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Vivir de lo que amas

La gestión del tiempo: ¿qué vida quiero?

Mi primer día de clase de clown sentí terror. Ríete tú del dentista, de los libros de Edgar Allan Poe, o de descubrir por encima del hombro que el maestro ha descubierto tu chuleta y viene directo a pillarte in fraganti.

Mucho miedo. De mostrarte a los otros sin poder echar mano de los recursos que planea tu mente. Un chistecito, una idea brillante, una caída de parpados. Algo que afloje la inseguridad. (El clown es implacable con todos esos juegos de luces: sencillamente porque, si algo no es auténtico y espontáneo, el resultado cae en picado. Si tus pensamientos no te sueltan en el escenario, te conviertes en un adulto incómodo pegado a una nariz roja. Y poco más. Vamos, como en la vida real, pero mucho más evidente).

Entonces, ¿cómo poder soltar el control sin que te tiemblen las piernas? Para mí se está convirtiendo en una cuestión de entrenamiento: las clases de clown me están sacando músculo. 💪

Pero ojo que el training del clown va mucho más allá. La semana pasada descubrí cosas que me hicieron reflexionar sobre el tiempo. Madre mía cómo lloré.

Vivir a contrapelo

La consigna se lanzó hace semanas: el martes, teníamos que presentar una propuesta en clase de clown. Ya sabes, pensar una escena, un personaje, algo que contar y lanzarte al vacío. El público y tú.

A mí esa semana me coincidieron un montón de cosas: varias entrevistas increíbles por hacer, el cumpleaños de mi novio, la preparación de obras en casa, mi hermano y un reto admirable, la exposición de una amiga, escribir el prólogo de un libro… ¡Tantas cosas apetecibles por hacer y tan poco tiempo!

Y te digo que cuando el tiempo se te traba, que cuando patinas con la gestión de tus horas, no importa demasiado si amas lo que haces o no. Es la misma cárcel, la ansiedad, la sensación de no llegar (pero con final feliz). Un bocado agridulce que te deja despistado. “¿Qué está pasando aquí?”.

“No llego a pensar mi número de clown, no tengo regalo para mi novio, no me da la vida para esos dos libros geniales, no estoy aprovechando el sol, no estoy ayudando a mi hermano, no he hecho el guión para ese vídeo tan guay, no sé cuándo ir a la peluquería, no puedo concentrarme para escribir, no llamé a mis padres, no tengo tiempo para meditar…”. Mierda. Las prisas pincharon el globo de mi mundo feliz.

Por eso, la gestión del tiempo otra vez. ¿Volvemos?

Pero antes de la reflexión llegó el llanto. En los ejercicios de calentamiento en clase de clown me desahogué de la rabia infinita por tropezar tantas veces con la misma piedra. ¿Y si de repente un acto de magia hiciera que los cambios se acomodaran automáticamente?

Antes de charlar con Juan -el coach Juan Naranjo- sobre la gestión del tiempo, pensé en cómo nos boicoteamos de maneras muy creativas para no darnos la vida que merecemos. En que debemos aceptar que a veces ocurren imprevistos que no se pueden prever ni controlar. Y sobre todo, esto: que la felicidad, digámoslo así, también necesita un orden.

Organizarse la vida: 4 preguntas, 4 errores, 1 reflexión

De la larga conversación con Juan salió este vídeo de ocho minutos sobre cómo gestionar nuestro tiempo.

Aquí te dejo escritas algunas ideas interesantes que surgieron.

Las preguntas.
  • ¿Dejas agujeros libres en tu agenda o atiborras todas las horas con un montón de actividades?
  • ¿Con cuánta antelación planificas tu tiempo? ¿de hoy para mañana? ¿un mes vista?
  • ¿Qué pasa cuando tienes un imprevisto? ¿cómo gestionas eso que no está contemplado en tu agenda?
  • ¿Empiezas con mucha fuerza tus proyectos y luego vas perdiendo fuerza?
Algunos de nuestros errores.
  • Planificamos nuestra agenda a corto plazo.
  • No priorizamos: nos lanzamos a resolverlo todo por igual.
  • Nuestras previsiones no son realistas.
  • No contemplamos espacios para recargar energías (y volver a la carga más productivos).
La reflexión.

Lo que apuntamos en nuestra agenda debería ser el resultado de lo que nos apetece hacer (con nuestra vida). No de lo que tenemos que hacer por obligación, compromiso o culpa. Al planificar nuestro tiempo estamos diseñando cómo queremos que sea nuestra vida.

Parecía más inocente el acto de tomar el bolígrafo y escribir, ¿verdad?

Dos menciones especiales:

  1. A mi profe de clown, Oh Félix, porque su mezcla de chispa, profundidad y ternura hace que no me pueda despegar de mi nueva nariz. ¡Gracias Félix por tu talento y tu amor, y por la alegría de cada martes!
  2. A las chicas del Bed&Breakfast Ca la Maria. A Lili, que nos atiende siempre con tanta paciencia y cariño cada vez que invadimos el bed&breakfast con Juan para grabar nuestras charlas . ¡Mil gracias por compartir vuestro espacio con nosotros!

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25 mayo, 2018 0 comment
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De mujeres emprendedoras. Dos dudas y un deseo

El post de hoy debía hablar sobre el dinero, pero hace un par de días fui a una reunión que me estrujó el corazón. Te la tengo que contar.

El miércoles pasado fui por primera vez a un encuentro de mujeres emprendedoras (¡que nunca se acaben las primeras veces!). Lo organizaba en Barcelona Kubik, el primer coworking de España que nació en 1994, cuando aún no existían los buscadores en Internet ni la propia palabra. “Coworking”.

Del encuentro salieron cosas muy chulas: conocí, por ejemplo, de primera mano, lo que nos preocupa a las mujeres a la hora de tirar adelante un proyecto. Pero sobre todo salieron dos ideas que me rompieron la cabeza. Por eso mis dos dudas de esta entrada y su deseo adjunto.

Pero primero lo primero:

Sentadas todas en semicírculo, a la hora de presentarnos parecíamos un chiste. Una rusa, una brasileña, una ecuatoriana, una italiana, una portuguesa, una japonesa y cuatro catalanas. Diez mujeres emprendedoras establecidas en Barcelona y provenientes del mundo. Coaches, artistas, terapeutas, periodistas, educadoras. Un batallón de nuevas ideas. Un rock and roll.

“Las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”

Mientras hablaban, me extrañó la mirada limpia de todas. Sus ganas. Y la atención con la que nos escuchábamos las unas a la otras. Pensé en las cientos de veces que oí la frase “las mujeres entre ellas son terribles. Unas envidiosas”. Y en medio de la tarde me encantó estar allí, mujer en pleno siglo XXI, poniendo oído y corazón a sus ilusiones, sus miedos, sus dones.

Con nuestras preocupaciones hicimos una lista en la pizarra blanca. Sobre todo compartíamos la falta de visilibilidad (¿quién te conoce al empezar un proyecto?), la soledad del emprendedor (tantas horas en casa remando, el ordenador y tú), y la necesidad que aparece en el camino cuando echas de menos a especialistas que te rescaten (esas queridas sinergias para parchear una duda legal, financiera o de marketing).

En el encuentro todas vimos la comunidad como una posible solución a nuestras carencias individuales. Para las mujeres emprendedoras, ¡abran paso a la fuerza del grupo, de la tribu, de la cooperación! Y justamente de allí, de la cooperación, surgió mi primera duda. (La segunda duda te la cuento en otra entrada. Mucha letra para un solo día 😉)

 

Duda 1: ¿Cooperación o competitividad?

Nunca vi un auditorio tan impactado como el que encontré el primer día de clase en un curso de emprendimiento. (Hace cinco años me apunté a un curso que se llamaba Emprending, ¿te acuerdas? Algo te había comentado aquí). Esa tarde nos hicieron trizas los esquemas.

La cuestión es que entre los alumnos del curso había muchos que llegaban con unas ganas locas de materializar su idea de negocio. En sus cabezas eran ideas únicas, estelares, que con la ayuda adecuada llegarían a la estratosfera empresarial. Solo necesitaban un empujoncito para que su gran secreto se convirtiera en el jardín de la abundancia y el reconocimiento.

Para eso estaban allí.

Pero lo que ocurrió fue muy distinto a lo que esperaban. Primero fue la pregunta de uno de los profesores, que nos heló a todos por su indiscreción: “¿alguien quiere explicar en qué consiste su idea?”. Un silencio selló la sala. Todos nos mirábamos unos a otros. “Lógico”, pensé yo, “a ver quién es el tonto que abre la boca para que le roben su proyecto”. Y entonces, la frase desde la pizarra: “Todas las ideas que se pongan en común son susceptibles de ser usadas por otros, parcial o totalmente. Quien no esté dispuesto a aceptarlo, ya puede irse”.

La sala se congeló.

¿Cómo? ¿No hay castigo para el plagio? ¿no hay protección intelectual?

Y lo que siguió fue una explicación paciente sobre el hecho de que, allí, la competencia no tenía lugar, y de que la cooperación entre unos y otros sería más ventajosa, pues enriquecería cada propuesta. Y al parecer nos convencieron, porque en la segunda clase todos se olvidaron de esconder su proyecto y, al decirlo en voz alta, atrajeron a colaboradores, ayudantes, compañeros. “¿Alguien conoce a un diseñador?”, “Juan, encontré esta información que quizás te interese”, “Mónica, me encanta tu idea, ¿puedo colaborar?”.

La primera semana de Emprending se extrajeron las palabras más numerosas que aparecían en los correos electrónicos que intercambiaban los alumnos. Las apunté: eran “ideas”, “gente”, “hacer”, “puede”, “bien” o “más”.

Una de las lecciones más impresionantes de mi vida.

Nuevos confines

Ahora bien.

La sociedad cambia poco a poco sus valores (es un frankestein lento que se mueve con torpeza).  A mi a veces aún me entra el miedo y tengo la tentación de rivalizar para conseguir un objetivo. Tranquila, me digo en voz bajita, que hay para todos y que, de la mano, conseguimos llegar más allá.

Salir del discurso aprendido no es fácil. (¡Tantas veces diciéndote que debes llegar el primero, tantos años de exámenes con notas, de pódiums y premios!) Y cuando, a tientas, palpas el nuevo terreno de la colaboración, te das cuenta de que todavía no entiendes muy bien sus confines. ¿Cooperación, hasta dónde?

Esa fue mi duda por muchos años: ¿hasta dónde hay que ayudar? ¿hasta qué punto el otro tiene la obligación de echarme una mano? En mi vida he estado en las dos orillas: demandando alguna vez de más y también recibiendo peticiones de alguien que se convertía en un agujero negro sin fin. En ambos casos falta el respeto por el tiempo, por el esfuerzo del otro, por su propio bienestar. Y en ese momento las ventajas de la cooperación se desdibujan. Demasiada desproporción.

Y yo me pregunto, tanto si se trata de mujeres emprendedoras como si no, ¿sabemos todos cooperar? ¿dónde pones tú los límites?

 

Despegar. Dar y tomar

Hace años conocí el pensamiento de Bert Hellinger (Leimen, Alemania – 1925) y me encantó. Conocido por crear el método terapéutico de las constelaciones familiares, antes de hacerlo estudió Filosofía, Teología y Pedagogía; trabajó como misionero en Sudáfrica y ejerció más tarde el psicoanálisis, además de otras muchas disciplinas.

Una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar

Al pensar en la cooperación a raíz de este encuentro con mujeres emprendedoras hice ¡zas! Y me acordé de cuando estudié en la formación sus principios básicos. Uno era el Orden del Equilibrio, en el que Hellinger establece que una condición necesaria para que se dé el amor es el equilibrio entre el dar y el tomar. Si éste se rompe, hay algo que se descompensa y que tuerce la relación. Una parte se siente demasiado exigida, y la otra demasiado en deuda. El cultivo perfecto para reventar la armonía más glamurosa.

Lo mismo ocurre en lo profesional. Hemos dejado atrás la competitividad, que nos aislaba –los unos contra los otros-, y hemos abierto una nueva ruta, muchísimo más fructífera pero que nos demanda también más atención. ¿Estamos preparados para compartir como adultos?

Ojalá. Poniéndome modesta, la cooperación es para mí el único futuro posible que tenemos por ensayar.

(*Perdón por cortar el post, no era mi idea inicial. En el próximo seguimos con el encuentro de mujeres emprendedoras. Al final de la reunión se me ocurrió levantar la mano y decir: “Todo muy bien, pero tengo que ser honesta”. Ay).

 

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19 mayo, 2018 0 comment
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Acompáñate

Qué pereza enamorarse como antes. Con la mirada puesta en las grandilocuencias: los músculos, los discursos, las demostraciones. A mí últimamente es lo minúsculo lo que me cautiva. Me hipnotiza y me da felicidad.

Por ejemplo. Me cuelgo mucho, hace un tiempo, en cómo la luz se queda en tu pelo y forma pliegues, caminos, campos sembrados. O en tu sonrisa de perfil que marca tu labio impúdico.

Otras veces, las sutilezas son el amor que va por dentro. Por ejemplo. Cuando el día ha sido duro y alguna amenaza ha conseguido traspasar mi pecho, y mi interior es un pueblo arrasado, un incendio, niños desnutridos, todos mis soldados vencidos. Entonces tú, en silencio, lees en la letra pequeña mi derrota, esa catástrofe del día: ves el fuego, las bajas, el hambre, y con dos palabras buscas la reconstrucción.

Dos palabras. Siempre las mismas.

Cuéntamelo todo.

Y entonces yo, con cada letra, en cada frase, voy reconociendo poco a poco mis calles, reparando zonas, restaurando mi dignidad. Y tú sonríes, sin hablar, y me dices que sí con la cabeza. Y así me salvas una, dos, tres, quinientas noches, cuando los retos me quedan grandes como un abrigo con tres tallas de más.

Un día, ¿te había contado?, una psicóloga que visitaba hace años, Teresa, me explicó (con esa voz cálida de una mamá gallina) que cuando su marido murió y ella se quedó sola con un niño chico, su primo tocaba la puerta de su casa cada tarde, al salir de su oficina. El encuentro era poca cosa, un café, un ¿cómo te ha ido?, un beso al pequeño. Pero esas visitas diarias –dice Teresa- la salvaron.

Un primo. Un amigo. El terapeuta. Tu madre. Un masajista. Una hermana. El vecino.

Alguien que, en cualquier momento, percibe un matiz torcido en ti y dice “cuéntamelo todo”. Y entonces todo brilla: las ventanas, el sol en tu pelo, y tu luz renaciendo la mía.

 

 

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11 mayo, 2018 0 comment
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Núria Roura | Cómo combatir el estrés con la alimentación

“A veces, cuando comemos, buscamos una euforia transitoria que nos quite el malestar emocional”

¿Qué comer en momentos de cambio?

Mi estómago y yo tenemos una relación un tanto pasional, sobre todo en los períodos de estrés. Yo lo cuido, pero ya se sabe: en cuanto salimos de la zona de confort para descubrir el mundo, se activa una vocecita interior (“¡cuidado!”, dice todo el tiempo). El cuerpo la escucha enseguida, le cree a pies puntillas y, naturalmente, se tensa por todos lados. En ese estado de alerta el primero que se resiente es el sistema digestivo–y a veces también la piel. O sea, que si no vamos con cuidado las comidas son un infierno y nuestra piel un lienzo impresionista.

Para evitarlo, llamé a Núria Roura, especialista en crecimiento personal y bienestar a través de la alimentación y los hábitos saludables. El título de uno de sus libros –Aprende a vivir, aprende a comer– me llamó la atención. Así que le pregunté, Núria, ¿cómo combatir el estrés en períodos de cambio?

Y en la entrevista, empezamos por el principio:

¿Por qué se resiente nuestro sistema digestivo cuando estamos estresados?

Cuando estamos bajo estrés, pasan muchas cosas en tu organismo, una de ellas es que tu capacidad enzimática, es decir, tu capacidad para digerir, se reduce, se ve anulada. Además, tu metabolismo se ralentiza, y con él tu habilidad de quemar todo lo que has comido. Sufrimos de digestiones pesadas, no digerimos bien, tenemos reflujo o acidez.

Entiendo que lo mejor es no caer en el estrés, pero en esos momentos en los que no podemos evitarlo, ¿qué cuidados podemos seguir?

Aunque estés estresado todo el día, lo importante es que puedas parar al empezar a comer. En ese momento hay que poner de lado el trabajo o cualquier problema que te esté tensando, y permitirte un poco de relax. Hay personas que se ponen una canción, otras unas velitas… cualquier cosa que te ayude a estar contigo mismo es válida. ¡Y hay que respirar! Hacer cinco respiraciones profundas antes de comer es fundamental. Luego, si quieres, vuelves a tu ritmo acelerado, pero en ese momento solo tiene que existir la comida y tú.

Un amigo médico me dice siempre “si estás muy nerviosa, no comas”.

Exacto, yo también lo digo. Si estás muy enfadada, muy nerviosa, muy disgustada, no comas. ¡Porque te va sentar mal seguro! Lo mejor es encargarte de rebajar ese malestar antes de comer, con cualquier técnica de desestrés. Si no, vas a hacer elecciones poco inteligentes, vas a comer mal, demasiado rápido, etc.

Núria Roura explica cómo combatir el estrés con la alimentación

¿Y cómo combatir el estrés durante un período sostenido de tiempo a través de la comida? Por ejemplo, si empiezas un trabajo nuevo y ya sabes que vendrán tres semanas difíciles.

Lo más recomendable es comer productos de energía moderada. De esto se habla mucho en macrobiótica: no consumir alimentos ni muy yin ni muy yang. Yin serían los excitantes, el alcohol, el vinagre, el café, el azúcar… Y entre los yang estaría la carne, mucha sal o los quesos, por ejemplo. Los alimentos de energía moderada te van a dar más foco, más centro, más claridad mental. Son los cereales integrales, las semillas, los frutos secos, las legumbres, las verduras y todas aquellas frutas que no sean muy tropicales (pues son más yin). Manzanas, peras, cualquier fruta de temporada.

¿Qué ocurre si nos saltamos todos estos cuidados y estamos estresados y bebemos alcohol, comemos hamburguesas…?

¿Qué pasa? Yo creo que eso lo hemos vivido todos. Nos metemos en un bucle del que es muy difícil salir: estás mal y comes alimentos que te bajan la energía aún más, porque aunque en ese momento te da cierta sensación de euforia esos alimentos tienen el mismo efecto que cualquier droga. Y todos lo sabemos, o los que hemos consumido drogas: todo lo que sube baja. Así que cuando baje, te vas a volver a sentir mal. Pero además con la mala conciencia de haber vuelto a caer en ese mal hábito. Alimentas la rueda de negatividad y de depresión y malestar que no te va llevar a nada positivo.

Y es paradójico porque justamente cuando peor nos encontramos, más ganas nos dan de darnos atracones de helado, comer todo el día chocolate…

Sí, porque al consumir este tipo de alimentos buscamos precisamente eso: algo que nos saque del dolor, de esas emociones desagradables que no sabemos gestionar. Elegimos los que tienen opiáceos o los que provocan una subida de serotonina [la sustancia química que genera nuestro cerebro conocida como la hormona de la felicidad]. Recurres al azúcar, al chocolate, al pan, por no hablar del alcohol, el tabaco, las drogas. Buscamos la euforia transitoria porque no sabemos lidiar con las emociones que nos ocurren.

Si en un momento de estrés no he sabido cuidarme, ¿cómo me recupero después?

Con alimentos muy fáciles de digerir. Fruta, por ejemplo. O lo que cada uno sepa qué es lo mejor para su propio cuerpo.

¿La fruta es fácil de digerir?

Si para alguien no es fácil digerirla es que tiene un desajuste digestivo. ¿Cuál es el alimento que menos cuesta digerir? No será un fruto seco, no será un cereal, un trozo de carne o pescado. La fruta: tardas 30 minutos. Pero insisto en que siempre lo más importante es escuchar lo que necesita el propio cuerpo. El cuerpo es mucho más inteligente que cualquier norma que pueda inventar la mente.

8 mayo, 2018 0 comment
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¿Cómo vender un producto? La curiosa estrategia de ayudar al otro

* Bienvenidos al mundo del marketing*

Recuerdo pelearme desde la primera fila de clase con el profesor de Publicidad y Relaciones Públicas. Ventura, se llamaba. El Ventura. Era bajito, tenía el cuerpo muy erguido y dictaba unos apuntes facilísimos de estudiar: bien estructurados en apartados, subapartados, secciones, listas… Con ese orden meticuloso, hacerse una idea de los intríngulis de la publicidad era, en la mente del estudiante de periodismo, un camino recto, corto y florido.

Para vender un producto, primero hay que crear el problema en el público y así luego ofrecerle la solución—. Dijo algo así un día, el Ventura, siempre con la barbilla un poco hacia adentro y la voz sin emoción.

Levanté la mano.

Pero si no hay necesidades, ¿por qué las tengo que crear? ¿solo para colocarle el producto? — pregunté yo.

Y entonces todo se convirtió en un debate ético del que no recuerdo ya los detalles. Sí sé que él se mantuvo férreo en la defensa de su profesión, su cátedra, su alimento. Y yo, en mi rechazo hacia todo lo que implica algún tipo de manipulación.

Quién me hubiera dicho que veinte años después volvería al mismo lugar –la misma pregunta- con más canas, menos certezas y con el cerebro girado con un nuevo descubrimiento.

¿Para qué sirve el marketing?

Cómo vender un producto con éxito: filosofía en tres pasos

Para poder rentabilizar este blog y así cumplir con el objetivo “vivir de lo que amas” me dijeron que pensara en ofrecer algo. Claro. Un producto, un conocimiento, un servicio. Algo. Y entonces yo respiré hondo, llamé a mi coach financiero Juan Naranjo y le dije: “tenemos que vernos”.

Y horas más tarde, Juan me explicaba en un café cómo vender un producto paso a paso. Me encantó la filosofía que encontré detrás (había un matiz que se me había pasado por alto).

PASO 1: ¿Qué problema resuelvo?

La cosa empieza con una consigna sencilla: a la hora de iniciar un emprendimiento o un proyecto cualquiera, es imprescindible que ponga mi foco de atención en las personas, en sus necesidades, en los problemas a los que se enfrentan día a día. Solo después de este análisis podré crear y comercializar un producto que realmente les sea de utilidad.

Podemos pensar, por ejemplo, en cómo el apogeo de los teléfonos móviles activó otras necesidades: la exigencia de las fundas, de las baterías recargables o de los auriculares inalámbricos. Después de observar qué es lo que precisa la gente.

¿Cómo lo ves?

Yo me sorprendí cuando Juan me dijo que el inconsciente está muy presente en el proceso de venta. Y de una forma muy peculiar. Mira este vídeo: aquí lo explica muy bien.

*Muy gracioso muy ímpetu inicial 😛

PASO 2. ¿Qué solución aporto?

Para introducir el paso número dos, me voy de nuevo a la Argentina. Cuando viví allí tuve la fortuna de encontrarme con un proyecto que me conmovió: “Emprending”. Estaba organizado por unos jóvenes universitarios que decidieron montar un curso en la Universidad de Buenos Aires para promover las nuevas ideas que tuvieran un impacto positivo en la sociedad.

Releo lo que escribí entonces, para una revista argentina, sobre Emprending:

“Emprending no se parece a ninguno de los cursos que quieren concretar las buenas ideas -tan de moda y tan comunes hoy en Buenos Aires-. Sobre todo porque el objetivo principal de la innovación no es ganar dinero, sino cambiar el mundo. Lo dicen así, sin miedo a la utopía y con confianza en que lo lograrán a través de dos pasos previos: crear cultura emprendedora y formar emprendedores activos. No importa la naturaleza del proyecto, puede ser un programa para suministrar agua en un pueblito de África o crear una nueva aplicación para celulares, el propósito es realizar acciones que tengan un impacto positivo en la sociedad”.

Me acuerdo de un ejercicio que hicimos una tarde en la espléndida facultad porteña de ingeniería: teníamos que prever qué problemas tendría la sociedad en el futuro para, así, poder adelantarnos a esa necesidad y a su solución. Me acuerdo de eso ahora, y en seguida busco en google: ¿qué nos amenazará con más saña en los próximos años? La contaminación y la ausencia de zonas verdes; los efectos de la soledad; la escasez de agua. ¿Qué recurso podría yo ofrecer en esos ámbitos?

Luego ajusto la escala: voy de la sociedad en macro a las personas de a pie. Pienso: ¿qué problemas tendrán? ¿con qué se tropezarán mis paisanos en el 2025? ¿Podría yo inventar alguna solución? Es un ejercicio increíble que llega mucho más lejos de lo que parece.

PASO 3. ¿Qué beneficios tiene mi producto o servicio?

Si después de pasar por el paso 1 y el paso 2, mi producto fracasa, puede deberse a dos motivos:

1. MI PROPUESTA NO MEJORA LA VIDA DE NADIE. Si la venta se me resiste, quizás tenga que plantearme si el producto genera algún tipo de beneficio o impacto en la vida de alguna persona. Pienso en un negocio de alquiler de alquiler de películas en DVD o en una cabina de teléfonos. Quizás fueran convenientes hace veinte años, pero no en el contexto actual. Si ya no resulta útil  ¿puedo ajustar mi producto para que vuelva a ofrecer un servicio de provecho?

2. LOS BENEFICIOS QUE APORTA NO SE TRANSMITEN CON EFICACIA. El cliente desconoce el valor del producto. Y aquí volvemos al principio de este post: ¿para qué sirve el marketing? ¿es una disciplina feroz que busca cualquier grieta de tu autoestima para colarse y sacar rédito? En mi charla con Juan se me abrió una ventana nueva: ¿y si el marketing fuera una herramienta para comunicar en qué consiste tu don y, sobre todo, cuáles son las mejoras que una persona va a percibir después de la compra?

Aun siento cómo se mueve mi cerebro con esta nueva idea. Cambio de chip. 

Y es que descubrí que lo importante es centrarte en cómo puedes ayudar al otro, de verdad. Y que no se trata de vender, de montarse en el dólar o de engañar al infeliz que tienes delante. ¿Vamos a manipularle para que compre como un loco y ponga un hermoso parche a su carencia de amor? ¡No! ¡Eso ya quedó atrás! Ahora se trata de descubrir cuál es mi talento y, a la vez, cómo puedo mejorar la vida del otro aunque sea un poquito.

En mi cabeza, la tarde terminó así:

“Gracias al marketing, puedo comunicar”. “Gracias a la venta, puedo ayudar”.

¿Y si todos vendieran honestamente lo que mejor saben hacer?

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❤ La entrevista con Juan la hicimos en el Bed&Breakfast Ca la Maria, que está en Barcelona, y que es irresistible por su comida, por su terraza gigante, por el estilazo de su decoración y, sobre todo, por su amor. ¡Gracias chicas por compartir vuestro espacio con nosotros!

4 mayo, 2018 3 comments
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La rebeldía de cambiar

Hay algo de la adolescencia que no se pierde nunca. Son esas ganas de cambiarlo todo, esa llamita interna que quiere expandirse y quemar el mundo. Por más derrotas que se acumulen en el pecho, hay una rebeldía que no muere.

Hace años mi rebeldía se sostenía en el no. La falda del uniforme era demasiado corta, los portazos al salir de casa muy escandalosos y pura satisfacción los eructos tras un buen trago de cerveza. Todo era parte de un alzamiento en contra de lo que me rodeaba -que era, a la vez, todo lo que me contenía.

Aprendí, supongo, en algún lugar, a ser la Bart Simpson del último asiento del bus. A ser una  miniatura de Jimmy Hendrix en versión soft (reventaba una guitarra mentalmente cada vez que bebía de más, que peleaba con alguien de más). Era, yo, un movimiento armado a pequeña escala, sin saberlo, porque en mi cabeza siempre luchaba contra el cacique, contra la injusticia; todos mis guerrilleros apuntando a las curvas de una Coca Cola.

No, las monjas. No, mis padres. No, los políticos, el capitalismo, el sistema. Mil veces no.

Muerte al fuego

Y entonces un día me cansé. Fue sin una razón aparente: como cuando Forrest Gump, de repente, decidió dejar de correr y dijo “ahora me voy a casa”.

Ese día, sentada en un bordillo, imaginé toda mi energía como lava viva, ardiente, hermosa, yendo a morir año tras año en el pozo sin fondo del no. Una muerte gris para el fuego.

Me sentía cansada de pelear, de ser la nota discordante para provocar, de encarnar al hijo adolescente que solo tiene recursos para escupir. Siempre igual: la saliva del desprecio como un perdigón dirigido a la sien de la sociedad.

¿Eso es todo?— me pregunté, al aire, un poco desilusionada.

Para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca dar vida a aquello que anhelamos

Y, como una casualidad, empecé a conocer a personas que circulaban en la misma dirección. Gente rebelde, quiero decir, insolente, inconformista. Pero que invertía su fiebre revolucionaria en mirar hacia adelante: su llamita no servía para quemar lo antiguo, sino para iluminar la nueva ruta. Fabricaban muy poco a poco, el mundo donde querían vivir.

A lo mejor, para experimentar la rebeldía al completo, para cerrar el círculo que iniciaron otros, ya nos toca –en esta generación- dar vida a aquello que anhelamos. Me refiero que ya está bien de quejarse y que ya llegó el momento de construir nuestra propia versión del asunto, ¿no?

Y cuando estoy en esas me pregunto: ¿Estamos listos para asumir la adultez? Quizás nos cueste al principio. Tan acostumbrados como estamos a romperlo todo, a atrincherarnos como Peter Panes en el no, miedosos de salir al mundo sin la bandera negra de la guerra.

Ojalá que la rebeldía no se convierta en una excusa, en la cantinela facilona tras la que nos escondemos para tapar nuestro pánico a crecer. Que honremos nuestro ímpetu adolescente para arrasar con todo y, sobre las brasas, levantar con las manos todo lo que soñamos.

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1 mayo, 2018 0 comment
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Me fui a un retiro y descubrí lo menos pensado: cómo aumentar mi creatividad

Cuando tenía siete años, junté todos los exámenes que había hecho en la escuela, quité las pruebas con calificaciones por debajo del 8, y presenté el resultado adulterado a mi tía Isabel. Naturalmente, todo fueron alabanzas. ¡Qué pequeña genio tenemos en casa!

Esa es la primera treta que recuerdo a la hora de construirme un personaje querible. Dicen que a los tres años empezamos a disfrazarnos y manchar nuestra autenticidad para obtener reconocimiento. Ay, cómo nos gusta que nos quieran y qué bien nos sientan los aplausos, aunque no sean del todo merecidos, ¿eh? Eso pensaba yo, pero luego me fui dando cuenta de que, demasiado a menudo, ese alter ego mío se tensaba, se comparaba, se acartonaba. Fingía.

Mala cosa.

Así que empecé el proceso inverso: el divorcio con mi mitad ficticia. A veces, ha sido como ir a la playa sin depilar: te da vergüenza al principio, miras a todos lados, pero luego… ¡buf, qué libertad!

Creatividad y vergüenza

Otras veces, en cambio, la máscara ha estado tan pegadita que ha sido difícil desincrustar. Me pasó al empezar a hacer vídeos para Y si de repente (te lo conté aquí). Y, últimamente, al escribir las entradas del blog. ¿De verdad, Ana Claudia, que tienes que pasarte tantas horas para redactar un texto de dos páginas? Perfeccionismo a la vista. Auxilio.

Por eso me apunté a un retiro el fin de semana pasado. Se llamaba “Disolver el Juez Interior: Sanar la herida de vergüenza y desvalorización”. Me venía que ni clavao. Y además lo hacía Ketan Raventós, de Sammasati, que me encanta y con el que desde hace años me voy a pegar de vez en cuando un repasín interior.

Esta vez mi pregunta era: ¿por qué me da tanto miedo mostrarme tal como soy? Y en tres días, lo descubrí. Además –aleluya- aprendí algo impactante: qué hacer para tener más creatividad.

Mira este vídeo, aquí te lo cuento todo:

Responder para avanzar

En las dinámicas que hicimos durante los dos días de retiro aparecieron cosas muy suculentas. Por ejemplo, cuando contesté a estas preguntas: ¿Qué ideas de vergüenza tengo en mi mente relacionadas con a) mi cuerpo, b) mi trabajo, c) mi relación con el dinero d) mi personalidad y mi energía e) el sexo y mi sexualidad f) mi creatividad? (Contéstalas, ya verás) Mis respuestas son las que nutren a mi vocecita interior y que, aún sin darme cuenta, me susurran en el momento menos pensado: “no eres lo suficiente”. Y entonces, claro, se va todo al carajo.

Ketan nos repartió unas hojas y allí subrayé un párrafo que lo explica muy bien:

“Si observamos nuestra vida actual, tal vez nos demos cuenta de que muchas cosas que hacemos son compensaciones para evitar sentir algo. Por ejemplo: estar haciendo un trabajo que no me gusta, donde no puedo desarrollar mi creatividad, donde me siento estancado. Mi corazón me pide dejarlo y poner mi energía en un proyecto personal que me apasiona, pero siempre tengo excusas para no hacerlo. ¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían si dejo el trabajo (la seguridad financiera), mis sentimientos de que no soy suficientemente bueno en nada. No quiero sentir mi miedo al fracaso. Prefiero no arriesgar”.

¿Por qué no dejo el trabajo y pongo mi energía en mi pasión? Porque no quiero sentir las inseguridades que se despertarían.

Y sigue:

“Es humano no querer enfrentarse a la inseguridad y a los miedos que se despiertan ante un reto, ante un cambio. Pero si queremos crecer, sentirnos vivos, necesitamos tener el coraje de aceptar nuestros miedos e inseguridades como parte de la vida (…). Si no, te estancas, detienes tu crecimiento, la posibilidad de desarrollar tu creatividad, de crecer en confianza y autoestima”.

Ahora me siento muy bien. Han pasado cinco días, y no te diré que mi autoestima es una pared impecable sin fisuras, pero algo ha cambiado en mí. Creo que puedo identificar más fácilmente a mi saboteador interno y, cuando lo reconozco, ya no le doy tanto poder.

Han pasado cinco días y estoy contenta. Esta semana escribí un montón.

 

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27 abril, 2018 0 comment
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Ni contigo ni sin ti – Tres razones para no temer que tu pasión se convierta en obligación

El otro día conocí a una chica que, a veces, tropieza por la calle. Sin un porqué concreto, un desnivel por ejemplo, o una piedra. Tropieza, simplemente: se le enreda un pie en el otro, luego se repone y continúa el paso. También conocí hace mucho a un hombre que al ducharse, debía estar en completa oscuridad, y a una mujer que, si tenía un mal día, tiraba a la basura toda la ropa que llevaba puesta (era señal de mal fario, decía).

Son excentricidades, ya sé. Pero me sirve para demostrar que todos, en alguna medida, somos diferentes. Hace muy poquito pregunté por ahí: ¿ey, y tú por qué no decides vivir de lo que amas? ¿cuál es tu miedo a trabajar de lo que realmente te da la gana? Y, claro, hubo muchas repuestas. Pero una, sobre todo, me conmovió.

Odiar el amor

Miedo a hacer el ridículo, miedo a la incomodidad del cambio, miedo a fracasar… la lista de barreras que nos separan de nuestra vida ideal es larga y fecunda. Pero este post es para quienes contestaron así: “No quiero convertir mi pasión en una obligación. No quiero odiar algo que amo tanto”.

Yo misma me pregunté en seguida, con algo de miedo: “¿voy a aborrecer escribir si lo convierto en una actividad diaria?”. Y algo dentro de mi saltó como un alambre: el NO más bello de mi vida. Pero aún así, quise preguntar a aquellas personas que desde hace tiempo hacen lo que aman y viven de ello. A los que ya están allí.

Darnos por muertos

Encontré el otro día una frase hermosa de Rilke: “Temo que si me quitan mis demonios se puedan morir mis ángeles”. Que es lo mismo que decir: si derrumbo mis miedos, ¿es posible que mis pasiones dejen de brillar? Lo mismo que: ¿Es mejor no besarle por si descubro que, después de todo, no me gustaba tanto como creía? ¿No voy por si al final no se da el happy end?

Es lo mismo que decir: Hay veces que nos damos por muertos para no morir.

Andrés Zuzunaga: el ocio es el trabajo

Vamos con el primer testimonio: el astrólogo Andrés Zuzunaga.

Antes de encontrar la astrología (o viceversa), Andrés era un joven sofisticado: se había licenciado en Económicas y había trabajado en Nueva York y en Barcelona como programador informático. Quiero decir que estaba en las antípodas de los planetas y su lenguaje; pensaba que ser astrólogo era friki. Nada cool.

Y entonces una crisis a los 30 años lo llevó a abrazar la astrología y su mundo (¿cuántos ataques de ansiedad hacen falta para encontrar tu camino?). Y ahora, doce años después, Andrés Zuzunaga es astrólogo y director de la escuela de astrología más grande de España, Cosmograma, que él mismo fundó.

Dice que ya no anhela que llegue el fin de semana y que en su vida no hay separación entre el ocio y el trabajo. En su libro Somos Cosmos reproduce este gráfico para ayudar a las personas a encontrar su propósito de vida: cuando se lo aplica en primera persona, en los círculos y en el punto central está la misma palabra. Astrología.

 

Como descubrir tu propósito de vida - vivir de tu pasión

¿Cuál es tu propósito de vida? (Del libro “Somos Cosmos”, de Andrés Zuzunaga)

 

Sonia Esplugas: la pasión cambia

A los 25 años Sonia Esplugas se dijo a sí misma “a lo mejor”. Había estudiado Ciencia y Tecnología de Alimentos, pero por entonces empezó a darse cuenta de que su pasión tenía más que ver con la expresión artística y el dibujo: “Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo a una edad inadecuada para “este tipo de cosas”, según me habían hecho creer. Tenía la sensación de que ya era tarde. ¡Ahora lo haría aunque tuviera 60 años!”.

Tuve que desmontar mil creencias para darme el permiso de pegar el volantazo

Más de quince años después, Sonia es toda una artista visual y arteducadora. Ha logrado perfeccionar lo que ella llama “actualización continua”: cada tres meses para y se pregunta “¿voy bien por aquí?”, “¿lo que hago me alimenta el alma o hay alguna puerta nueva que tenga ganas de abrir?”. (Y si detecta algún prejuicio, lo elimina lo antes posible. Le saca la pila al muñequito mental). Así es como descubrió que, además de dibujar y dar talleres, tenía muchas ganas de acompañar a otros a avanzar en su camino: “Hace un año lancé un programa de empoderamiento creativo que es muy inspirador para mí y para los demás”.

Si le preguntamos a Sonia qué ventajas encuentra de vivir de su pasión, en el párrafo aparece cuatro veces el verbo amar: “Cuando vives de lo que amas, sientes que la vida es un regalo cada día. Claro que hay tareas que son menos gratificantes que otras, pero con el tiempo aprendes a amarlas como parte del todo. Cuando imagino un mundo en el que todos hiciéramos lo que amamos y amáramos lo que hacemos, habría millones de problemas que simplemente desaparecerían”.

 

Alessandra Coletti: la libertad

“Mi vida ha cambiado radicalmente”, dice Alessandra Coletti, hoy terapeuta de análisis bioenergético. Y lo explica muy gráficamente a través de porcentajes. “Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban, pero la proporción se ha invertido totalmente: ahora, por lo menos un 80% de mi día hago lo que me apetece, lo que me da satisfacción, lo que me gusta”. (¿Te imaginas?)

Antes pasaba un 70% de mi día haciendo cosas que no me gustaban

Alessandra estudió filología y trabajó varios años en el ámbito de la cooperación. Vive en Barcelona pero es de Roma, y cuando le pregunto “desde que eres terapeuta, ¿ha aumentado o disminuido tu amor por lo que haces?”, ella contesta un “aumenta” con todo el acento italiano del mundo y como si no hubiera otra respuesta posible.

Además de la libertad que experimenta (es ella quien dice dónde, cuándo y cuánto trabaja), valora de su nueva vida el estado constante de creación: “Contínuamente vas experimentando nuevas formas de trabajar, en grupo, individual, dando charlas, etc. Descubres qué es lo más adecuado para tus talentos”, me dice.

Pero lo que más le gusta a Alessandra es el cambio que ve en las personas que llegan a su consulta. “Es un trabajo ecológico”, dice, “es mi contribución a que en este mundo no haya tanta contaminación emocional”.

 

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24 abril, 2018 0 comment
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¡¿Por qué me cuesta tanto cambiar?!

Te presento el tocho infumable que era el diario La Vanguardia en sus primeros años de vida. ¿Quiénes eran los héroes que conseguían leer una página entera de pe a pa? Ahora serían impensables esas letras pegaditas y esa monotonía en el formato… qué aburrimiento. Pero en su momento nada parecía raro: era una publicación de referencia con miles y miles de lectores.

El diario La Vanguardia antes de cambiar

Desde su fundación en 1888 La Vanguardia ha tenido que cambiar muchas veces: en la segunda foto puedes ver cómo decidieron incluir fotografías en el texto (¡alabado sea Cristo!) y, ya en los años 90, dar un vuelco total al diseño para modernizarlo.

El diario La Vanguardia después de cambiar el formato

Cuando hicieron esta última transformación yo estudiaba en la facultad de Periodismo. No te imaginas la de críticas que escuché: que si ya casi no había espacio para texto, que con la introducción del color parecía un panfleto publicitario, que si tantos tipos de letra mareaban la vista…

Madre mía, lo que nos cuesta cambiar.

 

Quiero cambiar. Pero no puedo

Esa época de estudiante la recuerdo con cariño ¡y cuántos cambios ha habido desde entonces! Me acuerdo de llamar por teléfono desde una cabina,  de ir a la biblioteca a documentarme para una crónica (¡con libros!) o de esos routers arcaicos que nos introducían tan lentamente al mundo nuevo de Internet [fin del momento abuela].

Algunas de estas transformaciones han sido más leves que otras, pero siempre han generado, al inicio, cierta incomodidad, cierta resistencia. ¿Por qué será tan difícil cambiar? A continuación, algunas de las posibilidades:

  • MIEDO A LO DESCONOCIDO. El miedo a la incertidumbre me corroe en mis horas bajas. ¿Y si no me lee nadie? ¿Y si lo único que he hecho es perder dinero y tiempo en este proyecto? No sé qué es lo que me espera al final de esta aventura. Si un placer similar al de un masaje a diez manos o si la tortura de un montón de astillas bajo las uñas.

Como no tenemos superpoderes para ver el futuro o para controlar todas las variables, dicen que la mejor respuesta a este bicho es la autoconfianza. Me pongo delante del espejo y repito cien veces: creo en mis capacidades para ir afrontando los obstáculos que aparezcan en el camino.

Sentí el mismo miedo al cambiar de trabajo la primera vez, al dejar al primer novio, al viajar a otro país. El pánico a lo desconocido. Menos mal que tanto caso no le hice. ¿No cambiamos de casa, nos apuntamos a un curso nuevo y hasta nos casamos, y la cosa no sale tan mal?

  • EL PERÍODO DE ADAPTACIÓN. Mi primera noticia para un diario la escribí en todas las horas que dura un fin de semana entero. ¡Qué nervios! Entonces yo era una lentísima señorita de dieciocho años y hoy, mirando atrás, entiendo que mejorarlo era solo una cuestión de tiempo. Cualquier cambio requiere un cierto período de aclimatación para familiarizarse con el nuevo contexto.

Ahora, que no ha pasado ni un mes desde el lanzamiento de este blog, definiría mi estado como activo y tenso. Intento no interpretarlo como algo negativo: es, más bien, todo mi sistema que cuida de mí. Me dice: “con precaución”, “esto es nuevo”. Y, sí: hay que sostener un desgaste extra en esfuerzo y energía, y aguantar el tirón inicial al salir de la zona de confort. 💪💪

¿Estoy incómoda y desorientada porque todo es nuevo? Paciencia: work in progress!

 

La pregunta incendiaria

Hay más obstáculos que me impiden crecer. Son como la bruja mala de Blanca Nieves: me llenan de manzanas repletas de veneno malo.

Seguimos:

  • OBJETIVOS POCO REALISTAS. Si no hay objetivos claros es muy difícil avanzar. Porque, en contra de lo que parece, la motivación no es la respuesta para todo.

En el pasado, en muchas ocasiones me he sentido muy estimulada a la hora de emprender un proyecto, y hasta he tenido claro el resultado final. Una revista de ecología, un libro de entrevistas, un programa de radio cultural… Pero descubrí que si no establezco una meta específica, medible, realista y acotada en el tiempo, no hay forma: antes o después voy a ser la protagonista de mi propio cuento de la lechera.

Y otro descubrimiento: si divido mi propósito en fragmentos más pequeños, la montaña me parecerá mucho más bajita. (Aquí te cuento cómo establecer objetivos con pies y cabeza a través de la técnica SMART).

  • LA RESPONSABILIDAD, AFUERA. No cambio porque “es que tengo mala suerte”, “mejor no porque el país está en crisis”, “mi novio no me apoya”, “mi madre está enferma”… Si tuviéramos un foco de diez mil vatios, estaría orientado totalmente hacia afuera. Nuestras excusas apuntan a todo aquello que no podemos cambiar: los otros. Y eso nos encierra en un lugar frustrante del que no podemos salir (¿quién puede cambiar al otro?).

Cuando me atasco en este punto, para desbloquear suelo hacerme lo que yo llamo “la pregunta incendiaria”:

¿Qué es lo peor que puede pasar?

(Y de verdad que me imagino el futuro más esperpéntico posible. Estoy sin dinero, me vuelvo insoportable, mi novio me deja, me quedo en la calle sin trabajo y sin un euro. Estoy sola, soy pobre e infeliz).

Y luego, me digo a mí misma: ¿Puedo asumirlo, podría remontar desde allí? Si es que sí, doy un paso adelante.

Mola, ¿no?

 

Atrapado en el tiempo

Veo la película “Atrapado en el tiempo” (Groundhog Day), donde Bill Murray se enfrenta una y otra vez al mismo día. Al despertarse, comprueba siempre horrorizado que la fecha del calendario no ha cambiado y que está condenado a vivir, de nuevo, las mismas situaciones.

Me pongo a pensar.

Creo que a nosotros nos ocurre algo similar. Aunque la apariencia cambia (diferentes actores, diferentes escenarios), en el fondo siempre vivimos lo mismo. Una y otra vez. Y eso no es nuestra culpa, de nuestro consciente quiero decir, si no de un guión que hemos escrito hace mucho. Ese guión -grabado a fuego en nuestro inconsciente- nos marca lo que esperamos de nuestra vida. Es, por así decirlo, un montón de frenos juntos que no se dejan ver.

El piscólogo Richard Erskine (que es también Director del Instituto de Psicoterapia Integrativa en Nueva York) lo explica muy bien en su lubro Integrative Psychotherapy in Action:

Cuando somos niños (y quizás antes), empezamos a desarrollar las reacciones y las expectativas que van a definir para nosotros el tipo de mundo en el que vivimos y el tipo de personas que somos. Al principio, todo queda registrado físicamente, en nuestro tejido corporal y acontecimientos bioquímicos. Luego en el plano emocional, y más tarde de manera cognitiva, en forma de creencias, actitudes y valores. Estas respuestas forman una especie de guía sobre cómo vivir tu vida”.

Esta “guía” es también el “estilo de vida” al que se refería Alfred Adler, la “compulsión a la repetición” de Freud o el “guión de vida” de Fritz Perls, el creador de la Terapia Gestalt.

 

Cambiar el guión

Cuando quiero cambiar muchas veces tengo miedo de salirme de los bordes de mi guión. Atravesar un muro hasta ese momento infranqueable. ¿Te acuerdas de la película El Show de Truman? ¿De todas las dudas del personaje de Jim Carrey antes de atravesar la puerta celeste de su vida-plató?

¿Y yo? ¿Qué debo hacer para poder salir de mi película?

Eso es trabajo de fondo.

Primero tengo que darme cuenta de cómo es mi guión. Revisar cómo soy, mi manera de pensar, de sentir, de comportarme. Cómo son mis creencias, qué hay detrás de mis decisiones, qué expectativas tengo. Qué tipo de piloto invisible y loco maneja mi vida y mi futuro.

Y una vez allí, quizás, un día cualquiera, decida viajar más allá de los límites. Como Jim Carrey o Bill Murray al romper el maleficio, o como el directivo de La Vanguardia que aquella vez, en su despacho, decidió correr el riesgo y, a lo mejor después de hacerse una pregunta incendiaria, y con todo el miedo del mundo (a las críticas, a la bancarrota, a su prestigio), dijera en voz alta: “Puedo asumirlo. Doy un paso adelante”.

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20 abril, 2018 0 comment
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No te prepares para el estrés (sé Joe Dispenza)

Hace poco quedé con M para tomar un café. “Llego tarde. Dame diez minutos más”, me avisó. Y cuando nos vimos se disculpó:

—Me había olvidado de pasar por la farmacia.

—¿Estás bien?— le pregunté.

Y, con aire despreocupado, me respondió:

—Sí, sí. Es solo que dentro de poco tengo una mudanza y, como sé que voy a estresarme, he ido a comprar medicamentos para las anginas. Cuando estoy desbordada siempre me enfermo de la garganta.

Yo me quedé pensativa unos segundos (en silencio y con la cabeza un poco inclinada, como los perros cuando esperan algo de ti). Y aunque no volvimos a hablar del asunto, la idea no se despegó de mí durante todo el día. Había algo en ese razonamiento que no acababa de encajar. Algo.

 

Entrenarse para ser Joe Dispenza

Al llegar a casa por la noche vi encima de la mesita del comedor el libro de Joe Dispenza, Deja de ser tú. Y me dije: ajá. La cosa va por aquí. Joe Dispenza es un crack, un científico estadounidense que indaga en las posibilidades del cerebro para crear situaciones, para cambiar las circunstancias de la realidad con la mente. En su libro, el autor describe mecanismos que parecen de ciencia ficción, de verdad.

Su razonamiento, muy resumido, es éste: (1) el 99% de lo que existe –y somos- es energía, y menos del 1% es materia, por eso (2) lo que recreamos energéticamente con el pensamiento tiene la capacidad de convertirse en realidad.

Lo comprobó en sus propias carnes en 1985. Él era un atleta muy activo pero un día, montando en bicicleta, chocó contra un camión. El médico le dijo que no volvería a andar nunca más. Y en California los cirujanos le aseguraron que la única salida era operar. En ese momento, el joven Joe Dispenza toma una firme determinación. No pasar por quirófano. En vez de eso, se dedicaría a usar su mente para recuperar el cuerpo. Y funcionó.

Para eso se licenció en Bioquímica, en Neurociencias y se doctoró en Quiropraxia. Y sus investigaciones siguen hasta el día de hoy. En Deja de ser tú leí unas conclusiones que me dejaron mirando el techo un buen rato. Escucha esto: un grupo de personas experimentó el mismo avance al reproducir mentalmente sus ejercicios de piano (SIN MOVER NI UN CENTÍMETRO DE SUS DEDOS) que los que lo habían hecho físicamente.

(¿Holaaaaa? ¿Cómooo?)

Y también contaba Dispenza cómo su hija logró exactamente las vacaciones que quería solo focalizándose en su objetivo y comportándose como si ya lo hubiera conseguido.  En una entrevista el científico decía que prepara a sus hijos para que creen su propia realidad. “Hacen los ejercicios como un niño juega a tenis, practicando mañana, tarde y noche. Así ejercitan su mente. El trabajo consiste en sentir aquello que desean con su mente y cuerpo, como si ya hubiese sucedido”.

 

El cambio: ¿amenaza o aventura?

Como un flash, todo esto pasa por mi cabeza en cámara rápida al ver el libro en la mesita. “Prepararse para el estrés es instalar en tu mente el software Voy a estar estresado”, pienso. Y me doy cuenta de la facilidad con la que todo el tiempo etiquetamos situaciones, adelantándonos a un desenlace catastrófico. “Seguro que suspendo”, “me va a decir que no, ya verás”, “vivir de un blog es dificilísimo”. Nos tiramos piedras sobre el tejado. Utilizamos el lenguaje en nuestra contra sin descanso y reforzamos contínuamente esa idea de que no somos capaces, de que no lo vamos a lograr, no insistas más.

Me siento en sofá –mirando el techo, otra vez- con esta pregunta dándome vueltas: ¿cuándo empezamos a tomarnos los momentos de cambio como potenciales picos de estrés, como amenazas? ¿Cuándo dejó de ser una aventura cambiarse de casa, explorar un nuevo trabajo, quedarse embarazada?

Miro el ventilador, en pausa, bocabajo. Y pienso que, después de tanto tiempo, hemos llegado a un pacto como sociedad: nos decimos a nosotros mismos que hoy estamos salvados si habitamos la rutina gris, y que si mañana ocurre algo nuevo, estaremos perdidos indefectiblemente. Somos nuestro propio Judas. Nos traicionamos a nosotros mismos (nos besamos a la europea, un beso en cada mejilla) y el resultado es un paisaje escrito con letras muy pequeñas, minúsculas.

¿A qué esperamos para cambiar?

NOTA: Joe Dispenza me da muchísima curiosidad. Antes que él, muchos otros apuntaron hacia el mismo lugar (nuestra capacidad para crear a través de los pensamientos). Pero ésta es la primera vez que lo sustenta una base científica tan indiscutible. ¿Hasta dónde llegará Dispenza?

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17 abril, 2018 0 comment
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