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Cómo dar esquinazo a la preocupación: el circuito salvador

—¿Te has fijado que siempre tienes una preocupación en mente?

La frase que me dijo David me cayó como un bombazo. Me dio vergüenza verme reconocida al instante, pero esa misma vergüenza me impulsó a investigar: ¿De dónde viene y cómo funciona la preocupación? ¿Cómo podemos esquivarla? ¿Qué estudios existen y cuáles son las últimas propuestas? Y al final de la indagación hubo premio: descubrí que el cerebro es un laberinto del que, por suerte, podemos salir a través de un circuito salvador (Gracias Borkovec, Covey y Carlson).

Pero vayamos al inicio de esta historia de descubrimiento. Todo empezó hace unos cinco años, cuando David, el amigo de una amiga, estuvo en casa pasando unos días mientras encontraba un piso de alquiler. Durante su estancia, solíamos encontrarnos en la cocina al acabar el día para repasar qué tal había ido la jornada. Nos contábamos, nos desahogábamos y nos dábamos ánimos. Todo bastante previsible hasta que un día David (David, a quien casi no conocía; David, un mocoso veinteañero) soltaría la frase lapidaria que flagelaría mi corazón.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Ya sabes, el sol que entra por la ventana, el mantel de flores, la temperatura perfecta. Y David de pie, que de repente y sin apenas pestañear, apreta suavemente el botón asesino: “¿Te has fijado que siempre tienes una preocupación en mente?”. Boom. Mi reacción fue inclinar la cabeza y abrir mucho los ojos. “Enlazas un tema con el otro y siempre andas preocupada”, remató, como si no hubiera quedado claro.

Yo, en el espejo de la preocupación

Tras el cuchillazo, lo peor es que me reconocí. Me preocupaba por mi futuro laboral, por la gravedad en mis carnes, por llegar a fin de mes, por mi miopía galopante, por la relación con mi prima, por mi vecino ruidoso, por las vacaciones, por la salud de mi madre, porque se me caía mucho el pelo. Y así. El mocoso veinteañero tenía toda la razón.

Así que me puse a indagar. “A ver, esto de la preocupación, ¿qué es?”.

Lo primero que hice fue buscar en el diccionario. Preocupación. Estado de desasosiego, inquietud o temor producido ante una situación difícil o un problema. “Está muy bien”, me dije, “pero no puede ser que tenga el mismo malestar si no encontré aún zapatos para la boda de mi amiga, que si mi abuelo está grave en el hospital”. No, no, no.

Borkovec: las tres sendas de la preocupación

La confusión se fue aclarando gracias al psicólogo John Borkovec, que indica los tres caminos que toma la preocupación:

a. Pensar de forma recurrente

El azote clásico es el pensamiento insistente y negativo (lástima: no nos aferramos con tanto ahínco a lo positivo). Por ejemplo: “Le caí mal”, “no me va a dar tiempo”, “al final me van a echar”.

b. Evitar los resultados negativos

La obsesión llega porque hay una situación que no queremos que ocurra por nada del mundo. “No quiero suspender”, “no quiero que se enfade”, “no quiero quedarme sin trabajo”.

¿Por qué tanto terror? En nuestra cabeza no nos damos permiso para ese fracaso, porque pensamos que será el inicio de una concatenación de desgracias que nos llevará a estados extremos. Siguiendo el ejemplo: “no quiero que me echen, porque entonces me quedaré sin dinero, estaré insoportable y mi relación de pareja no lo va a sostener. Me quedaré pobre y sola”. Es la bola de nieve en su máxima expresión (con taquicardia incluida).  

c. Inhibir las emociones

Es decir, cuando te haces el despistado con un problema a resolver, te empeñas en “esconder” la preocupación, pero tu cuerpo se encarga de acumular toda la tensión. Tu cabeza se hace la sueca y tu cuerpo anda más duro que un palo.

Liberarse de la preocupación: las claves

Uno de los experimentos realizados sobre la preocupación demostró que el mindfulness o la meditación son herramientas eficaces porque ayudan a llevar a la mente hacia otro lugar. Es simple: te permiten distraer conscientemente la atención. Si estás clavado en el “qué será de mí” puedes deslizar tus neuronas con facilidad hasta el “qué receta se me ocurre para la comida de hoy” o, en el mejor de los casos, hasta el silencio.

También te puedes ayudar de recursos externos: fíjate en las modas que surgen para “apagar el cerebro”, como aquellos acuarios gigantes donde hipnotizarse mirando peces o los libros de colorear para adultos.

Pero, ojo, no todo el monte es orégano. Esta evasión es un remedio momentáneo, una tirita de primeros auxilios. Lo ideal, dicen los expertos, es plantarle cara al problema (y el experto Kerkhof dirá luego cómo).

«Preocuparse es como una adicción. Necesitas tiempo para enseñarte a deshacerte de ella

Ad Kerkhof, psicólogo de la Universidad Vrije en Ámsterdam, e investigador del fenómeno hace tres décadas

Al tormento, hay que mirarlo a los ojos y cogerlo por los cuernos, siempre y cuando se trate de aspectos y circunstancias sobre los que tenemos influencia y podemos modificar. Steve Covey, en su libro Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, lo llama “círculo de influencia” y son todas esas cosas que sí podemos cambiar (voy al oftalmólogo para frenar la miopía, busco otro trabajo para completar mis ingresos, me apunto al gimnasio para delimitar bien mis bien mis contornos de mujer madura).

En el otro extremo Convey distingue el “círculo de preocupación”, que engloba a todos aquellos aspectos que no dependen de nosotros, como por ejemplo la crisis económica o el índice de paro.

Después de leer esta distinción, me interesé: ¿en qué tipo de preocupación invierto la mayor parte de mi tiempo y mi energía? ¿en las cuestiones de mi círculo de influencia o de mi círculo de preocupación? Y caí en la cuenta de mi naufragio con el recuerdo de David: “Enlazas un tema con el otro y siempre andas preocupada”. Más tarde, el psicólogo Richard Carlson me rescataría del hundimiento con una pregunta que me partiría en dos.

El circuito salvador

Tres pasos para alejarse de la preocupación:

1. La pregunta clave

Hace un tiempo entrevisté al autor Sergi Torres, y el momento álgido del encuentro fue cuando escuché: “Los seres humanos somos felices pero no nos damos cuenta». Nuestra mente está tan abocada al pasado y al futuro que, sencillamente, decía Torres, no nos percatamos de que nuestro presente discurre con total normalidad.

Pensé en ello al dar con la propuesta del psicólogo Richard Carlson en el libro No te ahogues en un vaso de agua. Cuando la encontré, cerré los ojos, di dos respiraciones profundas y me concentré en mi cuerpo. Cuando estuve focalizada totalmente en mí, entonces me hice la gran pregunta: ¿ESTOY BIEN AHORA? Es decir, ¿alguien te está incordiando?, ¿tienes algún dolor o molestia en este preciso momento?, ¿estás incómoda, Ana Claudia?

Si te animas a hacerlo y la respuesta a todo es no, ¡good news! Tu preocupación ahora mismo es virtual: está solo en tu mente. Y la batería que la alimenta son tus recuerdos del pasado o tus pensamientos proyectados a futuro.

Y aunque la teoría nos la sabemos, cuando caí en la cuenta en que ahora-estaba-bien fue curioso notar que de inmediato sentía un gran alivio y que mi cuerpo se relajaba.

Si esa pregunta no es suficiente para ti, puedes continuar con esta otra: “¿esto que me preocupa es realmente importante?”. Para dimensionar mejor lo que te ocurre, vuelve a interrogarte: ¿de aquí a un año esto seguirá siendo tan importante? ¡Ah, estas preguntas no fallan! Comprobarás que con la distancia somos mejores evaluadores.

2. Lo peor

¿Y luego, qué va a pasar? Eso me preguntaba yo hacía muchos años, cuando quería dejar mi trabajo fijo y no me atrevía. La preocupación por el futuro no me dejaba en paz. “Quizás me quedo sin dinero, no me contrata nadie… me sale mal”. Y entonces decidí seguir tirando del hilo del razonamiento y ver qué ocurría. Me hice la segunda pregunta clave: ¿qué es lo peor que te puede pasar?

Por entonces, lo peor consistía en tener que volver a vivir con mis padres, yo y mis bolsillos pelados. O, un paso más, que mis padres me echaran de casa por cualquier motivo. Y barajando escenarios tétricos me di cuenta de que la última ficha de ese efecto dominó imaginario era la muerte. Es el punto final de cualquier drama moment: la preocupación hace tope allí.

¿Me fui demasiado lejos? Creo que sí.

Pero escucha esto: mucho antes de llegar al cementerio ocurre algo genial. Cuando imaginas escenarios fatalistas, encuentras de repente una gran fuerza para hacerles frente. Es una certeza que surge del interior y que dice: “no es para tanto, de esa situación también podrías salir”. Cuando hablas con los monstruos de frente, es así. La autoconfianza se pone de pie, reconoce tus capacidades y tus recursos y, ante el reto, lanza una carcajada feliz.

3. Ahora no

La preocupación va envenenada, y no solo porque trae mucho malestar, sino porque sus efectos te merman la capacidad de responder a los únicos problemas que sí puedes atender: los del presente.

Entiéndeme: ¿qué ocurre si estoy todo el tiempo inquieta con la cabeza como una olla de grillos? Absorbida por mis pensamientos negativos, cae en picado mi eficiencia cognitiva, mi flexibilidad o mi capacidad para empatizar con el otro. “Afecta a la productividad laboral y a las relaciones personales», dice Graham Davey, profesor de psicología de la Universidad de Sussex, Reino Unido.

La clave es tener la confianza en que en el futuro (en tu presente del futuro) tendrás todos los recursos necesarios para hacer frente a lo que se te ponga por delante.

La preocupación no quita los problemas de mañana, te quita fuerza para los problemas de hoy

Otro experto es el psicólogo clínico Ad Kerkhof, de la Universidad Vrije de Ámsterdam, y lleva más de 30 años investigando este fenómeno. Kerkhof recomienda delimitar un tiempo determinado para manejar las preocupaciones: En concreto, dos períodos de 15 minutos al día, uno por la mañana y otro por la tarde, y nunca en lugares de descanso como la cama o el sofá. «Debes dedicar únicamente ese tiempo a preocuparte. De esa manera estableces una misión y después puedes desconectar hasta el próximo tiempo de preocupación», dice el psicólogo.

Y si la preocupación insiste, hay que repetirle: “Ahora, no. No es el momento de preocuparse”.

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Pensamientos negativos: desactívalos con estas 5 técnicas probadas

Los pensamientos negativos suelen ser muy pesados porque durante mucho tiempo “les hemos dado de comer”. Es decir, los hemos alimentado a través de la repetición y del permiso: son pájaros negros a los que les hemos dejado deambular a su antojo por nuestra mente y poco a poco se han convertido en verdaderos King Kongs.

Cuando los pensamientos son así de poderosos se permiten muchas licencias. Por ejemplo, aparecen de repente, casi sin que te des cuenta, y toman el control de cualquier tipo de situación. Sobre todo aparecen cuando al fin te has decidido a salir de tu zona de confort o cuando tu ego detecta una inseguridad. Y allí, ya lo sabrás, son como un pulpo en la cara: se adhieren y no te dejan ver.

Para quitarles fuerza y recuperar las riendas de tu mente, aquí te dejo cinco ejercicios muy eficaces. Como bonus extra, he incluido una reprogramación muy peculiar, inventada por Milton Erickson, considerado el padre de la hipnosis moderna. No te la pierdas 😉

[Si prefieres, encontrarás todo esto en un vídeo, abajo del todo]

1. ¡STOP!

La técnica de parada.

La Universidad de Yale, a través de su curso The Science of Well-Being, difunde un recurso muy útil para mantener lejos el pensamiento oscuro: conocida como “técnica de parada”, es una técnica cognitivo-conductual que consiste en parar los pies a los pensamientos negativos, literalmente, y sustituirlos por otros mejores y más adaptativos.

La propuesta sería así:

Puedes seguir estos pasos:

  1. Identifica el pensamiento negativo.
  2. Di “stop” o “basta”, si puede ser en voz alta, en cuanto los hayas visto.  
  3. Acompaña la palabra elegida con un estímulo físico que ayude a interrumpir este martilleo interno. Puede ser un pellizco o una palmada.
  4. Cambia de actividad, en lo posible.
  5. Intenta contrarrestar el pensamiento negativo, por ejemplo, con una afirmación positiva.

Para que el pensamiento recurrente entienda que se tiene marchar, insiste con la práctica de esta técnica. Al poco, tu mente cederá y se alivianará.

2. La inversión

Dale la vuelta al pensamiento negativo.

Un pensamiento es inofensivo a menos que creamos que es cierto. Cuando sufrimos con nuestros pensamientos es porque asumimos que son verdad. La mayoría de las veces no indagamos ni un poquito, y sin embargo les damos todo el poder.

Como tantos maestro señalan, los pensamientos son como la brisa o las hojas de los árboles: aparecen sin más, y mediante la indagación, hasta podemos amistarnos con ellos. Decía Byrton Katie en su libro El trabajo: “Yo no dejo ir mis pensamientos: los recibo con comprensión. Luego ellos me dejan ir a mí”.

Preguntas indagadoras

Cuando te acechen los pensamientos negativos, hazte estas preguntas en cuatro pasos:

  1. ¿Es verdad? (Sí o no. Si es no, continúa con la pregunta 3).
  2. ¿Puedes saber que es verdad con absoluta certeza? (Sí o no).
  3. ¿Cómo reaccionas? ¿Qué sucede cuando crees en ese pensamiento?
  4. ¿Quién serías sin ese pensamiento?

3. La química

Muévete y cambia tu cerebro.

El movimiento del cuerpo afecta a tus pensamientos. Entre otras cosas, ponerte en marcha aumenta los niveles de serotonina y reduce el cortisol, es decir, reduce el estrés y aumenta tu sensación de bienestar. La neurociencia ha puesto en evidencia millones de veces que practicar algún deporte actúa de manera directa sobre el funcionamiento del cerebro porque altera su química.

Así que si tus pensamientos empiezan a hacer de las suyas, baila, haz yoga o indaga en las propuestas que tiene Internet para moverte (¿tango?, ¿aikido?, ¿zumba?). Si pones al cuerpo al control, obtendrás buenos resultados y podrás salir de ese callejón mental sin salida. 

4. Disco rayado

Repite afirmaciones positivas.

Si tu mente está en modo disco rayado y no la puedes hacer parar, dale material del bueno para que repita. No olvides que el pensamiento negativo suele ser un hábito aprendido y que le puedes dar una vuelta de tortilla ayudándote de afirmaciones positivas.

Es decir: puedes programar tu mente para que trabaje en base a una idea determinada.

Cuando prepares tu mantra particular (“mantra” quiere decir “libertad de la mente” en sánscrito), recuerda hacerlo en positivo y en tiempo presente, como si lo que estuvieras diciendo ya estuviera ocurriendo; y sé breve y específico.

Aquí te dejo algunos ejemplos:

  • Soy una persona muy capaz y puedo hacer frente a cualquier cosa
  • Todos los cambios que tengo ante mí en la vida son positivos
  • Me libero de antiguos patrones.  Me deshago de ellos sin esfuerzo.
  • Soy talentosa y aprendo cada día nuevas formas de apreciarme.
  • Soy perfecta y completa tal y como soy.
  • Soy única y soy muy valiosa.
  • Confío en mi fortaleza interior y me supero a mí misma.

Cuando lo tengas listo, puedes apuntarlo y dejarlo en un lugar bien visible: en el fondo de escritorio de tu ordenador, en una pared que mires a menudo o en tu móvil. Si quieres, puedes hacerte una rutina diaria, repitiendo tu afirmación cinco minutos tres veces al día por ejemplo.

5. Cambia el estímulo

Evita los disparadores y potencia lo positivo.

En muchas ocasiones, sin darnos cuenta, llamamos a los pensamientos negativos: aparecen después de elegir determinada canción, un libro concreto o una serie demasiado gris. También pueden aparecer después de hablar con ciertas personas negativas. Evita estos estímulos y, por el contrario, potencia lo positivo en tu vida.

Un ejemplo de cómo influye el “alimento interno” que elegimos cada día, es el del pintor catalán Joan Miró. El artista, en su madurez, vivía retirado y sus inputs eran la naturaleza, la música clásica y la poesía. Las obras que generó fueron excepcionales.  

👉 Aquí te dejo un link con entrevistas estimulantes para que nutras tu interior con motivación:  http://www.ysiderepente.com/inspirate/

*Reprográmate. 5+4+3+2+1

El aquí y ahora de Erickson.

Milton Erickson (1901-1977) fue un médico y psicólogo estadounidense muy reconocido por difundir la hipnosis como herramienta terapéutica.

Al contrario que Freud, Erickson no le daba demasiada importancia al pasado, y reinvidicaba el lugar del presente, precisamente donde los pensamientos negativos nos atenazan. Por eso hizo importantes aportes para poder neutralizarlos: la programación neurolingüística, por ejemplo, o la terapia breve centrada en soluciones.

(El vídeo)

A continuación, te explico en el vídeo su técnica conocida como el Aquí y Ahora – 5+4+3+2+1. Es perfecta para calmar la mente, enfocar la atención hacia otro lado y lograr que los pensamientos negativos no nos atrapen como una telaraña.

(Si quieres cortar camino es en el minuto 8:55).

¿Conocías estas técnicas? Cuéntame si te animas a probarlas y qué resultados te dan. Me encantará leerte.  🙂

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Cuarentena: ¿qué nos salva de nuestras emociones? (según veteranos del encierro)

La cuarentena y las emociones

Necesitamos una cirugía social. La cuarentena nos acaba de lastimar en el órgano más sensible, el de la libertad, y andamos desperdigando emociones, desangrando furias y tristezas, en un gota a gota en contra del calendario.

La buena noticia es que, como casi siempre, sobre este pasto otros caminaron antes: otros se han visto en la tesitura del encierro, y la experiencia les ha llevado a encontrar antídotos precisos.

Un ejemplo es el de José O’Gorman, un paleontólogo de 35 años que visitó la Antártida hasta en nueve ocasiones. Imagínalo en una expedición a -23 ºC, con un temporal que de repente le para los pies, y obligado a pasar días y días recluido entre las cuatro paredes finas de su tienda de campaña.

Mientras esperaba que el clima le liberara de esa cuarentena tirana, O’Gorman descubrió cómo controlar la montaña rusa de sus emociones y descubrió sobre todo que después de un tiempo de encierro, las emociones no solo crecen, sino que se distorsionan y todo nos molesta más.

Y yo… doy fe.

Dice la psicóloga traspersonal Virgina Gawell que si estos días de pandemia sientes caos, es normal. Si estás perdido, es normal. Si sientes esperanza, desesperanza, esperanza, desesperanza… es normal.  “Uno está casi loco cuando las variables se rompen tanto. Hay que tenerse paciencia”. 

“En esta cuarentena las emociones son muy extremas y profundas”, dice Aníbal Marrón, terapeuta gestalt. “Por eso no podemos sostenerlas por mucho tiempo y, por eso, la rutina nos salva. Los quehaceres autoimpuestos nos distraen de alguna manera y nos permiten distanciarnos de tanta intensidad”. Así que durante el confinamiento, el horario se convierte, por así decirlo, en el colchón más fiable donde dejarse caer.  

Autocuidados de cuarentena: ¿Qué hacen los veteranos del encierro para no decaer?

Para esquivar la negrura, el paleontólogo O’Gorman usaba un recurso infalible: se repetía incansablemente la fórmula “esto pasará”. Así hackeaba su mente y evitaba el desborde. Además, aprovechaba para crear pensamientos generativos: ¿qué es lo que me gustaría cambiar de mi vida una vez finalice la reclusión?

Para ver cómo otros frenaron el desespero, te presento tres ejemplos más. Son personas que pasaron muchas veces por la limitación del espacio, clausurados por algún motivo durante días y días. Unos verdaderos veteranos del encierro.  

1. Una celda de 2,1 metros

En total, Nelson Mandela estuvo 27 años detrás de los barrotes. En la Isla Robben fue el preso 46664 y cuando entró, el carcelero le dijo: “Esto es una isla, aquí morirás”.

Pero Mandela no tenía intención de creerle. Así que para mantener el temple y los pensamientos oxigenados, durante todo ese tiempo se levantó a las 5 de la mañana. Corría en ese espacio diminuto 45 minutos y ejercitaba los músculos con 100 flexiones, 200 abdominales y 50 sentadillas. De lunes a jueves, la misma rutina sin excepción.

“El ejercicio disipa la tensión, que es el enemigo de la serenidad”, decía Mandela, que antes de entrar en prisión ya había descubierto, corriendo y boxeando, que tenía más claridad de pensamiento si mantenía la forma física.

2. Años de clausura

Véase aquí un aislamiento voluntario, pero no por eso menos difícil de domar. Las monjas de clausura de varios conventos españoles aparecen estos días en los diarios dando consejos sobre cómo lidiar con la cuarentena. Son, podríamos decir, expertas en el arte del encierro.

“Bordar, limpiar, orar”, dice una de ellas sobre cómo ocupa su día. Y todas coinciden en la fórmula del éxito: Hazte un plan, créate una rutina. Sobre todo levántate, come y acuéstate a la misma hora. Y protégete de lo que te pueda oscurecer los pensamientos, como los comentarios pesimistas, las discusiones o las películas de terror. Y no mates el tiempo –dicen- porque matar el tiempo es matar la vida.   

Para subir la energía hay diferentes estrategias: bailar, por ejemplo, o (como nuestro paleontólogo de la Antártida proponía) reflexionar sobre qué puedo cambiar en mí para ser mejor después de estos días. La introspección en una liana firme que nos puede sostener.

3. Cuarentena en la Antártida, otra vez

El Director de la Dirección Nacional Antártica, Mariano Memolli, decía en un reportaje para la revista Brando, que cuando permanecían recluidos muchos días en una base, y todos perdían hasta la noción del tiempo, él convocaba la reunión semanal los lunes a las 7.30h. Levantarse temprano era el antídoto para que su equipo no acabara deprimido.

Primero empiezas descuidando tu imagen –dice Memolli-, luego la actividad física, luego la intelectual, hasta que te desesperas y te rindes. Él propone realizar una rutina que canse el cuerpo, y leer o escribir como ejercicio mental para estirpar la tentación de pensar en bucle.  

Y si en esta cuarentena estás solo y te angustias, la recomendación de Memolli es que eches mano de un cable a tierra emocional: elige una canción que te guste, una película con final feliz o contacta con una persona positiva.

También en la Antártida, el buzo Fernando Cumil, llegó a otra conclusión: “Hay que identificar lo que yo llamo caprichos del ser humano. En la Antártida pasa mucho que uno quiere un huevo frito o verdura fresca y piensa meses y meses en eso y cuando vuelve al continente come ensalada durante una semana y después se olvida. Ahora, todos se quieren abrazar: la pregunta es si antes, cuando podían, también lo hacían o si es algo que uno quiere porque sabe que no se puede hacer”.

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Francesc Miralles | «Para encontrar el ikigai, lo primero es vaciar la agenda»

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai:los secretos de Japón para una vida larga y feliz

Conocí a Francesc Miralles cuando su libro Ikigai… todavía no había cruzado el umbral del éxito colosal. Su obra no había aparecido aún en el New York Times ni había recibido un espacio en el show prime-time de la estadounidense Ophra Winfrey. Tampoco había sido traducido a más de 50 idiomas.

—¿Existen tantos idiomas?— me preguntó hace poco un editor que conocemos Francesc y yo, y que lleva más de medio siglo de intensa actividad editorial. Al teléfono, me confesó atónito: “Mi récord en todos mis años de experiencia ha sido publicar una obra que se tradujese a 23 lenguas diferentes. Lo de Ikigai es una barbaridad”.

Yo abrí mucho los ojos pensando en la cifra 50, y asentí.

Y días más tarde tuve la oportunidad de entrevistar a Francesc de nuevo. Esta vez fue gracias a la incombustible Ana Bizarro, de Acción con Alegría, que con su #FiestaComunicación creó la coartada perfecta para que nos encontrásemos otra vez. ¡Y qué encuentro, señoras y señores!

Aquí os dejo la entrevista, donde veréis la versión en vídeo de un Francesc Miralles gigante: por lo que dice y por cómo lo dice. ¡Gracias, Francesc!

*** Un par de años antes entrevisté a Francesc Miralles para la revista Integral. Para los que les guste leer, reproduzco a continuación un extracto. 😉

Ikigai: ¿cuál es tu propósito de vida?

Entrevista a Francesc Miralles, autor del best-seller Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz y El método Ikigai

Todo empezó en un parque de Tokio. Era el 2015 cuando Francesc Miralles y su amigo Héctor García (Kirai), sentados en un banco, decidieron que juntos, desvelarían el secreto de la longevidad. Ambos planificaron una visita a Ogimi, el lugar en el mundo que más personas centenarias acoge. Y meses más tarde -después de decenas de entrevistas- descubrieron que el motor para una larga vida se sustenta en un ingrediente principal: las ganas de vivir. La motivación. El ikigai.

De aquella investigación surgió el libro Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz. Hasta entonces, Francesc Miralles ya había escrito más de 30 libros sobre psicología, espiritualidad y crecimiento personal. Lo había hecho en pareja (con autores como Àlex Rovira), en solitario, con seudónimo o como sherpa literario, ayudando a otros a dar forma a sus creaciones. Barcelona Blues (2004), Conversaciones sobre la felicidad (2007), La dieta espiritual (2013) o Amor en minúscula (2015), entre otros. El resultado había sido el éxito: miles de ventas, líder en el ranking de los más leídos, traducciones a varios idiomas.

El libro que escribió con Héctor García también fue un éxito (es un best-seller internacional). Y ahora los dos presentan el segundo título que surgió de aquel viaje, El método Ikigai, una suerte de manual práctico en el que ofrecen técnicas para descubrir -y materializar- el propósito vital. La propuesta se completa con la Casa Ikigai, un espacio en Barcelona en el que Francesc Miralles acompaña a las personas en su proceso de auto descubrimiento. “Sesiones Ikigai”, dice en la web, “haz de tu pasión tu modo de vida”.

«El Método Ikigai», de Francesc Miralles y Héctor García, es un libro posterior, más práctico, donde se proponen ejercicios para encontrar el propósito vital. En Y SI DE REPENTE te contábamos tres técnicas que pueden ayudarte a descubrir tu ikigai

Para hablar sobre nuestra razón de existir y todos sus matices, nos encontramos con Francesc Miralles en Barcelona. El día de la entrevista espera sentado en una de las salitas de local con un té japonés sobre la mesa. El escritor empieza hablando de su experiencia en la aldea centenaria.

Ogimi es un pueblito al norte de la isla de Okinawa, en Japón, donde viven tres mil habitantes. Está en medio de la selva y allí no hay bares ni tiendas, no hay hoteles. Antes de que llegáramos nosotros para entrevistar a los ancianos, habían estado allí otros dos grupos de investigadores: unos médicos suecos que estudiaron la dieta y la alimentación de sus habitantes, y unos sociólogos franceses. Nosotros fuimos los primeros en interesarnos por sus características psicológicas. Nos interesábamos por su rutina, qué hacían desde que se levantaban hasta que se iban a dormir, cuál era su secreto para mantenerse en forma hasta tan mayores, y por qué deseaban vivir tantos años.

¿Y qué averiguasteis?

Cuando les preguntábamos por su ikigai, que es la palabra japonesa para designar la razón de vivir, había sobre todo dos respuestas. El principal motor de su motivación era sin duda los amigos. En Ogimi existen los moai, una especie de clubs de ancianos donde se reúnen cada y tarde y realizan diferentes actividades. Además de fomentar la sociabilización y de cubrir su parte afectiva, los moai funcionan como cooperativas económicas: sus miembros ingresan una cuota mensual que va a un fondo común, y el moai cubre el gasto de cualquier eventualidad. Es decir, aunque algunas de estas personas quizás no tengan familiares cercanos, todos se sienten acogidos y contenidos por esta comunidad. La segunda motivación para ellos es trabajar en el huerto. Se levantan a las seis de la mañana para ver cómo van sus frutas y verduras. Están pendientes de si todo va bien, si hay algo listo para recoger, etc. Y luego lo preparan, lo regalan a los amigos… Tienen la sencillez de la gente del campo.

Sus motores eran los amigos y el huerto.

Entendimos que existe una serie de ventajas físicas del lugar que favorecen la longevidad. El clima subtropical, por ejemplo, que es amable con los ancianos porque va de los 28 a los 30 grados. No hay contaminación tampoco, al no haber industrias y muy pocos coches, ni estrés. Allí se vive como hace 400 años, con calma. Y la alimentación es también muy importante, muy saludable. Beben mucho té verde y una bebida con un cítrico, el shikuwasa, ¡que es cien veces más antioxidante que un pomelo! Pero está claro que además del entorno, para superar los cien años hay que tener ganas de vivir. Si estás triste, descuidarás el cuerpo y probablemente morirás antes, que es lo que ocurre muchas veces con nuestros ancianos, que dejan de comer en lo que es una especie de eutanasia encubierta.

Nuestros ancianos ya no quieren estar aquí…

En Occidente la vejez está vista como un mal y en Japón no es así. Allí cumplir años es ponerse medallas: la edad está por encima de la jerarquía. Imagina que se encuentran en un ascensor el presidente de la Sony y un hombre de 90 años que vende periódicos. Quien tiene que inclinar más el cuerpo en su reverencia es el directivo, porque el anciano merece más respeto que el poderoso. Por eso un objetivo en Japón es llegar a los cien años, las tres cifras, y para eso se cuidan, hacen deporte, se alimentan bien. Es un hito poder decir “mira, he llegado hasta aquí”.

¿En vuestra investigación, descubristeis algo que no esperabais?

Yo conocía mucho Japón, también como investigación para mi libro Wabi-Sabi, y sabía que en las ciudades la gente es muy educada pero bastante fría. En Ogimi, en cambio, bromeaban constantemente. Tienen un carácter muy latino, se reían mucho.  

¿Y sorpresas en las conclusiones del estudio?

No esperábamos que los fuertes lazos con los amigos fuesen tan importantes para la esperanza de vida. Sus relaciones son casi familiares: saben todo los unos de los otros, mucho más de lo que nosotros solemos saber aquí de nuestros amigos. Y eso les aporta mucha seguridad y autoestima. Recuerdo a una mujer de 99 años que visitó en un asilo a un amigo que estaba mal de salud. Ella le reñía, le decía: “lo ves, te dije que no cerraras el almacén de legumbres. Cuando lo tenías, hacías cuentas, la cabeza te funcionaba. Ahora mira cómo estás”.  

Trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado.

Francesc Miralles

La importancia de mantenerse activo.

Sí. Allí la gente no se retira nunca, no existe la jubilación, ni siquiera existe la palabra en japonés, aunque hay algo parecido que significa “cambio de ciclo”. Ellos siempre quieren mantenerse activos. Hace un tiempo hice de guía para un grupo de personas con las que visitamos varias zonas rurales de Japón. Me sorprendió que en muchos lugares hubiera voluntarios. Recuerdo llegar a una estación donde tres ancianos, con su identificación, nos esperaban con mucha ilusión al salir del tren para ayudarnos y así practicar su inglés. Quieren trabajar hasta el último día, por eso consideran que lo que hacemos aquí con la jubilación es la muerte. De hecho en Occidente hay muchas depresiones en ese momento de la vida: mi padre, por ejemplo, murió pocos años después de prejubilarse porque se sentía totalmente inútil. Cuando trabajas estás ganando dinero para pagar la casa, para costear la carrera a un hijo… allí hay un ikigai. Pero de repente todo para y te preguntas “¿y ahora qué hago con mi vida?”. Te quedas en casa viendo la tele y se te viene el mundo encima.

Ahora parece que empiezan a haber algunas iniciativas en Occidente que potencian lo contrario.

Si, hay gente que vive de una forma alternativa, pero el problema es que aquí no existe una visión positiva de la tercera edad. Y en realidad es un momento en la vida en la que tienes mucho tiempo para hacer cosas y disfrutar. En la cultura anglosajona está incluso mejor considerado que aquí: tienen una expresión que es muy bonita, late bloomers, “los que florecen tarde” y se refiere a aquellos que descubren su vocación artística de mayores, cuando terminan su etapa laboral. Aquí ocurre que muchas personas se quedan bloqueadas o quieren hacer muchas cosas y luego se dan cuenta de que no es tan fácil porque hay que prepararse.

¿Y cómo nos preparamos?

Podemos volver al ejemplo de los viejecitos que atienden en las estaciones. En Japón les cuesta horrores los idiomas. No se puede preparar el paso de trabajador de un banco a guía turístico si los seis o siete años previos no se ha empezado a aprender inglés. Hay que prepararse con tiempo. Y aquí todo ocurre de repente: te paras y “bueno, voy a ir al gimnasio cada día”. Pero eso en realidad no te va llenar.

¿Y qué actividades podrían ser las que nos llenan?

Aquí deberíamos ir a las profundidades del ikigai, que es lo que yo trato en terapia. Las personas mayores y los adolescentes son quienes más vienen a la consulta. Y tiene sentido porque son dos momentos de duda claves en la vida. Al jubilarnos, porque mucha gente frena de repente y está perdida, y en el caso de los adolescentes, porque a menudo les obligan a decidir su vida en un mes, con 17 o 18 años. Para mí es un error enorme en nuestro sistema y creo que habría que promover un año sabático para que los chavales puedan descubrir qué es lo que quieren hacer. El servicio militar, que afortunadamente ya no existe, servía mucho para eso. Era un rito de paso, había tiempo para pensar.

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Cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad.

Francesc Miralles

¿Crees que huimos cuando no sabemos enfrentarnos a la pregunta de “qué hago con mi vida”?

Lo importante es tener un deseo y el mío era viajar. Leer, aprender sobre un tema concreto, tener un huerto… Para descubrir ese punto yo uso bastante en terapia el test negativo de Jodorowski, que decía: “si no sabes lo que te gusta, haz una lista de todo lo que no te gusta y por eliminación, al final llegarás”. Es una técnica que se usa en los talleres de novela cuando el autor se queda bloqueado porque no sabe cómo seguir. Entonces apunta todo lo que no le va a ocurrir al protagonista.

Puede llevar un tiempo…

Pero con ese juego hay algo que se va aflojando y al final aparece lo que sí es. Es el método científico, prueba y error. A veces, sobre todo cuando son personas muy inquietas, muy artísticas, yo les digo que prueben el máximo de cosas, escribir, tocar un instrumento, la fotografía, la pintura… Encontrar lo que Ken Robinson llama “el elemento”, como el agua para los peces. Todos tenemos uno, solo hay que descubrirlo.

¿Y cómo se reconoce?

A través de tres aspectos: primero, es algo que se te da muy bien, que haces con mucha facilidad. Si te sientas frente al piano y tardas cinco horas en sacar una canción, probablemente no es tu elemento. El segundo punto es que te diviertes haciéndolo, el tiempo se pasa volando. Y el tercero es que resulta útil a los demás en algún sentido, quizás los amigos recurren a ti para pedirte ayuda en ese campo. Seguramente es un talento que puedes convertir en tu modo de vida. No hay que olvidar que de la vocación a la profesión hay solo un paso.

¿Hay otras técnicas que nos puedan dar pistas?

Para encontrar el elemento, se puede trabajar a partir de grandes bloques y a partir de allí ir acotando. Por ejemplo, trabajar solo o en grupo, tareas físicas o intelectuales… y luego vamos subdividiendo. Si es trabajo intelectual, descubrir si generas desde el caos o de forma más analítica. Y así sucesivamente. Otra de las técnicas es recordar lo que nos gustaba en la infancia, porque los niños no tienen filtro, no hacen nada por obligación, solo lo que les gusta. Si te fijas en esa época podrás descubrir tu pasión, algún sueño que más tarde aparcaste y que ahora puedes retomar. Hacer renacer algo que está latente.

¿A ti qué te gustaba hacer de niño?

A partir de la adolescencia dejé de escribir durante diez o quince años, porque pensaba que me gustaban otras cosas. Pero recuerdo que cuando era niño, me gustaba mucho una máquina de escribir que tenía mi abuelo, que era pesada, de hierro, y escribía cuentitos y otras cosas. También me gustaban los animales, los viajes a la luna… Si puedes irte a tu infancia puedes encontrar muchas pasiones enterradas.

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El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia.

Francesc Miralles

Encontrarlas… y luego ponerlas en práctica.

El gran problema que tenemos con nuestro propósito vital es que nos quedamos en lo abstracto. Tenemos muchas ideas de qué queremos realizar, pero no ponemos fechas de inicio, no graduamos la intensidad, no hay una estrategia. Por eso hay que establecer los pasos a seguir hasta conseguirlo, calendarizarlo bien, de manera realista. Si la persona quiere hacer muchas cosas, yo le digo, oye. Si no has estudiado un idioma en tu vida, no me digas que ahora vas a estar tres horas al día haciéndolo, porque no va a funcionar. Hay que repartirlo de un modo diferente. Hay que ser realistas: a veces el entusiasmo nos puede, ponemos demasiada carga de trabajo en las primeras semanas, y podemos abandonar muy pronto.  

¿Cómo podemos evitar ese abandono?

Es importante una supervisión porque muchas veces queremos levantar el mundo en dos días y el resultado a veces es que nos frustramos cuando no lo conseguimos. La idea es ir poco a poco. En el libro El método Ikigai, en el que se proponen ejercicios prácticos para conseguir nuestro sentido vital, hablamos del kaizen. Según los japoneses, es el hecho de realizar una pequeña acción diaria. Yo siempre pongo como ejemplo aprender un idioma. Según una estadística se vio que los trabajadores del muelle de Londres usan 500 palabras para sus conversaciones habituales, comida, familia, trabajo… Si tú aprendes una palabra por día, en un año y medio ¡podrías hablar como ellos! En cambio, si haces un esfuerzo muy grande al principio, luego te quedas vacío y no sabes por dónde seguir.

[…]

¿Qué tentaciones nos alejan de nuestro ikigai?

Las redes sociales reducen mucho la atención en lo que estamos haciendo. Nuestro tiempo libre pierde calidad porque dejamos de estar 100% presentes en lo que hacemos. Un mensaje de whatsapp, un tweet, el messenger… impiden que lleguemos a ese estado de flow que requiere el cultivo de cualquier pasión. Atender muchas cosas a la vez, además, nos deja agotados: hay estudios que demuestran si estás escribiendo un artículo, por ejemplo, y sales y entras continuamente para revisar las redes sociales, el esfuerzo que haces en increíble. Acabamos planchados. El multitasking es un gran enemigo del ikigai o de cualquier talento que quieras desarrollar.

[…]

¿Por qué hay personas que tienen tan claro su ikigai y otras que no?

Hay personas que nacen con una pasión muy marcada. Y hay otras que no están muy conectadas con sus emociones y les cuesta entonces discernir qué es lo que más les gusta. A veces necesitan toda una vida para acabar descubriendo, a los 60 o 65 años, qué es lo que les apasiona. Lo bueno es que nunca es tarde.

¿Descubrir el ikigai es una garantía de felicidad?

Bueno, ayuda mucho. Ha habido grandes artistas que eran infelices por otros motivos, porque tenían problemas mentales o conflictos familiares o porque no encontraban una manera de estar en pareja… Pero en general una persona que tiene una pasión es mucho más feliz que quien no tiene ninguna. Primero porque no tienes que pensar en cómo ocupar tu tiempo, o llenarlo viendo la televisión, y segundo porque cuando realizas tu ikigai entras en estado de flow, te integras con lo que haces, te absorbe absolutamente, y esa es la definición de felicidad. Cuando desarrollamos nuestra pasión podemos olvidarnos de nuestros pensamientos (lo que me falta, lo que me hizo mi padre, mi discusión con la vecina) y conseguimos aligerarnos de esa presión.

Encontrar la propia pasión parece estar de moda. Antes predominaba más la cultura del esfuerzo.

Nos hemos dado cuenta de que el esfuerzo no lleva a la felicidad… ni a la riqueza. Porque está comprobado que trabajar mucho no te hace ser rico, al contrario. Los ricos son los que menos trabajan y son lo que tienen más tiempo para pensar. Si Steve Jobs hubiera tenido que montar ordenadores, poco hubiera diseñado. Si tienes la tranquilidad para reflexionar quizás puedas encontrar algo que no existe, una necesidad social que puedes cubrir, un ámbito en el que aportar y del que puedas vivir. Trabajar mucho ni siquiera te da tranquilidad económica, porque al final cuanto más trabajas más necesitas compensar esa inmensa frustración que supone estar todo el día en la oficina, lejos de los amigos, de la familia, de uno mismo. Y entonces, ¿qué haces? Terminas tu jornada y vas a comprar algo, que suele ser  más caro de lo que te puedes permitir, y así la pelota se hace más grande. Cada vez tienes más cosas, menos tiempo, y no se soluciona nada: ni tienes ahorros, ni tienes tiempo ni tienes nada.

¿Cómo te ha ido a ti con tu ikigai?

He dado muchos bandazos. He sido camarero, repartidor de pizzas, profesor de escuela, traductor, editor… A mí me gusta mucho una frase que decía Buda: «Yo siempre estoy empezando, porque cuando mantienes la mente de principiante no das nada por sentado y tienes siempre la oportunidad de empezar cosas nuevas».

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Decir que no: claves, disfraces y rebeldías

Cómo, cuándo y por qué bajarte del carro del sí – Entrevista a Raquel Ballesteros

Durante muchos años no pudo decir que no. Por eso Raquel Ballesteros se encontraba con demasiada frecuencia en situaciones extrañas. Como aquella vez que acabó organizando la fiesta de cumpleaños de alguien con quien, más bien, tenía poco contacto. Para ella, eso era el pan de cada día.

“Asumía responsabilidades que no eran las mías, simplemente porque no sabía decir que no”, me dice ahora Raquel, que es psicóloga y coach, y a quien conocí hace unos años por su libro ¡Camarero, este café está frío!

Del libro «¡Camarero, este café está frío!», de Raquel Ballesteros

Es un libro encantador en el que, a través de viñetas, se ejemplifica cómo comunicar mejor en el día a día de nuestras relaciones personales. Con la pareja, los padres, los amigos o el jefe. Y decir que no, naturalmente, está en el índice:

  • ¿Por qué nos cuesta tanto decir que no?
  • Estrategias para aprender a decir que no
  • Qué es lo que ocurre cuando de nuestros labios sale un “no”

En esta entrevista indagamos a fondo con Raquel. Y hablamos sobre algo más:

  • El coste que pagamos cuando no somos capaces de negarnos ante el otro. O ante nosotros mismos.

Decir que no: las consecuencias

¿Quieres ayudar en la mudanza de tu amiga pero también quieres ir a ese curso que tanto llevabas esperando? La mayoría de las veces, hay que elegir porque no tenemos suficiente tiempo para todo. Tus necesidades o las del otro. No hay salida: tienes que decir que no.

Como decía mi madre, no se puede ir a misa y repicar. Y yo juro que durante años intenté llevarle la contraria, hasta que un comentario subterráneo lo transformó todo, como cuando cambias de canal en la tele. Antes, corría como una loca para llegar a todo. ¿Qué me pasó?

  1. Cansancio. Estiraba el día al máximo e iba de un lado a otro para no perderme ni una. No dormía demasiado y arrastraba unas ojeras antológicas (siempre correctamente camufladas, eso sí).
  2. Ansiedad. Ya sabes, estar en una actividad pensando en la siguiente. El futuro, esa habitación que ocupas el 90% de tu día.
  3. Mediocridad. ¿Cómo haces para repartir tus 24 horas en setenta y siete planes? Fácil: lo haces todo por encima, para salir del paso. Pim-pam fuera.
  4. Dispersión. Lo bueno, es que recorres muchos caminos; lo malo, es que no le das la importancia necesaria a “tu camino”. Como no puedes elegir, probablemente tienes abandonado tu talento, al que en realidad deberías ocupar la gran parte de tus horas (si quieres estar pleno).
  5. Poca satisfacción.  Entiéndeme: si vas hecho polvo, taquicárdico y haciendo cosas que no te inflaman de pasión, y si además no hay pena ni gloria porque tu desempeño es regulín, pues la vida no es una senda de alegría y gozo, la verdad.

Así seguiría yo misma si no hubiera hablado con aquella argentina que, una tarde apacible de primavera, me noqueó con un golpe seco de sinceridad. 

Cuando hice el clic

Los primeros años de mi treintena yo andaba en Buenos Aires, probando cosas por aquí y por allá, siempre dentro del periodismo. En esa época, de algún modo, conseguí hacerle llegar mis textos a la redactora jefe de una revista y días después nos citamos en una cafetería.

—¿Qué te parecieron?—le pregunté, ya sentadas y con dos tazas delante.

Ella bajó la mirada.

—¿Querés que te sea sincera?— me dijo.

Yo abrí más los ojos. Tragué saliva y escuché el silencio que precede la tormenta. Entonces, ahora sí, ella me miró fijamente y pronunció solo tres palabras:  “Me esperaba más”.

Y lo que pasó a continuación fueron un montón de cosas relacionadas con la rabia, la vergüenza, la vanidad. Esa tarde cerré la boca para que no se viera cómo supuraba la herida por dentro. Pero más tarde conmigo misma reconocí que llevaba demasiado tiempo caminando con cierta inercia y que estaba muy alejada de lo que realmente quería hacer con mi vida.

¿Triste? Un poquito sí.

Por eso desplegué un plan para centrarme en lo que de verdad deseaba. Y la consecuencia fue que di tantos “no” como nunca antes. Y no solo fue decir que no a los otros, sino también a aquellos planes que yo misma urdía para evitarme focalizar.

Dice Raquel en la entrevista: “Cuando te conoces bien sabes establecer tus prioridades, sabes hacia dónde vas y no tienes dificultad en decir que no a todo aquello que se aparta del sentido de tu vida”. Y yo creo que tiene mucha razón.

Causas del «sí» culposo y soluciones para dejarlo atrás

A continuación, en la primera parte de la entrevista con Raquel Ballesteros, te dejo un repaso de las causas principales que nos alejan del no, así podrás identificar mejor a tu monstruito.

Aquí, el índice jugoso:

01:37 – ¿Decir que no? Los dos perfiles de personas
04:01 – «Lo que quiero es ayudar»
05:35 – ¿El conflicto es natural? La herencia familiar
06:50 – «No me quiero perder nada y arrepentirme»
08:17 – El miedo, la emoción central
10:43 – El escaqueo o cómo ahorrarse el fracaso
12:18 – ¿Cómo funciona la gente insistente? Sus trampas
13:50 – Sí se puede defraudar

Y a todo esto, en el segundo vídeo, le ponemos solución: hablamos de cómo aprender a decir que no (hay varias estrategias) y, alerta, de qué pasa cuando empiezas a hacerlo. Sobre todo, qué es lo que ocurre en tu entorno.

En el segundo vídeo encontrarás:

01:03 – El tipo de respuesta que juega a nuestro favor
(el «truqui» del vaso de agua)
02:03 – «Oye, tú, organízate mejor»
03:47 – El quid de la cuestión: ¿miedo o amor?
05:54 – Amable, honesto y claro (y sin justificación)
08:49 – Practica así posibles respuestas
10:07 – Lo que pasa cuando empiezo a decir que no
11:27 – Reconoce las manipulaciones
16:05 – Cómo lidiar con el miedo (sin hacer nada)

Perdón de antemano por el sonido de ultratumba: parece que Raquel y yo estamos en una nave. La próxima, forro las paredes con material anti-eco 😉

Para compensarte, te dejo aquí algunas frases de la conversación que me encantaron:

  • “A veces no podemos decir que no porque tenemos miedo al conflicto. Quizás de pequeños no nos enseñaron la idea del conflicto sano. ¿Hemos desarrollado habilidades para recibir una crítica y responder a eso?”.
  •  “Cuando decía todo el tiempo que sí mi vida se convertía en lo que querían los otros: mis planes, mi tiempo… siempre pensaba en los demás. Mi vida pasaba a un segundo plano”.
  • “Habrá momentos en los que compensará decir que sí. Lo que ocurre es que generalmente no lo hacemos libremente: lo hacemos desde el miedo”.
  • “Yo puedo con todo. El perfeccionismo nos impide decir que no. Es un patrón que hemos adoptado desde niños. Indica un miedo a renunciar”.
  • “Al decir que sí sistemáticamente, te desconectas de ti mismo para encajar”.

👉 Si quieres ir más profundo, en el workshop «Hackea tus horas, alcanza tus objetivos y sé feliz» nos centraremos en trabajar: 1) cuáles son tus metas 2) cómo superar las barreras que te separan de ellas 3) ¡alcanzar lo que quieres hacer en tu vida! Será en noviembre y solo para 10 personas. ¡No te quedes fuera!

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Borja Vilaseca | “La gran inversión del siglo XXI es invertir en uno mismo”
¿Cuáles son las tres inteligencias clave para desarrollarnos plenamente?

 

La educación como salvavidas y como trampolín

Dice Borja Vilaseca que tenemos mentalidad de empleados en un mundo (laboral) que ya no funciona como antes. Estamos desfasados. Pero hay buenas noticias: hasta que el sistema educativo se ponga al día, podemos adaptarnos a la realidad aplicándonos en dos sentidos: ser autodidactas y sacar ventaja de los recursos que ofrece Internet. Borja es taxativo: “Ahora el que es ignorante es porque quiere”.

¿De qué conocimientos carecemos, que son claves para desarrollar todo nuestro potencial?

  • Educación emocional.
  • Espiritualidad.
  • Emprendimiento.
  • Finanzas.

Dice, además, que existen tres inteligencias básicas que debemos atender.

***

El escritor en cuatro décadas

Hoy Borja Vilaseca es escritor, filósofo, conferenciante, profesor y emprendedor.

Hace 30 años era un niño de siete años travieso e hiperactivo.

Hace 20, un gamberro que tapaba su angustia interior con alcohol y otras drogas.

Hace 10, estaba a un paso de crear uno de los másters más exitosos de la Universitat de Barcelona, el Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo (que ahora, en su 29 edición, dirige desde su propio centro).

Hoy, en 2018, y después de una decena de libros, cientos de conferencias y varios proyectos, dice en su web: “En el momento de escribir estas líneas, a mis 37 años, estoy comprometido con impulsar mi verdadero proyecto vital: fundar una escuela consciente y revolucionaria”.

***

La entrevista

De cerca, Borja Vilaseca es como en sus vídeos. O más. Gesticula, abre mucho los ojos, se ríe, provoca. Enciende. Y a los diez minutos de conversación, ocurre algo irreversible: te alcanza su ola expansiva y entusiasta, y fuera de su voz no existe el mundo.

Borja Vilaseca

Yo he sido muy ignorante, pero ahora estoy dejando de serlo. Ojo, ignorante no es falta de inteligencia, es falta de conocimiento, en mi caso de auto-conocimiento. A mí nadie me enseñó educación emocional: para qué estaba aquí y todas esas cuestiones esenciales para aprender a ser feliz y encontrar el sentido de tu vida. Sumido en mi ignorancia, desde muy jovencito entré en una profunda crisis existencial, un gran vacío, mucho sufrimiento, y, claro, adopté una actitud victimista, reactiva, siempre culpando a alguien o algo, hasta que al final toqué fondo, con 19 años.

¿Qué te pasó?

Encadené experiencias muy duras (imagínate: gamberradas, botellón, sexo, enfermedad, palizas…). Y ya no pude más de sufrir. Con 19 años decidí emprender una búsqueda y empecé a escribir todo el proceso emocional que estaba atravesando. Fue una especie de catarsis. En seguida me di cuenta de lo bien que me hacía la reflexión y la introspección. Además, descubrí mi gran pasión: ser escritor.

Y desde entonces hasta aquí.

A los 19 años rompí con todo. Dejé a los amigos, viajé, estudié periodismo y leí mucho a los filósofos. Iba para pedante. Y, la verdad, mucho Nietzche pero yo seguía sufriendo. Y a los 24 años tuve otro punto de inflexión: descubrí el Eneagrama, hice un curso de crecimiento personal en Madrid, y entendí que miraba en la dirección equivocada: hacia fuera en vez de hacia adentro. Entonces dejé a leer a los filósofos y empecé a leer a los sabios. Dalai Lama, Lao Tse, Sócrates, Buda… Poco a poco fue desapareciendo el miedo y la ira, y fue aumentando la confianza y la serenidad. Así se sana la autoestima y puedes descubrir quién eres y para qué estás aquí.

La incomodidad te impulsó a cambiar, pero hay personas que viven su infelicidad de una manera más modesta, menos explosiva que tú.

Esas personas están en la zona de comodidad. Te dirán, seguramente, “no, pero si yo soy feliz”. Está bien, definamos felicidad. Para mí la felicidad no tiene que ver con ninguna causa externa, con un estímulo que venga de fuera, con ningún parche. La felicidad es más bien un aspecto interior, un bienestar que nos viene de serie y que proviene de la conexión con nuestra verdadera esencia. Insisto: a mí nada ni nadie me puede hacer feliz. Tú quítale a esta sociedad las farmacias, el tranquimazín, el fútbol, la religión, la televisión, las drogas, y desnuda al ser humano. Entonces cuéntame qué tal te va con tu felicidad. Lo que pasa es que las personas estamos enajenadas y esta sociedad proporciona anestesia las 24h del día. Y con las redes sociales, con la virtualización de la vida, todavía más.

¿Y entonces?

No podemos dar sed, sólo podemos dar agua. Y el agua solo sirve cuando hay sed. Lo que he comprobado es que las personas que no están muy mal tienen mucho miedo de iniciar un proceso de transformación, porque eso supondrá también cambios externos. “Tengo miedo a perder lo que tanto me ha costado conseguir”, aunque eso sea un imperio de mierda. Una pareja infeliz, un trabajo vacío… Tenemos miedo a la pérdida y a que el futuro sea peor de lo que tenemos ahora. Por eso el cambio es un acto de fe.

Muchas personas se están dando cuenta de que llevan años negándose a sí mismos. Reprimiéndose a sí mismos.

Abrirse a lo nuevo pese a la incertidumbre.

Sí. Y cuando una persona llega a un nivel de saturación de sufrimiento, cuando el dolor es mayor que el miedo al cambio, entonces hay una apertura. Se abre a lo nuevo porque no le importa perder lo que tiene ahora, que ya no valora tanto. Entonces se vuelve humilde, honesto y valiente y empieza a mirar hacia su interior. Cuestiona, suelta el victimismo, la culpa, y toma las riendas de su vida.

A mí el sufrimiento me llegó muy jovencito y por eso soy un gran afortunado. Porque yo iba para abogado, como mi padre, como mi abuelo. Y ahora estaría con contraje y corbata, puteado, marginando al filósofo que llevo dentro y, seguramente con una crisis de los 40 monumental. Hoy en día muchas personas se están dando cuenta de que, por el tipo de sociedad en el que vivimos, por las presiones y los miedos o por la falta de educación, llevan muchos años negándose a sí mismos. Se han reprimido a sí mismos.

Borja Vilaseca y los tres recursos clave

Nos han vendido un montón de creencias y mitos. La paternidad, por ejemplo: “Es algo maravilloso, ¿cuándo te animas?”. Y nadie te explica el berenjenal que implica ser padre y cómo te cambia la vida. También hay muchos estereotipos sobre lo financiero. “El dinero es malo”, “el dinero corrompe”, “es la raíz de todos los males”. Un montón de tonterías. Lo que pasa es que a los intermediarios de la industria, como el estado, las grandes empresas y los bancos, no les interesa que las personas como tú y como yo seamos conscientes, autosuficientes, responsables, que podamos valernos por nosotros mismos. No. Interesa que seamos esclavos, dóciles, ignorantes, sumisos para poder seguir manejando el cotarro.

¿Falta educación?

Sí. Yo creo que es necesario desarrollar tres grandes inteligencias para que un ser humano pueda adaptarse, prosperar y dejar de ser un esclavo: la inteligencia espiritual, la financiera y la tecnológica.

Empecemos por la inteligencia espiritual.

Nos desvela quiénes somos verdaderamente y para qué estamos aquí. Descubrir esto es complicado porque hemos tenido todo el condicionamiento del sistema, que nos ha castrado la autoestima, mutilado la confianza y aniquilado la creatividad. Es decir, nos ha educado para obedecer y para no pensar. La mayoría de la gente tiene un miedo atroz al cambio, miedo a la libertad, a la responsabilidad. La buena noticia es que cuando vislumbras la respuesta ya empiezas a ir en línea recta.

Hablemos de la inteligencia financiera.

La inteligencia financiera nos ayuda a resolver por nosotros mismos nuestros propios problemas laborales y económicos. ¡Cerca del 65% de la sociedad está en deuda y el dinero les quita el sueño! Y la tercera es la inteligencia tecnológica. Queramos o no, el mundo es virtual, robótico, automatizado. Estamos pasando de la era industrial a la era del conocimiento. Hay nuevas reglas del juego, nuevas directrices para que tú y yo podamos prosperar. En la era del conocimiento la principal fuente de riqueza es tu talento, tu creatividad y tu inteligencia. Todo lo demás se puede imitar, se puede copiar. Si tu trabajo lo puede hacer un ordenador, o lo puede hacer alguien de forma más barata que tú, lo acabará haciendo.

¿Dónde podemos encontrar ese conocimiento?

La palabra mágica se llama Internet. Hoy en día, en la era del conocimiento, si eres ignorante es porque quieres. La información es libre, es abundante y muchas veces es gratuita. Está claro que la gran inversión en el siglo XXI es invertir en ti mismo.

Un nuevo paradigma, una nueva mentalidad

¿Esta inversión en nosotros mismos implica que seremos capaces de sostenernos económicamente?  

Bueno, no estamos hablando de un empleo tradicional: en el futuro muchas personas están forzadas a crear su propia profesión. Tenemos una ayuda porque las tecnologías contribuyen a que nuestra creatividad encuentre nuevos cauces para llegar a más personas. Me refiero a todo el conocimiento que se empieza a vender y a consumir por Internet.

A los chavales de entre 15 y 25 años se les llama “la generación perdida” porque han sido educados bajo una perspectiva industrial y no tienen herramientas para enfrentar un mundo que ya no existe. Tienen mentalidad de empleados. Creen que el estado, las empresas, los bancos se deben hacer cargo. “Yo soy la demanda y a ver qué ofertas hay para mí en el mercado. Si tengo una licenciatura y un master tendré un trabajo seguro y estable para toda la vida”. Todo eso se ha derrumbado. Y ahora mismo, para mí, la única salida razonable y sensata es ser autodidacta, porque todavía falta mucho para que el sistema educativo (las escuelas, la universidad…) se reinvente.

Éste es un movimiento de ciudadanos libres, responsables, inquietos, que sienten necesidad de cambio, que ya no se quejan ni salen a protestar con la pancarta, porque ya es igual quién gane les próximas elecciones. Es la hora del cambio individual, la revolución de la conciencia. Nos hemos dado cuenta de que nos falta inspiración y recursos, no para seguir a otros, sino para seguirnos a nosotros mismos. Estamos en un punto de impasse y cada vez hay más personas caminando hacia un cambio de paradigma, hacia otra mentalidad.

 

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