet. Y a la procrastinación.

* ¿Me compartes ahora o lo dejamos para más tarde? 😜 😂

28 junio, 2018 0 comment
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
Sergi Torres | La inspiración y el rechazo
¿Cómo cuidamos nuestra energía? ¿En quién nos inspiramos para avanzar? ¿De qué se alimenta nuestra motivación?

Entrevisté a Sergi Torres (brutal) y después de nuestra conversación me quedé pensando mucho en eso: en las maneras que tenemos de nutrirnos por dentro.

Le daba vueltas también el otro día, mientras volvía de visitar a mi tía. Ella siempre ha sido una mujer muy optimista pero últimamente le cojea el ánimo: me dice “qué mal está Catalunya”, “los jóvenes solo están pendientes de su móvil”, o “la economía está fatal, no hay porvenir”.

A mí me dan ganas de decirle un montón de cosas. Por ejemplo. Que ayer un grupo de viejitos hacía taichí frente a la biblioteca y que su silencio en movimiento era conmovedor. O que una amiga dejó su trabajo gris y ahora se zabulle feliz entre los peces de Tailandia. O que sacaron una aplicación nueva para comprar con más conciencia. Qué sé yo.

Pero ya no le digo nada. Me cansé de insistir. Mis mensajes rositas compiten con horas de televisión encendida, con las revistas Pronto esparcidas sobre la mesa, con el refunfuño eterno de su marido.

Por eso, de vuelta a casa pensaba: ¿cuál es la gasolina de nuestros pensamientos, de nuestras emociones? ¿Hacia dónde nos fijamos para mirar el mundo? Y, Sergi Torres, como siempre, le dio una vuelta de tuerca al pensamiento más obvio.

Sergi Torres y el desprecio

La primera vez que vi a Sergi Torres fue en youtube. En el vídeo aparecía con una sudadera azul y su mensaje, aunque no lo recuerdo con precisión, me impactó. (La vida es así: uno no sabe por qué hay personas que nada más verlas entran hasta la cocina de tu casa, sin barreras ni resistencias. Directo al corazón).

Sergi Torres y Ana Claudia Rodríguez, en Y si de repente

Cuando nos vimos en persona yo lo saludé con familiaridad, claro: la de veces que, en momentos de bajón, me recargó las pilas, sin él saberlo, a través de la pantalla del ordenador – y parece que somos varios: sus vídeos reciben decenas de miles de visitas.

Será por esa luz que tiene.

En la entrevista su presencia también me cambió la energía, su discurso me noqueó con conceptos nuevos y me inspiró.

Inspirar. “Sentirse motivado por alguien o algo para el desarrollo de la propia creación”.

Me dijo, por ejemplo:

“Pensamos que el cambio se da cuando cambia el mundo. Y es justamente al revés: el mundo cambia cuando cambias tú”.

Sergi es el sueño de cualquier periodista. Cuando parece que ya agotó todas las posibilidades en una respuesta, se instala en el silencio, levanta el dedo y dice: “déjame un minuto que quiero profundizar más en este tema”. Es una patada a la superficialidad, a lo evidente, a lo banal.

Cuando bloqueas las emociones parece que tengas menos energía, pero no es así. Lo que ocurre es que la mayoría de energía la estás usando para evitar sentir aquel trauma que tienes escondido allí abajo en el subsconsciente. Te cansas mucho, te desmotivas, no sabes por qué te faltan fuerzas, ganas de vivir. ¿Por qué? Porque estás luchando contra tu pasado con todas tus fuerzas. Y estás luchando con tu futuro porque no quieres que se replique allí tu pasado. Quieres evitar a toda costa que te vuelva a pasar lo mismo”.

También hablamos de la inspiración, de la higiene mental y emocional, o de cómo un hecho en apariencia tan inocente como ver las noticias nos conecta con un lado denso que genera nuestro desprecio hacia la realidad. Y todo rechazo –vuelta de tuerca- no es más que un rechazo hacia nosotros mismos que, además, y paradójicamente, siempre genera más.

En realidad, él lo explica mejor que yo:

* Gracias a mi entrañable amiga, Sonia Esplugas, que nos cedió su taller para la entrevista y que plantó su pincel y su corazón en esa pared que nos hace de fondo. Tu alma de artista siempre lo ilumina todo.

14 junio, 2018 0 comment
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
“El dinero es malo”

—Papá, ¿tú qué piensas de las personas que tienen dinero? — pregunto al teléfono. Y él contesta rapidísimo:

—Pues que han trabajado toda su vida como negros o que son unos ladrones.

Hasta los diez años nuestro cerebro es una esponja: una habitación abierta sin vigilancia en la entrada, que deja pasar a todo el que quiera. No cuestiona, no tiene filtro.  

Tras la primera década de vida, empezamos a desarrollar una especie de autoprotección. Un timbre por aquí, una rejita por allá, unos horarios y un cartel que dice “se reserva el derecho de admisión”. Pero para entonces, las ideas que se colaron en nuestra infancia, para bien y para mal, ya encontraron su rincón favorito y se apoltronaron como si el espacio fuera suyo. Como si ellas fueran el espacio. Y nosotros, claro, también nos confundimos: pensamos que esas ideas, por estar allí desde muy temprano, forman parte de la realidad indiscutible. Y que nada en el mundo es capaz de derribar tamaña verdad.

Si papá y mamá dicen que el dinero es malo, que es difícil de conseguir, que siempre genera conflictos, ¿quién soy yo para llevarles la contraria?

Si papá y mamá dicen que los que tienen dinero son unos ladrones o engañan a las personas, ¿cuántas estrategias generaré en mi vida para evitar tener dinero? (¿hay alguien sobre la faz de la tierra que quiera ver torcer el gesto del progenitor cuando oye su nombre?).

Cuando caí en la cuenta del mecanismo, tuve un poco de trabajo para desenredar el entuerto. Escúchame: si tu madre es de familia bien y tu padre de origen humilde, ¡explícame qué clase de líos mentales se pueden colar en tu subconsciente!

Cloaca interior

“Papel y lápiz. Rápido”, me dije. Y empecé a escribir mis creencias sobre el dinero en la página 177 del libro El camino del artista, de Julia Cameron (qué librazo, por cierto).

  • La gente con dinero es________________________
  • Yo tendría más dinero si______________________
  • Mi padre pensaba que el dinero era_____________
  • Me temo que si tuviera dinero_________________
  • En mi familia el dinero provocaba____________
  • El dinero es_________________
  • El dinero causa_______________
  • Cuando tengo dinero suelo____________
  • Tener dinero no es_____________

Buf. Cuando acabé de escribir tenía la misma cara que cuando te salpican agua fría en plena sesión playera. ¿En serio todo eso estaba dentro de mí? “Los que tienen dinero son injustos, son tacaños, son pijos y tontos, y además promueven la desigualdad en el mundo”. ¿De verdad pretendía tener una vida abundante con esa cloaca interior?

A mí cuando me miran mal en algún sitio, cojo la puerta y me largo. Y al dinero parece que le pasa igual. Quizás no había sido consciente de ello, pero yo rechazaba la abundancia con todas las de la ley.

Y en mi vida, por ese camino, estaba destinada a ser la eterna cenicienta.

No es el dinero. Eres tú.

En plena desinfección interior, me acordé de lo que el coach Juan Naranjo me había dicho hacía mucho tiempo: “El dinero no es bueno ni malo, es neutro. Lo único que hace es potenciar tu interior”. Cargamos sobre él una larga lista de creencias que, en la mayoría de los casos, nos impide conseguir la tranquilidad económica.

Si tiramos del hilo –atención que viene curva- detrás de la carencia se camufla una falta de definición sobre qué es lo que queremos hacer con nuestra vida. Y la parte económica nos sirve de excusa para no dar con ese punto de partida, que es fundamental para la plenitud personal y, en consecuencia, económica. Duro, ¿eh?

Antes de definir el proyecto Y si de repente, mis temores puestos en fila daban tres vueltas al globo. Miedo al ridículo, miedo a fracasar, miedo a la competencia, miedo a las críticas. “Es que no tengo dinero para empezar”, decía. Y esa era mi trinchera estrella.

Tenemos un montón de justificaciones para no arrancar (aquí ya habíamos hablado de nuestras excusas top ten, ¿te acuerdas?). El otro día, sin ir más lejos, se me apareció en la calle una de ellas:

La cosa fue así:

Me encuentro con una amiga. Quiere organizar una exposición con la obra de varios artistas y venía, ella, de hablar con la directora de la sala.

—¡Qué bien!— le digo —¿Y qué tal pagan?

—No sé, no lo he preguntado— me contesta bajando la mirada —Yo esto lo hago por amor al arte, no por la pasta.

Y entonces sentí que tres cientos capilares me reventaban de golpe.

La costra ideológica financiera

Y no me enervo por falta de empatía (yo también he estado allí) ni por el espejismo de la superioridad (¡válgame dios! todos nadamos en la misma agua fría). Me altero, más bien, por rebeldía: me solivianto contra esa costra ideológica que heredamos, o que nos creamos nosotros mismos, y que no nos deja respirar. Es una soga al cuello invisible a la que, sin querer, le sacamos brillo cada día. “Ser pobre tiene su rollo auténtico”, “solo unos pocos pueden vivir bien”, “la pobreza tiene su lado noble”.

(Y mientras escribo esto me irrito otra vez. Siento la fuerza de la rabia y su calor).

La buena noticia es que la costra maldita tiene su talón de Aquiles. Los pensamientos falsos que sostienen nuestra opinión sobre el dinero, pueden desmontarse cuando los miras a la cara con honestidad. Lápiz, papel y valentía. Y el paso siguiente es encontrar los recursos para neutralizar el poder de esas ideas. Un libro, un vídeo de Internet, alguien que rompe el estereotipo, que pulveriza el cliché.

(Para desmontar mi patrón financiero durante una semana me fui a dormir con un audiolibro, Los secretos de la mente millonaria, medio en serio, medio en broma. Y flipé. Flipé también cada tarde que Juan Naranjo –la gota en la piedra- se dedicaba a desmontar mis creencias hostiles contra el dinero. Y flipé sobre todo cuando busqué, y encontré, a personas con la economía resuelta y que a la vez eran potentes, generosas y luchaban por un mundo mejor).

Si me preguntas ¿y para tener dinero, qué? Visto desde fuera, la fórmula es la de casi siempre: Honestidad para mirar hacia adentro y localizar los bloqueos; planificación para ordenar y proyectar el paso siguiente; y luego, ah, el vuelo. Visto desde dentro, constancia, confianza y, sobre todo, mucha paciencia para despedir a esas ideas que desde tan pronto formaron parte de ti.

7 junio, 2018 0 comment
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
La gestión del tiempo: ¿qué vida quiero?

Mi primer día de clase de clown sentí terror. Ríete tú del dentista, de los libros de Edgar Allan Poe, o de descubrir por encima del hombro que el maestro ha descubierto tu chuleta y viene directo a pillarte in fraganti.

Mucho miedo. De mostrarte a los otros sin poder echar mano de los recursos que planea tu mente. Un chistecito, una idea brillante, una caída de parpados. Algo que afloje la inseguridad. (El clown es implacable con todos esos juegos de luces: sencillamente porque, si algo no es auténtico y espontáneo, el resultado cae en picado. Si tus pensamientos no te sueltan en el escenario, te conviertes en un adulto incómodo pegado a una nariz roja. Y poco más. Vamos, como en la vida real, pero mucho más evidente).

Entonces, ¿cómo poder soltar el control sin que te tiemblen las piernas? Para mí se está convirtiendo en una cuestión de entrenamiento: las clases de clown me están sacando músculo. 💪

Pero ojo que el training del clown va mucho más allá. La semana pasada descubrí cosas que me hicieron reflexionar sobre el tiempo. Madre mía cómo lloré.

Vivir a contrapelo

La consigna se lanzó hace semanas: el martes, teníamos que presentar una propuesta en clase de clown. Ya sabes, pensar una escena, un personaje, algo que contar y lanzarte al vacío. El público y tú.

A mí esa semana me coincidieron un montón de cosas: varias entrevistas increíbles por hacer, el cumpleaños de mi novio, la preparación de obras en casa, mi hermano y un reto admirable, la exposición de una amiga, escribir el prólogo de un libro… ¡Tantas cosas apetecibles por hacer y tan poco tiempo!

Y te digo que cuando el tiempo se te traba, que cuando patinas con la gestión de tus horas, no importa demasiado si amas lo que haces o no. Es la misma cárcel, la ansiedad, la sensación de no llegar (pero con final feliz). Un bocado agridulce que te deja despistado. “¿Qué está pasando aquí?”.

“No llego a pensar mi número de clown, no tengo regalo para mi novio, no me da la vida para esos dos libros geniales, no estoy aprovechando el sol, no estoy ayudando a mi hermano, no he hecho el guión para ese vídeo tan guay, no sé cuándo ir a la peluquería, no puedo concentrarme para escribir, no llamé a mis padres, no tengo tiempo para meditar…”. Mierda. Las prisas pincharon el globo de mi mundo feliz.

Por eso, la gestión del tiempo otra vez. ¿Volvemos?

Pero antes de la reflexión llegó el llanto. En los ejercicios de calentamiento en clase de clown me desahogué de la rabia infinita por tropezar tantas veces con la misma piedra. ¿Y si de repente un acto de magia hiciera que los cambios se acomodaran automáticamente?

Antes de charlar con Juan -el coach Juan Naranjo- sobre la gestión del tiempo, pensé en cómo nos boicoteamos de maneras muy creativas para no darnos la vida que merecemos. En que debemos aceptar que a veces ocurren imprevistos que no se pueden prever ni controlar. Y sobre todo, esto: que la felicidad, digámoslo así, también necesita un orden.

Organizarse la vida: 4 preguntas, 4 errores, 1 reflexión

De la larga conversación con Juan salió este vídeo de ocho minutos sobre cómo gestionar nuestro tiempo.

Aquí te dejo escritas algunas ideas interesantes que surgieron.

Las preguntas.
  • ¿Dejas agujeros libres en tu agenda o atiborras todas las horas con un montón de actividades?
  • ¿Con cuánta antelación planificas tu tiempo? ¿de hoy para mañana? ¿un mes vista?
  • ¿Qué pasa cuando tienes un imprevisto? ¿cómo gestionas eso que no está contemplado en tu agenda?
  • ¿Empiezas con mucha fuerza tus proyectos y luego vas perdiendo fuerza?
Algunos de nuestros errores.
  • Planificamos nuestra agenda a corto plazo.
  • No priorizamos: nos lanzamos a resolverlo todo por igual.
  • Nuestras previsiones no son realistas.
  • No contemplamos espacios para recargar energías (y volver a la carga más productivos).
La reflexión.

Lo que apuntamos en nuestra agenda debería ser el resultado de lo que nos apetece hacer (con nuestra vida). No de lo que tenemos que hacer por obligación, compromiso o culpa. Al planificar nuestro tiempo estamos diseñando cómo queremos que sea nuestra vida.

Parecía más inocente el acto de tomar el bolígrafo y escribir, ¿verdad?

Dos menciones especiales:

  1. A mi profe de clown, Oh Félix, porque su mezcla de chispa, profundidad y ternura hace que no me pueda despegar de mi nueva nariz. ¡Gracias Félix por tu talento y tu amor, y por la alegría de cada martes!
  2. A las chicas del Bed&Breakfast Ca la Maria. A Lili, que nos atiende siempre con tanta paciencia y cariño cada vez que invadimos el bed&breakfast con Juan para grabar nuestras charlas . ¡Mil gracias por compartir vuestro espacio con nosotros!

💡 Participa en el sorteo semanal para una sesión gratuita de coaching con Juan Naranjo. Sea lo que sea en lo que estés pensando, qué bueno es empezar a hacerlo ya. 😊

25 mayo, 2018 2 comments
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

💡 Participa en el sorteo semanal para una sesión gratuita de coaching con Juan Naranjo. Sea lo que sea en lo que estés pensando, qué bueno es empezar a hacerlo ya. 😊

19 mayo, 2018 2 comments
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
Acompáñate

Qué pereza enamorarse como antes. Con la mirada puesta en las grandilocuencias: los músculos, los discursos, las demostraciones. A mí últimamente es lo minúsculo lo que me cautiva. Me hipnotiza y me da felicidad.

Por ejemplo. Me cuelgo mucho, hace un tiempo, en cómo la luz se queda en tu pelo y forma pliegues, caminos, campos sembrados. O en tu sonrisa de perfil que marca tu labio impúdico.

Otras veces, las sutilezas son el amor que va por dentro. Por ejemplo. Cuando el día ha sido duro y alguna amenaza ha conseguido traspasar mi pecho, y mi interior es un pueblo arrasado, un incendio, niños desnutridos, todos mis soldados vencidos. Entonces tú, en silencio, lees en la letra pequeña mi derrota, esa catástrofe del día: ves el fuego, las bajas, el hambre, y con dos palabras buscas la reconstrucción.

Dos palabras. Siempre las mismas.

Cuéntamelo todo.

Y entonces yo, con cada letra, en cada frase, voy reconociendo poco a poco mis calles, reparando zonas, restaurando mi dignidad. Y tú sonríes, sin hablar, y me dices que sí con la cabeza. Y así me salvas una, dos, tres, quinientas noches, cuando los retos me quedan grandes como un abrigo con tres tallas de más.

Un día, ¿te había contado?, una psicóloga que visitaba hace años, Teresa, me explicó (con esa voz cálida de una mamá gallina) que cuando su marido murió y ella se quedó sola con un niño chico, su primo tocaba la puerta de su casa cada tarde, al salir de su oficina. El encuentro era poca cosa, un café, un ¿cómo te ha ido?, un beso al pequeño. Pero esas visitas diarias –dice Teresa- la salvaron.

Un primo. Un amigo. El terapeuta. Tu madre. Un masajista. Una hermana. El vecino.

Alguien que, en cualquier momento, percibe un matiz torcido en ti y dice “cuéntamelo todo”. Y entonces todo brilla: las ventanas, el sol en tu pelo, y tu luz renaciendo la mía.

 

 

💡 Participa en el sorteo semanal para una sesión gratuita de coaching con Juan Naranjo. Sea lo que sea en lo que estés pensando, qué bueno es empezar a hacerlo ya. 😊

11 mayo, 2018 0 comment
0 Facebook Twitter Google + Pinterest
Núria Roura | Cómo combatir el estrés con la alimentación

“A veces, cuando comemos, buscamos una euforia transitoria que nos quite el malestar emocional”

¿Qué comer en momentos de cambio?

Mi estómago y yo tenemos una relación un tanto pasional, sobre todo en los períodos de estrés. Yo lo cuido, pero ya se sabe: en cuanto salimos de la zona de confort para descubrir el mundo, se activa una vocecita interior (“¡cuidado!”, dice todo el tiempo). El cuerpo la escucha enseguida, le cree a pies puntillas y, naturalmente, se tensa por todos lados. En ese estado de alerta el primero que se resiente es el sistema digestivo–y a veces también la piel. O sea, que si no vamos con cuidado las comidas son un infierno y nuestra piel un lienzo impresionista.

Para evitarlo, llamé a Núria Roura, especialista en crecimiento personal y bienestar a través de la alimentación y los hábitos saludables. El título de uno de sus libros –Aprende a vivir, aprende a comer– me llamó la atención. Así que le pregunté, Núria, ¿cómo combatir el estrés en períodos de cambio?

Y en la entrevista, empezamos por el principio:

¿Por qué se resiente nuestro sistema digestivo cuando estamos estresados?

Cuando estamos bajo estrés, pasan muchas cosas en tu organismo, una de ellas es que tu capacidad enzimática, es decir, tu capacidad para digerir, se reduce, se ve anulada. Además, tu metabolismo se ralentiza, y con él tu habilidad de quemar todo lo que has comido. Sufrimos de digestiones pesadas, no digerimos bien, tenemos reflujo o acidez.

Entiendo que lo mejor es no caer en el estrés, pero en esos momentos en los que no podemos evitarlo, ¿qué cuidados podemos seguir?

Aunque estés estresado todo el día, lo importante es que puedas parar al empezar a comer. En ese momento hay que poner de lado el trabajo o cualquier problema que te esté tensando, y permitirte un poco de relax. Hay personas que se ponen una canción, otras unas velitas… cualquier cosa que te ayude a estar contigo mismo es válida. ¡Y hay que respirar! Hacer cinco respiraciones profundas antes de comer es fundamental. Luego, si quieres, vuelves a tu ritmo acelerado, pero en ese momento solo tiene que existir la comida y tú.

Un amigo médico me dice siempre “si estás muy nerviosa, no comas”.

Exacto, yo también lo digo. Si estás muy enfadada, muy nerviosa, muy disgustada, no comas. ¡Porque te va sentar mal seguro! Lo mejor es encargarte de rebajar ese malestar antes de comer, con cualquier técnica de desestrés. Si no, vas a hacer elecciones poco inteligentes, vas a comer mal, demasiado rápido, etc.

Núria Roura explica cómo combatir el estrés con la alimentación

¿Y cómo combatir el estrés durante un período sostenido de tiempo a través de la comida? Por ejemplo, si empiezas un trabajo nuevo y ya sabes que vendrán tres semanas difíciles.

Lo más recomendable es comer productos de energía moderada. De esto se habla mucho en macrobiótica: no consumir alimentos ni muy yin ni muy yang. Yin serían los excitantes, el alcohol, el vinagre, el café, el azúcar… Y entre los yang estaría la carne, mucha sal o los quesos, por ejemplo. Los alimentos de energía moderada te van a dar más foco, más centro, más claridad mental. Son los cereales integrales, las semillas, los frutos secos, las legumbres, las verduras y todas aquellas frutas que no sean muy tropicales (pues son más yin). Manzanas, peras, cualquier fruta de temporada.

¿Qué ocurre si nos saltamos todos estos cuidados y estamos estresados y bebemos alcohol, comemos hamburguesas…?

¿Qué pasa? Yo creo que eso lo hemos vivido todos. Nos metemos en un bucle del que es muy difícil salir: estás mal y comes alimentos que te bajan la energía aún más, porque aunque en ese momento te da cierta sensación de euforia esos alimentos tienen el mismo efecto que cualquier droga. Y todos lo sabemos, o los que hemos consumido drogas: todo lo que sube baja. Así que cuando baje, te vas a volver a sentir mal. Pero además con la mala conciencia de haber vuelto a caer en ese mal hábito. Alimentas la rueda de negatividad y de depresión y malestar que no te va llevar a nada positivo.

Y es paradójico porque justamente cuando peor nos encontramos, más ganas nos dan de darnos atracones de helado, comer todo el día chocolate…

Sí, porque al consumir este tipo de alimentos buscamos precisamente eso: algo que nos saque del dolor, de esas emociones desagradables que no sabemos gestionar. Elegimos los que tienen opiáceos o los que provocan una subida de serotonina [la sustancia química que genera nuestro cerebro conocida como la hormona de la felicidad]. Recurres al azúcar, al chocolate, al pan, por no hablar del alcohol, el tabaco, las drogas. Buscamos la euforia transitoria porque no sabemos lidiar con las emociones que nos ocurren.

Si en un momento de estrés no he sabido cuidarme, ¿cómo me recupero después?

Con alimentos muy fáciles de digerir. Fruta, por ejemplo. O lo que cada uno sepa qué es lo mejor para su propio cuerpo.

¿La fruta es fácil de digerir?

Si para alguien no es fácil digerirla es que tiene un desajuste digestivo. ¿Cuál es el alimento que menos cuesta digerir? No será un fruto seco, no será un cereal, un trozo de carne o pescado. La fruta: tardas 30 minutos. Pero insisto en que siempre lo más importante es escuchar lo que necesita el propio cuerpo. El cuerpo es mucho más inteligente que cualquier norma que pueda inventar la mente.

8 mayo, 2018 0 comment
2 Facebook Twitter Google + Pinterest
¿Cómo vender un producto? La curiosa estrategia de ayudar al otro

* Bienvenidos al mundo del marketing*

Recuerdo pelearme desde la primera fila de clase con el profesor de Publicidad y Relaciones Públicas. Ventura, se llamaba. El Ventura. Era bajito, tenía el cuerpo muy erguido y dictaba unos apuntes facilísimos de estudiar: bien estructurados en apartados, subapartados, secciones, listas… Con ese orden meticuloso, hacerse una idea de los intríngulis de la publicidad era, en la mente del estudiante de periodismo, un camino recto, corto y florido.

Para vender un producto, primero hay que crear el problema en el público y así luego ofrecerle la solución—. Dijo algo así un día, el Ventura, siempre con la barbilla un poco hacia adentro y la voz sin emoción.

Levanté la mano.

Pero si no hay necesidades, ¿por qué las tengo que crear? ¿solo para colocarle el producto? — pregunté yo.

Y entonces todo se convirtió en un debate ético del que no recuerdo ya los detalles. Sí sé que él se mantuvo férreo en la defensa de su profesión, su cátedra, su alimento. Y yo, en mi rechazo hacia todo lo que implica algún tipo de manipulación.

Quién me hubiera dicho que veinte años después volvería al mismo lugar –la misma pregunta- con más canas, menos certezas y con el cerebro girado con un nuevo descubrimiento.

¿Para qué sirve el marketing?

Cómo vender un producto con éxito: filosofía en tres pasos

Para poder rentabilizar este blog y así cumplir con el objetivo “vivir de lo que amas” me dijeron que pensara en ofrecer algo. Claro. Un producto, un conocimiento, un servicio. Algo. Y entonces yo respiré hondo, llamé a mi coach financiero Juan Naranjo y le dije: “tenemos que vernos”.

Y horas más tarde, Juan me explicaba en un café cómo vender un producto paso a paso. Me encantó la filosofía que encontré detrás (había un matiz que se me había pasado por alto).

PASO 1: ¿Qué problema resuelvo?

La cosa empieza con una consigna sencilla: a la hora de iniciar un emprendimiento o un proyecto cualquiera, es imprescindible que ponga mi foco de atención en las personas, en sus necesidades, en los problemas a los que se enfrentan día a día. Solo después de este análisis podré crear y comercializar un producto que realmente les sea de utilidad.

Podemos pensar, por ejemplo, en cómo el apogeo de los teléfonos móviles activó otras necesidades: la exigencia de las fundas, de las baterías recargables o de los auriculares inalámbricos. Después de observar qué es lo que precisa la gente.

¿Cómo lo ves?

Yo me sorprendí cuando Juan me dijo que el inconsciente está muy presente en el proceso de venta. Y de una forma muy peculiar. Mira este vídeo: aquí lo explica muy bien.

*Muy gracioso muy ímpetu inicial 😛

PASO 2. ¿Qué solución aporto?

Para introducir el paso número dos, me voy de nuevo a la Argentina. Cuando viví allí tuve la fortuna de encontrarme con un proyecto que me conmovió: “Emprending”. Estaba organizado por unos jóvenes universitarios que decidieron montar un curso en la Universidad de Buenos Aires para promover las nuevas ideas que tuvieran un impacto positivo en la sociedad.

Releo lo que escribí entonces, para una revista argentina, sobre Emprending:

“Emprending no se parece a ninguno de los cursos que quieren concretar las buenas ideas -tan de moda y tan comunes hoy en Buenos Aires-. Sobre todo porque el objetivo principal de la innovación no es ganar dinero, sino cambiar el mundo. Lo dicen así, sin miedo a la utopía y con confianza en que lo lograrán a través de dos pasos previos: crear cultura emprendedora y formar emprendedores activos. No importa la naturaleza del proyecto, puede ser un programa para suministrar agua en un pueblito de África o crear una nueva aplicación para celulares, el propósito es realizar acciones que tengan un impacto positivo en la sociedad”.

Me acuerdo de un ejercicio que hicimos una tarde en la espléndida facultad porteña de ingeniería: teníamos que prever qué problemas tendría la sociedad en el futuro para, así, poder adelantarnos a esa necesidad y a su solución. Me acuerdo de eso ahora, y en seguida busco en google: ¿qué nos amenazará con más saña en los próximos años? La contaminación y la ausencia de zonas verdes; los efectos de la soledad; la escasez de agua. ¿Qué recurso podría yo ofrecer en esos ámbitos?

Luego ajusto la escala: voy de la sociedad en macro a las personas de a pie. Pienso: ¿qué problemas tendrán? ¿con qué se tropezarán mis paisanos en el 2025? ¿Podría yo inventar alguna solución? Es un ejercicio increíble que llega mucho más lejos de lo que parece.

PASO 3. ¿Qué beneficios tiene mi producto o servicio?

Si después de pasar por el paso 1 y el paso 2, mi producto fracasa, puede deberse a dos motivos:

1. MI PROPUESTA NO MEJORA LA VIDA DE NADIE. Si la venta se me resiste, quizás tenga que plantearme si el producto genera algún tipo de beneficio o impacto en la vida de alguna persona. Pienso en un negocio de alquiler de alquiler de películas en DVD o en una cabina de teléfonos. Quizás fueran convenientes hace veinte años, pero no en el contexto actual. Si ya no resulta útil  ¿puedo ajustar mi producto para que vuelva a ofrecer un servicio de provecho?

2. LOS BENEFICIOS QUE APORTA NO SE TRANSMITEN CON EFICACIA. El cliente desconoce el valor del producto. Y aquí volvemos al principio de este post: ¿para qué sirve el marketing? ¿es una disciplina feroz que busca cualquier grieta de tu autoestima para colarse y sacar rédito? En mi charla con Juan se me abrió una ventana nueva: ¿y si el marketing fuera una herramienta para comunicar en qué consiste tu don y, sobre todo, cuáles son las mejoras que una persona va a percibir después de la compra?

Aun siento cómo se mueve mi cerebro con esta nueva idea. Cambio de chip. 

Y es que descubrí que lo importante es centrarte en cómo puedes ayudar al otro, de verdad. Y que no se trata de vender, de montarse en el dólar o de engañar al infeliz que tienes delante. ¿Vamos a manipularle para que compre como un loco y ponga un hermoso parche a su carencia de amor? ¡No! ¡Eso ya quedó atrás! Ahora se trata de descubrir cuál es mi talento y, a la vez, cómo puedo mejorar la vida del otro aunque sea un poquito.

En mi cabeza, la tarde terminó así:

“Gracias al marketing, puedo comunicar”. “Gracias a la venta, puedo ayudar”.

¿Y si todos vendieran honestamente lo que mejor saben hacer?

💡 Participa en el sorteo semanal para una sesión gratuita de coaching con Juan Naranjo. Sea lo que sea en lo que estés pensando, qué bueno es empezar a hacerlo ya. 😊

❤ La entrevista con Juan la hicimos en el Bed&Breakfast Ca la Maria, que está en Barcelona, y que es irresistible por su comida, por su terraza gigante, por el estilazo de su decoración y, sobre todo, por su amor. ¡Gracias chicas por compartir vuestro espacio con nosotros!

4 mayo, 2018 3 comments
1 Facebook Twitter Google + Pinterest
La rebeldía de cambiar

Hay algo de la adolescencia que no se pierde nunca. Son esas ganas de cambiarlo todo, esa llamita interna que quiere expandirse y quemar el mundo. Por más derrotas que se acumulen en el pecho, hay una rebeldía que no muere.

Hace años mi rebeldía se sostenía en el no. La falda del uniforme era demasiado corta, los portazos al salir de casa muy escandalosos y pura satisfacción los eructos tras un buen trago de cerveza. Todo era parte de un alzamiento en contra de lo que me rodeaba -que era, a la vez, todo lo que me contenía.

Aprendí, supongo, en algún lugar, a ser la Bart Simpson del último asiento del bus. A ser una  miniatura de Jimmy Hendrix en versión soft (reventaba una guitarra mentalmente cada vez que bebía de más, que peleaba con alguien de más). Era, yo, un movimiento armado a pequeña escala, sin saberlo, porque en mi cabeza siempre luchaba contra el cacique, contra la injusticia; todos mis guerrilleros apuntando a las curvas de una Coca Cola.

No, las monjas. No, mis padres. No, los políticos, el capitalismo, el sistema. Mil veces no.

Muerte al fuego

Y entonces un día me cansé. Fue sin una razón aparente: como cuando Forrest Gump, de repente, decidió dejar de correr y dijo “ahora me voy a casa”.

Ese día, sentada en un bordillo, imaginé toda mi energía como lava viva, ardiente, hermosa, yendo a morir año tras año en el pozo sin fondo del no. Una muerte gris para el fuego.

Me sentía cansada de pelear, de ser la nota discordante para provocar, de encarnar al hijo adolescente que solo tiene recursos para escupir. Siempre igual: la saliva del desprecio como un perdigón dirigido a la sien de la sociedad.

¿Eso es todo?— me pregunté, al aire, un poco desilusionada.

Para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca dar vida a aquello que anhelamos

Y, como una casualidad, empecé a conocer a personas que circulaban en la misma dirección. Gente rebelde, quiero decir, insolente, inconformista. Pero que invertía su fiebre revolucionaria en mirar hacia adelante: su llamita no servía para quemar lo antiguo, sino para iluminar la nueva ruta. Fabricaban muy poco a poco, el mundo donde querían vivir.

A lo mejor, para experimentar la rebeldía al completo, para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca –en esta generación- dar vida a aquello que anhelamos. Me refiero que ya está bien de quejarse y que ya llegó el momento de construir nuestra propia versión del asunto, ¿no?

Y cuando estoy en esas me pregunto: ¿Estamos listos para asumir la adultez? Quizás nos cueste al principio. Tan acostumbrados como estamos a romperlo todo, a atrincherarnos como Peter Panes en el no, miedosos de salir al mundo sin la bandera negra de la guerra.

Ojalá que la rebeldía no se convierta en una excusa, en la cantinela facilona tras la que nos escondemos para tapar nuestro pánico a crecer. Que honremos nuestro ímpetu adolescente para arrasar con todo y, sobre las brasas, levantar con las manos todo lo que soñamos.

💡 Participa en el sorteo semanal para una sesión gratuita de coaching con Juan Naranjo. Sea lo que sea en lo que estés pensando, qué bueno es empezar a hacerlo ya. 😊

1 mayo, 2018 0 comment
2 Facebook Twitter Google + Pinterest
Newer Posts